GUILLERMO VALENCIA
Colombia, 1873-1943). Aristocrático y señorial en sus gustos y su estilo de vida, y aun en su poesía, Valencia se inserta de lleno, sin embargo, en esa característica tradición del intelectual hispanoamericano que, desde muy temprano en la historia republicana del continente, inauguran Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento: la del hombre de estudios y de letras quien, a su vez, participa activamente en los quehaceres civilistas y públicos de su país. Servicios parlamentarios varias veces miembro de la Cámara de Representantes y el Senado); participación en la carrera diplomática primer secretario de la Legación de Colombia en Francia, Suiza y Alemania), lo que le permitió con gran provecho y goce suyo, hacer la experiencia de la vida cultural europea más avanzada de principios de siglo; altos puestos administrativos secretario de Educación del Departamento de Cundinamarca, y jefe civil y militar del de Cauca); y hasta candidato en dos ocasiones -siempre por el Partido Conservador, y sin éxito en ninguna de ellas- a la Presidencia de la República. Había recibido una sólida educación clásica y humanística, que se refleja visiblemente en su obra; y a pesar de su asendereada actividad pública y política no cortó nunca sus raíces con su ciudad natal, la ilustre y patricia Popayán, una de las más tradicionalmente hispanas del Nuevo Mundo. Allí solía recogerse, en el retiro de su residencia de Belalcázar, la cual ha sido vista en cierto modo como una concreción real de la "Torre de Marfil" a que aspiraban los artistas de la época.
Dejando a un lado particularizaciones temáticas, en su conjunto el mundo espiritual de Valencia se muestra escindido en una pugna dialéctica entre los principios negativos y positivos que rigen la existencia: la carne y el espíritu, el vicio y la virtud, la concepción pagana de la vida y los valores perdurables del cristianismo. Y ante esa polaridad, que se hizo crudamente sensible a los hombres del fin de siglo y define la marca candente de la espiritualidad conflictiva de la época su muy extemso poema Anarkos, que no es precisamente lo mejor de su obra, y el cual por ello y por su longitud no se recoge aquí, le dio gran popularidad e incluso le acompañó casi como slogan en sus campañas políticas) hasta la estimación sutil de los valores del arte más refinado y decadente: sacrificar un mundo para pulir un verso, como sentenció en una línea de "Leyendo a Silva") que sólo parcialmente podría haber hecho lema suyo. Porque esta inclinación del esteta, que de cierto no desdeñó estetas eran sus poetas preferidos, y rigurosamente estética fue su actitud ante el trabajo de la palabra), no conspiró nunca en él contra su insobornable nervatura moral. Y así sus momentos más intensos, como ha notado Robert J. Glickman, "demuestran que el propósito fundamental de Valencia era celebrar `ritos literarios´ que pudieran contrarrestar el influjo de las fuerzas negativas que sin tregua intentan impedir la elevación espiritual del individuo y de la sociedad". Y en virtud de este impulso vertical y trascendente que de hecho no le fue privativo en la época) queda iluminada, al margen de preciosismos y decorativismos exteriores, la pertenencia raigal de este poeta a la tradición más honda y esencial del modernismo.
BIBLIOGRAFÍA
OBRA POÉTICA
-Ritos 1899); segunda edición aumentado, pról. de Baldomero Sanín Cano 1914).
-Catay traducciones), 1929.
-Sus mejores versos, pról. de Rafael Maya 1944).
-Obras poéticas completas, pról. de Sanín Cano Madrid: Aguilar, 1948).
ESTUDIOS CRÍTICOS
Acosto Pol, Benigno: La poesía de Guillermo Valencia, Barranquilla Colombia), Imprenta Departamental del Atlántico, 1965.
De la Fuente, Alberto: Comentario a "Los Camellos", Antología comentada del modernismo, De. Porrata y Santana.
Duarte French, Alberto: Guillermo Valencia, Bogotá: Editorial Jotadé, 1941.
Echeverri Mejia, Oscar: Guillermo de Valencia. Estudio y antología, Madrid, Compañia Bibliográfica Española, 1965.
