A MI HIJA MARIA
DEDICANDOLE, AÑOS HA, UN LIBRO DE VERSOS
Al pronunciar tu nombre, hija querida,
puros están mis labios y mi alma,
pasadas las tormentas de la vida
miro ya al Cielo con serena calma.
De cuanto amé y creí con fe y empeño
sólo dos cosas en mi pecho abrigo:
mi amor al bien, que fue mi primer sueño,
mi amor a ti, que morirá contigo.
Rendido alguna vez, jamás postrado,
crucé del mundo la escabrosa senda,
alta la sien, el pensamiento honrado,
no dócil al error, y sí a la enmienda.
Nunca esperé ni aplauso ni memoria
ni demandé favor a la fortuna,
los pobres lauros que debí a la gloria
todos los arrojé sobre tu cuna.
Si de la edad venciendo los agravios
eres, cual ángel hoy, mujer un día,
oirás, contada por ajenos labios
una historia infeliz, esa es la mía.
Aspirar a lo grande y ser pequeño,
amar la libertad y no gozarla,
tener tan sólo la razón por dueño
y al capricho del mundo encadenarla;
vivir sujeto al afrentoso lazo
que teje a veces la maldad triunfante,
y ver unidos en estrecho abrazo
el odio ruin y la ambición gigante.
Tal fue mi vida, tal será la tuya,
y ¡ay de ti si tu aliento desfallece!
cuando mi noche terrenal concluya,
¡cuando tu aurora celestial empiece!
Verás con miedo como yo con ira
tomar el vicio de virtud el nombre,
aplaudir la verdad a la mentira,
hacer el hombre su escabel del hombre.
Verás de amor cubiertos con el velo
la torpe liviandad o el vino amaño,
herencia del dolor, el desconsuelo,
herencia del placer, el desengaño.
Si esto sucede, si la duda impía
osa empañar tu corazón siquiera,
abre este libro entonces, hija mía,
donde cayó mi lágrima postrera.
Abrelo, sí, y al recorrer sus hojas
en que pintarte quiso mi deseo
de los muertos placeres las congojas
y de la vida el loco devaneo.
Piensa no existe entre sus hojas una
que un consejo no guarde provechoso,
y que es buen consejo una fortuna
que no suele tener el poderoso.
Piensa que con la fe todo se allana,
que con la caridad todo se puede,
que hay flor que al huracán resiste ufana
y al blando soplo de la brisa cede.
Sentir, amar, creer; aquí se encierra
todo el secreto de la humana vida;
quien cumple esta misión sobre la tierra
puede esperar en calma su partida.
Por eso yo con efusión te estrecho
hija del alma, te coloco al lado,
y me duermo tranquilo y satisfecho
como el atleta de luchar cansado!
A VICTOR HUGO
(Improvisado, al leer el telegrama que anunciaba
su muerte, en casa de D. Ambrosio Moutt.)
Con el siglo nació, y el siglo llena;
los genios le arrullaron en su cuna,
y esclava de su voz fue la tribuna,
y sus héroes asombro de la escena.
Cuando su lira con amor resuena,
más dulce que su lira no hay ninguna;
cuando al poder maldice o la fortuna,
cual desbordado mar ruge y atruena.
¡Mártir y salvador, verdugo y reo,
diéronle, para honrar su ejecutoria,
Tasso el laurel, la roca Prometeo:
y del carro triunfal de la victoria
cayó, tocando en tierra como Anteo
para alzarse inmortal... como su gloria!
JEREZ Y RHIN
Para curarme el esplín
los tomo más de una vez:
¡Rico vino es el Jerez!
¡Buena bebida es el Rhin!
Los dos, usados con calma,
dan, triunfando del dolor,
al cuerpo nuevo vigor,
nueva juventud al alma.
Y ambos, en igual porfía,
después de darnos solaz,
brindan al que duerme, paz,
y al que trabaja, alegría.
Hay quien con mala intención
ponerlos quisiera en guerra:
¿por qué? cada uno en su tierra
cumpla su grata misión.
Todo el que sabe beber
sabe también, cuando menos,
que mezclar dos vinos buenos
es echarlos a perder.
Y nunca olvidarse debe,
pues anda en libros escrito,
que es vino más exquisito
se enturbia cuando se mueve.
