JUAN MELÉNDEZ VALDÉS

POESÍA

RETRATO DE UN ILUSTRADO

 Entre los retratos de Meléndez Valdés destacan dos lienzos de Francisco de Goya. El mejor es el que se conserva en el Museo Bowes, Bernard Castle (Inglaterra), de 1797, con la inscripción. «A Meléndez Valdés, su amigo Goya.» Representa a un hombre ya castigado por la edad, de boca firme y ojos penetrantes. Cadalso le había descrito en su juventud como un “ mozo algo inclinado a los placeres mundanales, a las hembras, al vino y al campo...”. Pero ésta será una falsa imagen que caracterizará tan sólo una faceta de su personalidad y aún la más juvenil. Meléndez Valdés encarna la tragedia de la Ilustración española. La serie de reveses familiares (el pronto fallecimiento de sus padres y de su hermano Esteban, que actuó de mentor en sus estudios) le inclinó a la melancolía, acentuada tal vez por una tuberculosis incipiente que logró curar (tal enfermedad acabaría, precisamente, con la vida de Estaban). Pero su dedicación al estudio de las letras y a la jurisprudencia le conformó como un ilustrado. Partidario de las reformas, participó con Jovellanos de las inquietudes de una minoria que buscó ocupar el poder político con el claro propósito de modernizar el país. Algunos de sus amigos culparon a su esposa de su ambición. Aquélla tuvo, a lo que parece, un carácter fuerte; pero la vida de Meléndez Valdés, en su doble vertiente de poeta y de reformador, responde a ura reacción colectiva aunque minoritaria: Menéndez y Pelayo le definió exageradamente casi como un «progresista» decimonónico, repitiendo textualmente los juicios de Quintana «Pensaba como Turgot, como Condorcet y como tantos otros hombres respetables que esperan del adelantamiento de la razón la mejora de la vida humana y no desconfían de que llegue una época en que el imperio del entendimiento extendido por la tierra dé a los hombres aquel grado de perfección y felicidad que es compatible con sus facultades y con la limitación de la existencia de cada individuo.»En su juventud, como catedrático de la Universidad de Salamanca, pretendió reformar la institución con generosidad, pero tropezó con la resistencia de las fuerzas conservadoras. Como magistrado pudo experimentar, incluso dramáticamente, la situación en la que vivía la mayor parte de la población española. Se enfrentó al clero en la reforma hospitalaria de Ávila y pretendió, a través de la Beneficencia, paliar las mayores injusticias. Como Jovellanos, su amigo y valedor político, creyó posible reformar sin destruir. Eran tiempos turbulentos y los sucesos revolucionarios en Francia le horrorizaban. Creyeron que su deber era anticipar algunas soluciones, pero su formación, inspirada en lecturas francesas e inglesas, le hicieron suponer que las oportunidades reformistas podían realizarse a través de las Sociedades Económicas o desde la propia Administración. La caída de Jovellanos y su propio destierro provocaron su afrancesamiento político. Tal vez las razones que le llevaron hasta él, todavía poco claras, rozan la casualidad; aunque no deja de ser significativo que, cuando por primera vez en la historia española el país se divide en dos bandos, Meléndez Valdés, llevado por una natural ambición de desarrollar sus latentes capacidades reformadoras, alcance las más altas dignidades. El breve episodio del reinado de José I supondrá, pues, la culminación de muchas esperanzas. Pero nuevamente el regreso de Fernando Vll le conducirá al definitivo exilio.El retrato de un ilustrado, de un escritor que vive intensamente su tiempo, conlleva una diversidad de intereses. En primer lugar, dicho ilustrado es un poeta (en un momento en el que la poesía mantiene todavía un considerable prestigio social como arte) y, como poeta de la Ilustración, Meléndez Valdés se propone desterrar, al igual que el padre Isla, los principios estéticos  de un barroco agonizante. Su neoclasicismo y su poesía filosófica y moral suponen una revolución poética necesaria, aunque insuficiente, en el panora ma poético español.Sus actitudes renovadoras en el ámbito de la poesía, eran, sin embargo, mucho más radicales que las que proponía en otras materias, ya que tropezaban con menos resistencia organizada. La penetración de formas y modelos europeos supuso una tardía puesta al día que debe entenderse también como parte del proyecto de una minoría. De lo que no cabe duda es que la poesía española después de Meléndez Valdés cambia su orientación y los poetas serán conscientes desde el comienzo de que protagonizan una transformación. Es la punta de un iceberg que emerge en aguas procelosas con cierto éxito. Si sus proyectos reformadores en otros ámbitos fracasan a la larga, su poesía arrastra a los jóvenes. Hasta el Romanticismo—y aún más allá si tenemos en cuenta las múltiples ediciones de sus obras en el siglo XIX— su producción gravitará sobre las diferentes promociones. Y si de su vertiente cívica brotará la obra del grandilocuente Quintana, de su lírica, que roza el Romanticismo, procede la obra de Cienjuegos. En todo caso advertiremos en ella los rasgos de lo que R. P. Sebold ha calificado de primer romanticismo español.

