NICOMEDES PASTOR DÍAZ
(1811-1863)

Nicomedes Pastor Díaz nació en Vivero (Lugo) el 15 de septiembre de 1811. Su padre era Oficial del Cuerpo de la Armada y sostenía con su trabajo a una familia numerosa, que llegó a constar de doce miembros. Su casa estaba frente al mar, al lado de la ría, lo que motivó algún recuerdo nostálgico del poeta.
Sus primeros estudios los realizó en su villa natal y pasó luego al Seminario de Mondoñedo, donde estudió filosofía. Del Seminario pasó a la Universidad de Santiago. Sus preferencias por la literatura y los inicios de su creatividad poética despuntaron aquí, donde escribió algunas composiciones de valía, como«El Amor sin Objeto», el poema en gallego «A Alborada» -inicio del resurgir poético de esa lengua- y«Mi Color» (1828). Esta voluntad estética arraigó definitivamente en su persona, con sello cada vez más romántico, en 1829, año en que compuso su oda «Al Silencio» y sus poesías «La Inmortalidad» y «En la muerte de un Hermano Niño».
La vida del estudiante transcurría en esa doble ocupación de formación académica y literaria cuando un grave suceso vino a interrumpirla. El entonces jefe del Gabinete, Calomarde, decidió el cierre de las Universidades. El ajetreado Santiago, lleno de la vivacidad y alegría estudiantil, se quedó vacío. Pero Pastor Díaz no podía interrumpir una carrera en la que estaban puestas todas sus esperanzas, de modo que abandonó su tierra natal para estudiar en Alcalá (1832), lo que le permitía un estrecho contacto con Madrid.
De aspecto agradable y reflexivo, pero bien dotado para la expresividad y la comunicación, pronto consiguió ganarse la confianza del círculo próximo a Quintana, reconocido ya como gran poeta. Su habilidad para el trato y su constante laboriosidad le permitieron, por igual, mantener buenas relaciones con los conservadores, como Donoso Cortés, Pacheco y Estébanez Calderón. Para completar el arco político de sus relaciones habituales, se trató también con Larra, Ventura de la Vega y Espronceda. Aunque su gran amigo y protegido, años más tarde, sería don José Zorrilla (1837).
Recibido su título de abogado en 1833, Pastor Díaz inicia una imparable carrera en las tres ocupaciones más señaladas de los hombres de su tiempo -poeta, periodista y político-. Comenzó sus publicaciones en El Artista, La Abeja y El Siglo, donde estuvo en la redacción con Ros de Olano y Espronceda.
Inclinado cada vez hacia posiciones más conservadoras y estimulado por su formación y carácter religioso, Pastor Díaz se fue alejando del liberalismo extremista de sus compañeros del círculo esproncediano, excepción hecha de Pacheco y el Duque de Frías. Cuando se creó el Ministerio del Interior y las subdelegaciones de Fomento, la misma persona que dio orden de cerrar el periódico El Siglo, don Javier de Burgos, a la sazón Ministro, nombró a Pastor Díaz, por mediación del general Latre, oficial en Cáceres. Fue éste el primer destino de una larga carrera de puestos públicos, para los que el poeta gallego demostró singular tacto y afición, pues nunca se vio desamparado de ellos.
Efectivamente, ya en 1835 don Salustiano Olózaga lo recomendó para el Ministerio de Gobernación y fue nombrado Secretario Político de Santander.
La última etapa del progresismo de Espartero lo tuvo decididamente en contra, puesto que Pastor Díaz, junto con Cárdenas, Pacheco y Ríos Rosas, fundó El Conservador y procuró ejercer una influencia acorde con el título del periódico entre las filas políticas del moderantismo en el sector de los puritanos (1841).
Su oposición a Espartero le llevó a ofrecer sus servicios a la Reina Gobernadora durante el conflicto de la Regencia, y este acto, que le valió una breve prisión (de un mes), cristalizó su prestigio político en el servicio de la Monarquía.
Fue precisamente Pastor Díaz quien propuso en El Sol (1842) la mayoría de edad de doña Isabel II. Era
entonces muy amigo de don Gabriel García Tassara, con quien fundó El Heraldo (1842), después del cierre de El Conservador. Y no abandonó por eso sus trabajos de investigador -fue probablemente el hombre más culto de la generación romántica-, pues en ese mismo año publicaba su Compendio Histórico-Crítico de la Jurisprudencia Romana, basado en la obra del historiador inglés Gibbon, y que trataba del desarrollo del Derecho Romano hasta los tiempos del Emperador Justiniano.