Garcia Prada, Carlos: "G. V. ", Poetas modernistas hispanoamericanos, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1968.
Garcia Prada, Carlos: "El paisaje de la poesía de G. V. ", Estudios Hispanoamericanos, México, El Colegio de México, 1945.
Glickman, Robert, J: Guillermo de Valencia and the poetic World of "Ritos". Interpretations Based upon the Use of a Concordance, Los Angeles, University of California, 1963.
Glichman, Robert, J: "G.V. : A Psycho-Philosophical Evaluation", Revista de letras Puerto Rico), 6,21 1964).
Karsen, Sonja P.: Guillermo Valencia, Colombian Poet, New York, Hispanic Institute in the United States, 1951.
Maya, Rafael: "G.V." Estampas de ayer y retratos de hoy, Bogotá, Editorial Kelly, 1954.
Sanín Cano, Baldomero: "G.V.", Letras colombianas, México, Fondo de Cultura Económica, 1944.
Schade, George: "La mitología en la poesía de Guillermo de Valencia", Revista Iberoamericana,24 1959).
Torres, Hernán, De.: Estudios. Edición en homenaje a Guillermo Valencia, Cali Colombia), Carvajal y Cía, 1976. Sobre la poesía de G.V., artículos de R.J. Glickman, Gerardo Valencia, Ivan A. Schulman, Otto Olivera, Marta LaFolette Miller y otros).
Uribe Ferrer, René. "G.V." Modernismo y poesía contemporanea, Medellín Colombia), Imprenta departamental de Antioquía 1962).
SELECCIÓN
De Ritos
Leyendo a Silva
Vestía traje suelto, de recamado biso,
en voluptuosos pliegues de un color indeciso,
y en el diván tendida, de roho terciopelo,
sus manos, como vivas parásitas de hielo,
sostenían un libro de corte fino y largo,
un libro de poemas delicioso y amargo.
De aquellos dedos pálidos la tibia yema blanda
rozaba tenuamente con el papel de Holanda,
por cuyas blancas hojas vagaron los pinceles
de los más refinados discípulos de Apeles:
era un lindo manojo que en sus claros lucía
los sueños más audaces de la Crisología:
sus cuerpos de serpiente dilatan las mayúsculas
que desde el ancho margen acechan las minúsculas,
o trazan por los bordes caminos plateados
los lentos caracoles, babosos y cansados.
Para el poema heroico se vía allí la espada
con un león por puño y contera labrada,
donde evocó las formas del cielo legendario
con sus torres y grifos un pincel lapidario.
Allí, la dama gótica de rectilínea cara
partida por las rejas de la viñeta rara;
allí, las hadas tristes de la pasión excelsa:
la férvida Eloísa, la suspirada Elsa.
Allí, los metros raros de musicales timbres:
ya móviles y largos como jugosos mimbres,
ya diáfanos, que visten la idea levemente
como las albas guijas de un río transparente.
Allí, la Vida llora, y la Muerte sonríe,
y el Tedio, como un ácido, corazones deslíe...
Allí, cual casto grupo de núbiles Citeres,
cruzaban en silencio figuras de mujeres
que vivieron sus vidas, invioladas y solas
como la espuma virgen que circunda las olas:
La rusa de ojos cálidos y de bruno cabello
pasó con sus pinceles de marta y de camello;
la que robó al piano en las veladas frías
parejas voladoras de blancas armonías
que fueron por los vientos perdiéndose una a una
mientras, envuelta en sombras, se atristaba la luna...
Aquesa, el pie desnudo, gira como una sombra
que sin hacer ruido pisara por la alfombra.
de un templo... y como el ave que ciega el astro diurno
con miradas nictálopes ilumina el Nocturno
do al fatigado beso de las vibrantes clines
un aire triste y vago preludian dos violines....
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
La luna, como un nimbo de Dios, desde el Oriente
dibuja sobre el llano la forma evanescente
de un lánguido mancebo que el tardo paso guía,
como buscando un alma, por la pampa vacía.
