Bibliografía                                         Antología                                                        (Página creada por Pedro Soto)
 
Nicolás Fernández de Moratín
 

Bibliografía. Nació de familia asturiana en Madrid en 1737, año en que se publicó La Poética de Luzán. Después de cursar estudios en Calatayud y Valladolid entró al servicio de la reina Isabel Farnesio como ayuda de guardajoyas. Luego ejerció la abogacía en Madrid y llegó a ser socio de la Real Sociedad Económica Matritense. Tomó parte destacada en la campaña contra los autos sacramentales y contribuyó a la escena española comedias y tragedias escritas según "las reglas del arte". Con sus amigos, entre ellos Cadalso, los Iriarte e Ignacio López de Ayala, se reunía en la tertulia de la Fonda de San Sebastián, donde sólo se permitía hablar de «teatro, toros, amores y versos». Fue académico de los Arcades de Roma con el nombre de Flumisbo Thermodonciaco, y enseñó poética en los Reales Estudios de San Isidro. Don Nicolás murió en Madrid el de mayo de 1780.

                                                                           Antología

 
 
ODA A LOS DIAS DEL CORONEL DON JOSÉ CADALSO
Hoy celebro los días

de mi dulce poeta,

del trágico Dalmiro,

blasón de nuestra escena.

Venga la hermosa Filis

y mi Dorisa, venga

Dorisa, la que canta

con la voz de sirena.

Brindaremos alegres

hasta perder la cuenta,

en las tazas penadas,

del oloroso néctar.

si más nos agrada

la antigua usanza nuestra,

muchachos diligentes,

sacad la pipa añeja.

Y en aquel mar de vino,

como naves de guerra

naden con altas asas

las anchas tembladeras.

Bien hayan nuestros padres,

que en sus bárbaras mesas

bebieron con toneles,

brindaron en gamellas.

Así hacerlo debemos,

Dalmiro, y vayan fuera

los cuidados molestos

que la vida atropellan.

Y si viene la muerte,

en semblante severa,

no podrá ya quitarnos

la celebrada fiesta.

Pues si para evitarla

no sirve la tristeza,

y es su venida al hombre

tan pronta, como cierta,

brindemos muchas veces

el tiempo que nos queda,

dancemos y cantemos,

y déjala que venga.
 
 

QUINTILLAS

FIESTA DE TOROS EN MADRID

Madrid, castillo famoso

que al rey moro alivia el miedo,

arde en fiestas en su coso,

por ser el natal dichoso

de Alimenón de Toledo.

Su bravo alcaide Aliatar,

de la hermosa Zaida amante,

las ordena celebrar,

por si la puede ablandar

el corazón de diamante.

Pasó, vencida a sus ruegos,

desde Aravaca a Madrid.

Hubo pandorgas y fuegos,

con otros nocturnos juegos

que dispuso el adalid.

Y en adargas y colores,

en las cifras y libreas,

mostraron los amadores,

y en pendones y preseas,

la dicha de sus amores.

Vinieron las moras bellas

de toda la cercanía,

y de lejos muchas de ellas,

las más apuestas doncellas

que España entonces tenía.

Aja de Getafe vino

y Zahara la de Alcorcón,

en cuyo obsequio muy fino

corrió de un vuelo el camino

el moraicel de Alcabón;

Jarifa de Almonacid,

que de la Alcarria en que habita

llevó a asombrar a Madrid,

su amante Audalla, adalid

del castillo de Zorita.

De Adamuz y la famosa

Meco, llegaron allí

dos, cada cual más hermosa,

y Fátima la preciosa

hija de Alí el Alcadí.

E ancho circo se llena

de multitud clamorosa,

que atiende a ver en su arena

la sangrienta lid dudosa,

y todo entorno resuena.

La bella Zaida ocupó

sus dorados miradores

que el arte afiligranó,

y con espejos y flores

y damascos adornó.

Añafiles y atabales,

con militar armonía,

hicieron salva y señales

de mostrar su valentía

los moros más principales.

No en las vegas de Jarama

pacieron la verde grama

nunca animales tan fieros,

junto al puente que se llama,

por sus peces, de Viveros,

como los que el vulgo vio

ser lidiados aquel día,

y en la fiesta que gozó,

la popular alegría

muchas heridas costó.