La contrarrevolución de 1843 encumbró a Pastor Díaz, pagándole con creces sus años de oposición al
progresismo. Era diputado por La Coruña y su éxito literario se aunó con el político. Los efectos de la
contrarrevolución, secundados bien por Narváez o por O'Donnell, fueron duraderos y el joven diputado ocupó simultáneamente su primera cartera ministerial, Comercio-Instrucción y Obras Públicas (1847) y su puesto de número en la Real Academia, que aconteció el 18 de marzo de 1847 (y no en el 46, como señala Juan Valera por error).
Aunque las vicisitudes de la política lo alejaron momentáneamente de los cargos del Ejecutivo, no por eso quedó cesante de influencia, pues en 1848 fue nombrado rector de la Universidad de Madrid hasta 1850.
En el Ateneo, de cuya junta fue socio fundador, leyó en 1848 sus Conferencias sobre los Problemas del Socialismo que fueron publicadas por La Patria (1849), y, en colaboración con varios autores, publicó el mismo año el Diccionario de Política.
Las peleas intestinas entre las distintas facciones de los liberales son el cuento de nunca acabar, pero en el año 1856 los vaivenes políticos dan el poder a don Leopoldo O'Donnell, que nombra a Pastor Díaz Ministro de Estado. Los dramáticos sucesos de aquel Ministerio acabaron con la conocida como «crisis del rigodón», en la que la Reina, el día de su cumpleaños (10 de octubre), escogió como pareja al Duque de Valencia, haciendo ver el cambio político que se proyectaba.
Sustituido O'Donnell por Narváez, Nicomedes Pastor Díaz pasó a ser Consejero de Estado, accediendo al año siguiente (1857) a la Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Las Publicaciones de sus libros, De Villahermosa a China (1855), novela que trata de la conversión de un señorito madrileño que decide, hasta el sacrificio de sus placeres mundanos, entregar su vida a las misiones de Oriente, y su defensa del Pontificado en Italia y Roma. Roma sin el Papa (que prologó el Marqués de Molíns), fueron sus ocupaciones hasta su nombramiento como Embajador en Lisboa, en donde pasó tres años (1859-1861).
Regresado O'Donnell al poder en 1863, nombró a Pastor Díaz Ministro de Gracia y Justicia en el gabinete de reconciliación que se formó en enero. Pastor Díaz, ya enfermo, ocupó la cartera durante dos meses, por un sentimiento de obligación moral. A poco de retirarse de la vida pública su estado se agravó considerablemente, falleciendo el 22 de marzo de 1863.
Es de hacer notar, y así lo resalta en su biografía Enrique Chao Espina4, que pese a la importancia de los cargos que ocupó y su permanente dedicación a la vida política, no acumuló riqueza y hubo de concederse una pensión a su madre y hermanas para que pudiesen sobrevivir a poco de su muerte. Sin duda fue esta honrosísima cruz la más meritoria de las cinco que se le concedieron en vida (la de Carlos III, la de San Genaro, la de Cristo de Portugal, la de San José de Parma y la de San Mauricio y San Lázaro).
La versión más antigua de las Poesías de don Nicomedes es de 1840, por Aguado, Impresor de Cámara de Su Majestad. Hay otra posterior de la Real Academia (1866-1868) y la realizada por José María Castro y Calvo, para la Biblioteca de Autores Españoles (Madrid, 1969-1970), que es la que utilizamos.

MI INSPIRACIÓN
Cuando hice resonar mi voz primera
Fue en una noche tormentosa y fría:
Un peñón de la cántabra ribera
De asiento me servía:
El aquilón silbaba;
La playa y la campiña estaban solas;
Y el Océano rugidor sus olas
A mis pies estrellaba.
No brillaban los astros en el cielo,
Ni en la tierra se oía humano acento;
Estaba oscuro, silencioso el suelo,
Y negro el firmamento.
Sólo en el horizonte
Alguna vez relámpagos lucían;
Y al mugir de los mares respondían
Los pinares del monte.
Fuera ya entonces cuando el pecho mío,
Lanzado allá de la terrestre esfera,
Vio que el mundo era un árido vacío;
El bien, una quimera.
Nunca un placer pasaba
Blando ante mí, ni su ilusión mentida;
Y el peso enorme de una inútil vida
Mi espíritu agobiaba.