MELÉNDEZ VALDÉS, POETA NEOCLÁSICO Y ROCOCÓ

El Barroco penetra en el siglo XVIII, y aunque la Academia mas representativa al filo de la primera mitad del siglo (1749-1751), se denominará Academia del Buen Gusto, sus integrantes seguían vinculados a la estética anterior (Alonso Verdugo y Castilla, conde de Torrepalma (1706-1794), José Antonio Porcel (1715-1794),etc.). En el seno de este Barroco dieciochesco cabe
situar también la obra en verso de Diego de Torres y Villarroel (1694-1770) y de José Joaquín Benegosi y Luján (1707-1770). La publicación de la Poética (1737) de Ignacio de Luzán no supone, por consiguiente, la desaparición de la poesía barroca y de lo que los poetas neoclásicos entendieron como sus principales defectos. Luzán introducía el «neoclasicismo». En la edición de 1737, el 53 por ciento de los «modelos» citados corresponden a autores clasicos grecolatinos. Pero la influencia de los poetas de la antigüedad se conjuga con la revalorización de los españoles del siglo XVI, ya reivindicados por los «novatores». La publicación del Parnaso español (1768-1778) de Juan José López de Sedano, supone la afirmación de una corriente que se plantea como alternativa a los modelos barrocos anteriores. La valoración de la anacreóntica debe situarse, en la obra de Meléndez Valdés, en el seno del neoclasicismo que, desde Cadalso y «la escuela poética salamantina», provocará la irrupción de una temática y de unas nuevas formas definitivamente alejadas de las concepciones del Barroco español que había dominado en el ámbito de la poesía hispánica durante más de un siglo.No conviene, sin embargo, confundir el neoclasicismo con su vertiente anacreóntica La difusión de Anacreonte y sus imitadores llega tardíamente a España. En 1797 se publican las versiones de Villegas, aunque sus cultivadores lo descubrirían a través de las versiones francesas. El paso de la exaltación del placer, del vino y de los sentidos, a lo que con fortuna Joaquín Arce denominó rococó, resultará inevitable: «Meléndez Valdés representa también la cima del gusto rococó en algunas de sus personalísimas anacreónticas, que se sitúan en una fase cronológica sucesiva a la grácil aminoración de ciertos poemas posbarrocos” Lo rococó supone «una estructura sencilla»,una «decoración compleja», un «ambiguo contenido», unas formas «despreocupadas y galantes», «mórbidas». Sus temas son la «gracia picaresca» (Cadalso), «los jardines artificiosos» (Iglesias de la Casa) y el «exacerbado sensualismo» de Meléndez.La exagerada artificiosidad de sus escenas idílicas son excelentes ejemplos de estilo rococó. Cuando en la Oda II de La paloma de Filis el poeta describe, con una preferencia desusada por los diminutivos: «Donosa palomita, / así tu pichón bello / cada amoroso arrullo / te pague con un beso, / que me digas, pues moras / de Filis en el seno, / si entre las nieves sientes / de Amor el dulce fuego», transforma la escena en una serie de elementos convencionales. Los protagonistas son la paloma, el pichón, Filis (en algunas composiciones Cloris) y el poeta. El doble paralelismo tiene como objetivo descubrir los signos del amor, en la reservada Filis. La pareja animal se ha humanizado y «la Paloma» es el inocente instrumento del que se sirve el poeta para conocer su intimidad. La paloma es capaz de asistir como una observadora a «los gratos convites» y «a los juegos». Y, además, «en su seno te duermes / y respires tu aliento». Incluso «... pues moras / de Filis en el seno»; es decir, confundida con sus pechos, es capaz de adivinar el «dulce fuego de Amor». El sensualismo resulta aquí evidente, así como el equívoco, la ambigüedad que caracterizará el erotismo, de que Meléndez Valdés es un claro ejemplo que aparece aisladamente en el curso de la poesía española. Calificar ejemplos como el mencionado de rococó no agota la diversa significación de su intencionalidad deliberadamente «menor».Porque el poeta reduce su objetivo, como apunta en la Oda I de esta serie, a la exaltación de la «nevada paloma / de mi querida Filis». Y distingue precisamente estas composiciones (36 breves escenas) de la poesía épica y de las anacreónticas. En ocasiones, tales efusiones se reducen a lamentar el amor insatisfecho: «¡Oh dicha imponderable!/¡Oh paloma/¡Oh cariño / mal gastado! ¡Quien f uera / lo que necio imagino!» (Oda XXVI).El propósito del poeta se limita a anidar como la paloma en la halda de su amada o en su seno: «y hallara descanso, / y allí mi nido hiciera» (Oda XXlll). El lenguaje simbólico se presta a fáciles y elementales transcripciones. El amor, así entendido, es un juego de salón, una suerte de galante requiebro. Los tópicos de la poesía amorosa tradicional se han convertido en elementos ingeniosos transcritos en un heptasílabo que permite la expresión balbuceante, cuajada de exclamaciones. En la Oda XVII el poeta utiliza ya el diálogo directo entre Batilo y la paloma. Pero en el conjunto de la serie el diálogo se halla también implícito. En ocasiones la paloma es sustituida por la amada: «Así, ¡ven a mis brazosl / gozarás mil delicias, / que aquí hallarás consuelo / si estás de Amor herida» (Oda XXVIII). El amor es siempre gozo y delicias. El epicureísmo erótico se encuentra en la base de este complejo juego de equívocos. Más tarde, el modernismo se servirá de un ave de signo polivalente: el cisne, que alcanzará las mayores resonancias en Rubén Darío. En Meléndez el significado de la paloma es más modesto, pero no menos emblemático.Al margen de la serie «Los besos de amor», publicada por Foulché-Delbosc en la Revue Hispanique, I (1894) que consta de veintitrés odas, el erotismo de algunas composiciones de Meléndez responde a los planteamientos «libertinos» de la literatura dieciochesca. Sin embargo, en la mencionada serie, trece son adaptaciones de poesías latinas del siglo XVI (de Johannes Secundus, de Johannes Bonifacius y de Marcus Antonius Muretus, o sea, Jean Sécond, Bonnefous y Muret). El resto, como señala Demerson, pueden ser también traducciones no identificadas, pero por su estilo y por la adaptación libre los textos responden perfectamente a los planteamientos poéticos y eróticos (incluidos algunos detalles licenciosos) del poeta. No resulta difícil situarlos junto a composiciones como «El gabinete» (oda de la que ofrecemos dos versiones en las que pueden apreciarse los limites del pudor en la impresa frente a una mayor libertad expresiva de la que se ha conservado en un manuscrito autógrafo). El poeta se deleita en la descripción del gabinete o tocador, donde el amante descubre los perfumes y las ropas y adornos de la amada. Resulta también significativo, en el cuadro trazado, el papel otorgado a la música. Se trata aquí del canto de Armida y de la música del piano. Merrit Cox asimila la utilización de la Naturaleza por parte de Meléndez a la pintura de A. Watteau (1684-1721), el más representativo de los pintores rococós franceses.En los varios prólogos que permiten reconstruir los avatares de su producción descubriremos una constante: el poeta justifica su actividad poética frente a los posibles ataques de que pueda ser objeto dada su actividad como magistrado. Lo manifiesta clararamente en la «Advertencia», de la edición de 1797: «Digan, pues, lo que quieran mis émulos, o más bien los enemigos de las letras y el buen gusto, un magistrado aparece en el público imprimiendo sus versos y osa declararse sin empacho autor de todos ellos: de los agradables, de los serios, de los amorosos de los filosóficos o morales, oponiendo a la murmuración y a la ignorancia estos mismos versos para vindicarse y defenderse acompañados de la presente ilustración... »Ya en 1797 el propósito de Meléndez Valdés anticipaba algunas claves de la estética romántica: «imitar a la Naturaleza», aunque compensadas con un claro planteamiento neoclásico. Los modelos reconocidos por el poeta son Horacio, Ovidio, Tibulo, Propercio y «el delicado Anacreonte». Esa dualidad que se ofrece desde la doble imitación (Naturaleza y modelos clásicos) se funde en una individualidad que se autoanaliza: «Mi alma naturalmente tierna y amante de la soledad los ha dejado (los versos) no pocas veces casi con lágrimas, para convertirse donde la llamaba la dura obligación.»Ya en la Advertencia de la edición de 1785 el poeta situaba su obra en un contexto claramente critico: «Estos versos no están trabajados, ni con el estilo pomposo y gongorino que por desgracia tiene aún mis patrones, ni con aquel otro lánguido y prosaico en que han caido los que sin el talento necesario buscaron las sencillas gracias de la dicción, sacrificando la majestad y la belleza del idioma al inútil deseo de encontrarlas.» La cruzada contra el Barroco resulta aquí evidente; así como los nuevos modelos españoles aceptados: Garcilaso fray Luis de León y Herrera.En la Oda LIX, A mi lira, anterior a 1814, el poeta se plantea el tradicional tema de la fama póstuma. Su autoproclamación como «poeta amable / de Baco y de Cupido» responde a la imagen anacreóntica que Meléndez pretende ofrecer como alternativa. Sin embargo insistirá una y otra vez que esta vertiente poética corresponde a la juventud más temprana: «a las dos deidades / me consagré de niño». Y el poeta se entregó a la tarea como por encargo: «Dijéronme: “Tú canta / rapaz, sensible y fino...”» La sencillez de sus composiciones se difundirá por España (desde Salamanca a los Pirineos), a Italia, México y Lima. No deja de ser significativa la supuesta difusión de su obra. Su preocupación por la escasa seriedad de esta parte de su producción poética coincide con la de José Cadalso, quien titularía sus producciones Ocios de mi juventud. Los objetivos de un magistrado reformista tenían, a los ojos de sus lectores, que ser otros. Sin embargo, Meléndez se sirve también de la oda anacreóntica para formular preocupaciones más serias. Antes de 1773, imitando a Anacreonte y a Villegas, puede escribir versos como: «Si es Cinaris, forzoso / morir, y nadie puede / por mucho que la tema / librarse de la muerte / ni conocer tampoco / lo que después sucede / ni donde nos quedamos / ni quien allá nos tiene...», que parecen el preludio de los definitivos de Rubén Darlo en Lo fatal.