Salió un toro del toril

y a Tarfe tiró por tierra,

y luego a Benalguacil,

después con Mamete cierra,

el temerón de Conil.

Traía un ancho listón

con uno y otro matiz

hecho un lazo por airón,

sobre la inhiesta cerviz

clavado con un arpón.

Todo galán pretendía

ofrecerle vencedor

a la dama que servía;

por eso perdió Almanzor

el potro que más quería.

El alcaide muy zambrero

de Guadalajara huyó

mal herido al golpe fiero,

y desde un caballo overo

el moro de Horche cayó.

Todos miran a Aliatar,

que aunque tres toros ha muerto,

no se quiere aventurar,

porque en lance tan incierto

el caudillo no ha de entrar.

Mas viendo se culparía,

va a ponérsele delante;

la fiera le acometía,

y sin que el rejón la plante

le mató una yegua pía.

Otra monta racelerado;

le embiste el toro de un vuelo,

cogiéndole entablerado;

rodó el bonete encarnado

con las plumas por el suelo.

Dio vuelta hiriendo y matando

a los de a pie que encontrara,

el circo desocupando,

y emplazándose, se para,

con la vista amenazando.

Nadie se atreve a salir;

la plebe grita indignada;

las damas se quieren ir,

porque la fiesta empezada

no puede ya proseguir.

Ninguno al riesgo se entrega

y está en medio el toro fijo,

cuando un portero que llega

de la Puerta de la Vega

hincó la rodilla y dijo:

«Sobre un caballo alazano,

cubierto de galas y oro,

demanda licencia urbano

para alancear a un toro

un caballero cristiano.»

Mucho le pesa a Aliatar;

pero Zaida dio respuesta

diciendo que puede entrar,

porque en tan solemne fiesta

nada se debe negar.

Suspenso el concurso entero

entre dudas se embaraza,

cuando en un potro ligero

vieron entrar por la plaza

un bizarro caballero,

sonrosado, albo color,

belfo labio, juveniles

alientos, inquieto ardor,

en el florido verdor

de sus lozanos abriles.

Cuelga la rubia guedeja

por donde el almete sube,

cual mirarse tal vez deja

del sol la ardiente madeja

entre cenicienta nube.

Gorguera de anchos follajes,

de una cristiana primores,

por los visos y celajes

en el yelmo los plumajes,

vergel de diversas flores.

En la cuja gruesa lanza

con recamado pendón,

y una cifra a ver se alcanza

que es de desesperación,

o a lo menos de venganza.

En el arzón de la silla

ancho escudo reverbera

con blasones de Castilla,

el mote dice a la orilla:

Nunca mi espada venciera.

Era el caballo galán,

el bruto más generoso,

de más gallardo ademán:

cabos negros, y brioso,

muy tostado, y alazán;

larga cola recogida

en las piernas descarnadas,

cabeza pequeña, erguida,

las narices dilatadas,

vista feroz y encendida.

Nunca en el ancho rodeo

que da Betis con tal fruto

pudo fingir el deseo

más bella estampa de bruto,

ni más hermoso paseo.

Dio la vuelta al rededor;

los ojos que le veían

lleva prendados de amor.

«Alá te salve», decían,

«déte el Profeta favor.»

Causaba lástima y grima

su tierna edad floreciente;

todos quieren que se exima

del riesgo, y él solamente

ni recela, ni se estima.

Las doncellas, al pasar,

hacen de ámbar y alcanfor

pebeteros exhalar,

vertiendo pomos de olor,

de jazmines y azahar.

Mas cuando en medio se para,

y de más cerca le mira

la cristiana esclava Aldara,

con su señora se encara

y así la dice, y suspira:

«Señora, sueños no son;

así los cielos, vencidos

de mi ruego y aflicción,

acerquen a mis oídos

las campanas de León,

«como ese doncel que ufano

tanto asombro viene a dar

a todo el pueblo africano,

es Rodrigo de Vivar,

el soberbio castellano.»