Quise admirar del mundo la hermosura,
Y hallé do quiera el mal. De amor ardía,
Y nunca a mi benévola ternura
Otro amor respondía.
Solo y desconsolado,
Cantar quise a la tierra mi abandono,
Mas ¿dó tienen los hombres voz ni tono
Para un desventurado?...
Al destino acusé, y acusé al cielo
Porque este corazón dado me habían;
Y de mi queja, y de mi triste anhelo
Los cielos se reían.
¿Dó acudir?... i Ay! ... Demente
Visitaba las rocas y las olas
Por gozarme en su horror, llorar a solas,
Y gemir libremente.
Un momento a mi lánguido gemido
Otro gemido respondió lejano,
Que sonó por las rocas, cuál graznido
De acuático milano.
De momento se tiende
Mi vista por la playa procelosa,
Y de repente una visión pasmosa
Mis sentidos sorprende.
Alzarse miro entre la niebla oscura
Blanco un fantasma, una deidad radiante,
Que mueve a mí su colosal figura
Con pasos de gigante.
Reluce su cabeza
Como la luna en nebuloso cielo:
Es blanco su ropaje, y negro velo
Oculta su belleza
Que es bella, sí; de cuando en cuando el viento
Alza fugaz los móviles crespones,
Y aparecen un rápido momento
Celestiales facciones.
Pero nube de espanto
Tiñó de palidez sus formas bellas,
Y sus ojos, luciendo como estrellas,
Muestran reciente el llanto.
Cual ciega tromba que aquilón levanta
En los mares del Sur, así camina;
Y sin bollar el suelo con su planta,
A mi escollo se inclina.
Llega, calladamente
En sus brazos me ciñe, y yo temblando
Recibí con horror ósculo blando
Con que selló mi frente.
El calor de su seno palpitante
Tornóme en breve de mi pasmo helado:
Creí estar en los brazos de una amante,
Y... «¿quién, clamé arrobado,
Quién eres... que mi vida
Intentas reanimar, fúnebre objeto?
¿Calmarás tú mi corazón inquieto?
¿Eres tú mi querida?»
«¿O bien desciendes del elíseo coro
Sola, y envuelta en el nocturno manto,
A ser la compañera de mi lloro,
La musa de mi canto?
Habla, visión oscura;
Dame otro beso, o muéstrame tu lira;
De amor o de estro el corazón inspira
A un mortal sin ventura.»
«No, me responde con acento escaso,
Cual si exhalara su postrer gemido;
Nunca, nunca los ecos del Parnaso
Mi voz han repetido.
No tengo nombre alguno;
Y habito entre las rocas cenicientas,
Presidiendo al horror y a las tormentas
Que en los mares reúno.»
«Mi voz sólo acompaña los acentos
Con que el alción en su viudez suspira,
O los gritos y lánguidos lamentos
Del náufrago que expira,
Y si una noche hermosa
Las playas dejo y su pavor sombrío,
Sólo la orilla del cercano río
Paseo silenciosa.»
«Entro al vergel, só cuya sombra espesa
Va un amante a gemir por la que adora;
Voy a la tumba que una madre besa,
O dó un amigo llora.
¡Pero en vano mi anhelo!
Sé trocar en ternezas mis terrores,
Sé acompañar el llanto y los dolores;
Más nunca los consuelo.»
« ¡Ni a ti, infeliz! ... el dedo del Destino
Trazó tu oscura y áspera carrera.
Yo he leído en su libro diamantino
La suerte que te espera.
A vano, eterno llanto
Te condenó, y a fúnebres pasiones,
Dejándoos sólo los funestos dones
De mi amor y mi canto.»
«De ébano y concha ese laúd te entrego
Que en las playas de Albión hallé caído;
No empero de él recobrará su fuego
Tu espíritu abatido.
El rigor de la suerte
Contarás sólo, inútiles ternuras,
La soledad, la noche, y las dulzuras
De apetecida muerte.»
«Tu ardor no será nunca satisfecho:
Y sólo alguna noche en mi regazo
Estrechará tu desmayado pecho
Iluso, aéreo abrazo.
¡Infeliz si quisieras
Realizar mis fantásticos favores!
Pero, ¡más infeliz si otros amores
En ese mundo esperas! »
Diciendo así, su inanimado beso
Tornó a imprimir sobre mi labio ardiente.
Quise gustar su fúnebre embeleso;
¡Pero huyó de repente!
