Mariano José de Larra          

Página creada por Pedro Soto, Ana Acosta, Marta Chover y Laura Roa (Universitat Jaume I).

 

DATOS BIOGRÁFICOS.-

Mariano José de Larra nació en Madrid, el 24 de marzo de 1809, en la popular calle de Segovia, edificio de la antigua Casa de la Moneda y uno de los barrios más castizos del Madrid de la época.

Hijo de Don Mariano de Larra y Langelot, médico afrancesado, y de Doña Maria de los Dolores Sánchez de Castro. La familia Larra se traslada a Francia siguiendo las filas de José Bonaparte y sirviendo el padre de Fígaro como médico castrense en el hospital de Burdeos.

Tras los incipientes estudios del joven Larra en Francia, nuestro autor debe acoplarse a las exigencias de una nueva lengua y a unas enseñanzas que no eran en verdad idénticas a las del país vecino. Larra inicia, a los nueve años, sus estudios en España, incidiendo en su formación esta intransigencia social.

Un nuevo periplo de centros docentes protagonizan los primeros estudios de Larra: permanencia en Las Escuelas Pìas de Madrid; interno en un colegio de Corella (Navarra) durante los años 1822-1823; nuevo regreso a Madrid -1824- ingresando en el Colegio Imperial de los jesuìtas y en los Reales Estudios de San Isidro. Su precocidad se manifiesta ya en estos años juveniles: traduce la Ilíada del francés -1827-, compone una Gramática castellana y escribe en verso una Geografía de España . Años más tarde, se inician tareas periodísticas con la fundación de El Duende. Su artículo " El café" , escrito a los diecinueve años.

Tras estos inicios estudiantiles, Larra comienza los estudios universitarios en Madrid. En el año que cursaba leyes-1825-, Larra protagonizó un triste episodio, enamorándose de una bella mujer de mayor edad , la cual no debió prestar gran atención a sus deseos, cosa que no era obstáculo para que Fígaro la idealizara y la tomara como perfecto modelo de mujer. La nota triste se produce en el justo momento que descubre que era la amante de su padre. El infortunio despierta prematuramente la ingenuidad del adolescente, precipitando al autor a una temprana madurez. Tras una corta estancia en Valladolid - no finaliza sus estudios -, decide marcharse a Valencia a cursar Medicina con el mismo resultado que el anterior, pues a partir de 1827 se encuentra en Madrid haciendo tertulias literarias y componiendo y fechando una variada colección de poesías, que expresan las preocupaciones y sentimientos del novel escritor . Sin embargo, de un total de cincuenta y cinco composiciones conocidas tan sólo doce llegaron a publicarse en vida del autor. Después de estos comienzos literarios, Fígaro abandona la poesía para entregarse de nuevo a la poesía , volviendo esporádicamente al verso.

Alos veinte años de edad - agosto de 1829- decide casarse con Pepita Wetoret y Velasco, matrimonio que durará escaso tiempo, pues en 1834 Larra rompe definitivamente con su mujer. Hecho ampliamente comentado por la crítica e identificado con el artículo " El casarse pronto y mal", publicado el 30 de Noviembre de 1832 en El Pobrecito Hablador. Se ha insistido enuna incompatibilidad de carácteres que presagiabanun matrimonio nada halagüeño.

Precisamente en el año de la ruptura había sentido una especial admiración por la cantante Grissi, se trunca prontamente .

Bajo el telón histórico de la revolución liberal se lleva a cabo otro episodio sentimental en la vida de Larra. Esta vez se trata de Dolores Armijo, dotada de una gran belleza y casada con José Cambronero. Las relaciones debieron iniciarse hacia 1832, antes de la ruptura matrimonial definitiva, continuándose hasta los umbrales del suicidio de Larra .

Larra fue redactor del periódico El Español . Por la correspondencia epistolar mantenida por Fígaro y sus padres se puede decir que Larra sintió la tentación de quedarse en Francia y proseguir allí su labor periodística. El éxito le avalaba los medios literarios franceses; aún así, Larra decide regresar a España. motivado no sólo por quehaceres periodísticos, sino también porque había " llegado el momento de que mipartido triunfe completamente".

Durante su ausencia de España Mendizábal había subido al poder. En realidad, Larra se identificó con el ministerio de Mendizábal por creer que con él se podía resolver la doble crisis que atenazaba España (guerra civil- problema económico). Los juicios peyorativos que dedica a ladesafortunada desamortización de Mendizábal le acercarán paulatinamente a Istúriz. Cuando llegó éste al poder, Larra sale elgido diputado por Ávila en las elcciones de agosto de 1836; sin embargo, el Motín de la Granja dejó sin efecto las elcciones, con lo cual Fígaro nunca pudo sntarse en el Parlamento. La Gaceta, del 23 de mayo publica la anulación de dichas elecciones y anuncia la convocatoria de otras nuevas para el 24 de octubre.

El desaliento cunde en el año de Fígaro; intenta reconciliarse con Dolores Armijo. La cita tiene lugar el 13 de febrero de 1837 en la casa de Larra, pero sólo consigue un adiós definitivo . Dolores Armijo sólo quería recuperar unas cartas tan significativas como delatoras para el resto de sus vidas, Dolores Armijo consigue su propósito. Larra decide quitarse la vida. Su hija Adela, de 6 años de edad, cuando se disponía a dar las buenas noches a su padre, encontró el cuerpo inerte de Larra .

Su muerte aparece publicada en el periódico El Español , calificándolo, entre lágrimas de dolor, de " terrible catástrofe". En general, es destacable que la prensa del momento no dedicó gran atención al suicidio de Larra. El Castellano y El Diario de Madrid guardan un total silencio. El Patriota Liberal publica escasas lineas en tercera plana. El Eco del Comercio reseña lacónicamente el suicidio de Fígaro.

La iglesia se vio oprimida por la corriente liberal del gobierno, que permitió por primera vez el entierro de un suicida "en sagrado"; de ahí las connotaciones políticas que envolvieron a la ceremonia. Curiosidad y efervescencia ideológica rodearon aquel cortejo fúnebre que se dirigía a las cuatro de la tarde al cementerio de Fuencarral.


TRAYECTORIA LITERARIA

La trayectoria literaria de Larra resulta curiosa y compleja. Ello es debido a coincidir su breve vida de escritor, de 1928 a 1837, con una época de transición en la literatura universal y en España. Lo más significativo y característico de la obra de Larra es, sin lugar a dudas, su producción periodística. Se trata de un escritor que ocupa uno de los lugares más privilegiados de nuestra literatura gracias al periodismo. Por el contrario, su labor poética queda relegada a un sector minoritario. En un término medio podrían situarse las incursiones que Larra hace en el campo de la novela histórica. Podemos clasificar su producción en varios apartados: poesía, artículos, novela, teatro, traducciones y adaptaciones. Incluso alguna vez actúo como prologuista, sería el caso de su prólogo a la edición castellana de El dogma de los hombres libres. Palabras de un creyente, por M.F. Lamennais. En este corpus general su labor periodista destaca del resto; Larra es esencialmente periodista, el primero que ocupa un lugar señero en nuestra literatura de este género.