Busca a su hermana: un día la negra Segadora
-sobre la mies que el beso primaveral enflora-,
abatiendo sus alas, sus alas de murciélago,
hirió a la virgen pálida sobre el dorado piélago,
que cayó como un trigo... Amiguitas llorosas
la vistieron de lírios, la ciñeron de rosas;
céfiro de las tumbas, un bardo israelita
le cantó cantos tristes de la raza maldita
a ella, en su lecho de gasas y de blondas
se asemejaba a Ofelia mecida por las ondas:
por ella va buscando su hermano, entre las brumas,
de unas alitas rotas las desprendidas plumas,
y por ella... "Pasemos esta doliente hoja
que mi ser atormenta, que mi sueño acongoja",
dijo entre sí la dama del recamado viso
en voluptuosos pliegues de color indeciso,
y prosiguió del libro las hojas volteando,
que ensalza en áureas rimas de son calino y blando
los perfumes de Oriente, los vívidos rubíes
y los joyeros mórbidos de sedas carmesíes.
Leyó versos que guardan como gastados ecos
de voces muertas: cantos a ramilletes secos
que hacen crujir, al tacto cálices inodoros;
metros que reproducen los gemebundos coros
de las locas campanas que en el día de difuntos
despiertan con sus voces los muertos cejijuntos,
lanzados en racimos entre las sepulturas
a beberse las sombras de sus noches oscuras...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. ... ... ... ... ...
...Y en el diván pendida de rojo terciopelo,
sus manos, como vivas parásitas de hielo,
doblaron lentamente la página postrera
que en gris mostraba un cuervo sobre una calavera.
Y se quedó pensando, pensando en la amargura
que acendran muchas almas; pensando en la figura
del bardo, que en la calma de una noche sombría,
puso fin al poema de su melancolía:
exangüe como un mármol de la dorada Atenas,
herido como un púgil de itálicas arenas,
¡unió la faz de un Numen dulcemente atediado
a la ideal belleza del estigmatizado...
Ambicionar las túnicas que modelaba Grecia
y los desnudos senos de la gentil Lutecia;
pedir en copas de ónix del ático nepentes;
querer ceñir en lauros las pensativas frentes;
ansiar para los triunfos el hacha de un Arminio;
buscar para los goces el oro del triclinio;
amando los detalles, odiaré el universo;
sacrificar un mundo para pulir un verso;
querer remos de águila y garras de leones
que con domar los vientos y herir los corazones;
para gustar lo exótico, que el ánimo idolatra,
esconder entre flores el áspid de Cleopatra;
seguir los ideales en pos de Don Quijote,
que en el Azul divaga de su rocín al trote;
esperar en la noche las trémulas escalas
que arrebatan ligeras a las etétreas salas;
oir los mudos ecos que pueblan los santuarios,
amar las hostias blancas; amar los incensarios
poetas que diluyen en el espacio inmenso
sus ritos perfumados de vagoroso incienso);
sentir en el espíritu brisas primaverales
ante los viejos monjes y los rojos misales;
tener la frente en llamas y los pies entre lodo
querer sentirlo, verlo y adivinarlo todo:
eso fuíste, ¡oh poeta Los labios de tu herida
blasfeman de los montes,blasfeman de la vida,
modulan el gemido de las desesperanzas,
¡ oh místico sediento que en el raudal te lanzas
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. ... ... ... ... .. ... ... ...
¡Oh Señor Jesucristo por tu herida del pecho,
¡perdónalo, perdónalo ¡Desciende hasta tu lecho
de piedra a despertarlo Con tus manos divinas enjuga
de su sangre las ondas purpurinas...
Pensó mucho: sus páginas suelen robar la calma;
sintió mucho: sus versos saben partir el alma.
¡Amó mucho Circulan ráfagas de misterio
entre los negro pinos del blanco cementerio...
... ... ... ... ... .... .... .... ... .. .... ..... ...... ... ... ...
No mancharás su lápida epitafio doliente;
tallad un verso en ella, pagano y decadente,
digno de fresco Adonis en muerte de Afrodita:
un verso como el álito de una rosa marchita,
que llore su caída, que cante su belñleza,
que cifre sus ensueños. ¡Qué diga si tristeza
... .... .... .... .... .... .... ..... .... ... ..... .... .... .... ....