Sin descubrirle quién es,

la Zaida desde una almena

le habló una noche cortés,

por donde se abrió después

el cubo de la Almudena.

Y supo que fugitivo

de la corte de Fernando,

el cristiano, apenas vivo,

está a Jimena adorando

y en su memoria cautivo.

Tal vez a Madrid se acerca

con frecuentes correrías

y todo en torno la cerca;

observa sus saetías,

arroyadas y ancha alberca.

Por eso le ha conocido,

que en medio de aclamaciones,

el caballo ha detenido

delante de sus balcones,

y la saluda rendido.

La mora se puso en pie

y sus doncellas detrás;

el alcaide que lo ve,

enfurecido además,

muestra cuán ceoso esté.

Suena un rumor placentero

entre el vulgo de Madrid:

«No habrá mejor caballero»,

dicen, «en el mundo entero»

y algunos le llaman Cid.

Crece la algazara, y él,

torciendo las riendas de oro,

marcha al combate cruel;

alza el galope, y al toro

busca en sonoro tropel.

El bruto se le ha encarado

desde que le vio llegar,

de tanta gala asombrado,

y al rededor le ha observado

sin moverse de un lugar.

Cual flecha se disparó

despedida de la cuerda,

de tal suerte le embistió;

detrás de la oreja izquierda

la aguda lanza le hirió.

Brama la fiera burlada;

segunda vez acomete,

de espuma y sudor bañada,.

y segunda vez la mete

sutil la punta acerada.

Pero ya Rodrigo espera

con heroico atrevimiento,

el pueblo mudo y atento;

se engalla el toro y altera,

y finge acometimiento.

La arena escarba ofendido,

sobre la espalda la arroja

con el hueso retorcido;

el suelo huele y le moja

en ardiente resoplido.

La cola inquieto menea,

la diestra oreja mosquea,

vase retirando atrás,

para que la fuerza sea

mayor, y el ímpetu más.

El que en esta ocasión viera

de Zaida el rostro alterado

claramente conociera

cuánto la cuesta cuidado

el que tanto riesgo espera.

Mas, ¡ay! que le embiste horrendo

el animal espantoso!

Jamás peñasco tremendo

del Cáucaso cavernoso

se desgaja, estrago haciendo,

ni llama así fulminante

cruza en negra obscuridad

con relámpagos delante

al estrépito tronante

de sonora tempestad,

como el bruto se abalanza

en terrible ligereza;

mas rota con gran pujanza

la alta nuca, la fiereza

y el último aliento lanza.

La confusa vocería

que en tal instante se oyó

fue tanta que parecía

que honda mina reventó,

o el monte y valle se hundía.

A caballo como estaba,

Rodrigo el lazo alcanzó

con qué el toro se adornaba;

en su lanza le clavó

y a los balcones llegaba.

Y alzándose en los estribos

le alarga a Zaida, diciendo:

«Sultana, aunque bien entiendo

ser favores excesivos,

mi corto don admitiendo,

si no os dignáredes ser

con él benigna, advertid,

que a mí me basta saber

que no le debo ofrecer

a otra persona en Madrid.»

Ella, el rostro placentero,

dijo, y turbada: «Señor,

yo le admito y le venero,

por conservar el favor

de tan gentil caballero.»

Y besando el rico don,

para agradar al doncel,

le prende con afición

al lado del corazón,

por brinquiño y por joyel.

Pero Aliatar el caudillo

de envidia ardiendo se ve,

y trémulo y amarillo,

sobre un tremecén rosillo

lozaneándose fue.

Y en ronca voz, «Castellano»,

le dice, «con más decoros

suelo yo dar de mi mano

si no penachos de toros,

las cabezas del cristiano.

«Y si vinieras de guerra

cual vienes de fiesta y gala,

vieras que en toda la tierra,

al valor que dentro encierra

Madrid, ninguno se iguala.»

«Así», dijo el de Vivar,

«respondo», y la lanza al ristre

pone y espera a Aliatar;

mas sin que nadie administre

orden, tocaron a armar.

Ya fiero bando con gritos

su muerte o prisión pedía,

cuando se oyó en los distritos

del monte de Leganitos

del Cid la trompetería.