LA POESÍA EN LA OBRA DE LARRA

La obra poética de Larra no ha merecido gran atención por parte de la crítica. Las primeras composiciones poéticas de Larra son de tono elevado y con claras influencias de las generaciones anteriores. La mayor parte de sus poemas se escribieron hasta el año 1830, sintiendo Larra especial predisposición por las odas- A la exposición primera de las artes españolas -, sonetos A una ramera que tomaba abortivos, A un mal artista que se atrevió a hacer el busto de doña Mariquita Zavala de Ortiz después de su fallecimiento, anacreónticas, letrillas, octavas...

En el año 1830 Larra abandona el verso para perfilarse ya como periodista; sus incursiones irán esta vez al teatro y a la novela y sólo de forma esporádica a la poesía. A partir de esa fecha sus versos serán de un claro matiz intimista.

TRADUCCIONES Y ADAPTACIONES

Una de las traducciones más conocidas de Larra fue Roberto Dillon. El católico de Irlanda, traducción del original de Víctor Durange.

Otra traducción realizada por Larra fue la titulada Don Juan de Austria o la vocación, de Casimiro Delavigne, comedia en cinco actos y en prosa.

Otras traducciones fueron: El arte de conspirar, de Scribe, Partir a tiempo, de Scribe, Tu amor o la muerte, de Scribe, La madrina y Siempre ambas de Scribe.

OBRAS ORIGINALES

La primera obra que estrenó Larra fue No más mostrador, farsa cómica que intenta ridiculizar a toda persona que intenta escapar de su clase social.

El conde Fernán González y la exención de Castilla se trata de un drama histórico en cinco actos y en verso, es una obra escrita en los años juveniles de Larra que no llegó nunca estrenarse. El drama se basa en La más hidalga hermosura, de Francisco de Rojas.

Una de las piezas más interesantes del corpus general de su obra la constituye el drama Macías. Larra presentó su obra como todo autor , a la censura a finales del año 1833, y no se estrenó por atentar a la moral de la época. Una de las obras más importantes de Larda fue El doncel de don Enrique el Doliente.

 

TRAYECTORIA PERIODÍSTICA

Larra utiliza un medio de comunicación de vital importancia –el periódico- y se sirve de un género que gozaba de un gran éxito en la época – el artículo.

Larra comienza su labor periodística en El Duende Satírico del Día, el 26 de febrero de 1828, donde se refleja un agudo sentido crítico por las costumbres de la época.

El Pobrecito Hablador figura como el segundo periódico de las publicaciones de Larra, se editó el 17 de agosto de 1832.

Más tarde Larra colabora en La Revista Española en 1832, como crítico teatral.

Su labor periodística desde las páginas de La Revista Española fue alternada por otro periódico del momento, El correo de las Damas. Sus artículos pasan revista a los acontecimientos teatrales de la semana.

El 7 de octubre de 1834 Larra colabora en El Observador, periódico en el que sus artículos van desde la crítica teatral hasta el artículo costumbrista.

Larra colabora con la Revista Mensajero en la que Larra utiliza el recurso epistolar para poner de manifiesto los males que afligen a España.

En 1836 Larra empieza a escribir en el periódico El Español por el que recibe una buena cantidad a cambio de entregar dos artículos por semana.

Larra alternó su producción periodística de El Español con trabajos esporádicos a las redacciones de El Mundo y El Redactor General. Entre sus artículos más importantes destacan: " El café", " El casarse pronto y mal", " El castellano viejo", "Vuelva usted mañana", "El sí de las niñas", " La sociedad", "La diligencia"... etc.

BIBLIOGRAFÍA SOBRE LARRA

ARMIÑO, M., Qué ha dicho verdaderamente Larra, Madrid, 1973.

ATOCHA, S. De, Larra, Madrid, 1964.

AZORÍN, RIVAS y LARRA, Razón social del romanticismo en España, Madrid, 1916.

BELLINI, G., La crítica del costumbrismo negli articoli de Larra, Milán, 1957.

BENÍTEZ, R., Mariano José de Larra, Madrid, 1979.

COTARELO, E., Postfígaro, Madrid, 1918.

CHAVES, N., Don Mariano José de Larra. Su tiempo, su vida, sus obras, Sevilla, 1898.

ESCOBAR, J., Los orígenes de la obra de Larra, Madrid, 1973.

GIMÉNEZ CABALLERO, E., Junto a la tumba de Larra, Barcelona, 1971.

GÓMEZ SANTOS, M., Fígaro o la vida deprisa, Madrid, 1956.

LARRA, F.J., Mariano José de Larra (Fígaro), Biografía apasionada del doliente de España. La escribió en Madrid su biznieto, Barcelona, 1944.

MORENO, R.B., Larra, Madrid, 1969.

NOMBELA Y CAMPOS, Larra, Madrid, 1906.

REVISTA DE OCCIDENTE, 50, mayo de 1967, homenaje a Larra.

ROSSI, R., Scrivere a Madrid, Bari, 1973.

SÁNCHEZ ESTEBAN, I. , Mariano José de Larra, Fígaro, Madrid, 1934.

UMBRAL, F., Larra, anatomía de un dandy, Madrid, 1965.

ZÁNGARA, M., La Nochebuena di Mariano José de Larra. Reflessi orazione e motivi personali, Catania, 1928.


Artículos
 

ANTONY
EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836
LA NOCHEBUENA DE 1836

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EL CAFÉ
¿QUIÉN ES EL PUBLICO Y DÓNDE SE ENCUENTRA?
CARTA A ANDRÉS ESCRITA DESDE LAS BATUECAS POR EL POBRECITO HABLADOR
EL CASARSE PRONTO Y MAL
EL CASTELLANO VIEJO
VUELVA USTED MAÑANA
EL MUNDO TODO ES MASCARAS. TODO EL AÑO ES CARNAVAL
EN ESTE PAÍS
LA EDUCACIÓN DE ENTONCES
¿ENTRE QUÉ GENTES ESTAMOS?
LA VIDA DE MADRID
LA SOCIEDAD
UN REO DE MUERTE
EL DUELO
MODOS DE VIVIR QUE NO DAN DE VIVIR
LOS BARATEROS O EL DESAFÍO Y LA PENA DE MUERTE
LA FONDA NUEVA
LAS CASAS NUEVAS
REPRESENTACIÓN DE EL SÍ DE LAS NIÑAS
UNA PRIMERA REPRESENTACIÓN
LA DILIGENCIA
EL ÁLBUM
LAS CALAVERAS I-II
EL TROVADOR
EXEQUIAS DEL CONDE CAMPO ALANGE
EMPEÑOS Y DESEMPEÑOS
YO QUIERO SER CÓMICO


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    ANTONY

    DRAMA NUEVO EN CINCO ACTOS, DE ALEJANDRO DUMAS

    ARTÍCULO PRIMERO

    Consideraciones acerca de la moderna escuela francesa. Estado de la España. Inoportunidad de estos dramas entre nosotros.