EL POETA DE LA ILUSTRACIÓN

léndez Valdés, en el prólogo a la edición de 1785 distingue ya entre unos versos que han sido «entretenimientos, una distracción, un alivio de otros estudios más serios, de otras composiciones de carácter más grave». Porque «el ingenio del hombre sigue de ordinario los progresos de su naturaleza y se va acomodando como ella a la edad, es todo destino y situaciones de cada individuo». A la publicación de estas consideraciones, o justificaciones, el poeta contaba treinta y un años. Tres años antes había muerto Cadalso. Como preludio a sus composiciones, en esta edición, figuraba la Epístola II de Jovellanos. Ya en 1776, en la Epistola de Jovino a sus amigos de Salamanca, le recomendaba:
... Y tu ardiente Batilo, del Meonio
Cantor émulo insigne, arroja a un lado
el caramillo pastoril, y aplica
a tus dorados labios la sonante
trompa...
Jovellanos desde Sevilla incita a Delio (fray Diego González) a cultivar la filosofía moral; a Batilo (Meléndez Valdés) la épica; a Libano (Juan Fernández de Rojas) el teatro. Otros poetas de la llamada «escuela salmantina» fueron Andrés del Corral (Andrenio) junto a tos estudiantes José Iglesias de la Casa (Arcadio) y Juan Pablo Forner (Amistas). Pero Meléndez, impregnado de las ideas ilustradas que favorecía desde su cátedra salmantina, va a desarrollar en verso un ideario que resultará común. Ya en la «Advertencia» a la edición de 1797, siendo «severo» magistrado, manifestará sus dudas: «¿Cómo presentarse en el público un magistrado reimprimiendo Los pasatiempos de su niñez y publicando nuevos versos, que, aunque llenos de las verdades más importantes de la moral y la filosofía, siempre al cabo ‘lo son?» En esta nueva edición corrige las composiciones anteriores y añade las de asunto filosófico y moral. En tales temas «he cuidado de explicarme con nobleza y de usar un lenguaje digno de los grandes asuntos que he tratado». Por consiguiente se nos manifiesta el poeta ahora más maduro y seguro de la utilización de un «lenguaje digno». Esta poesía madura y reflexiva no agradó a sus comentaristas modernos. Pedro Salinas se dejó deslumbrar por el Meléndez anacreóntico y esa falseada imagen ha prevalecido en los manuales literarios. Ya cuando Meléndez escribía estas reflexiones era consciente de que esa poesía era la que seguían dos de sus brillantes discípulos: Quintana y Cienfuegos.El programa ilustrado se inspiraba en una nueva concepción del «estar en el mundo»: «La bondad de Dios, su benéfica providencia, el orden y armonía del Universo la inmersa variedad de seres que lo pueblan y hermosean, nos llevan poderosamente a la contemplación y a estimar la dignidad de nuestro ser y el encanto celestial de la virtud.» Tampoco aquí disimulaba sus fuentes: «Pope, Thomson, Young, Racine, Roucher, Saint-Lambert, Hallar, Utz, Cramer.» La poesía formaría parte de las «Buenas Letras» y su utilidad resulta innegable, puesto que «forman el gusto, suavizan las costumbres, hacen deliciosa la vida, más agradable la amistad, perfeccionan la sociedad, estrechan sus vínculos entre los hombres y los alivian y entretienen en sus ocupaciones y cuidados». La poesía se convierte así, regida por la Razón, en un mecanismo de promoción de la nueva sensibilidad. Meléndez Valdés no alcanzará todavía el talante del poeta revolucionario, que llegará ya más tarde con la nueva actitud romántica, sino el del reformista que conoce, por su profesión de magistrado, que las transformaciones sociales se consiguen con objetivos claros y profundamente asumidos. Su ideología ilustrada es la de Jovellanos y Llaguno. En la Epístola II, dedicada a Jovellanos,manifiesta así su deuda:
Sí, tú volviste a mí, cuando ignorado
yacía sin vigor en noche oscura
mi oculto numen, los clementes ojos
con que las artes y el ingenio animas;
tú extendiste la mano generosa
para alzarme a la luz, y mi maestro
y mi amigo y mi padre ser quisiste.
La luz no es sino la razón. Ella le permitirá advertir la función del Ser divino, ordenador del Universo y guía de la Naturaleza (Epistola 1). El hombre ilustrado valorará, pues, el espíritu científico. Admirará también la «sencilla bondad» en Llaguno,calificado en 1794, en la Epístola III, de «amigo» y «generoso padre», quien fue, a la vez, «cortesano, filósofo, ministro». Y hacia él dirige sus súplicas reclamando mayor atención a la institución universitaria:
Las casas del saber, tristes reliquias
de la gótica edad, mal sustentadas
en la inconstancia de las nuevas leyes
con que en vano apoyadas titubean
piden alta atención; ora de nuevo
sus veneradas aulas: nada, nada
harás sólido en ellas si mantienes
una columna, un pedestal, un arco
de esa su antigua gótica rudeza.
El poema dedicado a Llacuno resulta un claro manifiesto ilustrado en el que Meléndez Valdés proclama su programa reformador. Éste alcanza aún mayor intensidad en cuanto el poeta-filósofo plantea el problema campesino. El reparto de las tierras, al que Jovellanos, desterrado por aquel año en Gijón dedicaría su Informe sobre la ley agraria, aparece en Meléndez dramáticamente vinculado, de forma sentimental, al hambre del colono:
Ve en él gemir al mísero colono
y el común padre demandar rendido
el pan querido amigo, que tú puedes
darle, de Dios imagen en el suelo.
Ve su pálida faz, llorar en torno
ve a sus hijuelos y su casta esposa...
mientras el magnate con desdén soberbio
rie insensible a su indigencia y nada
en lujo escandaloso y feos vicios.
El método del «contraste» entre las clases será utilizado por Meléndez también en otros poemas. Responde a su concepción fisiocrática, según la cual la agricultura constituye el factor esencial de la economia y, paralelamente, ataca al «lujo» como factor distorsionante del equilibrio social. La función primordial de la agricultura aparece aquí claramente definida:
Su hallada profesión es la primera,
la más noble, más útil; de ti clama
luces y protección...
El mismo tema recurrente aparecerá en la Epistola VII (1797), dirigida a Godoy. Aquí el retrato del colono—«siempre infeliz»—es todavía mas lastimoso y el contraste con el «indolente y rico ciudadano» más violento. El campesino que acude a luchar por su rey es recompensado con el hambre de su familia. Las oposiciones se acentúan al comparar los estamentos. El campesino destaca por «su honradez, su candor, su sufridora / paciencia, su bondad» En tanto que el ciudadano es «rico, cómodo, abundoso / de regalo y placer», «... ingrato, desdeñoso, injusto». El poeta imagina las cadenas del campesino. Como un siglo más tarde demandará Joaquín Costa y el reformismo español: «Instruidle, alentadle, y la abundancia/ sus trojas calmará; / nuevas semillas, / nuevos abonos, instrumentos nuevos / a servirle vendrán.» Las transformaciones que pueden augurarse para la agricultura procederán, por consiguiente, de una nueva educación.:Las «luces» permiten describir un futuro prometedor para Castilla y Andulucia:
El labrador, que por instinto es bueno,
lo será por razón; y el vicio en vano
querrá doblar su corazón sencillo.
Será su religión más ilustrada...
El ámbito de la llustración no debe, por tanto, circunscribirse a las minorías dirigentes. Meléndez Valdés imagina una edad próspera, un ideal, la «utopía» ilustrada de una clase en la que se sustentaría la economía reformada. Cabe advertir que en el programa Meléndez alude claramente a las concepciones religiosas de los «colonos». En sus versos no se enfrenta directamente con el fanatismo religioso. Propone como parte de su programa de reforma una «religión más ilustrada». En efecto, las abundantes alusiones a Dios se producen siempre en la poesía de Meléndez dentro de una clara interpretación deísta. Con todo, el poeta extremeño no construye la utopía sobre el vacio. La clave de cualquier reforma residía en la propiedad de la tierra, en la «reforma agraria» plasmada desde las Sociedades de Amigos del País, una reforma nunca radical, aunque mediante la cual el campesino pudiera satisfacer su sed de tierra. Ahora «busca la tierra do afanoso pueda / sus brazos emplear, y ansia llorando / la dulce propiedad, que una ominosa / vinculación por siempre.le arrebata».Pero donde expresa todavía con mayor crudeza la condición del campesinado es en la Epístola VI titulada, con propiedad, El filósofo en el campo. Una vez más Meléndez Valdés opone la dureza de la vida del campo a la molicie de un cortesano, Fabio, quien «sobre el muelle sofá tendido yaces». La condición humana no se detenta, la aprende el filósofo observando al hombre del campo y su familia:
Él carece de pan; cércale hambriento
el largo enjambre de sus tristes hijos,
escuálidos, sumidos en miseria;
y acaso acaba su doliente esposa
de dar, ay, a la patria otro infelice,
víctima ya de entonces destinada
a la indigencia y del oprobio siervo...
Ecos quevedescos alcanza ahora la condición humana:
Hombres, ¡ay!, hombres, Fabio amigo, somos,
vil polvo, sombra, nada; y engreídos
cual el pavón en su soberbia rueda,
deidades soberanas nos creemos...
El «filósofo» no puede aceptar que existan dos condiciones humanas: la del potentado, apta sólo para el placer; la del colono, sólo para el trabajo. La moral verdadera debe buscarse entre quienes mantienen en toda su fuerza «los sagrados nombres / de esposo, padres, hijos». Como un moralista severo, fustiga las costumbres del cortesano, capaz de violentar la voluntad de una hija y consagrarla a Dios «por correr libre del burdel al juego». Los hijos pleitean contra los padres, los nietos ansían la muerte de los abuelos para alcanzar la herencia, las mujeres casadas caen en el adulterio, incluso con el «vil lacayo». El panorama que presenta el poeta no puede ser más desazonador. La institución familiar en el seno de la opulencia se destruye. Su sensibilidad choca con las costumbres. La «belleza melindrosa» contempla con gusto los públicos ajusticiamientos. El poeta desciende hasta unas costumbres que pueden ofender a los «tradicionalistas». El juego, la lujuria y el lujo se comparan a la peluqueria servida por hombres: «... la matrona, / la casta virgen, la viuda honrada, / ¿ponerse pueden al lascivo ultraje, / a los toques de un hombre? ¿Esto toleran / maridos castellanos? Para el análisis de las modas nuevas recurre el poeta incluso a la socorrida honra nacional. Por el contrario, son los hombres del campo quienes acuden a los paises lejanos para que el cortesano pueda gozar del café o la «canela de Ceilán». Son también quienes defienden, en las guerras cuando «sopla en las almas su infernal veneno /y en insano furor las cortes arden», a la patria y quienes soportan el peso de los impuestos. El filósofo en el campo es, sin duda, una de las más duras requisitorias contra la explotación del campesino. Meléndez Valdés polariza la organización social en dos clases: los ricos y los miserables. En tal presentación maniqueísta observamos los ecos prerrevolucionarios franceses.Equiparados a los campesinos descubrimos, en la Epístola V, dirigida a don Gaspar González de Candamo, quien fuera catedrático de lengua hebrea de la Universidad de Salamanca, designado canónigo de Guadalajara, en México, a los indígenas americanos transcritos del «buen salvaje» roussoniano. En otras composiciones Meléndez Valdés aludirá también al Nuevo Continente, aunque aquí nos describe a los «inocentes semibárbaros». Las ideas proceden sin lugar a dudas de la Ilustracidn más radical:
¡Oh, quién pudiera sepultarse entre ellos!
¡quién abrazar su desnudez alegre,
de sí lanzando los odiosos grillos
con que el error y el interés le ataron!
   Ve sus almas
su inocencia, el reposo afortunado
que les dan su ignorancia y su pobreza,
Velos reir, y envidiar su ventura.
Lejos de la ambicion, de la avaricia
de la envidia cruel, en sus semblantes
sus almas nuevas se retratan siempre.
Su pecho solo a la virtud los mueve;
la tierna compasión es su maestra,
y una innata bondad de ley les sirve
Y en oposición a la bondad natural, la sociedad ofrece «el odioso fraude» «el impío despotismo», «el brazo alzado», «la humanidad hollada». Los tópicos de la Ilustracidn figuran en los versos de Meléndez con un nuevo aliento. El poeta se sirve del endecasílabo libre. Utiliza el hipérbaton, una adjetivación característica, una medida entonación; recursos, en fin, que hacen de sus versos ilustrados un discurso retórico en el que se combina la razón (el análisis de las ideas) y un exaltado sentimiento.Las Epístolas constituyen otro vehículo idóneo para la exposición del nuevo ideario. En la Epístola IX (entre 1802 y 1808), dirigida al doctor don Plácido Ugena, describe su caída en desgracia y podemos advertir allí algunos curiosos matices de su rehabilitación: «Pasóse el tiempo, mi razón es muda; / mi ajado pundonor nada apetece.» Y un poco antes: «¡Oh si pudiese hablar! ¡Oh si patente / poner la iniquidad, rompiendo el velo / de errar do esconde su ominosa frente!» Ahora, cuando   « Ya de la edad el perezoso hielo / mi frente amaga, a decorarla empieza / la nieve...», el poeta recurre al tópico horaciano:
Logre de un huerto el plácido recreo,
la grata sombra de alameda umbría
do fresco viento el delicioso oreo...
y en grata soledad libre y oscuro,
una casilla, cómoda, aunque breve
asilo ofrezca a mi humildad seguro
do al fuego el ceño del invierno lleve,
me goce en mayo, el inflamado estío
huya, aspire de octubre el aura leve. .
No olvidará Meléndez descubrir típicamente el paso de las estaciones, el fluir del tiempo a través de la naturaleza que ahora no sirve de marco en los juegos amorosos de la anacreóntica, sino que se toma grave en una poesía que busca la meditación. En ocasiones el paisaje, a diferencia de la pasión estética manifestada más tarde por los modernistas y noventayochis tas, constituirá aquí una realidad que debe modificarse:
Los anchos llanos de Castilla,
ora desnudos, yermos, áridos, que claman
por frescura y verdor, verán sus ríos
útiles derramarse en mil sonantes
risueños cauces a llevar la vida
por sus sedientas abrasadas vegas.
(Epistola VI)
Una nueva sensibilidad sobre la condición humana puede advertirse en la Epistola X titulada La mendiguez, dirigida a Godoy y fechada en 1802, tras la reLabilitacidn del poeta. Secorresponde,con el «Discurso sobre la mendiguez» (de los Discursos forenses), del mismo año. Sus ideas son semejantes. Las descripriones sobre la situación de la infancia resultan estremecedoras:
En él veréis mis niños inocentes,
príncipe, alguna vez en su asqueroso
pálido horror de fetidez cubiertos,
quebrando el pecho en su gemir dolientes,
solo en andrajos míseros envueltos,
sin pan ni abrigo, oprobio vergonzoso
del ser humano y de la patria afrenta.
No se aludirá aquí a la caridad cristiana. La responsabilidad de remediar la extrema pobreza corresponde, en la intención de los ilustrados, a la sociedad civil, a la Beneficencia. El poeta reclama un plan de asilos, donde encuentren remedio la infancia desvalida y la vejez. Al tiempo clama contra la vagancia («libre se vea / de tan hórrida plaga el suelo hispano»), pero Meléndez describe con rigor la realidad social. Su poesía programática se convierte en denuncia Ésta puede ser social y en ocasiones convertirse en requisitoria patriótica: «En hambre y muertes las provincias gimen, / ahogadas en amargo desaliento», y más adelante: «Yace el antiguo horror en sombra oscura, / y del estado la ínclita grandeza; / gloria, genio, esplendor, poder, riqueza, / todo pasó...»Meléndez Valdés sufrió en sus carnes la tragedia de la ilustración. Ello explicaría su posterior afrancesamiento. Entre 1796 y 1797, en la Epístola XI, dirigida una vez más, a Godoy, describe su persecución como una consecuencia de la calumnia. A ella se referirá también cuando alude a Jovellanos. Pero aquí, en su confesión adquiere tintes físicos de gran verosimilitud: «... De horror la pluma / de la trémula mano se desliza, / un sudor frío por mis miembros corre /y mi ser todo desfallece y tiembla/ de noble indignación a ultraje tanto.» Mas la victima alude siempre a sus perseguidores con apelativos abstractos. Son «infaustas ideas», «error», «funesta envidia», «maldad», «ignorancia», «calumnia», «envidia» los culpables de los males de los que son víctima los ilustrados. Las alusiones a los más significados son escasas pero ilustrativas:
Mientras muere el pacífico Ensenada
desdeñado en Medina, y su suspiro
último es por el bien que ardiente anhela.
Allí apartado de los hombres gime en
Batres Cabarrús y el noble fuego
siente apagarse de su excelsa mente,
al par que tu, Jovino, gloria mía,
honor ilustre de la toga hispana,
de patriotismo y de amistad dechado,
ves anublada tu virtud sublime:
la envidia vil y la ignorancia ruda
se armarán contra ti, pero tu nombre
fausto crece en tu plácido retiro.
El poeta se siente inscrito en una pléyade de reformadores caídos en desgracia. La respuesta divina a las súplicas del poeta está en concordancia con las fórmulas de los ilustrados: «el día llega de la luz».Meléndez Valdés utilizó el romance, vehículo de composiciones populares (pliegos de cordel) que repudió como ilustrado, confiriéndole un valor artístico. En una breve nota introductoria reconocía que procuró dotarles de «el tono y el gusto de esta composición verdaderamente nacional y en que tanto abundamos, tan conforme con la soltura y la facilidad del habla castellana como con nuestro genio y poesía». En esta labor se anticiparía a los poetas románticos —que abusarán tanto de la facilidad del metro—y a contemporáneos como Juan Ramón Jiménez y Fe derico García Lorca. Algunas de las piezas son anteriores a 1777 y otras a 1814. Advertimos, por consiguiente, su fidelidad al género que enlaza con la tradición. Así en el titulado Dedicatoria a una señora, los califica de «cantares» (los romances, en efecto, eran cantables; otros fueron compuestos sólo con la intención de que se leyeran) y los sitúa junto a los tradicionales, aquellos otros que, «envueltos en tiernos ayes / tal vez las serranas bellas / oyeron con rostro afable». En Rosana en los fuegos, el más popular de los romances del autor, mezcla el romance con la canción de corte tradicional: «Linda zagaleja / de cuerpo gentil, / muérome de amores / desde que te vi.» La mañana de San Juan figura también enraizado en la tradicionalidad, así como el titulado Los segadores, inspirado en las canciones de siega, convertidas ahora en mensajes i!ustrados y morales: «El vicio es callado y triste; / la inocencia ríe y canta /.y el trabajo es su pasatiempo / cuando el placer lo acompaña.»La restauración del romance permite que éste se adapte a contenidos diversos. Admite el tono satírico (En unas bodas desgraciadas) y el reflexivo (El árbol caido). Este último, anterior a 1797, finaliza con ecos románticos. En efecto, la soledad de la tórtola que hizo su nido en el árbol caído se inscribe en una naturaleza ampliada: «... el eco sus ansias vuelve / de la vecina montaña. / el eco que lastimero / por el valle las propaga...». Más acertadamente puede observarse la identificación del sentimiento humano con los ciclos naturales o su continuada personificación.EI titulado El niño dormido, anterior a 1814, muestra los defectos que se advierten en algunos registros de la poesía de Meléndez: su sensiblería, un exagerado sentimentalismo. Pero el romance le servirá también de vehículo en la expresión de su intimidad. El náufrago, de 1814, es un excelente ejemplo de confesión personal: «Sembré trigo, y cogí abrojos. / La vida ignorada y libre / que mi corazón ansiaba / llegó un instante a reírme.» En él observaremos los ecos de los proscritos que caracterizarán la escuela romántica: «Náufrago, extranjero, errante / ni un pecho hallé que sensible / ni una lágrima vertiese / sobre el dolor que me oprime, / ni uno que enjugase al menos / las que derramaba tristes, / ni uno en fin con quien el mio / lograra amoroso abrirse. » El dolor del poeta clama en el nombre de España calificada como: «¡Dulce patria! » Los principales registros del tema del exilio, que alcanzará hasta la España peregrina tras la Guerra Civil, figuran ya en los romances de Meléndez. El poeta utiliza un léxico más romántico en Los suspiros de un proscrito, anterior a 1814, romance en el que figuran núcleos semánticos tan característicos como la «luna», el «ave solitaria»; adjetivos como melancólico, triste, infeliz, etc. En Mis desengaños (entre 1798 y 1808) se reivindican los fundamentos de la Ilustración. Meléndez convierte la expresión poética en una reflexidn sobre el «yo»: «la augusta filosofía, /sus tesoros peregrinos/ ostentando entre mis ojos / su arrebato embebacido». La coexistencia de elementos ilustrados, neoclásicos y rococós y signos sentimentales y románticos caracterizan al poeta extremeño.El romance servirá también para difundir el «entusiasmo y amor patrio» entre los soldados que tenían que defender a Fernando VII del «enemigo más pérfido y cruel» (los franceses). El poeta compuso una primera Alarma española, dedicada al conde de Montijo a fines de abril de 1808, cuando el rey se encontraba retenido en Bayona. El joven monarca acababa de levantar el destierro del poeta y los reformistas creían abrigar justificadas esperanzas que pronto se verían defraudadas. Una Alarma segunda, anunciada en la Gaceta de Madrid del 4 de octubre de 1808, pone en circulación los tópicos patrióticos que se difundirán posteriormente como propaganda reaccionaria: «Corred, hijos de la gloria, / corred, que el clarín os llama / a salvar nuestros hogares, la religión y la patria.»El romance será también el vehículo de Doña Elvira, calificada por el poeta como «aventura trágica», ejemplo de «leyenda», género que causará furor entre los poetas del movimiento romántico histérico, principalmente el Duque de Rivas y Zorrilla. La leyenda está formada por dos romances publicados por vez primera en la edición póstuma de sus poesías de 1820. Polt y Demerson los fechan con anterioridad a 1820. Sin embargo, la obra ha quedado incompleta al perderse el tercer romance. El medievalismo, la psicología de los personajes, el lenguaje y el decorado son ya plenamente románticos.