Entre la Monclova y Soto

tercio escogido emboscó,

que viendo como tardó

se acerca, oyó el alboroto,

y al muro se abalanzó.

Y si no vieran salir

por la puerta a su señor

y Zaida a le despedir,

iban la fuerza a embestir,

tal era ya su furor.

El alcaide, recelando

que en Madrid tenga partido,

se templó disimulando,

y por el parque florido

salió con él razonando.

Y es fama que a la bajada

juró por la cruz el Cid

de su vencedora espada,

de no quitar la celada

hasta que gane a Madrid.
 
 

EPIGRAMA SABER SIN ESTUDIAR
Admiróse un portugués

de ver que en su tierna infancia

todos los niños en Francia

supiesen hablar francés.

«Arte diabólica es»,

dijo, torciendo el mostacho,

«que para hablar en gabacho,

un fidalgo en Portugal

llega a viejo, y lo habla mal;

y aquí lo parla un muchacho.»
 
 

CANCION A PEDRO ROMER, TORERO INSIGNE
Cítara áurea de Apolo, a quien los dioses

hicieron compañera

de los regios banquetes, y ¡oh sagrada

Musa! que el bosque de Helicón venera,

no es tiempo que reposes;

alza el divino canto y la acordada

voz hasta el cielo osada,

con eco que supere resonante

al estruendo confuso y vocería,

popular alegría,

y aplauso cortesano trïunfante,

que se escucha distante

en el sangriento coso matritense

en cuya arena intrépido se planta

el vencedor circense,

lleno de glorias que la fama canta.

Otras quiere adquirir, y así de espanto

y de placer se llena

la Villa que domina entrambos mundos.

Corre el vulgo anhelante, rumor suena,

y se corona en tanto

de bizarros galanes sin segundos

y atletas furibundos

el ancho anfiteatro. Allí se asoma

todo el reino de Amor, y la hermosura

que a Venus desfigura,

y no hay humano pecho que no doma

(baldón de Grecia y Roma),

y en opulencia y aparato hesperio

muestra Madrid cuanto tesoro encierra

corte de tanto imperio,

del mayor soberano de la tierra.

Pasea la gran plaza el animoso

mancebo, que la vista

lleva de todos su altivez mostrando,

ni hay corazón que esquivo le resista.

Sereno el rostro hermoso,

desprecia el riesgo que le está esperando

le va apenas ornando

el bozo el labio superior, y el brío

maestra y valor en años juveniles

del iracundo Aquiles.

Va ufano al espantoso desafío:

¡con cuánto señorío!

¡qué ademán varonil! ¡qué gentileza!

Pides la venia, hispano atleta, y sales

en medio con braveza,

que llaman ya las trompas y timbales.

No se miró Jasón tan fieramente

en Colcos embestido

por los toros de Marte, ardiendo en llama,

como precipitado y encendido

sale el bruto valiente

que en las márgenes corvas de Jarama

rumió la seca grama.

Tú le esperas, a un numen semejante,

sólo con débil, aparente escudo,

que dar más temor pudo;

el pie siniestro y mano está delante;

ofrécesle arrogante

tu corazón que hiera, el diestro brazo

tirado atrás con alta gallardía;

deslumbra hasta el recazo

la espada, que Mavorte envidiaría.

Horror pálido cubre los semblantes,

en trasudor bañados,

del atónito vulgo silencioso;

das a las tiernas damas mil cuidados

y envidia a sus amantes;

todo el concurso atiende pavoroso

el fin de este dudoso

trance. La fiera que llamó el silbido

a ti corre veloz, ardiendo en ira,

y amenazando mira

el rojo velo al viento suspendido.

Da tremendo bramido,

como el toro de Fálaris ardiente,

hácese atrás, resopla, cabecea,

eriza la ancha frente,

la tierra escarba y larga cola ondea.

Tu anciano padre, el gladiator ibero

que a Grecia España opone,

con el silvestre olivo coronado,

por quien la áspera Ronda ya se pone

sobre Elis, y el ligero

Asopo el raudo curso ha refrenado,

cediendo al despeñado

Guadalevín; tu padre, que el famoso

nombre y valor en ti ve renovarse,

no puede serenarse,

hasta que mira al golpe poderoso

el bruto impetuoso

muerto a tus pies, sin movimiento y frío,

con temeraria y asombrosa hazaña,

que por nativo brío

solamente no es bárbara en España.

