Bibliografía                                         Antología                                                        (Página creada por Pedro Soto)
 
Manuel José Quintana

Bibliografía.Nació en Madrid, el 11 de abril de 1772. Estudió derecho en Salamanca y ejerció la abogacía en
Madrid. Siguiendo la dirección iniciada por Jovellanos, cultivó con preferencia la poesía seria; y más
tarde se enorgulleció de haber lanzado rayos "al opresor de Europa / en ecos antes no usados / de
las Musas españolas". En 1814 ingresó en la Real Academia Española y en la de San Fernando.
Durante la Guerra de la Independencia había militado en el ala liberal del partido antibonapartista, y
sufrió las consiguientes persecuciones bajo Fernando VII. Después de la muerte de este monarca
recibió honores de toda clase, entre ellos el incluírsele en vida en la Biblioteca de Autores
Españoles, y el ser laureado por Isabel II en 1855. Quintana murió en Madrid, en marzo de 1857.

 

                                 Antología
 

A LA INVENCION DE LA IMPRENTA

¿Será que siempre la ambición sangrienta

o del solio el poder pronuncie sólo

cuando la trompa de la fama alienta

vuestro divino labio, hijos de Apolo?

¿No os da rubor? El don de la alabanza,

la hermosa luz de la brillante gloria

¿serán tal vez del nombre a quien daría

eterno oprobio o maldición la historia?

¡Oh!, despertad: el humillado acento

con majestad no usada

suba a las nubes penetrando el viento;

y si queréis que el universo os crea

dignos del lauro en que ceñís la frente,

que vuestro canto enérgico y valiente

digno también del universo sea.

No los aromas del loor se vieron

vilmente degradados

así en la Antigüedad: siempre las aras

de la invención sublime,

del Genio bienhechor los recibieron.

Nace Saturno, y de la madre tierra

el seno abriendo con el fuerte arado,

el precioso tesoro

de vivífica mies descubre al suelo,

y grato el canto le remonta al cielo,

y dios le nombra de los siglos de oro.

¿Dios no fuiste también tú, que allá un día

cuerpo a la voz y al pensamiento diste,

y trazándola en letras detuviste

la palabra veloz que antes huía?

Sin ti se devoraban

los siglos a los siglos, y a la tumba

de un olvido eternal yertos bajaban.

Tú fuiste: el pensamiento

miró ensanchar la limitada esfera

que en su infancia fatal le contenía.

Tendió las alas, y arribó a la altura,

de do escuchar la edad que antes viviera,

y hablar ya pudo con la edad futura.

¡Oh, gloriosa ventura!

Goza, Genio inmortal, goza tú solo

del himno de alabanza y los honores

que a tu invención magnífica se deben:

contémplala brillar; y cual si sola

a ostentar su poder ella bastara,

por tanto tiempo reposar Natura

de igual prodigio al universo avara.

Pero al fin sacudiéndose, otra prueba

la plugo hacer de sí, y el Rin helado

nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano

que el hombre al pensamiento

alcanzase escribiéndole a dar vida,

si desnudo de curso y movimiento

en letargosa oscuridad se olvida?

No basta un vaso a contener las olas

del férvido Oceano,

ni en sólo un libro dilatarse pueden

los grandes dones del ingenio humano.

¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura

un tipo basta a producir sin cuento

seres iguales, mi invención la siga;

que en ecos mil y mil sienta doblarse

una misma verdad, y que consiga

las alas de la luz al desplegarse».

Dijo, y la Imprenta fue; y en un momento

vieras la Europa atónita, agitada

con el estruendo sordo y formidable

que hace sañudo el viento

soplando el fuego asolador que encierra

en sus cavernas lóbregas la tierra.

¡Ay del alcázar que al error fundaron

la estúpida ignorancia y tiranía!

El volcán reventó, y a su porfía

los soberbios cimientos vacilaron.

¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo

que abortó el dios del mal, y que insolente

sobre el despedazado Capitolio

a devorar el mundo impunemente

osó fundar su abominable solio?

Dura, sí; mas su inmenso poderío

desplomándose va; pero su ruina

mostrará largamente sus estragos.

Así torre fortísima domina

la altiva cima de fragosa sierra;

su albergue en ella y su defensa hicieron

los hijos de la guerra,

y en ella su pujanza arrebatada

rugiendo los ejércitos rompieron.