Voló; de mi presencia
Desapareció cual ráfaga de viento,
Dejándome su lúgubre instrumento,
Y mi fatal sentencia.
¡Ay! ¡se cumplió! ... que desde aquel instante
Mi cáliz amargar plugo a los cielos,
Y en vano a veces mi nocturna amante
Torna a darme consuelos.
Mis votos más queridos
Fueron siempre tiranas privaciones;
Mis afectos, desgracias o ilusiones;
Y mis cantos... ¡gemidos!
En vano algunos días la fortuna
Ondeó sobre mi faz gayos colores;
En vano bella se meció mi cuna
En un Edén de flores;
En vano la belleza
Y la amistad sus dichas me brindaron;
Rápidas sombras, ¡ay! que recargaron
¡Mi sepulcral tristeza! ...
Escrito está que este interior veneno
Roa el placer que devoré sediento.
Canta, pues, los combates de mi seno,
¡Infernal instrumento!
Destierra la alegría,
Que nunca pudo a su región moverte;
Y exhala ya tus cánticos de muerte
Sin tono ni armonía.
Y tú, amor, si tal vez te me presentas,
No pintaré tu imagen adorada;
Describiré el horror de las tormentas,
Y mi visión amada.
En mi negro despecho
Rocas serán mis campos de delicias,
Lánguidas agonías mis caricias,
¡Y una tumba mi lecho!
 

EL AMOR SIN OBJETO*

Vanamente mis ojos inquietos
Por do quiera se tienden y giran;
Vanamente mis labios suspiran
Abrasados de fúnebre ardor.
Soledad espantosa me cerca,
Noche eterna mi pecho ha cubierto;
Para mi todo el mundo es desierto...
¡Pues que nadie responde a mi amor!
Todo es fuego mi pecho exaltado;
Sólo amando me place la vida,
Y fijando en otra alma querida
De existir la penosa ilusión.
Ilusión... ilusión desgraciada
Que la triste verdad no realiza;
Ilusión que mi pena eterniza...
¡Porque nadie responde a mi amor!
Yo no sé lo que quiere mi pecho,
Yo no sé porque tiemblo y qué lloro;
No conozco lo mismo que adoro,
No hallo objeto a mi triste pasión.
Sólo encuentro un inmenso vacío
Donde el alma se agita sedienta,
Y esta sed de querer se acrecienta...
¡Porque nadie responde a mi amor!
Tal vez amo en mis tristes delirios
A un fantasma que forja mi mente;
Y dó quiera le miro presente,
Le da vida mi fúnebre ardor.
Yo le escucho, le estrecho en mis brazos,
Yo su aliento de aroma respiro;
Yo... ¡infelice! ... demente deliro...
¡Nadie, nadie responde a mi amor!
Vanamente de nácar y rosas
El Oriente engalana la aurora;
Vanamente su faz brilladora
Lanza el sol con radioso esplendor
Ni la tarde en los campos me agrada,
Ni de noche la luna brillante;
Luz y sombra buscaba en mi amante,
¡Ay! ... ¡y nadie responde a mi amor!
Con mi amante risueña la aurora
Me inundara de blanda alegría;
Con mí amante gozara yo el día,
Campo y sombras, y grato frescor.
Con mi amante la luna me viera,
De sus rayos bañado y de llanto,
Apurar ese magico encanto
¡Que a las penas les presta el amor!
Tú tal vez, corazón que yo busco,
Tú tal vez solitario palpitas,
Y en fantásticos sueños te agitas,
Y suspiras y lloras cual yo.
Ven a mí, yo te haré venturoso,
Yo te ofrezco esas horas risueñas,
Yo te ofrezco esa dicha que sueñas..
Ven, querida... ¡responde a mi amor!
¡Ven a mí!... yo no busco hermosura;
No apetece este pecho vacío
Sino un pecho de amor como el mío,
Sino el alma, sino el corazón.
¡Ven! ... abiertos te esperan mis brazos;
Ya parece que en ellos te estrecho;
Ya parece que siento tu pecho
Contra el mío latiendo de amor.
¡Nadie me oye! ... mis voces se apagan,
Y se apaga con ellas mi vida;
Donde no halla mi pecho querida,
Un sepulcro hallará mi dolor.
Un sepulcro es el lecho florido
Que apetece mi anhelo postrero;
Un sepulcro la dicha que espero,
Pues no existe la dicha de amor.