    Por hoy y hasta mañana seremos graves: la primera impresión de este drama, más importante de lo que a primera vista parece, no nos deja disposición alguna para la risa con que suele Fígaro anatematizar los dislates que se agolpan en nuestra escena; no renunciamos sin embargo a ese derecho; no hacemos sino suspenderlo. Antony merece ser combatido con todas las armas: ojalá no sean todas de poco efecto contra tan formidable enemigo.

    Hace años que, secuaces mezquinos de la antigua rutina, mirábamos con horror en España toda innovación: encarrilados en los aristotélicos preceptos, apenas nos quedaba esperanza de restituir al genio su antigua e indispensable libertad, diose empero en política el gran paso de atentar al pacto antiguo, y la literatura no tardó en aceptar el nuevo impulso; nosotros, ansiosos de sacudir las cadenas políticas y literarias, nos pusimos prestamente a la cabeza de todo lo que se presentó marchando bajo la enseña del movimiento. Sin aceptar la ridícula responsabilidad de un mote de partido, sin declararnos clásicos ni románticos, abrimos la puerta a las reformas, y por lo mismo que de nadie queremos ser parciales, ni mucho menos idólatras, nos decidimos a amparar el nuevo género con la esperanza de que la literatura, adquiriendo la independencia, sin la cual no puede existir completa, tomara de cada escuela lo que más en armonía estuviese en todas con la Naturaleza, tipo de donde únicamente puede partir lo bueno y lo bello.

    Pero mil veces lo hemos dicho: hace mucho tiempo que la España no es una nación compacta, impulsada de un mismo movimiento; hay en ella tres pueblos distintos: 1.° Una multitud indiferente a todo, embrutecida y muerta por mucho tiempo para la patria, porque no teniendo necesidades, carece de estímulos, porque acostumbrada a sucumbir siglos enteros a influencias superiores, no se mueve por sí, sino que en todo caso se deja mover. Ésta es cero, cuando no es perjudicial, porque las únicas influencias capaces de animarla no están siempre en nuestro sentido; 2.° Una clase media que se ilustra lentamente, que empieza a tener necesidades, que desde este momento comienza a conocer que ha estado y que está mal, y que quiere reformas, porque cambiando sólo puede ganar. Clase que ve la luz, que gusta ya de ella, pero que como un niño no calcula la distancia a que la ve; cree más cerca los objetos porque los desea; alarga la mano para cogerla; pero que ni sabe los medios de hacerse dueño de la luz, ni en qué consiste el fenómeno de la luz, ni que la luz quema cogida a puñados; 3.° Y una clase, en fin, privilegiada, poco numerosa, criada o deslumbrada en el extranjero, víctima o hija de las emigraciones, que se cree ella sola en España, y que se asombra a cada paso de verse sola cien varas delante de las demás; hermoso caballo normando, que cree tirar de un tílburi, y que, encontrándose con un carromato pesado que arrastrar, se alza, rompe los tiros y parte solo.

    Ahora bien: pretender gustar escribiendo a un público de tal manera compuesto, es empresa en que quisiéramos ver enredados por algunos años a esos fanales del saber extranjero, así como quisiéramos ver a los más célebres estadistas ensayar sus fuerzas en este escollo de reputaciones de todos géneros.

    Darnos una literatura hermana del antiguo régimen y fuera ya del círculo de la revolución social en que empezamos a interesarnos es tiempo perdido, pues sólo podrá satisfacer ya a la última clase, y ésa no es la que se alimenta de la literatura. Darnos la literatura de una sociedad caduca que ha corrido los escalones todos de la civilización humana, que en cada estación ha ido dejando una creencia, una ilusión, un engaño feliz, de una sociedad que, perdida la fe antigua, necesita crearse una fe nueva; y darnos la literatura expresión de esa situación a nosotros, que no somos aún una sociedad siquiera sino un campo de batalla donde se chocan los elementos opuestos que han de constituir una sociedad, es escribir para cien jóvenes ingleses y franceses que han llegado a figurarse que son españoles porque han nacido en España; no es escribir para el público.

    La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta, se aboca con el que está todavía caminando, y dícele: "¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al fin? Nada".

    El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? "Pues si no hay nada, no vale la pena seguir andando". Y sin embargo es fuerza andar, porque si la felicidad no está en ninguna parte, si al fin no hay nada, también es indudable que el mayor bienestar que para la humanidad se da está todo lo más allá posible. En tal caso, el que vino y dijo al que viajaba: "Al fin no hay nada", ¿no merece su execración?

    Rara lógica: ¡enseñarle a un hombre un cadáver para animarle a vivir!

    He aquí lo que hacen con nosotros los que quieren darnos la literatura caducada de la Francia, la última literatura posible, la horrible realidad; y hácennos más daño aún, porque ellos al menos, para llegar allí, disfrutaron del camino y gozaron de la esperanza; déjennos al menos la diversión del viaje y no nos desengañen antes: si al fin no hay nada. Hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al fin, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla.

    ¡Desorden sacrílego! ¡Inversión de las leyes de la Naturaleza! En política, don Carlos fuerte en el tercio de España, y el Estatuto en lo demás; y en literatura, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Eugenio Sue y Balzac.

    Con indignación lo decimos; sepamos primeramente adónde vamos; busquemos luego el camino, y vamos juntos, no cada uno por su lado; no quieran haber llegado los unos, cuando están los otros todavía en la posada; porque si hay algún obstáculo en el tránsito, unidos lo venceremos, al paso que en fracciones el obstáculo irá concluyendo con los que fueren llegando desbandados.

    Lamennais lo ha dicho antes y mejor que nosotros: "Una roca obstruye la vía pública que recorremos: ningún hombre solo puede remover la roca; pero Dios ha calculado su peso de suerte que no pueda detener jamás a los que transitan juntos".

    Antony, como la mayor parte de las obras de la literatura moderna francesa, es el grito que lanza la humanidad que nos lleva delantera, grito de desesperación, al encontrar el caos y la nada al fin del viaje. La escuela francesa tiene un plan. Ella dice: "Destruyamos todo y veamos lo que sale; ya sabemos lo pasado; hasta el presente es pasado ya para nosotros: lancémonos en el porvenir a ojos cerrados; si todo es viejo aquí, abajo todo, y reorganicémoslo".

    Pero ¿y nosotros hemos tenido pasado? ¿Tenemos presente? ¿Qué nos importa el porvenir? ¿Qué nos importa mañana, si tratamos de existir hoy? Libertad en política, sí, libertad en literatura, libertad por todas partes; si el destino de la humanidad es llegar a la nada por entre ríos de sangre, si está escrito que ha de caminar con la antorcha en la mano quemándolo todo para verlo todo, no seamos nosotros los únicos privados del triste privilegio de la humanidad; libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte; pero consista esa libertad en tener los pies destrabados y en poder andar cuanto nuestras fuerzas nos permitan. Porque asirnos de los cabellos y arrojarnos violentamente en el término del viaje es quitarnos también la libertad, y así es esclavo el que pasear no puede, como aquél a quien fuerzan a caminar cien leguas en un día.