¿Quién dirá el grito y el aplauso inmenso

que tu acción vocifera,

si el precio de tus méritos pregona

la envidia, con adorno a la extranjera,

que dice: «En el extenso

mundo, ¿cuál rey que ciña la corona

entre hijos de Belona

podrá mandar a sus vasallos fieros

(como el dueño feliz de las Españas)

hacer tales hazañas?

¿Cuál vencerán a indómitos guerreros

en lances verdaderos,

si éstos sus juegos son y su alegría?»

¡Oh! no conozca España qué varones

tan invencibles cría!

¡Rogádselo a los cielos, oh naciones!

Y tú, por quien Vandalia nombre toma

cual la aquiva Corinto

(ni tal vio el Circo máximo de Roma),

si algo ofrece a mi verso el dios de Cinto,

tu gloria llevaré del occidente

a la aurora, pulsando el plectro de oro;

la patria eternamente

te dará aplauso, y de Aganipe el coro.

un hombre tan solamente

a un horrible león venció.

Otro león, que el cuadro vio,

sin preguntar por su autor,

en tono despreciador

dijo: Bien se deja ver

que es pintar como querer,

y no fue león el pintor.
 
 

LOS DOS AMIGOS Y EL OSO
A dos amigos se apareció un oso.

El uno, muy medroso,

en las ramas de un árbol se asegura;

el otro, abandonado a la ventura,

se finge muerto repentinamente.

El oso se le acerca lentamente;

mas como este animal, según se cuenta,

de cadáveres nunca se alimenta,

sin ofenderlo lo registra y toca,

huélele las narices y la boca;

no le siente el aliento,

ni el menor movimiento;

y así, se fue diciendo sin recelo:

«Este tan muerto está como mi abuelo.»

Entonces el cobarde,

de su grande amistad haciendo alarde,

del árbol se desprende muy ligero,

corre, llega y abraza al compañero,

pondera la fortuna

de haberle hallado sin lesión alguna,

y al fin le dice: «Sepas que he notado

que el oso te decía algún recado.

¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido;

estas dos palabritas al oído:

Aparta tu amistad de la persona

que si le ve en el riesgo, te abandona.»
 
 

LOS ANIMALES CON PESTE
En los montes, los valles y collados,

de animales poblados,

se introdujo la peste de tal modo,

que en un momento lo inficiona todo.

Allí, donde su porte el león tenía,

mirando cada día

las cacerías, luchas y carreras

de mansos brutos y de bestias fieras,

se veían los campos ya cubiertos

de enfermos miserables y de muertos.

«Mis amados hermanos»,

exclamó el triste Rey, «mis cortesanos,

ya veis que el justo cielo nos obliga

a implorar su piedad, pues nos castiga

con tan horrenda plaga;

tal vez se aplacará con que se le haga

sacrificio de aquel más delincuente,

y muera el pecador, no el inocente.

Confiese todo el mundo su pecado.

Yo, cruel, sanguinario, he devorado

inocentes corderos,

ya vacas, ya terneros,

y he sido, a fuerza de delito tanto,

de la selva terror, del bosque espanto.»

«Señor», dijo la zorra, «en todo eso

no se halla más exceso

que el de vuestra bondad, pues que se digna

de teñir en la sangre ruin, indigna,

de los viles cornudos animales

los sacros dientes y las uñas reales.»

Trató la corte al Rey de escrupuloso,

Allí del tigre, de la onza y oso

se oyeron confesiones

de robos y de muertes a millones;

mas entre la grandeza, sin lisonja,

pasaron por escrúpulos de monja.

El asno, sin embargo, muy confuso

prorrumpió; «Yo me acuso

que al pasar por un trigo este verano,

yo hambriento y él lozano,

sin guarda ni testigo,

caí en la tentación: comí del trigo.»

«¡Del trigo! ¡y un jumento!»

gritó la zorra, «¡horrible atrevimiento!»