¡Amor, dice la dama del recamado viso
en voluptuosos pliegues de color indeciso;
¡Dolor, dijo el poeta. Los labios de su herida
blasfeman de los hombres, blasfeman de la vida,
modulan el gemido de la desesperanza;
fue el místico sediento que en el raudal se lanza
su muerte fue la muerte de una lánguida anémona,
se evaporó su vida como la de Desdémona;
ebrio del vino amargo con que el dolor embriaga
y a los fulgores trémulos de un cirio que se apaga:
¡Así rindió su aliento, bajo un sitial de seda,
el último nacido del viejo Cisne y Leda...
Los camellos
Lo triste es así...
PETER ALTENBERG.
Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices,
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia,
los cuellos recogidos, hinchadas las narices,
a grandes pasos miden un arenal de Nubia.
Alzaron la cabeza para orientarse, y luego
el soñoliento avance de sus vellosas piernas
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego-
pararon silenciosos al pie de las cisternas.
Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento:
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento.
Vagando taciturno por la dormida alfombra,
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía...
Son hijos del desierto: préstoles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge,
y en sus marchitos rostros, que disculpe la Quimera,
¡sopló cansancio eterno la boca de la Esfinge
Dijeron la Pirámides que el viejo sol rescalda:
"Amamos la fatiga con inquietud secreta...",
y vieron desde entonces correr sobre una espalda
tallada en carne, viva, su triangular silueta.
Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce,
vistieron del giboso la escualida figura.
Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas..., huesos en blanquecino enjambre...,
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.
Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles,
alegran las miradas ql rey de la fatiga:
¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio
que amáis pulir en dáctilo al son de las cadenas
¡Sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas
¡Oh artistas ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llenando a cuestas el sacro Monolito
¡Tristes de Esfinge, novios de la Palmera casta
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito
¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas;
sólo su arteria rota la Humanidad redime.
Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio...-
¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las olas grises de lóbrego fastidio
¡No Buscaré dos ojos que he visto, fuente pura
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura
refresque las entrañas del lírico doliente:
y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre,
mientras el vago fondo de esas pupilas miro,
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro...
Nihil
Es ésta la doliente y escuálida figura
de un ser que hizo en treinta años mayores desatinos
que el mismo don Alonso Quijano, sin molinos
de viento, ni batanes, ni bachiller, ni cura.
Que por huir del vulgo, corrió tras la aventura
del Ideal, y avaro lector de pergaminos,
dedujo de lo estéril de todos los destinos
humanos, el horóscopo de su mala ventura.
Mezclando con sus sueños el rey de los metales,
halló combinaciones tristes, originales
-inútiles al sino del alma desolada-.
Nauta de todo cielo, buzo de todo océano,
como el fakir idiota de un oriente lejano,
sólo repite ahora una palabra: ¡Nada
Palemón el Estilita
Enfuriado el Maligno Spiritu de la devota e sancta vida
que el dicho ermitaño facía, entróle fuertemente deseo de
facerlo caer en grande y carboniento pecado. Ca estos e non
otros son sus pensamientos e obras.
Apeles Mestres. GARÍN)
Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,
que burló con tanto ingenio las astucias del demonio,
antiquísima columna de granito
se ha buscado en el desierto por mansión,
y en un pie sobre la stela
ha pasado muchos días
inspirando a sus oyentes
el horror a las judías
que endiosaron, ¡Dios del Cielo,
que endiosaron a una hermosa
de la vida borrascosa,
que llamaban Herodías.
Palemón el Estilita "era un santo". Su retiro
circuían mercadentes de Lycoples y de Tiro,
judaizantes de apartadas sinagogas
que anhelaban de sus labios escuchar
la palabra de consuelo,
la palabra de verdad
que nos salve del castigo
y de par en par el Cielo
nos entregue; solo abrigo
contra el pérfido enemigo
que nos busca sin cesar
y nos tienta con el fuego de unos ojos
que destellan bajo el lino de una toca,
con la púrpura de frescos labios rojos
y los pálidos marfiles de una boca.