LA POESÍA FILOSÓFICA Y MORAL

Como señalábamos anteriormente, la poesía de Meléndez Valdés constituye el núcleo fundamental del esfuerzo ilustrado para operar en la conciencia de sus lectores en la dirección del cambio. Meléndez se autocalifica de filósofo. Y serán sus bases filosóficas modernas las que le otorgarán una visión del mundo de la naturaleza y del hombre bien distintas de la poesía que había caracterizado el Barroco. El poeta describe el mundo que le rodea y convierte la Naturaleza en un espejo en el que se refleja su propia personalidad. La nueva actitud procede de la obra de John Locke, An Essay Concerning Human Understanding y del Traité des Sensations, de Étienne Bonnot Condillac.Poeta de la Razón, de las «luces», Meléndez Valdés es, asimismo, el poeta de la sensibilidad que le llevará en un proceso interno natural hasta el Romanticismo, aunque sin alcanzar a la escuela romántica. Quienes le atacaron desde la nueva escuela fueron también sus discípulos; porque en él advertiremos los signos de la poesía moderna española, en sus diversas y contradictorias formulaciones. En su obra se da, por ejemplo, una cierta identificación entre poesía y vida (como advertiremos más tarde en el Romanticismo). Su carrera de magistrado, a la que acudió por una ambición compartida con otros intelectuales de su época reformadora, le llevará a cultivar «otro género más noble y elevado» de poesía. El magistrado-poeta descubrirá en la tortolilla (Oda XX) la «inmensa amargura» en una composición anterior a 1782. En 1814 escribirá desde el recuerdo (Mis ilusiones, Oda XXIX). La memoria será entonces el desencadenante poético: «¡Feliz yo, cuantas veces / me ofrece compasiva / las sombras mi memoria / de mis pasadas dichas.» La distinción que el poeta establece entre sus obras (las serias y las festivas) resulta artificiosa, puesto que podemos descubrir en sus poemas menores signos de su actitud ante la poesía que indican con claridad una interpretación distinta.La temática elegida corresponde a las preocupaciones de un magistrado. Las epístolas dedicadas a la Beneficencia o a la mendiguez tienen su correspondencia con sus informes jurídicos los discursos forenses. Pero los títulos de sus odas dedicadas a la presencia de Dios, a la verdad, a las estrellas, al fanatismo, al Sol, a la noche de invierno, a la tempestad; sus Discursos, con lemas como «El hombre fue criado para la virtud», «Orden del Universo», muestran el tipo de selección en los contenidos. Demerson hizo notar el carácter roussoniano de la oda Al ser incomprensible de Dios, que fecha antes de 1786. Los términos filosófico/teológicos constituyen una audacia en un pensamiento anclado en el tomismo: «¡Primero, eterno Ser, incomprensible, / patente y escondido, / aunque velado en gloria inmarcesible...» Algunos de sus versos adquieren resonancias que descubriremos más adelante en otro catedrático salmantino, Migual de Unamuno: «¿Quién eres?,¿dónde estás?,¿no me respondes?» Porque, además, Meléndez introduce una duda inquietante: «Los objetos más claros se me mudan / y al revés se me tornan; / de todo mis nublados ojos dudan / y todo lo trastornan...» El poeta acabará de rodillas adorando a un Ser que no se manifieste por la «curiosa razón», sino a través de la belleza.Cuando en 1794 escribe su conocida oda titulada El fanatismo, el poeta analiza la historia y los errares religiosos. Posiblemente su intención era la de justificar el fanatismo contemporáneo—denunciado por Voltaire y los enciclopedistas—, aunque la oda finaliza abruptamente, tras descubrir la presencia de los árabes y los judíos en España. Pero versos como «las ciencias congojosas / entre sombras lloraron / a manos del error vilmente ajado; / y de mil pavorosas / supersticiones la conciencia llena, / se dobló el hombre su infeliz cadena» parecen suficientemente evidentes. No era el pasado fanatismo su principal preocupación, sino la defensa de una doctrina fosilizada por una Iglesia atenta en la conservación de sus privilegios. El Dios de Meléndez no es el Dios católico, ni siquiera el cristiano. Sus referencias abundantes aluden al Creador, al Ser: «Tu inmensidad lo llena / todo, Señor, y más: del invisible / insecto al elefante, / del átomo al cometa rutilante» (en La presencia de Dios, anterior a 1797). La observación de la Naturaleza le conduce a implorar al «Padre solícito» su «rayo», que no es otro que la «celestial filosofía». Así en la magnifica oda, anterior a 1797, donde pueden advertirse ya los rasgos románticos, aunque el pensamiento subyacente sea como en la poesía misma de fray Luis de León:la armonía de la creación:
...Tu rayo, celestial filosofía
me alumbre en el abismo misterioso
de maravilla tanta;
muéstrame la armonía
de este gran todo, y su orden milagroso;
 y plácido en tus alas me levanta
do extática se encanta
la inquieta vista en el inmenso cielo.
Allí en su luz clarísima embriagado
hallaré el bien que en el lloroso suelo
busqué ciego, de sombras fascinado.
Si la filosofía permite admirar el orden y la armonia de la Naturaleza y de la bóveda celeste, el hombre puede advertir también en si mismo «las señas inmortales». En La noche y la soledad, la introspección («¿qué ves dentro de ti?») conduce inevitablemente a la paz interior. El hombre es un ser inquieto: «calma de tu anhelar el desconcierto, /y entra en tu corazón a contemplarte». En ese camino ascético el discurso poético de Meléndez actúa como una vía hacia la perfección. El camino es el de la lectura de las Noches de Young, citadas al final del poema, las mismas que inspiraron a Cadalso. El poeta significativamente dedica la composición a Jovellanos y en la edición de 1820 se advierte que ésta fue «la primera composición filosófica del autor». Desde la reivindicada soledad «a la virtud el ánimo preparas / y a la verdad inclinas transparente...». Ello permite convertir al ser humano, quevedescamente comparado al «polvo vano», en un ser «iluminado».
El hombre iluminado ve en sí mismo
las señas inmortales,
merced a tu favor, de su grandeza,
del mundo vil hollando tu bajeza.
En La tribulación el poeta utiliza el registro auto-biográfico. La inquietud del creyente termina en la esperanza del Señor. Y el poeta recuerda su enfermedad (la composición es anterior a 1795): «Sólo soy, y tú fuiste / mi padre; enfermo te imploré en el lecho /y salud me trajiste. / ¡Ay! Ven, cubre mi pecho, / que blanco todos de su saña han hecho.» La bondad de Dios puede advertirse en los favores que conceda a los justos (Prosperidad aparente de los malos) y en la magnificencia de la Naturaleza: «¡Oh gran Naturalaza, cuán magnifica eres!», en Inmensidad de la Naturaleza, y bondad inefable de su Autor. La libertad del hombre es reivindicada en Consuelos de un inocente, encerrado en una estrecha prisión. Las circunstancias pueden o no ser autobiográficas; tal vez el poeta alude a los años 1798-1801 o tal vez al incidente de Oviedo (1808); pero la reivindicación de la libertad adquiere en sus versos la imagen del hombre romántico: «Libre discurro, y libre me imagino, / libre, libre soy pues cuando atada / a arbitrio del destino / de mí ser gime la porción grosera, / con raudo vuelo por la inmensa esfera / huyéndose fugaz la mente alada, / hasta el empíreo cielo / osa encumbrarse en un dichoso anhelo.» El poeta reivindica la tradición de los perseguidos y encarcelados, «héroes sin par, en criminal combate / acosados, prescritos / y viendo, ¡oh horror!,¡en triunfo los delitos!».La exaltación del héroe es compatible con la fraternidad: «¿gimes en vida oscura, / en soledad y olvido? ¡Errar insano!/ ve en cada criatura / un hijo de tu Autor, goza un hermano». La fraternidad llega como la consecuencia del Padre común, aunque éste dispense sus dones, también a los enemigos, que por su condición humana, son también hermanos. En la elogia De las miserias humanas repudia el «error» y la guerra («yo vi correr la asoladora guerra/ por la Europa infeliz...») Aquí también hay una exaltación de la fraternidad; pero desde la perspectiva de la propia pena, reflejo del «daño universal»:
El daño universal mi propia pena
me hizo, luna, olvidar: miro a mi hermano,
al hombre miro en infeliz cadena;
y aunque grave mi mal, ya me es liviano.
Entre las obras de inspiración religiosa las hay también de circunstancias como la XXXVII: En la solemne entrada de los primeros niños en el Seminario Conciliar de 1779 dedicada al obispo de Salamanca Felipe Beltrán, a raíz de la inaguración del Real Seminario de San Carlos, que, de escaso interés, mantiene algunas características barrocas que habrían de resultar gratas al destinatario.Lo que caracteriza al modelo de hombre que figura en sus poemas es la exaltación de la virtud. En las elegías Mis combates, y en la que se titula específicamente La virtud, ésta parece compendiar las más elevadas categorías del ser humano («... Por ti respiro, / por ti soy libre...») y le lleva hasta la «altísima corte del Eterno». Para el poeta supone una región moral superior propia de los sabios. La verdad le conforta en las dificultades. Y entre sus versos convendrá retener las alusiones autobiográficas, plasmadas en excelentes imágenes de valor moral:
Busqué la dicha, y abracé un fantasma;
torné a buscar y hallé míseras penas.
El «modelo» del hombre virtuoso es aquí Felipe Palafox (Belardo) y Fany, su esposa, la condesa de Montijo. Pese a la nobleza de sus títulos, Meléndez valorará en mayor grado su nobleza:

... Su nobleza
fue sola su virtud no de su cima
el excelso esplendor, los largos bienes.
Amó viviendo el bien, amó a los hombres,
y en ellos al gran Ser con tierno pecho.
El amor entre los seres humanos es designado aquí como «virtud», parte esencial de una concepción de las relaciones con el Ser Supremo. La poesía se ha convertido así en ilustrada, filosófica, deísta y moral.
 

Los «DISCURSOS FORENSES»

Póstumamente, en 1821, se publicaron los Discursos forenses de Meléndez Valdés, tan sólo unos meses más tarde de los cuatro volúmenes de sus Poesías, que la Real Academia Española había encargado a Navarrete y a Tapia y Conde, aunque sólo el primero cuidó de la edición propiamente dicha. En el proyecto participaría también Quintana, pero el alma de la empresa fue su viuda, quien no cesó en sus empeños de que los manuscritos de Meléndez tuvieran una edición satisfactoria. De aquellos empeños que parecen haberse iniciado en Barcelona da cuenta Leandro Fernández de Moratín, con su característica lengua viperina, en una carta fechada en Montpellier el 24 de febrero de 1818: «Doña María Andrea Coca (la más sardesca, cavilosa, pesada, impertinente, insufrible y corrumpente vieja que he conocido jamás) se está en Barcelona comiéndole los hígados a un sobrino que Dios le ha dado, cargada con los manuscritos de su marido, con los cuales se propone ganar millones. Siempre amenaza con la edición de las obras de su difunto y, como todo lo quiere imprimir, serán seis tomos de buen tamaño; pero no quiere soltar un cuarto, sino hallar una persona caritativa que le anticipe los gastos y luego se los perdone, para gozar en paz el rédito inocente de la prometida colección. Toda su vejez y sus maulas no han sido bastantes para engañar a ningún catalán y ahora se propone llevar a Valencia su anatomía y ver si allí encuentra lo que busca. »Meléndez, en el prólogo de Nimes (16 de octubre de 1815), señalaba que el trasiego del exilio había dispersado sus manuscritos, entre los que cita «trabajos en prosa sobre la legislación, la economía civil, las leyes criminales, cárceles, mendiguez y casas de misericordia que trataba de imprimir». En el ánimo del poeta estaba, pues, el publicar unas prosas que finalmente se editaron al margen de sus Poesías. En el prólogo a la única edición moderna existente, Demerson supone que fue también Navarrete quien cuidó de la publicación de unos textos constituidos por «cinco acusaciones fiscales», «dos dictámenes fiscales» y «tres discursos o fragmentos»; literatura, pues, más oratoria que escrita. A través de estas páginas advertiremos, sin embargo, una vez más el carácter «ilustrado» del pensamiento del autor, que podemos apreciar también en sus versos. Sus fuentes son, entre otras, Montesquieu, Rousseau, Condorcet, Voltaire, Locke y, principalmente, Beccaria. Pero el poeta no fue tan sólo un teórico, sino que sus destinos le permitieron iluminar los cauces por los que tenían que discurrir las soluciones. En este sentido, Meléndez anticipa aquí el «progresismo» decimonónico. Su pensamiento va a coincidir con los proyectos reformadores de las Sociedades Económicas de Amigos del País.La voluntad reformadora se manifiesta claramente en el proyecto laico de transformar las instituciones eclesiales de función caritativa en beneficencia pública. Y que el objetivo de su «ilustración» consistía en educar a la población puede comprobarse a través del Discurso en el que proclama la probibición de imprimir y vender jácaras y romances vulgares. Pero tales propósitos no pasaron de las buenas intenciones. La prosa oratoria de Meléndez pretende fundamentalmente convencer a su auditorio. Por tanto, sus recursos serán orales; aunque no ajenos a la voluntad, manifiesta también en sus poesías, de inscribir en sus argumentos el «yo» del autor. Así, cuando al iniciar una acusación fiscal proclama: «¡Cuán amarga es la suerte del magistrado en todo orden y pasos de su vida!¡Qué carga tan pesada de solicitud de espíritu, de afanes y vigilias debe abrumar sus hombros desde que los cubre con la honrosa toga...!» Desde la perspectiva del magistrado, Meléndez comprobará día a día el mundo de la delincuencia, la injusticia social; reclamará la necesidad de un «orden» más justo, puesto que debe derivarse de la Justicia que los hombres han organizado para que las leyes «brillen como una luz en medio de las tinieblas». Precisamente el mundo del delito le convertirá en un moralista. Su fin y modelo es como en Cadalso, «el hombre de bien»: «Ved, Señor, si no con ojos reflexivos, esa espantosa depravación, que va inmoralizando el mundo entero; ese torrente impetuoso de vicios y delirios, que corre a tragarse las sociedades, y a abismar en todos los desórdenes las generaciones venideras; esa perversidad refleja y meditada, que se atreve a formar un sistema de la misma corrupción, y a hacer problemático y dudoso el vicio y la virtud. Ved al audaz sofisma y a la sangrienta burla reírse de todo, oscurecerlo todo, confundirlo y trastornarlo todo. Ved y llorad casi rotos y por tierra los lazos más sagrados. Ved los nombres sacrosantos de esposos, padres, hijos, amigos, reconocimiento, probidad, reducidos a voces sin sonido. Ved estos días de lágrimas en que se pretenden robar todos los consuelos al hombre de bien...» (Procede de la ed. de JOAQUÍN MARCO, Planeta).