LA MARIPOSA NEGRA

Borraba ya del pensamiento mío
De la tristeza el importuno ceño;
Dulce era mi vivir, dulce mi sueño.
Dulce mi despertar.
Ya en mi pecho era lóbrego vacío
El que un tiempo rugió volcán ardiente;
Ya no pasaban negras por mi frente
Nubes que hacen llorar.
Era una noche azul, serena, clara.
Que embebecido en plácido desvelo,
Alcé los ojos en tributo al cielo,
De tierna gratitud.
Mas ¡ay! que apenas lánguido se alzara sonante
Este mirar de eterna desventura,
Turbarse vi la lívida blancura
De la nocturna luz.
Incierta sombra que mi sien circunda,
Cruzar siento en zumbido revolante,
Y con nubloso vértigo incesante
A mi vista girar.
Cubrió la luz incierta, moribunda,
Con alas de vapor, informe objeto;
Cubrió mi corazón terror secreto
Que no puedo calmar.
No, como un tiempo, colosal quimera
Mi atónita atención amedrentaba;
Mis oídos profundos no aterraba
Acento de pavor:
Que fue la aparición vaga y ligera;
Leve la sombra aérea y nebulosa;
Que fue sólo una negra mariposa
Volando en derredor.
No cual suele, fijó su giro errante
La antorcha que alumbraba mi desvelo;
De su siniestro misterioso vuelo
La luz no era el imán.
¡Ay! que sólo el fulgor agonizante
En mis lánguidos ojos abatidos.
Ser creí de sus giros repetidos
Secreto talismán.
Lo creo, sí... que a mi agitada suerte
Su extraña aparición no será en vano.
Desde la noche de ese infausto arcano
¡Ay Dios! ... aún no dormí.
¿Anunciaráme próxima la muerte?
¿O es más negro su vuelo repentino?...
¡Ella trae un mensaje del Destino! ...
Yo... ¡no le comprendí!
Ya no aparece sólo entre las sombras;
Dó quier me envuelve su funesto giro;
A cada instante sobre mí la miro
Mil círculos trazar.
Del campo entre las plácidas alfombras,
Del bosque entre el ramaje la contemplo
Y hasta bajo las bóvedas del templo...
Y ante el sagrado altar.
«Para calmar mi frenesí secreto
Cesa un instante, negra mariposa:
Tus leves alas en mi frente posa;
Tal vez me aquietarás ... »
Mas redoblando su girar inquieto
Huye, y parece que a mi voz se aleja,
Y revuelve, y me sigue, y no me deja
¡Ni se para jamás!
A veces creo que un sepulcro amado
Lanzó, bajo esta larva aterradora,
El espíritu errante, que aún adora
Mi yerto corazón.
Y una vez ¡ay! extático y helado
La vi, la vi... creciendo de repente,
Mágica desplegar sobre mi frente
Nueva transformación.
Vi tenderse sus alas como un velo,
Sobre un cuerpo fantástico colgadas,
En rozagante túnica trocadas,
Só un manto funeral.
Y el lúgubre zumbido de su vuelo
Trocóse en voz profunda melodioso,
Y trocóse la negra mariposa
En Genio celestial.
Cual sobre estatua de ébano luciente
Un rostro se alza en ademán sublime,
Dó en pálido marfil su sello imprime
Sobrehumano dolor;
Y de sus ojos el brillar ardiente,
Fósforo de visión, fuego del cielo,
Hiere en el alma... como hiere el vuelo
¡Del rayo vengador!
«Un momento ¡gran Dios! » mis brazos yertos
Desesperado la tendí gritando:
« ¡Ven de una vez! , la dije sollozando
¡Ven y me matarás! »
Mas ¡ay! que, cual las sombras de los muertos,
Sus formas vanas a mi voz retira,
Y de nuevo circula, y zumba y gira...
Y no para jamás...
¿Qué potencia infernal mi mente altera?
¿De dónde viene esta visión pasmosa?
Ese Genio... esa negra mariposa,
¿Qué es?... ¿Qué quiere de mí?...
En vano llamo a mi ilusión, quimera;
No hay más verdad que la ilusión del alma:
Verdad que mi quietud, mi paz, mi calma...
¡Verdad... que ya perdí!
Por ocultos resortes agitado
Vuelvo al llanto otra vez hondo y doliente,
Y mi canto otra vez vuela y mi mente
A esa extraña región.
Dó sobre el cráter de un abismo helado
Las nieves del volcán se derritieron...