Después abandonada,

y del silencio y soledad sitiada,

conserva, aunque ruinosa, todavía

la aterradora faz que antes tenía.

Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae;

cae, los campos gimen

con los rotos escombros, y entretanto

es escarnio y baldón de la comarca

la que antes fue su escándalo y espanto.

Tal fue el lauro primero que las sienes

ornó de la razón, mientras osada,

sedienta de saber la inteligencia,

abarca el universo en su gran vuelo.

Levántase Copérnico hasta el cielo,

que un velo impenetrable antes cubría,

y allí contempla el eternal reposo

del astro luminoso

que da a torrentes su esplendor al día.

Siente bajo su planta Galileo

nuestro globo rodar; la Italia ciega

le da por premio un calabozo impío,

y el globo en tanto sin cesar navega

por el piélago inmenso del vacío.

Y navegan con él impetüosos,

a modo de relámpagos huyendo,

los astros rutilantes; mas lanzado

veloz el genio de Newton tras ellos,

los sigue, los alcanza,

y a regular se atreve

el grande impulso que sus orbes mueve.

«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,

hallar la ley en que sin fin se agitan

la atmósfera y el mar, partir los rayos

de la impalpable luz, y hasta en la tierra

cavar y hundirte, y sorprender la cuna

del oro y del cristal? Mente ambiciosa,

vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa

lanzó su indignación en sus clamores.

«¡Conque el mundo moral todo es horrores!

¡Conque la atroz cadena

que forjó en su furor la tiranía,

de polo a polo inexorable suena,

y los hombres condena

de la vil servidumbre a la agonía!

¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,

y el cuchillo y el fuego a la defensa

en su diestra nefaria apercibieron.

¡Oh, insensatos! ¡Qué hacéis! Esas hogueras

que a devorarme horribles se presentan

y en arrancarme a la verdad porfían,

fanales son que a su esplendor me guían,

antorchas son que su victoria ostentan.

En su amor anhelante

mi corazón extático la adora,

mi espíritu la ve, mis pies la siguen.

No: ni el hierro ni el fuego amenazante

posible es ya que a vacilar me obliguen.

¿Soy dueño, por ventura,

de volver el pie atrás? Nunca las ondas

tornan del Tajo a su primera fuente

si una vez hacia el mar se arrebataron:

las sierras, los peñascos su camino

se cruzan a atajar; pero es en vano,

que el vencedor destino

las impele bramando al Oceano.

Llegó, pues, el gran día

en que un mortal divino, sacudiendo

de entre la mengua universal la frente,

con voz omnipotente

dijo a la faz del mundo: «EL HOMBRE ES LIBRE.»

Y esta sagrada aclamación saliendo,

no en los estrechos límites hundida

se vio de una región: el eco grande

que inventó Guttemberg la alza en sus alas;

y en ellas conducida

se mira en un momento

salvar los montes, recorrer los mares,

ocupar la extensión del vago viento,

y sin que el trono o su furor la asombre,

por todas partes el valiente grito

sonar de la razón: «LIBRE ES EL HOMBRE.»

Libre, sí, libre; ¡oh dulce voz! Mi pecho

se dilata escuchándote y palpita,

y el numen que me agita.

de tu sagrada inspiración henchido,

a la región olímpica se eleva,

y en sus alas flamígeras me lleva.

¿Dónde quedáis, mortales

que mi canto escucháis? Desde esta cima

miro al destino las ferradas puertas

de su alcázar abrir, el denso velo

de los siglos romperse, y descubrirse

cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra

ese planeta mísero en que ardieron

la implacable ambición, la horrible guerra.

Ambas gimiendo para siempre huyeron,

como la peste y las borrascas huyen

de la afligida zona que destruyen,

si los vientos del polo aparecieron.

Los hombres todos su igualdad sintieron,

y a recobrarla las valientes manos

al fin con fuerza indómita movieron.

No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos

que amor y paz el universo llenan,

amor y paz por dondequier respiran,

amor y paz sus ámbitos resuenan.

Y el Dios del bien sobre su trono de oro

el cetro eterno por los aires tiende;

y la serenidad y la alegría

al orbe que defiende

en raudales benéficos envía.

¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna,

el magnífico y bello monumento

que a mi atónita vista centellea?