Al redor de la columna que habitaba el Estilita,
como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita
los turbantes, los bastones y los brazos
y demanda su sermón al solitario
cuya hueca voz de enfermo
fuerzas cobra ante la mies
que el Señor ha deparardo
a su hoz, y cruza el yermo
que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.
Y les habla de las obras de piedad y sacrificio,
de las rudas tentaciones del Apóstol, y del vicio
que llevamos en nosotros del ayuno; y el cilicio,
del vivir año tras año con las fieras
bajo rotos quitasoles de palmeras;
y les cuenta lo que es la sed y lo que es el hambre,
lo que son las noches cálidas de Libia,
cuando bulle de planetas un ejambre,
y susurra en las palmares la aura tibia,
que provocan en el ánimo cansado
de una vida muerta y loca
los recuerdos tormentosos que en los días pesarosos, que en los días soñolientos
de tristezas y de calma
nos golplean en el alma
con sus mágicos acentos
cual la espuma débil
toca
la cabeza dura y fría
de la roca.
De la turba que le oía
una linda pecadora
destacóse: parecía
la primera luz del día,
y en lo negro de sus ojos
la mirada tentadora
era un áspid: amplia túnica de grana
dibujaba las esferas de su seno;
nunca vieran los jardines de Ecbatana
otro talle más airoso, blanco y lleno;
bajo el arco victorioso de la cejas
era un triunfo la pupila quieta y brava,
y, cual conchas sonrosadas, las orejas
se escondían bajo un pelo que temblaba
como oro derretido:
de sus manos, blancas, frescas,
el purísimo diseño
semejaba lotos vivos
de alabastro,
irradiaba toda ella
como un astro:
era un sueño
que vagaba
con la turba adormecida
y cruzaba
-la sandalia al pie ceñida-
cual la muda sombra errante
de una sílfide,
de una sílfide seguida por su amante.
Y el buen monje
la miraba,
la miraba,
lamiraba,
y, queriendo hablar no hablaba,
y sentía su alma esclava
de la bella pecadora de mirada tentadora,
y un ardor nunca sentido
sus arterias encendía,
y un temblor desconocido
su figura
larga
y flaca
y amarilla
sacudía;
¡era el amor El monje adusto
en esa hora sintió el gusto
de los seres y la vida;
su guarida
de repente abandonaron
pensamientos tenebrosos
que en la mente
se asilaron
del proscrito
que, dejando su columna
de granito,
y en coloquio con la bella
cortesana,
se marchó por el desierto
despacito...
a la vista de la muda,
¡a la vista de la absorta caravana...
Cigüeñas blancas
Ciconia pietatis cultrix...
PETRONIO.
De cigüeñas la tímida bandada
recogiendo las alas blandamente,
paró sobre la torre abandonada
a la luz del crepúsculo muriente;
hora en que el Mago de feliz paleta
vierte bajo la cúpula radiante
pálidos tintes de fugaz violeta
que riza con su soplo el aura errante.
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrias,
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.
Afrenta la negrura de sus ojos
el abenuz de tonos encendidos,
y van los picos de matices rojos
a sus garganyas de alabastro unidos.
Vago signo de mística tristeza
es el perfil de su sedoso flanco
que evoca, cuando el sol se despereza,
las lentas agonías de lo Blanco.
Con la veste de mágica blancura,
con el traje de lánguido diseño,
semeja en el espacio su figur
el pálido estandarte del Ensueño.
Y si, huyendo la garra que la acecha,
el ala encoje, la cabeza extiende,
parece un arco de rojiza flecha
que oculta mano en el espacio tiende.
A los fulgores de sidérea lumbre,
en el vaivén de su cansado vuelo,
fingen, bajo la cóncava techumbre,
bacantes del azul ebrias de cielo...
*
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrias;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de sus mejores días.
Y restauro del mundo los abriles
que ya no volverán, horas risueñas
en que ligó sus ansias juveniles
al lento crotorar de las cigüeñas.