    Habíamos pensado dar desde luego un análisis del Antony y entregarlo palpitante todavía a la risa y al escenario de nuestros lectores, pero la disposición de nuestro ánimo, que no sabemos dominar, nos ha sugerido estas tristes reflexiones, que como preliminares queremos echarle por delante. En el siguiente artículo examinaremos la desorganización social, personificada en Antony, literaria y filosóficamente.

    ANTONY

    DRAMA NUEVO EN CINCO ACTOS, DE ALEJANDRO DUMAS

    ARTÍCULO SEGUNDO

    En nuestro primer artículo hemos probado que no siendo la literatura sino la expresión de la sociedad, no puede ser toda literatura igualmente admisible en todo país indistintamente; reconocido ese principio, la francesa, que no es intérprete de nuestras creencias ni de nuestras costumbres, sólo nos puede ser perjudicial, dado caso que con violencia incomprensible nos haya de ser impuesta por una fracción poco nacional y menos pensadora. Pasemos a examinar a Antony, ser moral, falsa alegoría que no ha tenido nunca existencia sino en una imaginación exasperada, cuanto fogosa y entusiasta.

    El autor empieza por presentarnos una mujer joven y casada. En la literatura antigua era principio admitido que todo padre era un tirano de su hija, que ésta y aquél nunca tenían en punto a amores el mismo gusto. De aquí pasaba el poeta a pintar la tiranía de la familia, imagen y origen de la del Gobierno: cada hijo puesto en escena desde Menandro acá, en las comedias clásicas, es una viva alusión al pueblo. En la literatura moderna ya no se dan padres ni hijos: apenas hay en la sociedad de ahora opresor y oprimido. Hay iguales que se incomodan mutuamente debiendo amarse. Por consiguiente, la cuestión en el teatro moderno gira entre iguales, entre matrimonios; es principio irrecusable, según parece, que una mujer casada debe estar mal casada, y que no se da mujer que quiera a su marido. El marido es en el día el coco, el objeto espantoso, el monstruo opresor a quien hay que engañar, como lo era antes el padre. Los amigos, los criados, todos están de parte de la triste esposa. ¡Infelice! ¿Hay suerte más desgraciada que la de una mujer casada? ¡Vea usted, estar casada! ¡Es como estar emigrada, o cesante, o tener lepra! La mujer casada en la literatura moderna es la víctima inocente aunque se case a gusto. El marido es un tirano. Claro está: se ha casado con ella, ¡habrá bribón! ¡La mantiene, la identifica con su suerte! ¡Pícaro! ¡Luego, el marido pretende que su mujer sea fiel! Es preciso tener muy malas entrañas para eso. El poeta se pone de parte de la mujer, porque el poeta tiene la alta misión de reformar la sociedad. La institución del matrimonio es absurda según la literatura moderna, porque el corazón, dice ella, no puede amar siempre, y no debe ligarse con juramentos eternos; la perfección a que camina el género humano consiste en que una vez llegado el hombre a la edad de multiplicarse, se una a la mujer que más le guste, dé nuevos individuos a la sociedad; y separado después de su pasajera consorte, uno y otra dejen los frutos de su amor en medio del arroyo y procedan a formar, según las leyes de más reciente capricho, nuevos seres que tornar a dejar en la calle, abandonados a sus propias fuerzas y de los cuales cuide la sociedad misma, es decir, nadie. Porque si la literatura moderna no quiere cuidar de sus hijos, ¿por dónde pretende que quieran tomarse ese cuidado los demás? ¡He aquí, dicen, la Naturaleza! Mentira. En el aire, en la tierra, en el agua, todo ser viviente necesita padres hasta su completa emancipación; y los animales todos se reúnen en matrimonios hasta la crianza de sus hijos.

    Adela, sin embargo, individuo del nuevo orden de cosas, no puede amar a su marido; confianza que hace desde luego a su hermana, en cuya compañía vive. ¿Por qué? No sabemos. Pero motivos tendrá; asuntos son esos de familia en que nadie debe meterse.

    Pero no se da corazón que no ame, y en el día con violencia inaudita; las pasiones se han avivado con el transcurso de los tiempos, y en el siglo de las luces una pasión amorosa es siempre un volcán que se consume a sí propio abrasando a los demás.

    ¿Y quién es el hombre que hubiera hecho la felicidad de Adela, se entiende, no casándose con ella? Antony; ¿quién podría ser sino Antony? ¿Y quién es Antony? Antony es un ejemplo de lo que debían ser todos los hombres. Es el ser más perfecto que puede darse. Empiece usted por considerar que Antony no tiene padre ni madre. ¡Facilillo es llegar a ese grado de perfección! Hijo de sus obras, vulgo inclusero, es la personificación del hombre de la sociedad como la hemos de arreglar algún día. Los que hemos tenido la desgracia de conocer padre y madre no servimos ya para el paso; somos elementos viejos, de quienes nada se puede esperar para el porvenir. El que quiera, pues, corresponder a la era nueva vea cómo se compone para no nacer de nadie. Lo demás es anularse, es en grande para la sociedad lo que es en pequeño entre nosotros haber admitido empleo de Calomarde.

    Antony ha recibido, sin embargo, de los padres que no tiene, una figura privilegiada; ha entrado en el mundo con gran talento, porque todo hombre en la nueva escuela nace hombre grande. Ha recibido una educación esmerada: ¿quién se la ha dado? El autor del drama, sin duda. Todo lo ha estudiado, todo lo ha aprendido, todo lo sabe, y ama mucho, como hombre que sabe mucho; pero este ser, tipo de perfecciones, está en lucha con la sociedad vieja que encuentra establecida a su advenimiento al mundo. Quiere ser abogado, quiere ser médico, quiere ser militar y no puede. ¿Por qué?, preguntarán ustedes. ¿Quién se lo impide? Las preocupaciones de esta sociedad injusta y opresora que halla establecida, sin que se haya contado con él: para que estuviese el mundo bien organizado era preciso que nada antes de Antony se hubiese arreglado de ninguna manera, y que el mundo hubiese esperado para organizarse a que las generaciones futuras viniesen a dar su voto sobre el modo más justo de disponer de los bienes de la sociedad. Antony encuentra todos los puestos ocupados por hombres que han tenido padres, y, según el autor, está todo tan mal arreglado, que un inclusero no puede ser nada. Mentira, pero mentira de mala fe. Desde que hay mundo, en toda sociedad, el camino del predominio ha estado siempre abierto al talento; en la antigüedad, de la plebe han salido hombres a mandar a los demás; en los tiempos feudales, en los del despotismo más injusto, un soldado oscuro, un intrigante plebeyo han salido, siempre que han sabido, de la turba popular para empuñar el cetro del mando. Han alcanzado la corona con el sable y títulos de nobleza con la inteligencia. En los siglos de más desigualdad, un porquero ha cogido las llaves de San Pedro y ha dominado a la sociedad. La teocracia, aristocracia la más injusta, ha sacado siempre sus prohombres del lodo. ¿Quién eran, al nacer, Richelieu, Mazarino, el cardenal Cisneros? Y si la cuna ha bastado a familias enteras de reyes, el talento ha sobrepuesto a la cuna millares de plebeyos. La inteligencia ha sido en todos tiempos la reina del mundo, y ha vencido las preocupaciones. Pero si acudimos a la sociedad moderna, de quien se queja todavía Dumas, ¿dónde cabrán los ejemplos? ¡Dumas se atreve a sentar que el hombre de nada no puede ser nada, a causa de las preocupaciones sociales! Hable Napoleón, Bernadotte, Iturbide, los mariscales de Francia, la revolución del 91, la revolución de julio, el Ministerio francés, el Ministerio español, la Europa en fin entera, donde los periódicos y la pluma llevan al poder; hablen por ella Talleyrand, Chateaubriand, Lamartine, Thiers; hable el Asia, donde no hay jerarquías; hable la América entera. Hable, en fin, el autor mismo del drama, el mulato Dumas, que ocupa uno de los primeros puestos en la consideración pública. ¿Quién le ha colocado a esa altura? ¿Qué preocupación le ha impedido usufructuar su industria y sobreponerse a los demás? ¿La literatura, la sociedad le han desechado de su seno por mulato? ¿Quién le ha preguntado su color? ¿Pretendía por ventura que sólo por ser mulato, y antes de saber si era útil o no, le festejase la sociedad? Esa sociedad, sin embargo, de quien se queja, recompensa sus injustas invectivas con aplausos e hincha de oro sus gavetas. ¿Y por qué? Porque tiene talento, porque acata en él la inteligencia. ¡Y esa inteligencia se queja y quiere invertir el orden establecido! Decirnos que un inclusero no puede ser nada en la sociedad moderna, la cual no le pregunta a nadie quién es su padre, sino cuáles son sus obras; que no pregunta: ¿Tienes apellido?, sino ¿tienes frac? ¿Cuál es tu alcurnia?, sino ¿cuál es tu educación? es el colmo de la mala fe.