Los cortesanos claman: «Este, éste

irrita al cielo, que nos da la peste.»

Pronuncia el Rey de muerte la sentencia,

y ejecutóla el lobo a su presencia.

Te juzgarán virtuoso,

si eres, aunque perverso, poderoso;

y aunque bueno, por malo detestable,

cuando te miran pobre y miserable.

Esto hallará en la corte quien la vea,

y aun en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!
 
 

EL LEON Y EL RATON
Estaba un ratoncillo aprisionado

en las garras de un león; el desdichado

en la tal ratonera no fue preso

por ladrón de tocino ni de queso,

sino porque con otros molestaba

al león, que en su retiro descansaba.

Pide perdón, llorando su insolencia;

al oír implorar la real clemencia,

responde el Rey en majestuoso tono

(no dijera más Tito): «Te perdono.»

Poco después, cazando, el león tropieza

en una red oculta en la maleza;

quiere salir, mas queda prisionero;

atronando la selva ruge fiero.

El libre ratoncillo, que lo siente,

corriendo llega; roe diligente

los nudos de la red de tal manera

que al fin rompió los grillos de la fiera.

Conviene al poderoso

para los infelices ser piadoso;

tal vez se puede ver necesitado

del auxilio de aquel más desdichado:
 
 

EL GALLO Y EL ZORRO
Un gallo muy maduro,

de edad provecta, duros espolones,

pacífico y seguro,

sobre un árbol oía las razones

de un zorro muy cortés y muy atento,

más elocuente cuanto más hambriento.

«Hermano», le decía,

«ya cesó entre nosotros una guerra

que cruel repartía

sangre y plumas al viento y a la tierra.

Baja; daré, para perpetuo sello,

mis amorosos brazos a tu cuello.»

«Amigo de mi alma»,

responde el gallo, «¡qué placer inmenso

en deliciosa calma

deja esta vez mi espíritu suspenso!

Allá bajo, allá voy tierno y ansioso

a gozar en tu seno mi reposo.

«Pero aguarda un instante,

porque vienen, ligeros como el viento,

y ya están adelante,

dos correos que llegan al momento,

de esta noticia portadores fieles,

y son, según la traza, dos lebreles.»

dijo el zorro, «que estoy muy ocupado;

luego hablaré contigo

para finalizar este tratado.»

El gallo se quedó lleno de gloria,

cantando en esta letra su victoria:

Siempre trabaja en su daño

el astuto engañador;

a un engaño hay otro engaño,

a un pícaro otro mayor.
 
 

EL BUHO Y EL HOMBRE
Vivía en un granero retirado

un reverendo búho, dedicado

a sus meditaciones,

sin olvidar la caza de ratones.

Se dejaba ver poco, mas con arte;

al Gran Turco imitaba en esta parte.

El dueño del granero

por azar advirtió que en un madero

el pájaro nocturno

con gravedad estaba taciturno.

El hombre le miraba y se reía.

«¡Qué carita de pascua!», le decía.

«¿Puede haber más ridículo visaje?

Vaya, que eres un raro personaje.

¿Por qué no has de vivir alegremente

con la pájara gente,

seguir desde la aurora

a la turba canora

de jilgueros, calandrias, ruiseñores,

por valles, fuentes, árboles y flores?»

«Piensas a lo vulgar, eres un necio»;

dijo el solemne búho con desprecio;

«mira, mira, ignorante,

a la sabiduría en mi semblante:

mi aspecto, mi silencio, mi retiro,

aun yo mismo lo admiro.

Si rara vez me digno, como sabes,

de visitar la luz, todas las aves

me siguen y rodean; desde luego

mi mérito conocen, no lo niego.»

«Ah, tonto presumido»,

el hombre dijo así; «ten entendido

que las aves, muy lejos de admirarte

te siguen y rodean por burlarte.

De ignorante orgulloso te motejan,

como yo a aquellos hombres que se alejan

del trato de las gentes,

y con extravagancias diferentes

han llegado a doctores en la ciencia

de ser sabios no más que en la apariencia.»

De esta suerte de locos

hay hombres como búhos, y no pocos.