Ora dejando las heladas brumas,
a Grecia piden su dorado asilo;
ora baten el ampo de sus plumas
en las fangosas márgenes del Nilo.
Ya en el Lacio los cármenes de Oriente
olvidan con sus lagos y palmares
para velar en éxtasis ardiente
al Dios de la piedad en sus altares.
Y junto al numen que el romano adora
abre las alas de inviolada nieve;
en muda admiración, hora tras hora,
ni canta, ni respira, ni se mueve.
Y en reposo silente sobre el ara,
con su pico de púrpura encendida
ténue lámpara finge de Carrara,
sobre vivos corales sostenida.
¿Ostro en el pico y en tu pie desnudo
ostro también! ¿Corriste desalada
allá do al filo de puñal agudo
huye la sangre en trémula cascada?...
Levas las vestiduras sin mancilla
-prez en el Circo- de doncella santa,
cuando cortó la bárbara cuchilla
la red azul de su gentil garganta.
*
Todo tiene sus aves: la floresta,
de mirlos guarda deliciosos dúos;
el torreón de carcomida testa
oye la carcajada de los buhos:
la Gloria tiene el águlia bravía:
albo coro de cisnes los Amores;
tienen los montes que la nieve enfría
la estirpe colosal de los condores;
y de lo Viejo en el borroso escudo
-reliquia de volcado poderío-
su cuello erige en el espacio mudo
ella, ¡la novia lánguida del Frío!
La cigüeña es el alma del Pasado,
es la Piedad, es el Amor ya ido;
mas su velo también está manchado
y el numen del candor, envejecido...
¡Perlas, cubrid el ceñidor oscuro
que ennegrece la pompa de sus galas!
¡Detén, Olvido, el oleaje impuro
que ha manchado la albura de sus alas!
*
Turban sus vuelos la voluble calma
del arenal -un cielo incandescente-,
y en el dorado límite, la palma
que tuesta el rojo luminar: ¡Oriente!
Tú que adorabas la cigüeña blanca,
¿supiste su virtud? Entristecida
cuando una mano pérfida le arranca
su vagorosa libertad, no anida.
Sacra vestal de cultos inmortales
con la nostalgia de su altar caído,
se acoge a las vetustas catedrales
y entre sus grietas enmaraña el nido;
abandona las húmedas florestas
para buscar las brisas del verano,
y remonta veloz llevando a cuestas
el dulce peso de su padre anciano.
Es la amiga discreta de Cupido,
que del astro nocturno a los fulgores,
oye del rapazuelo entretenido
historias de sus íntimos amores:
con la morena de ceñida boca,
altos senos, febril y apasionada,
que exangües manos y mirar de loca
que enerva como flor emponzoñada;
o con la niña de pupilas hondas
-luz hecha carne, ¡floración del cielo!...-,
que al viento esparce las guedejas blondas
y es la carnal animación del hielo;
con la rubia de cutis perla y grana,
semítica nariz y azul ojera,
que parece, al través de su ventana,
casta virgen de gótica vidriera...
*
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.
Símbolo fiel de artísticas locuras,
arrastrarán mi sueño eternamente
con sus remos que azotan las alturas,
con sus ojos que buscan el Oriente.
Ellas, como la tribu desolada
que boga hacia el país de la Quimera,
atraviesan en mística bandada
en busca de amorosa Primavera:
y no ven cual los pálidos cantores
-más allá de los agrios arenales-,
gélidos musgos en lugar de flores
y en vez de Abril, las noches invernales.
Encarnecida raza de proscritos,
la sien quemada por divino sello;
náufragos que perecen dando gritos
entre faros de fúlgido destello.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Si pudiesen, asidos de tu manto,
ir, en las torres a labrar el nido;
si curase la llaga de su canto
el pensamiento de futuro olvido;
¡ah!, si supiese que el soñado verso,
el verso de oro que les dé la palma
y conquiste, vibrando, el universo,
¡oculto muere sin salir del alma!
Cantar, soñar..., conmovedor delirio,
deleite para el vulgo; amargas penas
a que nadie responde; atroz martirio
de Petronio cortándose las venas...