    Una vez expuesta la posición de Antony y de Adela, sigamos el análisis de este diálogo amoroso en cinco actos. Antony se hace anunciar a Adela, quien luchando con su deber le cierra la puerta; pero al salir de su casa sus caballos se desbocan, Antony se arroja a contenerlos, y la lanza del coche, encontrándose con su pecho, le arroja sin sentido en el suelo. Si Adela acierta a no ser persona de coche, o si los coches no tienen lanza, se queda el drama en exposición. En el teatro los acontecimientos deben ser deducción forzosa de algo, la acción ha de ser precisa; lo demás no es convencer, pintando lo que sucede, sino hacer suceder para pintar lo que se quiere convencer. Adela da asilo en su casa al herido, y una escena amorosa pone de manifiesto los sentimientos de estos dos héroes. Pero Adela, siguiendo los caprichos de esta injusta sociedad, dice a Antony, ya vendado, que un hombre enamorado de una mujer casada no puede vivir en su casa a mesa y mantel. Preocupación: ¡cuánto mejor y más natural es vivir en casa de su querida que con una patrona o en una casa de huéspedes! Antony se desespera; pero para vencer a esa sociedad injusta, cuyas leyes despóticas no nos dejan vivir con nuestra Adela aunque sea mujer de otro, se arranca el vendaje exclamando: "¿Con que estando bueno me tengo que marchar a mi casa? Pues bien, ¿y ahora me quedaré?".

    Ya tenemos aquí un medio ingenioso de permanecer en donde nos vaya bien. Efectivamente, ¡ingeniosa alegoría en que no ha pensado el autor! En quitándonos la venda social, en rompiendo la máscara del honor, podemos hacer nuestro gusto.

    Antony permanece en la casa del hombre que quiere deshonrar; huésped de su enemigo, le hace la guerra en su terreno; la Naturaleza lo manda así, porque la delicadeza es otra preocupación social. Pero Adela, sin duda para manifestarnos lo interesante y lo digna de lástima que es una mujer que resiste a una pasión, trata de salvarse del peligro corriendo a reunirse con su esposo, plan que lleva a cabo con resolución.

    Pero la Naturaleza, dios protector de Antony, lo tiene todo previsto, y el camino de Estrasburgo felizmente no se hizo sólo para las mujeres que huyen de sus amantes. También los amantes pueden ir a Estrasburgo. Antony toma caballos de posta, llega antes a una posada, la toma entera: para una pasión todo es poco; y cuando llega Adela, ni hay caballos para ella ni cuarto; el viajero que ha madrugado más le cede uno, y cuando Adela va a recogerse, éntrasela el amante por la ventana, y el telón, más delicado que el autor, tiene la buena crianza de correrse a ocultar un cuadro que representaría si no, probablemente, una vista interior de una pasión tomada desde la alcoba, cuadro tanto más inútil cuanto que será el espectador que necesite de semejantes indirectas para formar de los transportes de Adela y de Antony una idea bastante aproximada. Pero ¿qué importa? ¿No sucede eso en el mundo? ¿No es natural? ¿Pues por qué se ha de andar el autor con escrúpulos de monja en punto tan esencial? Ya sabemos lo que son viajes, lo que son posadas y lo que es trajinar en este mundo. Siempre deduciremos que estas pasiones fuertes no son plato de pobre. Si esa sociedad tan mal organizada no hubiera procurado a Antony dinero suficiente para tomar la posada y la posta, y todo lo que toma en este acto, se hubiera tenido que quedar en París haciendo endechas clásicas. El romanticismo y las pasiones sublimes son bocado de gente rica y ociosa, y así es que bien podemos exclamar al llegar aquí: ¡pobres clásicos!

    En el cuarto acto, Adela ha sucumbido, y de vuelta a París asiste a una sociedad, donde las injustas preocupaciones del mundo le preparan amargas críticas; y a este acto, en realidad, sin meternos a escudriñar la intención del autor al escribirlo, le concederemos la cualidad de ser tan moral en su resultado como es en los medios inmoral el anterior. Las que el autor llama preocupaciones son más fuertes que él en este acto. Y las humillaciones que sufre Adela responden victoriosamente al drama entero.

    En el quinto, el marido, avisado sin duda de la pasión de su mujer, debe llegar de un momento a otro; Antony, sin embargo, en vez de hacer lo que a todo amante delicado inspira en tal circunstancia el amor mismo, en vez de ocultar su desgraciada pasión con una prudencia suficiente, se encierra con Adela, de suerte que pueda el marido venir a llamar él mismo a la puerta de su deshonra; y asiendo de un puñal que lleva siempre consigo, sin duda porque el andar desarmado es otra preocupación de esta sociedad tan mal organizada, clávasele en el pecho a su amada, exclamando a la vista del marido: ¡La amé, me resistía y la he asesinado!

    Ridícula, inverosímil exageración de un honor mal entendido. ¿Qué ha pretendido el autor? Probar que mientras la preocupación social llame virtud la resistencia de una mujer y haga depender de la conducta de ésta el honor de un hombre, ¿una catástrofe se seguirá a un amor indispensable y natural? Pues ha probado lo contrario. Ha probado que cuando un hombre y una mujer se ponen en lucha con las leyes recibidas en la sociedad, perece el más débil, es decir, el hombre y la mujer, no la sociedad.