Al fuego que ligeras encendieron
Dos alas de crespón.
1834

LA MANO FRIA

Breve fue y robado instante
A la amarga inquieta vida,
En que el ánima rendida
Rindió los miembros también.
Eran horas de alta noche,
Y en mi solitario lecho
Posaba tranquilo el pecho,
Lenta pulsando la sien.
Cuando súbito en el sueño
Vibró el cuerpo estremecido,
Y taladrando mi oído
Grito de muerte sentí:
Desperté, tendí con ansia
Los yertos brazos al viento,
Contuve tardo el aliento,
Miré en torno... ¡y nada vi!
Todo era silencio y sombras,
Todo oscuridad y calma;
Sólo el reposo del alma
Desapareciera fugaz.
Que ella, que sin lumbre mira
Percibió negro y secreto
Más que la noche, el objeto
Que a ahuyentar vino su paz.
Y en breve sentí arrastrarse,
Como en la yerba un gusano,
Áspera y fría una mano,
Que por mis miembros trepó.
Una mano férrea, dura,
Una mano sola, helada...
Cual de un muerto despegada...
¡Que en mi frente se posó!
Posó: cual monte de hielo
Su enorme peso oprimía,
Sin dejarle a mi agonía
Ni un ¡ay! de espanto lanzar.
Porque en mis labios su dedo
Sentí cual férrea mordaza,
Que su sello de amenaza,
Imprimió muda al pasar.
¡Y pasó! pasó la noche,
Y el sueño, y la helada mano...
Y a la aurora esperé en vano
Que disipara mi horror.
Qué horrible, más que las sombras
Su negra faz mostró el día...
Todo mudado se había
¡De mi vista en derredor!
Radiante no brilló el mundo.
Ni iluminado el espacio,
Ni su disco de topacio
Trémulo ostentaba el sol.
Ni del pabellón pendían
De un cielo desmantelado,
Nubes de gasa y brocado
Recamadas de arrebol.
Trocara en árido polvo
Su esmeralda la pradera;
En negros paños la esfera
Su abrillantado turquí.
Y ante un sol descolorido,
Sobre una tierra desierta...
La naturaleza muerta...
¡Muerta la vida creí!
Tantas voces que armonía
Daban, y concierto al mundo,
Callaban en lo profundo
De medrosa soledad.
O sueltas a un tiempo, el caos
Lanzaba al mundo aturdido,
En ráfagas, el ruido
De su eterna tempestad.
Y vía cruzar los hombres,
Al azar, graves o inquietos,
Ora errantes esqueletos
Sin espíritu ni voz,
Ora fantasmas siniestros,
Derramando en su mirada,
Fuego el alma depravada,
Sangre el corazón feroz.
Busqué entonces con recelo
En la universal negrura,
Una forma de hermosura,
Un destello de beldad.
En vano ¡ay Dios! ... que el conjuro
De aquella noche de espanto,
De la belleza el encanto
Robó también sin piedad.
Y vi inmóviles y mudos
Los semblantes de las bellas;
¡Apagadas sus centellas,
Sus pupilas sin lucir.
Las vi, desecadas momias,
Yertas pasando a mi lado,
Su labio frío y cerrado,
Y mi seno sin latir.
Sí, que como centro horrible
De aquel mundo en esqueleto,
Sin calor quedara quieto,
Cadáver, mi corazón.
Y la mano que en mi frente
Sus dedos selló pasando,
Se fijara en él, pensando
Con perenne comprensión.
¡Ay! ... ¿Qué mano, santo cielo,
Qué mano fue vengadora,
La que con magia traidora
Transformó el mundo, o mi ser?
¿Era la mano del Tiempo,
Por dedos sus desengaños?
No, no brillara veinte años
El sol desde mi nacer.
¿Era la mano de mármol
De emboscada muerte oscura,
Abriendo la sepultura
De una existencia veloz;
Asiéndome con la rabia
De implacable odio tirano;
Que al fin fiaba a una mano
Lo que no pudo una voz?...
No, que un día, en mis dolores
Vino la Parca a mi lecho,
Y cruzadas en mi pecho
Sus leves manos sentí.
Y eran manos perfumadas,
Suavísimas, deliciosas,
Que festonaban de rosas
Una tumba que perdí.
¿Fue acaso del Infortunio
Esa mano... o del Destino?
¿Del cielo enojada vino,
O de la infernal región?