¡Oh poetas! Enfermos escultores
que hacen la forma con esmero pulcro,
¡y consumen los prístinos albores
cincelando su lóbrego sepulcro!
Aves que arrebatáis mi pensamiento
al limbo de las formas; divo soplo
traiga desde vosotras manso viento
a consagrar los filos de mi escoplo:
amo los vates de felina zarpa
que acendran en sus filos amargura
y lívido corcel, mueven el arpa,
a la histérica voz de su locura
Dadme el verso pulido en alabastro,
que, rígido y exangüe, como el ciego
mire sin ojos para ver: un astro
de blada luz cual cinerario fuego
¡Busco las rimas en dorada lluvia;
chispa, fuentes, cacada, lagos, ola!
¡Quiero el soneto cual león de Nubia:
de ancha cabeza y resonante cola!
*
Como el oso nostálgico y ceñudo,
de ojos dolientes y velludas garras,
que mira sin cesar el techo mudo
entre la cárcel de redondas barras,
esperando que salte la techumbre
y luz del cielo su pestaña toque;
con el delirio de subir la cumbre
o de flotar en el nevado bloque:
del fondo de mi lóbrega morada,
coronado de eneldo soporoso,
turbia la vista, en el azul clavada,
alimento mis sueños, como el oso;
y digo al veros de mi reja inmota
pájaros pensativos de albas penas:
quién pudiera volar a donde brota
la savia de tus mármoles. Atenas.
*
De cigüeñas la tímida bandada,
despegando las alas blandamente,
voló desde la torre abandonada
a la luz del crepúsculo creciente,
y saludó con triste algarabía
el perezoso despertar del día;
y al esfumarse en el confín del cielo,
palideció la bóveda sombría
con la blanca fatiga de su vuelo...
Las dos cabezas
Omnis plaga tristia cordis est et omnis malitia, nequitia
mulieris.
El eclesiástico.
JUDITH Y HOLOFERNES
(Tesis)
Blancos senos, redondos y desnudos, que al paso
de la hebrea se mueven bajo el ritmo sonoro
de las ajorcas rubias y los cintillos de oro,
vivaces como estrellas sobre la tez del raso.
Su boca, dos jacintos en indecible vaso,
da la sutil esencia de la voz.
Un tesoro de miel hincha la pulpa de su s carnes. El lloro
no dio nunca a esa faz languideces de ocaso.
Yacente sobre un lecho de sándalo, el Asirio
reposa fatigado; melancólico cirio
los objetos alarga y proyecta en la alfombra...
Y ella, mientras reposa la bélica falange,
muda, impasible, sola, y escondido el alfanje,
para el trágico golpe se rescata en la sombra.
*
Y ágil el tigre que salta la tupida maleza,
se lanzó las israelita sobre el héroe dormido,
y de doble mandoble, sin robarle un gemido,
del atlético tronco desgajó la cabeza.
Cómo de ánforas rotas, con urgida presteza,
desbordó en en oleadas el carmín encendido,
y de un lago de púrpura de sueño y de olvido,
recogió la homicida la pujante cabeza.
En el ojo apagado, las mejillas y el cuello,
de la barba, en sortijas, al ungido cabello
se apiñaban las sombras en siniestro derroche
sobre el lívido tajo de color granada...,
y fingía la negra cabeza destronada
una lúbrica rosa del jardín de la Noche.
SALOME Y JOAKANANN
(Antitesis)
Con un aire maligno de mujer y serpiente,
cruza en rápidos giros la mujer gitana
al compás de los crótalos. De su carne lozana
vuela equívoco aroma que satura el ambiente.
Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente:
las que prenden hogueras en la sangre liviana
y a las plantas deshojan de la déspota humana
o la flor de vida, o la flor de la mente.
Inyectados los ojos, con la faz amarilla,
el caduco Tetrarca se lanzó de su silla
tras la hermosa, gimiendo con febril arrebato:
"Por la miel de tus besos te daré Tiberiades";
y ella dícele: "En cambio de tus muertas ciudades,
dame a ver la cabeza del Eseniio en un plato."