CRONOLOGIA

1754 11 de marzo. Nace Juan Meléndez Valdés Romero y Campañón en Ribera del Fresno (provincia de Badajoz). Sus padres, de origen extremeño, fueron don Juan Antonio Meléndez Montero de la Vanda, natural de la villa de Salvaleón, y doña María Cacho, labradores acomodados. Contaban respectivamente cuarenta y seis y cuarenta años. En 1782, en su genealogía el poeta alude a su limpieza de sangre en los siguientes términos: «(los abuelos y los padres) todos los cuales han sido y son cristianos viejos, limpios de toda mala raza de moros, judíos ni los nuevamente convertidos a nuestra santa Fe Católica, antes bien tenidos y reputados por hijosdalgo como ofrezco justificar y que ésta es mi genealogía y por tal le juro a Dios y a esta (cruz) en forma, y le fimo en Salamanca, a veinte y ocho de setiembre de mil setecientos ochenta y dos».Primeras letras en Almendralejo.
1761 Muere su madre. Demerson considera que Meléndez adquirirá un «complejo de huérfano» del que derivará una «sensibilidad excesiva».
1767-1770 Estudios de latín en el convento de Santo Tomás, en Madrid, regido por los dominicos. Se inicia también en lógica.
1771-1772 Estudia griego y filosofía moral en los Reales Estudios de San Isidro.
1772 noviembre. Inscrito en el registro de la Universidad de Salamanca como «hábil a oír ciencia». Asiste a las clases de derecho y de humanidades.
1773-1774 Conoce a Cadalso, quien llega a Salamanca en mayo de 1773 y acude diariamente a su casa. En una carta a Nicolás Fernández de Moratín éste expone: «... los sonetos se leerán en la Academia de Meléndez y su compañero, que juntos me hacen tertulia dos horas todas las noches, leyendo nuestras obras o las ajenas, y sujetándose cada uno de los tres a la rigurosa crítica de los otros dos».
1774 13 de agosto. Fallecimiento de su padre en Ribera
1775-1776 Nombrado sustituto en la cátedra de griego. Fray Diego González le pone en comunicación con Jovellanos, que contaba entonces treinta y cinco años, quien ejercerá una extraordinaria influencia intelectual y literaria sobre el poeta.
1776 Primeros síntomas de tuberculosis. Pasa dos meses en el campo. Frecuenta la casa de su amiga «Aparis», cuyos padres le ofrecen hospitalidad.
1777 4 de junio. Fallece su hermano Esteban, secretario del obispo de Segovia, al que dedicará una elegía. Profunda crisis emocional. En una carta a Jovellanos admite: «Él me ha criado, a él debo las primeras semillas de virtud, y muertos ya mis padres, a él solo tengo en su lugar, y él solo es capaz de suplir en alguna manera su falta.»
1778-1779 Finaliza su carrera universitaria. Realiza prácticas en el bufete de don Manuel Blengua, abogado de los Consejos Reales. Sustituye al maestro Alba en su cátedra de humanidades.
1780 18 de marzo. La Real Academia le concede el primer premio por su égloga Batilo. La de Iriarte queda en segundo lugar.
1781 9 de agosto. Designado, tras varias oposiciones fallidas, catedrático de humanidades.
1782 27 de febrero. Muere Cadalso en Gibraltar. Se casa en secreto con doña María Andrea de Coca diez años mayor que él. Era hija del mayordomo de la catedral de Salamanca, emparentado con la familia noble de los Maldonado. De 1782 a 1789 vivió en casa de su suegro. Sus amigos consideraron siempre a su esposa como el obstáculo que impidió desarrollar plenamente la personalidad del poeta.
1783 Miembro de la Sociedad Económica Vascongada.
1784 Con motivo de celebrarse la paz con Inglaterra, presenta en el teatro De la Cruz su obra Las bodas de Camacho, el rico, que es aceptada friamente.
1785 Publica sus Poesías a instancias de Jovellanos.
1789 15 de setiembre.Toma posesión de su plaza de alcalde del crimen en la Real Audiencia de Zaragoza. Asume así « la ilustre y austera carrera de la magistratura». Su etapa universitaria se caracteriza por sus tesis renovadoras (el proyecto de establecer una imprenta en la universidad, defensa de las tesis de Beccaria sobre De poenis), fracasadas ante la oposición de los tradicionalistas. Miembro de la Sociedad Económica Aragonesa.
1791 Designado oidor de la cancillería de Valladolid. Convive algunos días con Jovellanos.
1792 Gestión para la reunificación de los Hospitales de Ávila.
1797 Edición de sus Poesías (en tres volúmenes).3 de octubre. Nombrado fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Epístola a Jovellanos con motivo de haber sido ministro universal de Gracia y Justicia, el 21 de noviembre.
1798 A comienzos de febrero llega a Madrid. Penmanecerá en el cargo menos de ocho meses.
27 de agosto. Cae en desgracia Jovellanos por su enemistad con Godoy. Meléndez es trasladado en comisión a Medina del Campo. 24 de julio: es nombrado académico honorario de la Real Academia Española.
1800 3 de diciembre. Es jubilado de oficio, reduciéndose su sueldo a la mitad y se le confina el mes de marzo en Zamora. El frío invierno zamorano perjudica la salud del poeta Se le incoa un proceso secreto en el que se complicaba a más de cien personalidades ilustradas.
1802 Se sobresee el proceso secreto incoado contra él y se le devuelve su sueldo de fiscal. Alterna su estancia en Zamora con frecuentes visitas a Salamanca.
1808 17de marzo. Motín de Aranjuez. Fernando VII levanta la orden de destierro y rehúsa el nombramiento de la Fiscalía del Consejo. 9 de abril: regresa a Madrid. Escribe Alarma española contra la «perfidia del Corso». Viaja a Asturias con el conde del Pinar. En Oviedo son arrestados y están a punto de ser fusilados, aunque se les  autoriza, a instancias del obispo, regresar a Madrid, tras tres meses de angustia. En octubre jura fidelidad a Fernando VII. Escribe una segunda Alarma española contra la invasión. No  consigue huir de Madrid, como tenía planeado,con el conde de Montijo y su hermana. 23 de  diciembre: se ve obligado a prestar juramento en favor de José I.
 1809 febrero. Designado fiscal de las Juntas de Negocios Contenciosos (el tribunal de mayor rango del país). Desde su cargo Meléndez cree poder realizar sus proyectos reformistas;3 de noviem bre: nombrado consejero de Estado y presidente de la comisión de Instrucción Pública
 1810 21 de abril. Publica en la Gaceta de Sevilla, la revista que dirige Lista, un poema dedicado a
 José Bonaparte: «Al rey ntro. señor.» 11 de setiembre: lee su discurso de ingreso en la Academia.
1811  julio. Escribe otro poema dedicado al rey intruso: España a su rey don José Napoleón I, en
 su feliz vuelta de Francia. Miembro de la Sociedad Económica Matritense.
1812 12 de junio. Nombrado académico de número de la Real Academia Española. Se ve obligado a refugiarse en Valencia, en un convoy que desde Madrid tardó veinte días en llegar hasta la capital valenciana.
 1813  febrero. Regresa a Madrid. El 26 de mayo abandona la capital en el último convoy al mando
del general Hugo. 22 o 23 de junio: exilio en Francia: Gers, Vic-sur-Losne, Condom. Sin medios económicos, Quintana escribe sobre el exilio del que fuera su maestro en poesía: «... más que prolongar una existencia prolongada, por la desgracia, por la pobreza, por los afanes y esperanzas a cada paso malogrados de volver a España, en fin, por los achaques y dolencias que conforme avanzaba en edad se agravaban a porfía.»
1814 Llega en marzo a Toulouse y posteriormente a Montpellier. Fernando VIl publica un decreto sobre la amnistía política de la que se excluyen los antiguos ministros y consejeros de José I. El poeta pierde definitivamente la esperanza de regresar.
1815 Nimes y Arles.
1815 Regresa a Montpellier. Corrige sus obras. Aquejado por una parálisis, toma las aguas en Balaruc.
1817 Muere el 24 de mayo en Montpellier, víctima de un ataque de aplopejía.
PRINCIPALES EDICIONES
Poesías, Madrid, Joaquin Ibarra, 1785
Poesías, Valladolid, Viuda e Hijos de Santander, 1797, 3 vols.
Poesías de don Juan Meléndez Valdés, Madrid, en la Imprenta Nacional, año de 1820 (con prólogo del autor y la Noticia histórica y literaria de M. V por M. J. Quintana, 4 vols.).
«Los besos de amor. Odas inéditas de don Juan Meléndez Valdés», publicadas por R. Foulché-Delbosc, Revue Hispanique, I (1894) pp. 73-83.
«Poesías inéditas de don Juan Meléndez Valdés», publicadas por R. Foulché-Delbosc, Revue Hispanique, I (1894), pp. 166-195.
«Poesías y cartas inéditas de don Juan Meléndez Valdés», publicadas por M. Serrano y Sanz, Revue Hispanique, IV (1897), pp. 266-313.
Poesías de Juan Meléndez Valdés, edición, prólogo y notas de Pedro Salinas, Madrid, La Lectura,Clásicos Castellanos, 1925; varias ediciones posteriores.
Poesías inéditas, introducción bibliográfica de Antonio Rodríguez-Moñino, , Madrid, Real Academia Española (Biblioteca Selecta de Clásicos Españoles, serie II, vol. XIV), 1954.
Juan Meléndez Valdés, Poesías, edición, estudio y notas de Emilio Palacios, Madrid, Alhambra, 1979
Obras en verso, edición critica por J. H. R. Polt y Georges Demerson, Cátedra Feijoo. Centro de Estudios del siglo XVIII, Oviedo, 1981-1983, 2 vols.