No... que al orgullo del hombre
Sorprendí el horrible arcano...
De que era la helada mano...
¡La mano de la Razón!

A LA LUNA

Desde el primer latido de mi pecho,
Condenado al amor y a la tristeza,
Ni un eco en mi gemir,
Un suspiro alcancé:
Halló por fin mi fúnebre despecho
Inmenso objeto a mi ilusión amante;
Y de la luna el célico semblante,
¡Y el triste mar amé! 
El mar quedóse allá por su ribera;
Sus olas no treparon las montañas,
Nunca llega a estas márgenes extrañas
Su solemne mugir.
Tú empero que mi amor sigues dó quiera,
¡Cándida luna, en tu amoroso vuelo! ...
Tú eres la misma que miré en el cielo
De mi patria lucir.
Tú sola mi beldad, sola mi amante,
Única antorcha que mis pasos guía,
Tú sola enciendes en el alma fría
Una sombra de amor.
Sólo el blando lucir de tu semblante
Mis ya cansados párpados resisten;
Sólo tus formas inconstantes visten
Bello, grato color.
Ora cubra cargada, rubicunda
Nube de fuego tu ardorosa frente;
Ora cándida, pura, refulgente
Deslumbre tu brillar.
Ora sumida en palidez profunda
Te mire el cielo desmayada y yerta,
Como el semblante de una virgen muerta
¡Ah! ... que yo vi expirar.
La he visto ¡ay Dios! ... Al sueño en que reposa
Yo le cerré los anublados ojos;
Yo tendí sus angélicos despojos
Sobre el negro ataúd.
Yo sólo oré sobre la yerta losa
Donde no corre ya lágrima alguna...
Báñala al menos tú, pálida luna...
¡Báñala con tu luz!
Tú lo harás... que a los tristes acompañas,
Y al pensador y al infeliz visitas;
Con la inocencia o con la muerte habitas,
El mundo huye de ti.
Antorcha de alegría en las cabañas,
Lámpara solitaria en las ruinas,
El salón del magnate no iluminas,
¡Pero su tumba... sí! ...
Cargado a veces de aplomadas nubes
Amaga el cielo con tormenta oscura;
Mas ríe al horizonte tu hermosura,
Y huyó la tempestad.
Y allá del trono dó esplendentes subes,
Riges el curso al férvido Océano,
Cual pecho amante, que al mirar lejano
Hierve, de su beldad.
Mas ¡ay! que en vano en tu esplendor encantas;
Ese hechizo falaz no es de alegría;
Y huyen tu luz y triste compañía
Los astros con temor.
Sola por el vacío te adelantas,
Y en vano en derredor tus rayos tiendes;
Que sólo al mundo en tu dolor desciendes.
Cual sube a ti mi amor.
Y en esta tierra, de aflicción guarida,
¿Quién goza en tu fulgor blandos placeres?
Del nocturno reposo de los seres
No turbas la quietud.
No cantarán las aves tu venida;
Ni abren su cáliz las dormidas flores;
Sólo un ser... de desvelos y dolores,
¡Ama tu yerta luz! ...
¡Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto!
La noche anhelo por vivir contigo
Y hacia el ocaso lentamente sigo
Tu curso al fin veloz.
Paraste a veces a escuchar mi llanto;
Y desciende en tus rayos amoroso
Un espíritu vago, misterioso,
Que responde a mi voz...
¡Ay! calló ya... Mi celestial querida
Sufrió también mi inexorable suerte...
Era un sueño de amor... Desvanecerte
Pudo una realidad.
Es cieno ya la esqueletada vida;
No hay ilusión, ni encantos, ni hermosuras;
La muerte reina ya sobre natura;
Y la llaman... ¡Verdad!
¡Qué feliz, qué encantado, si ignorante
El hombre de otros tiempos viviría,
Cuando en el mundo, de los Dioses vía
Do quiera la mansión!
Cada eco fuera un suspirar amante,
Una inmortal belleza cada fuente;
Cada pastor ¡oh luna! en sueño ardiente
Ser pudo un Endimión.
Ora trocada en un planeta oscuro,
Girando en los abismos del vacío,
Do fuerza oculta y ciega, en su extravío
Cual piedra te arrojó,
Es luz de ajena luz tu brillo puro;
Es ilusión tu mágica influencia,
Y mi celeste amor... ciega demencia,
¡Ay! ... que se disipó.