*
Como viento que cierra con raquítico arbusto,
en el viejo magnate la pasión se desata,
y al guiñar de los ojos, el esclavo que mata
apercibe el acero con su brazo robusto.
Y hubo grave silencio cuando el cuello de Justo,
suelto el cálido arroyo de fugaz escarlata,
ofrecieron a Antipas en el plato de plata
que él tendió a ala sirena con medroso disgusto.
Una lumbre que viene de lejano infinito
da a las sienes del mártir y a su labio marchito
la blancura llorosa de cansado lucero.
Y- del mar de la muerte melancólica espuma-
la cabeza sin sangre de Esenio se esfuma
en las nubes de mirra de sutil pebetero.
Croquis
Bajo el puente y al pie de la torcida
y angosta callejuela del suburbio,
como un reptil en busca de guarida,
pasa el arroyo turbio...
Mansamente
bajo el arco de recia contextura
que el tiempo afelpa de verdosasa lama
sus ondas grises la corriente apura,
y en el borde los ásperos zarzales
prenden sus redes móviles
al canto de los yertos peñascales.
Al rayar de un crepúsculo, el mendigo
que era un loco tal vez, quizá un poeta,
bajo el candil de amarillenta lumbre
que iluminaba su guarida escueta.
lloró mucho...
Con honda pesadumbre
corrió al abismo, se lanzó del puente,
cruzó como un relámpago la altura,
y entre las piedras de la sima oscura
se rompió con estrépito la frente.
Era al amanecer. En el vacío
temblaba un astro de cabeza rubia,
y con la vieja ráfaga de hastío
que despierta a los hombres en sus lechos
vagaba un viento desolado y frío;
se crispaban los fr´giles helechos
de tallos cimbradores; lluvia densa
azotaba los techos:
enmudecía la ciudad inmensa
y me dije: ¡quién sabe
si aquellas tenues gotas del rocío,
si aquella casta lluvia
son lágrimas que vienen del vacío
desde los ojos de la estrella rubia!
Rubia estrella doliente,
solitario testigo
de la fuga del pálido mendigo,
¿fuiste su ninfa ausente?
¿eres su novia muerta,
que a los albores de otra luz despierta?
Rubia estrella, testigo
de la muerte del pálido mendigo,
cuéntame a solas su pasión secreta:
¿fue él acaso tu férvido poeta?
¿en las noches doradas,
bajo el quieto follaje de algún tilo,
tus manos delicadas
le entronaron el párpado tranquilo,
mientras volaba por su faz inquieta
tu fértil cabellera de violeta?
Rubia estrella doliente,
solitario testigo
de la fuga del pálido mendigo...
Va cayendo la tarde. Soplo vago
de insólita pavura
mana del fondo de la sima oscura
y el cadaver, ya frío,
se ha llevado en sus ímpetus el rio.
Entre la zarza un clan enflaquecido
lame con gesto de avidez suprema
el silex negro que manchó el caído
con el raudal de sus artesia rotas;
luego el áspero hocico relamido
frunce voraz, y con mirada aviesa,
temeroso que surja entre la gente
alguien que anhele compartir su presa,
clava los turbios ojos en el puente...
Hay un instante...
Hay un instante del crepúsculo
en el que las cosas brillan más,
fugaz momento palpitante
de una morosa intensidad.
Se aterciopelan los ramajes,
pulen las torres su perfil,
burila un ave su silueta
sobre el plafondo de zafir.
Muda la tarde, se concentra
para el olvido de la luz,
y la penetra un dón suave
de melancólica quietud.
Como si el orbe recogiera
todo su bien y su beldad,
toda su fe, toda su gracia,
contra la sombra que vendrá...
Mi ser florece en esa hora
de misterioso florecer;
llevo un crepúsculo en el alma,
de ensoñadora placidez;
en él reinventarn los renuevos
de la ilusión primaveral
y en él me embriago con aromas
de algún jardín que hay ¡más allá!
Página creada por María Cervera, Ainatana García y Aida Mínguez, Universitat Jaume I.