    Pero la sociedad no se pone en ridículo; la sociedad existe, porque no puede dejar de existir; no siendo sus leyes caprichos, sino necesidades motivadas, hasta sus preocupaciones son justas, y examinadas filosóficamente tienen una plausible explicación: son consecuencia de su modo de ser; es preciso que haya pasado y pase aún por las que realmente lo son para llegar a ideas más fijas y justas; porque toda cosa precisa y que no puede menos de existir, es una especie de fuerza, y la fuerza es la única cosa que no da campo al ridículo. Y si preocupaciones existen y han existido, si está escrito que usos en el día adoptados y respetados han de transformarse o caer, ha de ser el tiempo sólo quien los destruya gastándolos, pero no está reservado a un drama el extirparlos violentamente.

    Nosotros reconocemos los primeros el influjo de las pasiones; desgraciadamente no nos es lícito ignorarlo; concebimos perfectamente la existencia de la virtud en el pecho de una mujer, aun faltando a su deber; convenimos con el autor en que ese mundo que murmura de una pasión que no comprende, suele no ser capaz del mérito que granjea una mujer aun sucumbiendo después de una resistencia no menos honrosa por inútil; establecemos toda la diferencia que él quiera entre el caso excepcional de una mujer que se halla realmente bajo el influjo de una pasión cuyas circunstancias sean tales que la dejen disculpa, que la puedan hacer aparecer sublime hasta en el crimen mismo, y el caso de multitud de mujeres que no siguen al atropellar sus deberes más inspiración que la del vicio, y cuyos amores no son pasiones, sino devaneos: ¿quiere más concesiones el autor? Pero semejantes casos son para juzgados en el foro interior de cada uno: queden sepultados en el secreto del amor o de la familia. Porque desde el momento en que erija usted ese caso posible, solamente posible, pero siempre raro, en dogma, desde el momento en que generalizándolo presente usted en el teatro una mujer faltando plausiblemente a su deber, y apoyándose en la Naturaleza, se expone usted a que toda mujer, sin estar realmente apasionada, sin tener disculpa, se crea Adela, y crea Antony su amante; desde ese momento la mujer más despreciable se creerá autorizada a romper los vínculos sociales, a desatar los nudos de familia, y entonces adiós últimas ilusiones que nos quedan, adiós amor, adiós resistencia, adiós lucha entre el placer y el deber, adiós diferencia entre mujeres virtuosas, criminales y mujeres despreciables. Y, lo que es peor, adiós sociedad, porque si toda mujer se creerá Adela, todo hombre se creerá Antony, achacará a injusticia de la sociedad cuanto se oponga a sus apetitos brutales, que encontrará naturales; en gustando de una mujer, dirá: Yo tengo una pasión irresistible que es más fuerte que yo; y convencido de antemano de que no puede vencerla, no la vencerá, porque no pondrá siquiera los medios; creído de que la sociedad es injusta, y de que cierra la puerta a la industria y al talento que no nace ya algo, no será nunca nada, porque desistirá de poner los medios para serlo.

    He aquí la grande inmoralidad de un drama escrito, por desgracia, con verdad en muchos detalles y con fuego, pero por fortuna no con bastante maldad para convencer, si bien con demasiados atractivos para persuadir. Y no sólo es execrable este drama en España, sino que hasta en Francia, hasta en esa sociedad con que tiene más puntos de contacto, Antony ha sido rechazado por clásicos y románticos como un contrasentido, como un insultante sofisma.
     

    EL DÍA DE DIFUNTOS DE 1836

    FÍGARO EN EL CEMENTERIO

    Beati qui moriuntur in Domino

    En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto..., como dice alguien en El Califa.

    Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.

    En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un Rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.

    Volvíame y me revolvía en un sillón de éstos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos Gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.

    –¡Día de Difuntos! –exclamé.

    Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España, ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!

    La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurrióme de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...

    –¡Fuera, –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojéme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si se tratase de cortar la retirada a Gómez.

    Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!

    Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.

    Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.

    –¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la obedecen.

    –¿Qué monumento es éste? –exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? ¡Palacio! Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen... como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo:

    Y ni los v... ni los diablos veo.

    En el frontispicio decía: "Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado". En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. La Legitimidad, figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.

    ¿Y este mausoleo a la izquierda? La armería. Leamos:

    Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos. R. I. P.

    Los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra media.

    Doña María de Aragón: Aquí yacen los tres años.

    Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:

    El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar.

    Y otra añadía, más moderna sin duda: Y resucitó al tercero día.

    Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez. Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía poner nunca.

    Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: Gobernación. ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.

    ¿Qué es esto? ¡La cárcel! Aquí reposa la libertad del pensamiento. ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí, involuntariamente:

    Aquí el pensamiento reposa,

    En su vida hizo otra cosa.

    Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.

    La calle de Postas, la calle de la Montera. Estos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.

    Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!

    Correos. ¡Aquí yace la subordinación militar!

    Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.

    Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.

    La bolsa. Aquí yace el crédito español. Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?

    La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Unica tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.

    La victoria. Ésa yace para nosotros en toda España.

    Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: ¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!

    ¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?

    Los teatros. Aquí reposan los ingenios españoles. Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.

    El Salón de Cortes. Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.

    Aquí yace el Estatuto.

    Vivió y murió en un minuto.

    Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.

    El Estamento de Próceres. Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.

    El sabio en su retiro y villano en su rincón.

    Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.

    No había aquí yace todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.

    ¡Fuera, exclamé, la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia! Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.

    Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

    ¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!

    ¡Silencio, silencio!
     

    LA NOCHEBUENA DE 1836

    YO Y MI CRIADO. DELIRIO FILOSÓFICO

    El número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24 nací. Doce veces al año amanece, sin embargo, día 24; soy supersticioso, porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus Gobiernos, y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede haber para mí un día 24 bueno. El día 23 es siempre en mi calendario víspera de desgracia, y a imitación de aquel jefe de policía ruso que mandaba tener prontas las bombas las vísperas de incendios, así yo desde el 23 me prevengo para el siguiente día de sufrimiento y resignación, y, en dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperle, ni apunto carta por no perderla, ni enamoro mujer porque no me diga que sí, pues en punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. Si no la cree es un tormento, y si la cree... ¡Bienaventurado aquél a quien la mujer dice no quiero, porque ése a lo menos oye la verdad!

    El último día 23 del año 1836 acababa de expirar en la muestra de mi péndola, y consecuente en mis principios supersticiosos, ya estaba yo agachado esperando el aguacero y sin poder conciliar el sueño. Así pasé las horas de la noche, más largas para el triste desvelado que una guerra civil; hasta que por fin la mañana vino con paso de intervención, es decir, lentísimamente, a teñir de púrpura y rosa las cortinas de mi estancia.

    El día anterior había sido hermoso, y no sé por qué me daba el corazón que el día 24 había de ser día de agua. Fue peor todavía: amaneció nevando. Miré el termómetro y marcaba muchos grados bajo cero; como el crédito del Estado.