BIBLIOGRAFIA ESENCIAL SOBRE MELENDEZ VALDÉS

Colford, William E., Juan Meléndez Valdés. A study en the transition from Neo-Classicism to Romanticism in Spanish Poetry, Nueva York, Hispanic Institute in the United States, 1942.
Cox, R. Merritt, Juan Meléndez Valdés, Nueva York, Twayne Publishers, 1974.
Cueto, Leopoldo Augusto, marqués de Valmar, Poetas líricos del siglo XVIII, B.A.E. LXI, LXIII LXVII (1869-1875); el tomo LXI contiene el Bosquejo histórico crítico de la poesía castellana en el siglo XVIII (pp. V a CCXXXVII).
Demerson, Georges, Don Juan Meléndez Valdés et son temps, París, Klincksieck, 1962.
—Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo, Madrid, Taurus, 1971, 2 vols.
Esteban, José, Meléndez Valdés, «Los poetas», Madrid, Júcar, 1988
Froldi, Rinaldo, Un poeta illuminista: Meléndez Valdés, Istituto Editoriale Cisalpino, Milán 1967.
Real de la Riva, César: «La escuela poética salmantina de] siglo XVIII», Boletín de la biblioteca de Meléndez Pelayo, XXIV (1948), pp. 321-364.

LA EDICIÓN

Los textos poéticos que figuran en esta antología siguen la edición critica de Juan H. R. Polt y Jorge Demerson, citada tantas veces. Hemos señalado las fechas de publicación de los poemas siguiendo sus mismos criterios. Y hemos decidido prescindir del acompañamiento de notas que, en el caso de Meléndez Valdés se centrarían de forma casi exclusiva en la aclaración de las abundantes referencias mitológicas que pueblan los textos. Cualquier estudiante o lector culto dispondrá de una enciclopedia con la que fácilmente puede remediar las dudas que le surjan al hilo de la lectura. A cambio, hemos optado por of recer mayor número de textos; una amplia antología que sólo en su diversidad de inspiración consigue completar la imagen de un poeta de enorme dedicación. El orden de los poemas sigue el tradicional, adoptado también por los autores de la edición critica. De los Discursos forenses existe una edición facsimil (Fundación Banco Exterior; Madrid, 1986) de José Esteban, con prólogos de Enrique Múgica Herzog y Georges Demerson, aunque se limita a reproducir la príncipe de 1821, realizada en la Imprenta Real. Por nuestra parte hemos seleccionado los textos y hemos actualizado la ortografia y la puntuación, al tiempo que corregíamos las abundantes erratas.

ODAS ANACREÓNTICAS

ODA I

DE MIS CANTARES
Tras una mariposa,
cual zagalejo simple,
corriendo por el valle
la senda a perder vine.
Recostéme cansado,
y un sueño tan felice
me asaltó que aun gozoso
mi labio lo repite.
Cual otros dos zagales
de belleza increíble
Baco y Amor se llegan
a mí con paso libre;
Amor un dulce tiro
riendo me despide,
y entrambas sienes Baco
de pámpanos me ciñe.
Besáronme en la boca
después y así apacibles
con voz muy más suave
que el céfiro me dicen:
«Tú de las roncas armas
ni oirás el son terrible,
ni en mal seguro leño
bramar las crudas sirtes.
La paz y los amores
te harán, Batilo, insigne;
y de Cupido y Baco
serás el blando cisne.»
(anterior a 1782)
ODA II
EL AMOR MARIPOSA
Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,
dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.
Tornóse en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.
¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!
Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.
Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.
Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,
despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.
Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito Amor se muestra,
y a todas las abrasa.
Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza.
También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.
(anterior a 1784)
ODA IV
EL CONSEJO DEL AMOR
Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,
al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.
El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;
y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,
cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,
y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:
«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?
Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,
que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.
No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.
Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.
Por ti dejé en e] valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .
Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,
cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,
con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.
Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:
«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;
y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.
Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,
apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».
Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.
(anterior a 1814)
ODA V
DE LA PRIMAVERA
La blanda primavera
derramando aparece
sus tesoros y galas
por prados y vergeles.
Despejado ya el cielo
de nubes inclementes,
con luz cándida y pura
ríe a la tierra alegre.
El alba de azucenas
y de rosa las sienes
se presenta ceñidas,
sin que el cierzo las hiele.
De esplendores más rico
descuella   por oriente
en triunfo el sol y a darle
la vida al mundo vuelve.
Medrosos de sus rayos
los vientos enmudecen,
y el vago cefirillo
bullendo les sucede,
el céfiro, de aromas
empapado, que mueven
en la nariz y el seno
mil llamas y deleites.
Con su aliento en la sierra
derretidas las nieves,
en sonoros arroyos
salpicando descienden
De hoja el árbol se viste,
las laderas de verde,
y en las vegas de flores
ves un rico tapete.
Revolantes las aves
por el aura enloquecen,
regalando el oído
con sus dulces motetes;
y en los tiros sabrosos
con que el Ciego las hiere
suspirando delicias,
por el bosque se pierden,
mientras que en la pradera
dóciles a sus leyes
pastores y zagalas
festivas danzas tejen
y los tiernos cantares
y requiebros ardientes
y miradas y juegos
más y más los encienden.
Y nosotros, amigos,
cuando todos los seres
de tan rígido invierno
desquitarse parecen,
¿en silencio y en ocio
dejaremos perderse
estos días que el tiempo
liberal nos concede?
Una vez que en sus alas
el fugaz se los lleve,
¿podrá nadie arrancarlos
de la nada en que mueren?
Un instante, una sombra
Que al mirar desparece,
nuestra mísera vida
para el júbilo tiene.
Ea, pues, a las copas,
Y en un grato banquete
celebremos la vuelta
del abril floreciente.
(anterior a 1814)
GALATEA O LA ILUSIÓN DEL CAMPO
ODA VII
EL GABINETE
¡Qué ardor hierve en mis venas!
¡Qué embriaguez! ¡Qué delicia!
¡Y en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor un templo:
doquier torno la vista
mil gratas muestras hallo
del numen que lo habita
Aquí el luciente espejo
y el tocador,do unidas
con el placer las Gracias
se esmeran en servirla,
y do esmaltada de oro
la porcelana rica
del lujo preparados
perfumes mil le brinda,
coronando su adorno
dos fieles tortolitas,
que entreabiertos los picos
se besan y acarician.
Allí plumas y flores,
el prendido y la cinta
que del cabello y frente
vistosa en torno gira,
y el velo que los rayos
con que sus ojos brillan,
doblándoles la gracia,
emboza y debilita.
Del cuello allí las perlas,
y allá el corsé se mira,
y en él de su albo seno
la huella peregrina.
¡Besadla,amantes labios...!
¡besadla...! Mas tendida
la gasa que lo cubre
mis ojos allí fija.
¡Oh,gasa...! ¡qué de veces...!
El piano...Ven,querida,
ven, llega, corre, vuela,
y mi impaciencia alivia.
¡Oh!¡cuánto en la tardanza
padezco!¡Cuál palpita
mi seno!¡En qué zozobras
mi espíritu vacila!
En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz... Mi boca
tu suave aliento aspira;
y el aura que te halaga
con ala fugitiva,
de tus encantos llena,
me abraza y regocija.
Mas...¿si serán sus pasos...?
Sí, sí; la melodía
Ya de su labio oyendo,
todo mi ser se agita.
Sigue en tus cantos, sigue;
vuelve a sonar de Armida
los menazantes gritos,
las mágicas caricias.
Trine armonioso el piano;
y a mi rogar benigna,
cual ella por su amante,
tú así por mí delira.
Clama, amenaza, gime;
y en quiebros y ansias rica,
haz que ardan nuestros pechos
en sus pasiones mismas,
que tú cual ella anheles
ciega de amor y de ira
y yo rendido y dócil
tu altiva planta siga.
Y tú sosténme, ¡oh Venus!
sosténme, que la vida
entre éxtasis tan gratos
débil sin ti peligra.
(1785-1814)
EL GABINETE
¡Qué llama por mis venas
discurre! ¡En qué delicias,
en qué fragante aroma
se inunda el alma mía!
Éste es de Amor el templo
Doquier que la vista
vuelvo, mil muestras hallo
del numen que lo habita.
Del tocado las plumas
de un lado...Allí la cinta
que en torno del gracioso
rizado en arco gira.
Del cuello allá laas perlas
enhiesto..la cotilla...
y en ella de sus pechos
la huella peregrina.
Besadla,oh venturosos
labios...Mas extendida
la gasa que importuna
los cubre, allí se mira...
¡Oh,gasa!...¡qué de veces!...
El lecho...Ven querida,
ven llega, corre, vuela
y mi impaciencia alivia.
En todo, en todo te halla
mi ardor... Tu voz divina
oigo feliz...Mi boca
tu dulce aliento aspira.
¡Oh! ¡cuánto,Galatea,
padezco!...¡Cuál palpita
mi pecho!... ¡En qué zozobras
mi espiritu vacila!...
Si en sólo imaginarlas
me matan tus caricias,
¿qué será...? No, no puedo
bastar a tanta dicha...
Mas ya sus pasos suenan...
Ya llega...ya... y  rendida
...................................
 
 
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Texto: Maria Albiol y Mayte Llidó, de la Universitat Jaume I.