No son, no, las pirámides que al viento

levanta la miseria en la fortuna

del que renombre entre opresión granjea.

Ante él por siempre humea

el perdurable incienso

que grato el orbe a Guttemberg tributa,

breve homenaje a su favor inmenso.

¡Gloria a aquél que la estúpida violencia

de la fuerza aterró, sobre ella alzando

a la alma inteligencia!

¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,

su influjo eternizó libre y fecundo!

¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!
 
 

A LA EXPEDICION ESPAÑOLA

PARA PROPAGAR LA VACUNA EN AMÉRICA

BAJO LA DIRECCION DE DON FRANCISCO BALMIS

¡Virgen del mundo, América inocente!

Tú, que el preciado seno

al cielo ostentas de abundancia lleno,

y de apacible juventud la frente;

tú, que a fuer de más tierna y más hermosa

entre las zonas de la madre tierra

debiste ser del hado,

ya contra ti tan inclemente y fiero,

delicia dulce y el amor primero,

óyeme: si hubo vez en que mis ojos,

los fastos de tu historia recorriendo,

no se hinchasen de lágrimas; si pudo

mi corazón sin compasión, sin ira

tus lástimas oír, ¡ah!, que negado

eternamente a la virtud me vea,

y bárbaro y malvado,

cual los que así te destrozaron, sea.

Con sangre están escritos

en el eterno libro de la vida

esos dolientes gritos

que tu labio afligido al cielo envía.

Claman allí contra la patria mía,

y vedan estampar gloria y ventura

en el campo fatal donde hay delitos.

¿No cesarán jamás? ¿No son bastantes

tres siglos infelices

de amarga expiación? Ya en estos días

no somos, no, los que a la faz del mundo

las alas de la audacia se vistieron

y por el ponto Atlántico volaron;

aquéllos que al silencio en que yacías,

sangrienta, encadenada, te arrancaron.

«Los mismos ya no sois; pero mi llanto

por eso ha de cesar? Yo olvidaría

el rigor de mis duros vencedores:

su atroz codicia, su inclemente saña

crimen fueron del tiempo y no de España.

Mas ¿cuándo, ¡ay, Dios!, los dolorosos males

podré olvidar que aún mísera me ahogan?

Y entre ellos... ¡Ah!, venid a contemplarme,

si el horror no os lo veda, emponzoñada

con la peste fatal que a desolarme

de sus funestas naves fue lanzada.

Como en árida mies hierro enemigo,

como sierpe que infesta y que devora,

tal su ala abrasadora

desde aquel tiempo se ensañó conmigo.

Miradla embravecerse, y cuál sepulta

allá en la estancia oculta

de la muerte, mis hijos, mis amores.

Tened, ¡ay! compasión de mi agonía,

los que os llamáis de América señores;

ved que no basta a su furor insano

una generación: ciento se traga;

y yo, expirante, yerma, a tanta plaga

demando auxilio, y le demando en vano.»

Con tales quejas el Olimpo hería,

cuando en los campos de Albión natura

de la viruela hidrópica al estrago

el venturoso antídoto oponía.

La esposa dócil del celoso toro

de este precioso don fue enriquecida,

y en las copiosas fuentes le guardaba

donde su leche cándida a raudales

dispensa a tantos alimento y vida.

JENNER lo revelaba a los mortales;

las madres desde entonces

sus hijos a su seno

sin susto de perderlos estrecharon,

desde entonces la doncella hermosa

no tembló que estragase este veneno

su tez de nieve y su color de rosa.

A tan inmenso don agradecida,

la Europa toda en ecos de alabanza

con el nombre de JENNER se recrea;

ya en su exaltación eleva altares

donde, a par de sus genios tutelares,

siglos y siglos adorar le vea.

De tanta gloria a la radiante lumbre,

en noble emulación llenando el pecho,

alzó la frente un español: «No sea»,

clamó, «que su magnánima costumbre

en tan grande ocasión mi patria olvide.

El don de la invención es de Fortuna.

Gócele allá un inglés; España ostente

su corazón espléndido y sublime,

y dé a su majestad mayor decoro,

llevando este tesoro

donde con más violencia el mal oprime.

Yo volaré, que un Numen me lo manda,

yo volaré; del férvido Oceano

arrostraré la furia embravecida,

y en medio de la América infestada

sabré plantar el árbol de la vida.»