    Resuelto a no moverme porque tuviera que hacerlo todo la suerte este mes, incliné la frente, cargada como el cielo de nubes frías, apoyé los codos en mi mesa y paré tal que cualquiera me hubiera reconocido por escritor público en tiempo de libertad de imprenta, o me hubiera tenido por miliciano nacional citado para un ejercicio. Ora vagaba mi vista sobre la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión. Ora volvía los ojos a los cristales de mi balcón; veíalos empañados y como llorosos por dentro; los vapores condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo largo del diáfano cristal; así se empaña la vida, pensaba; así el frío exterior del mundo condensa las penas en el interior del hombre, así caen gota a gota las lágrimas sobre el corazón. Los que ven de fuera los cristales los ven tersos y brillantes; los que ven sólo los rostros los ven alegres y serenos...

    Haré merced a mis lectores de las más de mis meditaciones; no hay periódicos bastantes en Madrid, acaso no hay lectores bastantes tampoco. ¡Dichoso el que tiene oficina! ¡Dichoso el empleado aun sin sueldo o sin cobrarlo, que es lo mismo! Al menos no está obligado a pensar, puede fumar, puede leer la Gaceta.

    –¡Las cuatro! ¡La comida! –me dijo una voz de criado, una voz de entonación servil y sumisa; en el hombre que sirve, hasta la voz parece pedir permiso para sonar.

    Esta palabra me sacó de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar como don Quijote: "Come, Sancho hijo, come, tú que no eres caballero andante y que naciste para comer"; porque al fin los filósofos, es decir, los desgraciados, podemos no comer, pero ¡los criados de los filósofos! Una idea más luminosa me ocurrió: era día de Navidad. Me acordé de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los papeles y los esclavos podían decir la verdad a sus amos. Costumbre humilde, digna del cristianismo. Miré a mi criado y dije para mí: "Esta noche me dirás la verdad". Saqué de mi gaveta unas monedas; tenían el busto de los monarcas de España: cualquiera diría que son retratos; sin embargo, eran artículos de periódico. Las miré con orgullo:

    –Come y bebe de mis artículos –añadí con desprecio–; sólo en esa forma, sólo por medio de esa estratagema se pueden meter los artículos en el cuerpo de ciertas gentes.

    Una risa estúpida se dibujó en la fisonomía de aquel ser que los naturalistas han tenido la bondad de llamar racional sólo porque lo han visto hombre. Mi criado se rió. Era aquella risa el demonio de la gula que reconocía su campo.

    Tercié la capa, calé el sombrero y en la calle.

    ¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: "Hoy es un aniversario" y el pueblo ha respondido: "Pues si es un aniversario, comamos, y comamos doble". ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó hambre u hoy pasará indigestión. Miserable humanidad, destinada siempre a quedarse más acá o ir más allá.

    Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el Redentor del mundo; nació el que no reconoce principio y el que no reconoce el fin; nació para morir. ¡Sublime misterio!

    ¿Hay misterio que celebrar? "Pues comamos", dice el hombre; no dice: "Reflexionemos". El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡Argumento terrible en favor del alma!

    Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza, tan indispensablemente como es preciso pasar por el dolor para ir desde la cuna al sepulcro. Montones de comestibles acumulados, risa y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría. No pudo menos de ocurrirme la idea de Bilbao; figuróseme ver de pronto que se alzaba por entre las montañas de víveres una frente altísima y extenuada; una mano seca y roída llevaba a una boca cárdena, y negra de morder cartuchos, un manojo de laurel sangriento. Y aquella boca no hablaba. Pero el rostro entero se dirigía a los bulliciosos liberales de Madrid, que traficaban. Era horrible el contraste de la fisonomía escuálida y de los rostros alegres. Era la reconvención y la culpa, aquélla agria y severa, ésta indiferente y descarada.

    Todos aquellos víveres han sido aquí traídos de distintas provincias para la colación cristiana de una capital. En una cena de ayuno se come una ciudad a las demás.

    ¡Las cinco! Hora del teatro; el telón se levanta a la vista de un pueblo palpitante y bullicioso. Dos comedias de circunstancias, o yo estoy loco. Una representación en que los hombres son mujeres y las mujeres hombres. He aquí nuestra época y nuestras costumbres. Los hombres ya no saben sino hablar como las mujeres, en congresos y en corrillos. Y las mujeres son hombres, ellas son las únicas que conquistan. Segunda comedia: un novio que no ve el logro de su esperanza; ese novio es el pueblo español; no se casa con un solo Gobierno con quien no tenga que reñir al día siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.

    Pero las orgías llaman a los ciudadanos. Ciérranse las puertas, ábrense las cocinas. Dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a merced de mi pensamiento. La luz que ilumina los banquetes viene a herir mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras se abre paso hasta mis sentidos y entra en ellos como cuña a mano, rompiendo y desbaratando.

    Las doce van a dar: las campanas que ha dejado la junta de enajenación en el aire, y que en estar en el aire se parecen a todas nuestras cosas, citan a los cristianos al oficio divino. ¿Qué es esto? ¿Va a expirar el 24 y no me ha ocurrido en él más contratiempo que mi humor de todos los días? Pero mi criado me espera en mi casa como espera la cuba al catador, llena de vino; mis artículos hechos moneda, mi moneda hecha mosto se ha apoderado del imbécil como imaginé, y el asturiano ya no es hombre; es todo verdad.

    Mi criado tiene de mesa lo cuadrado y el estar en talla al alcance de la mano. Por tanto es un mueble cómodo; su color es el que indica la ausencia completa de aquello con que se piensa, es decir, que es bueno; las manos se confundirían con los pies, si no fuera por los zapatos y porque anda casualmente sobre los últimos; a imitación de la mayor parte de los hombres, tiene orejas que están a uno y otro lado de la cabeza como los floreros en una consola, de adorno, como los balcones figurados, por donde no entra ni sale nada; también tiene dos ojos en la cara; él cree ver con ellos, ¡qué chasco se lleva! A pesar de esta pintura, todavía sería difícil reconocerle entre la multitud, porque al fin no es sino un ejemplar de la grande edición hecha por la Providencia de la humanidad, y que yo comparo de buena gana con las que suelen hacer los autores: algunos ejemplares de regalo finos y bien empastados; el surtido todo igual, ordinario y a la rústica.

    Mi criado pertenece al surtido. Pero la Providencia, que se vale para humillar a los soberbios de los instrumentos más humildes, me reservaba en él mi mal rato del día 24. La verdad me esperaba en él y era preciso oírla de sus labios impuros. La verdad es como el agua filtrada, que no llega a los labios sino al través del cieno. Me abrió mi criado, y no tardé en reconocer su estado.

    –Aparta, imbécil –exclamé empujando suavemente aquel cuerpo sin alma que en uno de sus columpios se venía sobre mí–. ¡Oiga! Está ebrio. ¡Pobre muchacho! ¡Da lástima!