Queden, pues, quietos los dos,
y pasada la embriaguez,
bebamos Rhin y Jerez
en paz y en gracia de Dios.
MADRIGAL
Me miraste, alma mía,
y fue tal mi alegría
y es mi pasión tan loca,
que sentir me parece todavía
el beso de tus ojos en mi boca.
EL FRAILE
MEDITACION
En el ruinoso claustro bizantino
iba a sentarme a declinar el día,
a pie cruzando el áspero camino
que conduce del pueblo a la abadía.
Todo allí soledad, todo misterio;
del monte en el declive ameno valle,
y vecino a la iglesia el cementerio,
de altos cipreses tras angosta calle.
Aquel antiguo claustro, aquella calma,
aquel cielo tan puro y transparente,
hablaban a mis ojos y a mi alma
de algo que no se explica y que se siente.
Alguna vez el eco repetido
por la cintrada bóveda del coro
traía murmurando hasta mi oído
el rezo triste y el cantar sonoro;
y alguna vez también, pálido y mudo,
y hombre, que un fantasma parecía,
contestaba impasible a mi saludo,
y del templo en la sombra se perdía.
¿Quién era? Al mundo y a la vida extraño,
prófugo del hogar, de nombre incierto,
¿qué crimen, qué dolor, qué
desengaño
lloraba en aquel árido desierto?
Bajo su tersa y despejada frente,
de su pupila azul en los fulgores,
irradiaban los sueños de la mente,
ricos de luz, de encanto y de colores.
¿Quién sabe si en la celda sumergido,
cuando todo en silencio reposabas
con el orgullo de Luzbel caído,
su túnica de Neso desgarraba?
¿Tal vez un mártir del amor sería,
que al tibio rayo de la luna bella,
de su amada el espectro evocaría,
la fe negando a Dios que puso en ella?
¿O de oculto pesar víctima triste,
acaso maldiciendo su destino,
de una felicidad que aquí no existe,
buscaba en las tinieblas el camino?
No lo sé; de su imagen solitaria,
siempre severa y misteriosa y fría,
sólo el perfil recuerdo y la plegaria,
que más se adivinaba que se oía:
y tampoco olvidé que muchas veces,
del sitio impresionado y del momento,
al rumor de sus pasos y sus preces
despertó mi dormido pensamiento...
Y pensé en mi interior: esa sentencia
que el hombre sufre y que se impone él mismo,
¿es ley a que obedece su conciencia,
o imposición fatal de su egoísmo?
¿Puede el humano ser, suprema hechura
de un divino o Hacedor, fuente de vida,
renunciando a su noble investidura,
realizar los intentos del suicida?
No de estéril piedad, de amor fecundo
se nutren los hambrientos corazones;
y hacen más falta ejemplos en el mundo
que en el cielo cantares y oraciones.
Bálsamo del dolor es la esperanza,
y, afirme cuanto quiera la pereza,
del bien y la virtud en la balanza,
pesa más el que instruye que el que reza.
Más alto que el incienso, cuya nube
se borra condensada en el ambiente,
hasta el trono inmortal vibrando sube
el suspiro del pobre y del doliente.
Corregir al iluso y al culpable,
aliviar al enfermo y al cuitado,
ese es el culto a Dios más agradable,
ese el deber del justo y del honrado.
Fraile, no envidio tu serena calma;
yo amo al par las espinas y las flores;
la vida es un combate, y de la palma
nunca dignos serán los desertores.
EN
EL ALBUM DE MARIA C. LARRAVIDE
El cisne que navega
por el dormido lago;
el ruiseñor que entona
de noche su cantar;
la tórtola que gime
cruzando el aire vago;
la estrella que aparece,
la brisa al susurrar,
no tienen el aroma,
la luz, la poesía,
la gracia, la frescura,
la dulce languidez
que el cielo ha derramado
simpática María,
sobre tus negros ojos
y tu rosada tez.
El lirio dio a tu aliento
su embriagadora esencia;
la palma a tu cintura
prestó la ondulación;
y hay en tu risa el grato
candor de la inocencia,
junto al volcán interno
que abrasa el corazón.
Feliz una y mil veces
aquel que logre un día
los ojos en ti fijos
y el alma fija en ti,
decirte una palabra,
una tan sólo: ¡mía!
Y en tus amables labios
beber el dulce: ¡sí!