Don Sancho García
Conde de Castilla
Doña Ava, Condesa viuda de Castilla, madre y tutora del Conde Don Sancho García, Príncipe de tierna edad, enamorada de Almanzor, Rey moro de Córdoba, intenta dar veneno a su hijo por complacer a su amante; cuya ambición aspiraba a ocupar el trono de Castilla, más que a reinar en el corazón de la Condesa. El cielo, visible y único Juez de los Soberanos, dispone que la Condesa beba el veneno que sus impías manos habían preparado para su hijo.
Este asunto ha sido tratado en las tablas de nuestro antiguo teatro según el gusto que dominaba en el siglo pasado.
He compuesto este drama conformándome al estilo de esta era. Conozco yo mismo algunos defectos en mi tragedia: el Público notará muchos más. Creo merecer el perdón de los primeros por la sinceridad con que los confieso; y espero obtener el de los segundos por el dócil carácter del Público español, acostumbrado a disimular las faltas de los AA., en cuyas obras se ven afectos de religión, honor, patriotismo y vasallaje.
J. C.
ACTORES
ALMANZOR, Rey moro de Córdoba, amante de
DOÑA AVA, Condesa viuda de Castilla, madre y tutora de
DON SANCHO GARCIA, Conde de Castilla, educado por
DON GONZALO, Montero de Espinosa, noble anciano de Castilla.
DOÑA ELVIRA, sobrina de Don Gonzalo.
ALEK, Ministro de Almanzor.
Damas Castellanas.
Soldados Castellanos.
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
La escena es en un salón del palacio de los Condes de Castilla.
ALMANZOR y la CONDESA sin guardias ni acompañamiento.
CONDESA.- No te encuentro, Almanzor, como solía,
el rostro y pecho lleno de alegría.
Dime la causa atroz de tu disgusto:
mi alma hasta saberlo está en susto.
Cuanto placer tu amor me ha concedido
no equivale al dolor con que he sabido
tu tristeza: si me amas, dilo presto.
¡Ay! mientras más continuo, más funesto
es tu silencio. ¿Un alma vacilante
con quién podrá mejor que con su amante
su tristeza contar para aliviarla?
Acaba de matarme, o relatarla;
si alguna vez mi pecho...
ALMANZOR.- No, Condesa;
no bastará el amor que me profesa.
Mayor que tu cariño es el cuidado
que ves en mi semblante, fiel traslado
de lo que mi alma siente: es un abismo
en que peleo yo conmigo mismo.
En ansias tales consultar debía
con tu talento la desgracia mía;
pero lejos, te juro, de aliviarme,
la primera serás a atormentarme.
CONDESA.- Si supieras la pena con que veo,
que lejos de agradar a mi deseo,
aumentas con tus dudas mi quebranto,
ese secreto no ocultaras tanto.
¿Qué habrá en el mundo que ocultarme debas?
ALMANZOR.- Mi pena contaré, como te atrevas
a darme tú el remedio con tu brío;
pero lo dudo.
CONDESA.- De este pecho mío,
¿qué dudas? ¿qué, te olvidas que en él mandas?
¿cuándo tus leyes no me han sido blandas?
¿no sabes cuánto anhelo a complacerte?
¿qué me pides? La vida? Dame muerte.
Gustosa te daré el postrer aliento:
ese será mi más feliz momento.
¿A Córdoba me mandas que te siga?
¿ser yo tu esclava? ¿España mi enemiga?
¿qué habrá, Almanzor, que de tu amor me aparte?
ALMANZOR.- Haber nacido Rey.
CONDESA.- Llega a explicarte;
haré cuanto me digas.
ALMANZOR.- ¿Lo aseguras?
¿cumplirás lo que ofreces? ¿me lo juras?
CONDESA.- ¡Ay cielos! Yo pensaba que tu pecho
podía estar del mío satisfecho.
Esas desconfianzas de tus labios
son de mi tierno amor nuevos agravios.
¿Por qué me pides nuevo juramento?
¿Por qué nuevas sospechas? ¿con qué intento
me pides otra vez nueva promesa?
CONDESA.- Porque es mayor que todas, oh Condesa,
la nueva gracia que a pedirte vengo,
por eso a tu pasión tanto prevengo.
No recelo me falte tu fineza,
mas sé de las mujeres la flaqueza:
emprenden fácilmente cuanto intentan;
mas si dificultad experimentan,
se apartan de la empresa que intentaron
tan fácilmente como la idearon.
CONDESA.- No con razón arguyes de ligero
al sexo mío: acuérdate primero
del tesón que he mostrado por mi parte:
¡oh, cuánto me ha costado el estimarte!
Lo sabes: mis vasallos se opusieron
luego que mi cariño conocieron
en tu persona puesto. Ellos osados,
y contra tu nación preocupados,
de nuestro amor hablaban con injurias:
corté sus vuelos, y calmé sus furias.
Yo sola, sin auxilio, ni consejos
rompí la nube que tronaba lejos.
Calló Castilla ya. ¿Ya no se opone
al yugo extraño que mi amor le pone:
qué habrá que yo no alcance y te conceda?
ALMANZOR.- Tal vez será lo que tu amor no pueda.
Es tal, que no me atrevo a proferirlo;
pero en este papel quiero escribirlo. Escribe.
CONDESA.- ¡Cielos, qué miro! ¡Qué turbado escribe!
¡Qué nuevo susto el corazón recibe!
¡Su mano tiembla, y tiembla el pecho mío!
¡Ay! ¿qué será? Parece desvarío
el susto que al turbarle me conmueve:
agüero infausto contenerse debe
en el papel: parece que se anega
en sangre, que a mi mismo pecho llega.
Ya lo acabó. Si dura más, ¡ay Cielos!
mi vida acabarían mis recelos.
ALMANZOR.- Si mi cariño, si mi bien deseas,
lee el papel; y luego que lo veas,
harás, Condesa, cuanto en él te pido.
Dándola el papel.
Si te falta valor, desde hoy te olvido.