    Me entré de rondón a mi estancia; pero el cuerpo me siguió con un rumor sordo e interrumpido; una vez dentro los dos, su aliento desigual y sus movimientos violentos apagaron la luz; una bocanada de aire colada por la puerta al abrirme cerró la de mi habitación y quedamos dentro casi a oscuras yo y mi criado, es decir, la verdad y Fígaro, aquélla en figura de hombre beodo arrimado a los pies de mi cama para no vacilar y yo a su cabecera, buscando inútilmente un fósforo que nos iluminase.

    Dos ojos brillaban como dos llamas fatídicas enfrente de mí; no sé por qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinó; misterios más raros se han visto acreditados; los fabulistas hacen hablar a los animales, ¿por qué no he de hacer yo hablar a mi criado? Oradores conozco yo de quienes hace algún tiempo no hubiera hecho una pintura más favorable que de mi astur y que han roto sin embargo a hablar, y los oye el mundo y los escucha, y nadie se admira.

    En fin, yo cuento un hecho; tal me ha pasado; yo no escribo para los que dudan de mi veracidad; el que no quiera creerme puede doblar la hoja, eso se ahorrará tal vez de fastidio; pero una voz salió de mi criado, y entre ella y la mía se estableció el siguiente diálogo:

    –Lástima –dijo la voz, repitiendo mi piadosa exclamación–. ¿Y por qué me has de tener lástima, escritor? Yo a ti, ya lo entiendo.

    –¿Tú a mí? –pregunté sobrecogido ya por un terror supersticioso; y es que la voz empezaba a decir verdad.

    –Escucha: tú vienes triste como de costumbre; yo estoy más alegre que suelo. ¿Por qué ese color pálido, ese rostro deshecho, esas hondas y verdes ojeras que ilumino con mi luz al abrirte todas las noches? ¿Por qué esa distracción constante y esas palabras vagas e interrumpidas de que sorprendo todos los días fragmentos errantes sobre tus labios? ¿Por qué te vuelves y te revuelves en tu mullido lecho como un criminal, acostado con su remordimiento, en tanto que yo ronco sobre mi tosca tarima? ¿Quién debe tener lástima a quién? No pareces criminal; la justicia no te prende al menos; verdad es que la justicia no prende sino a los pequeños criminales, a los que roban con ganzúas o a los que matan con puñal; pero a los que arrebatan el sosiego de una familia seduciendo a la mujer casada o a la hija honesta, a los que roban con los naipes en la mano, a los que matan una existencia con una palabra dicha al oído, con una carta cerrada, a esos ni los llama la sociedad criminales, ni la justicia los prende, porque la víctima no arroja sangre, ni manifiesta herida, sino agoniza lentamente consumida por el veneno de la pasión que su verdugo le ha propinado. ¡Qué de tísicos han muerto asesinados por una infiel, por un ingrato, por un calumniador! Los entierran; dicen que la cura no ha alcanzado y que los médicos no la entendieron. Pero la puñalada hipócrita alcanzó e hirió el corazón. Tú acaso eres de esos criminales y hay un acusador dentro de ti, y ese frac elegante y esa media de seda, y ese chaleco de tisú de oro que yo te he visto son tus armas maldecidas.

    –Silencio, hombre borracho.

    –No; has de oír al vino una vez que habla. Acaso ese oro que a fuer de elegante has ganado en tu sarao y que vuelcas con indiferencia sobre tu tocador es el precio del honor de una familia. Acaso ese billete que desdoblas es un anónimo embustero que va a separar de ti para siempre la mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su perfidia. Más de uno te he visto morder y despedazar con tus uñas y tus dientes en los momentos en que el buen tono cede el paso a la pasión y a la sociedad.

    "Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso le destrozas, hozando en él, como quien remueve la tierra en busca de un tesoro. Yo nada busco, y el desengaño no me espera a la vuelta de la esperanza. Tú eres literato y escritor, y ¡qué tormentos no te hace pasar tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la envidia de otros, por el rencor de muchos! Preciado de gracioso, harías reír a costa de un amigo, si amigos hubiera, y no quieres tener remordimiento. Hombre de partido, haces la guerra a otro partido; o cada vencimiento es una humillación, o compras la victoria demasiado cara para gozar de ella. Ofendes y no quieres tener enemigos. ¿A mí quién me calumnia? ¿Quién me conoce? Tú me pagas un salario bastante a cubrir mis necesidades; a ti te paga el mundo como paga a los demás que le sirven. Te llamas liberal y despreocupado, y el día que te apoderes del látigo azotarás como te han azotado. Los hombres de mundo os llamáis hombres de honor y de carácter, y a cada suceso nuevo cambiáis de opinión, apostatáis de vuestros principios. Despedazado siempre por la sed de gloria, inconsecuencia rara, despreciarás acaso a aquéllos para quienes escribes y reclamas con el incensario en la mano su adulación; adulas a tus lectores para ser de ellos adulado, y eres también despedazado por el temor, y no sabes si mañana irás a coger tus laureles a las Baleares o a un calabozo.

    –¡Basta, basta!

    –Concluyo; yo en fin no tengo necesidades; tú, a pesar de tus riquezas, acaso tendrás que someterte mañana a un usurero para un capricho innecesario, porque vosotros tragáis oro, o para un banquete de vanidad en que cada bocado es un tósigo. Tú lees día y noche buscando la verdad en los libros hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni escrita. Ente ridículo, bailas sin alegría; tu movimiento turbulento es el movimiento de la llama, que, sin gozar ella, quema. Cuando yo necesito de mujeres echo mano de mi salario y las encuentro, fieles por más de un cuarto de hora; tú echas mano de tu corazón, y vas y lo arrojas a los pies de la primera que pasa, y no quieres que lo pise y lo lastime, y le entregas ese depósito sin conocerla. Confías tu tesoro a cualquiera por su linda cara, y crees porque quieres; y si mañana tu tesoro desaparece, llamas ladrón al depositario, debiendo llamarte imprudente y necio a ti mismo.

    –Por piedad, déjame, voz del infierno.

    –Concluyo; inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias, artes, objetos de existencia. ¡Política, gloria, saber, poder, riqueza, amistad, amor! Y cuando descubres que son palabras, blasfemas y maldices. En tanto el pobre asturiano come, bebe y duerme, y nadie le engaña, y, si no es feliz, no es desgraciado, no es al menos hombre de mundo, ni ambicioso ni elegante, ni literato ni enamorado. Ten lástima ahora del pobre asturiano. Tú me mandas, pero no te mandas a ti mismo. Tenme lástima, literato. Yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia...!

    Un ronco sonido terminó el diálogo; el cuerpo, cansado del esfuerzo, había caído al suelo; el órgano de la Providencia había callado, y el asturiano roncaba. "¡Ahora te conozco –exclamé– día 24!"

    Una lágrima preñada de horror y de desesperación surcaba mi mejilla, ajada ya por el dolor. A la mañana, amo y criado yacían, aquél en el lecho, éste en el suelo. El primero tenía todavía abiertos los ojos y los clavaba con delirio y con delicia en una caja amarilla donde se leía mañana. ¿Llegará ese mañana fatídico? ¿Qué encerraba la caja? En tanto, la Noche buena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba de ella, la seguía llamando Noche buena.