Bibliografía                                         Antología                                                        (Página creada por Pedro Soto)    

Félix Maria Samaniego

Bibliografía. Nació de noble familia vasca en La Guardia, en la Rioja alavesa, el 12 de octubre de 1745. Abandonó los estudios de derecho en Valladolid, y viajó por Francia. Su tío, el Conde de Peñaflorida, fundó la Sociedad Vascongada de Amigos del País, la primera sociedad económica de España; y para los alumnos del seminario que la Sociedad mantenía en Vergara compuso Samaniego, socio también, las Fábulas morales, su obra más conocida, derivada sobre todo de La Fontaine. Su vida retirada no le evitó escaramuzas con la Inquisición ni el verse envuelto en polémicas contra Huerta y Tomás de Iriarte. Murió en La Guardia el de agosto de 1801.

 

Antología

 
 

EL LEON VENCIDO POR EL HOMBRE

Cierto artífice pintó

una lucha en que, valiente,

un hombre tan solamente

a un horrible león venció.

Otro león, que el cuadro vio,

sin preguntar por su autor,

en tono despreciador

dijo: Bien se deja ver

que es pintar como querer,

y no fue león el pintor.
 
 

LOS DOS AMIGOS Y EL OSO

A dos amigos se apareció un oso.

El uno, muy medroso,

en las ramas de un árbol se asegura;

el otro, abandonado a la ventura,

se finge muerto repentinamente.

El oso se le acerca lentamente;

mas como este animal, según se cuenta,

de cadáveres nunca se alimenta,

sin ofenderlo lo registra y toca,

huélele las narices y la boca;

no le siente el aliento,

ni el menor movimiento;

y así, se fue diciendo sin recelo:

«Este tan muerto está como mi abuelo.»

Entonces el cobarde,

de su grande amistad haciendo alarde,

del árbol se desprende muy ligero,

corre, llega y abraza al compañero,

pondera la fortuna

de haberle hallado sin lesión alguna,

y al fin le dice: «Sepas que he notado

que el oso te decía algún recado.

¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido;

estas dos palabritas al oído:

Aparta tu amistad de la persona

que si le ve en el riesgo, te abandona.»
 
 

LOS ANIMALES CON PESTE

En los montes, los valles y collados,

de animales poblados,

se introdujo la peste de tal modo,

que en un momento lo inficiona todo.

Allí, donde su porte el león tenía,

mirando cada día

las cacerías, luchas y carreras

de mansos brutos y de bestias fieras,

se veían los campos ya cubiertos

de enfermos miserables y de muertos.

«Mis amados hermanos»,

exclamó el triste Rey, «mis cortesanos,

ya veis que el justo cielo nos obliga

a implorar su piedad, pues nos castiga

con tan horrenda plaga;

tal vez se aplacará con que se le haga

sacrificio de aquel más delincuente,

y muera el pecador, no el inocente.

Confiese todo el mundo su pecado.

Yo, cruel, sanguinario, he devorado

inocentes corderos,

ya vacas, ya terneros,

y he sido, a fuerza de delito tanto,

de la selva terror, del bosque espanto.»

«Señor», dijo la zorra, «en todo eso

no se halla más exceso

que el de vuestra bondad, pues que se digna

de teñir en la sangre ruin, indigna,

de los viles cornudos animales

los sacros dientes y las uñas reales.»

Trató la corte al Rey de escrupuloso,

Allí del tigre, de la onza y oso

se oyeron confesiones

de robos y de muertes a millones;

mas entre la grandeza, sin lisonja,

pasaron por escrúpulos de monja.

El asno, sin embargo, muy confuso

prorrumpió; «Yo me acuso

que al pasar por un trigo este verano,

yo hambriento y él lozano,

sin guarda ni testigo,

caí en la tentación: comí del trigo.»

«¡Del trigo! ¡y un jumento!»

gritó la zorra, «¡horrible atrevimiento!»

Los cortesanos claman: «Este, éste

irrita al cielo, que nos da la peste.»