Astro de paz, belleza de consuelo,
Antorcha celestial de los amores,
Lámpara sepulcral de los dolores.
¡Tierna y casta deidad!
-¿Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo?
Un peñasco que rueda en el olvido,
O el cadáver de un sol, que endurecido,
¡Yace en la eternidad!

ÚLTIMO AMOR©

Es bello, sí, en la aurora risueña de la vida
El palpitar primero de amante corazón;
Bello sentir brotando del alma sorprendida
La perfumada lágrima de la primer pasión.
Bello, como en mañana se ve de primavera,
Blanco espino en los bosques florido aparecer; amoroso.
Tierno, cual joven madre siente la vez primera
Nueva preciosa vida su seno estremecer...
Sí; ¡recuerdo dulcísimo, memoria encantadora
Que desvanece efímera la sombra de otra edad!
Cuando pasó el perfume, la brisa de esa aurora,
Nada ¡ay! al alma deja la amarga realidad! ...
Mas ¡ah! si en pos las nieblas de una estación más triste
Tienden sobre la vida su cárdeno color.
Y en prematuro otoño el corazón se viste
Con las últimas flores del árbol del amor...
¡Ah! más tierna, más bella, más esplendente y pura
La luz de ese crepúsculo se esfuerza a revivir;
Con fuerzas más volcánicas el corazón apura
Las últimas delicias de amar y de sentir.
Cual aves fugitivas a su antigua enramada,
Las ilusiones tornan del juvenil ardor.
¡Oh! ¡cómo encuentra entonces el alma fatigada
De olvidados placeres, el último, el mayor!
Cual retirado albergue, cual templo solitario,
Del mundo en los confines parece la beldad;
Es más que nunca el ídolo que eterno en el sagrario
El corazón eleva, de su honda soledad.
Que es solemne, sublime, un pecho lastimado
Ver... que el mundo con lágrimas abrevó y con su hiel.
De pasiones herido, de penas desgarrado.
Batido de los vientos de la fortuna infiel.
Olvidando pesares, fortunas y pasiones,
Y su inconstancia misma, de un ídolo a los pies;
Y adormecerse en sueño de infantiles visiones,
En los brazos de un ángel... para morir después! ...
Así fue un tiempo, hermosa, que si ángel pareciste
A mis ardientes ojos, de esperanza y de amor,
Entre sombras de dudas, y de silencio triste,
Dejé venir misántropo la noche de mi horror.
Mas hoy... jamás idólatra tanto subió, y sincero,
Arrebatado el éxtasis de la primera edad.
Cuando mi voz te dijo: -«Tú eres mi amor postrero»,
No, no empañaron dudas la fe de mi verdad.
¡Verdad, verdad! ... bien mío... tu angélica hermosura
Tenga en mi último voto su triste galardón.
Destino reservaba la suerte a tu ternura
De entregarle aherrojado mi inquieto corazón.
¡Verdad! ... que un día al menos de este vivir de duelo
Que del mundo en los límites tú sola endulzarás,
Descanse en la promesa con que me liga el cielo...
Después de ti, ángel mío... yo no amaré jamás!
Santa como la tumba sea esta fe jurada,
Santa como postrera, si triste, mi pasión,
Y santos, recibiéndolos tu imagen adorada,
Los últimos suspiros que exhale el corazón;
¡Y eternos! ... que a tus plantas ya no serán fugaces
Los que del borde se alzan... tal vez de un atäud;
Eternos, ya que un tiempo, creyéndolos falaces,
Los sofocó adorándote mi ardiente juventud...
Hoy ven, amada mía... Sé el árbol postrimero
A cuya sombra plácida me siente a reposar,
En cuyo aroma aspire fatigado viajero
Perfumes que no tienen la rosa ni azahär.
Ven a tomar mi vida, mi frente fatigada,
¡Ay! si oprime tu seno, reclínala a tus pies;
Mulle de tus caricias la postrimera almohada,
En que repose el alma... para morir después!
Y una sonrisa tuya sea el purpúreo rayo
Del sol que alumbre espléndido mis horas de vivir.
Tu voz, la melodía que en mi final desmayo,
Preludie las que pueda sobre el Empíreo oír.
Y tu aliento balsámico la brisa que me oree,
Y un beso de tu labio la regalada miel,
Que al despedir al mundo mi labio paladëe,
Tras el amargo dejo de su copa de hiel.


Texto: Purificación Monedero (2º Humanidades. Universitat Jaime I. Castelló. España).