Dijo; y apenas de su labio ardiente

estos ecos benéficos salieron,

cuando, tendiendo al aire el blando lino,

ya en el puerto la nave se agitaba

por dar principio a tan feliz camino.

Lánzase el argonauta a su destino.

Ondas del mar, en plácida bonanza

llevad ese depósito sagrado

por vuestro campo líquido y sereno;

de mil generaciones la esperanza

va allí, no la aneguéis; guardad el trueno,

guardad el rayo, y la fatal tormenta

al tiempo en que, dejando

aquellas playas fértiles remotas,

de vicios y oro y maldición preñadas,

vengan triunfando las soberbias flotas.

A BALMIS respetad ¡Oh, heroico pecho,

que en tan bello afanar tu aliento empleas.

Ve impávido a tu fin. La horrenda saña

de un ponto siempre ronco y borrascoso,

del vértigo espantoso

la devorante boca,

la negra faz de cavernosa roca

donde el viento quebranta los bajeles,

de los rudos peligros que te aguardan

los más grandes no son ni más crueles.

Espéralos del hombre: el hombre impío,

encallado en error ciego, envidioso,

será quien sople el huracán violento

que combata bramando el noble intento.

Mas sigue, insiste en él firme y seguro;

y cuando llegue de la lucha el día,

ten fijo en la memoria

que nadie sin tesón y ardua porfía

pudo arrancar las palmas de la gloria.

Llegas, en fin. La América saluda

a su gran bienhechor, y al punto siente

purificar sus venas

el destinado bálsamo; tú entonces

de ardor más generoso el pecho llenas,

y, obedeciendo al Numen que te guía,

mandas volver la resonante prora

a los reinos del Ganges y a la Aurora.

El mar del Mediodía

te vio asombrado sus inmensos senos

incansable surcar; Luzón te admira,

siempre sembrando el bien en tu camino,

y al acercarte al industrioso chino

es fama que en su tumba respetada

por verte alzó la venerable frente

Confucio, y que exclamaba en su sorpresa:

«¡Digna de mi virtud era esta empresa!»

¡Digna, hombre grande, era de ti! ¡Bien digna

de aquella luz altísima y divina

que en días más felices

la razón, la virtud aquí encendieron!

Luz que se extingue ya: BALMIS, no tornes;

no crece ya en Europa

el sagrado laurel con que te adornes.

Quédate allá, donde sagrado asilo

tendrán la paz, la independencia hermosa;

quédate allá, donde por fin recibas

el premio augusto de tu acción gloriosa.

Un pueblo, por ti inmenso, en dulces himnos,

con fervoroso celo

levantará tu nombre al alto cielo;

y aunque en los sordos senos

tú ya durmiendo de la tumba fría

no los oirás, escúchalos al menos

en los acentos de la musa mía.
 
 

A ESPAÑA, DESPUÉS DE LA REVOLUCION DE MARZO
¿Qué era, decidme, la nación que un día

reina del mundo proclamó el destino,

la que a todas las zonas extendía

su cetro de oro y su blasón divino?

Volábase a occidente,

y el vasto mar Atlántico sembrado

se hallaba de su gloria y su fortuna.

Doquiera España: en el preciado seno

de América, en el Asia, en los confines

del Africa, allí España. El soberano

vuelo de la atrevida fantasía

para abarcarla se cansaba en vano;

la tierra sus mineros le rendía,

sus perlas y coral el Oceano,

y dondequier que revolver sus olas

el intentase, a quebrantar su furia

siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,

abandonada a la insolencia ajena,

como esclava en mercado, ya aguardaba

la ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué de plagas, oh, Dios! Su aliento impuro

la pestilente fiebre respirando,

infestó el aire, emponzoñó la vida,

el hambre enflaquecida

tendió sus brazos lívidos, ahogando

cuanto el contagio perdonó; tres veces

de Jano el templo abrimos,

y a la trompa de Marte aliento dimos,

tres veces, ¡ay!, los dioses tutelares

su escudo nos negaron y nos vimos

rotos en tierra y rotos en los mares.

¿Qué en tanto tiempo viste

por tus inmensos términos, oh, Iberia?

¿Qué viste ya sino funesto luto,

honda tristeza, sin igual miseria,

de tu vil servidumbre acerbo fruto?