Pronuncia el Rey de muerte la sentencia,

y ejecutóla el lobo a su presencia.

Te juzgarán virtuoso,

si eres, aunque perverso, poderoso;

y aunque bueno, por malo detestable,

cuando te miran pobre y miserable.

Esto hallará en la corte quien la vea,

y aun en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!
 
 

EL LEON Y EL RATON

Estaba un ratoncillo aprisionado

en las garras de un león; el desdichado

en la tal ratonera no fue preso

por ladrón de tocino ni de queso,

sino porque con otros molestaba

al león, que en su retiro descansaba.

Pide perdón, llorando su insolencia;

al oír implorar la real clemencia,

responde el Rey en majestuoso tono

(no dijera más Tito): «Te perdono.»

Poco después, cazando, el león tropieza

en una red oculta en la maleza;

quiere salir, mas queda prisionero;

atronando la selva ruge fiero.

El libre ratoncillo, que lo siente,

corriendo llega; roe diligente

los nudos de la red de tal manera

que al fin rompió los grillos de la fiera.

Conviene al poderoso

para los infelices ser piadoso;

tal vez se puede ver necesitado

del auxilio de aquel más desdichado:
 
 

EL GALLO Y EL ZORRO

Un gallo muy maduro,

de edad provecta, duros espolones,

pacífico y seguro,

sobre un árbol oía las razones

de un zorro muy cortés y muy atento,

más elocuente cuanto más hambriento.

«Hermano», le decía,

«ya cesó entre nosotros una guerra

que cruel repartía

sangre y plumas al viento y a la tierra.

Baja; daré, para perpetuo sello,

mis amorosos brazos a tu cuello.»

«Amigo de mi alma»,

responde el gallo, «¡qué placer inmenso

en deliciosa calma

deja esta vez mi espíritu suspenso!

Allá bajo, allá voy tierno y ansioso

a gozar en tu seno mi reposo.

«Pero aguarda un instante,

porque vienen, ligeros como el viento,

y ya están adelante,

dos correos que llegan al momento,

de esta noticia portadores fieles,

y son, según la traza, dos lebreles.»

dijo el zorro, «que estoy muy ocupado;

luego hablaré contigo

para finalizar este tratado.»

El gallo se quedó lleno de gloria,

cantando en esta letra su victoria:

Siempre trabaja en su daño

el astuto engañador;

a un engaño hay otro engaño,

a un pícaro otro mayor.
 
 

EL BUHO Y EL HOMBRE

Vivía en un granero retirado

un reverendo búho, dedicado

a sus meditaciones,

sin olvidar la caza de ratones.

Se dejaba ver poco, mas con arte;

al Gran Turco imitaba en esta parte.

El dueño del granero

por azar advirtió que en un madero

el pájaro nocturno

con gravedad estaba taciturno.

El hombre le miraba y se reía.

«¡Qué carita de pascua!», le decía.

«¿Puede haber más ridículo visaje?

Vaya, que eres un raro personaje.

¿Por qué no has de vivir alegremente

con la pájara gente,

seguir desde la aurora

a la turba canora

de jilgueros, calandrias, ruiseñores,

por valles, fuentes, árboles y flores?»

«Piensas a lo vulgar, eres un necio»;

dijo el solemne búho con desprecio;

«mira, mira, ignorante,

a la sabiduría en mi semblante:

mi aspecto, mi silencio, mi retiro,

aun yo mismo lo admiro.

Si rara vez me digno, como sabes,

de visitar la luz, todas las aves

me siguen y rodean; desde luego

mi mérito conocen, no lo niego.»

«Ah, tonto presumido»,

el hombre dijo así; «ten entendido

que las aves, muy lejos de admirarte

te siguen y rodean por burlarte.

De ignorante orgulloso te motejan,

como yo a aquellos hombres que se alejan

del trato de las gentes,

y con extravagancias diferentes

han llegado a doctores en la ciencia

de ser sabios no más que en la apariencia.»

De esta suerte de locos

hay hombres como búhos, y no pocos.