Así, rota la vela, abierto el lado,

pobre bajel a naufragar camina,

de tormenta en tormenta despeñado,

por los yermos del mar; ya ni en su popa

las guirnaldas se ven que antes le ornaban,

ni en señal de esperanza y de contento

la flámula riendo al aire ondea.

Cesó en su dulce canto el pasajero,

ahogó su vocería

el ronco marinero;

terror de muerte en torno le rodea,

terror de muerte silencioso y frío;

y él va a estrellarse al áspero bajío.

Llega el momento, en fin; tiende su mano

el tirano del mundo al occidente,

y fiero exclama: «El occidente es mío.»

Bárbaro gozo en su ceñuda frente

resplandeció, como en el seno oscuro

de nube tormentosa en el estío

relámpago fugaz brilla un momento,

que añade horror con su fulgor sombrío.

Sus guerreros feroces

con gritos de soberbia el viento llenan;

gimen los yunques, los martillos suenan,

arden las forjas. ¡Oh, vergüenza! ¿Acaso

pensáis que espadas son para el combate

las que mueven sus manos codiciosas?

No en tanto os estiméis; grillos, esposas,

cadenas son, que en vergonzosos lazos

por siempre amarren tan inertes brazos.

Estremecióse España

del indigno rumor que cerca oía,

y al grande impulso de su justa saña

rompió el volcán que en su interior hervía.

Sus déspotas antiguos

consternados y pálidos se esconden;

resuena el eco de venganza en torno,

y del Tajo las márgenes responden:

«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,

los colosos de oprobio y de vergüenza

que nuestro bien en su insolencia ahogaban?

Su gloria fue, nuestro esplendor comienza

y tú orgulloso y fiero

viento que aún hay Castilla y castellanos,

precipitas al mar tus rubias ondas,

diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»

¡Oh, triunfo! ¡Oh, gloria! ¡Oh, celestial momento!

¿Conque puede ya dar el labio mío

el nombre augusto de la Patria al viento?

Yo le daré; mas no en el arpa de oro

que mi cantar sonoro

acompañó hasta aquí; no aprisionado

en estrecho recinto, en que se apoca

el numen en el pecho

y el aliento fatídico en la boca.

Desenterrad la lira de Tirteo,

y al aire abierto, a la radiante lumbre

del sol, en la alta cumbre

del riscoso y pinífero Fuenfría,

allí volaré yo, y allí cantando

con voz que atruene en rededor la sierra,

lanzaré por los campos castellanos

los ecos de la gloria y de la guerra.

¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,

único asilo y sacrosanto escudo

al ímpetu sañudo

del fiero Atila que a occidente oprime!

¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis

ved del Tercer Fernando alzarse airada

la augusta sombra; su divina frente

mostrar Gonzalo en la imperial Granada;

blandir el Cid su centellante espada,

y allá sobre los altos Pirineos,

del hijo de Jimena

animarse los miembros giganteos.

En torvo ceño y desdeñosa pena

ved cómo cruzan por los aires vanos;

y el valor exhalando que se encierra

dentro del hueco de sus tumbas frías,

en fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!

«¡Pues qué! ¡Con faz serena

vierais los campos devastar opimos,

eterno objeto de ambición ajena,

herencia inmensa que afanando os dimos?

Despertad, raza de héroes; el momento

llegó ya de arrojarse a la victoria;

que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,

que vuestra gloria humille nuestra gloria.

No ha sido en el gran día

el altar de la Patria alzado en vano

por vuestra mano fuerte.

Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte

que consentir jamás ningún tirano!»

Sí, yo lo juro, venerables sombras;

yo lo juro también, y en este instante

ya me siento mayor. Dadme una lanza,

ceñidme el casco fiero y refulgente,

volemos al combate, a la venganza,

y el que niegue su pecho a la esperanza

hunda en el polvo la cobarde frente.

Tal vez el gran torrente

de la devastación en su carrera

me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura

no se muere una vez? ¿No iré, expirando,

a encontrar nuestros ínclitos mayores?

«¡Salud, oh padres de la Patria mía»,

yo les diré, «salud! La heroica España

de entre el estrago universal y horrores

levanta la cabeza ensangrentada

y, vencedora de su mal destino,

vuelve a dar a la tierra amedrentada

su cetro de oro y su blasón divino.»