Siendo tantos y tan varios los objetos de la policía pública, ni es de extrañar que algunos, por escondidos o pequeños, se escapen de su vigilancia, ni tampoco que, ocupada en los medios, pierda alguna vez de vista los fines que debe proponerse en la dirección de los más importantes. Algo de uno y otro se ha verificado entre nosotros respecto de las diversiones públicas, en unas partes abandonadas a la casualidad o al capricho de los particulares, como si no tuviesen la menor relación con el bien general, y en otras, o vedadas o perseguidas con arbitrarios o importunos reglamentos, como si nada interesase en ellos la felicidad individual.
Para ocurrir a entrambos inconvenientes, el primer tribunal de la nación trata de arreglar este importante ramo de la policía, y, conociendo cuánta luz puede recibir de los ejemplos de la antigüedad, convida a la Real Academia para que teja su historia. El desempeño de tan estimable confianza requería alguna preparación, y a la Real Academia, honrándole con la suya, me encarga que reúna los hechos y noticias antiguas que dicen relación con las diversiones públicas. Tales son el impulso y el objeto de esta Memoria.
No me toca a mí recomendar mi trabajo, ponderando la extensión y dificultad de la materia y la falta de auxilios con que le he emprendido; tócame, sí, adelantar dos advertencias, que creo convenientes para instrucción de mis lectores: primera, que no he puesto grande empeñoen fijar la introducción de los espectáculos en cada una de nuestras provincias; porque, habiéndose adoptado todos en casi todas, no me ha parecido ni necesaria ni provechosa esta prolija indagación; segunda, que he puesto más intenso cuidado en descubrir las relaciones políticas del objeto de esta Memoria, porque, destinada a la instrucción de un expediente gubernativo, debí creer que la parte de erudición sería en ella la menos importante.
En consecuencia, he dividido mi trabajo en dos partes, destinando la primera a descubrir el orígen de las diversiones públicas en España y su progreso hasta nuestros días, y la segunda a indicar el influjo que ellas pueden tener en el bien general y los medios que me parecen más convenientes para conducirlas a tan saludable fin. De este modo, la Real Academia, que reúne en su seno tanta erudición histórica y tanta doctrina política, mejorando la imperfección de este escrito, sabrá llenar los deseos del Consejo de un modo digno de su nombre y de la pública expectación.
Para entrar en materia no subiré a épocas muy remotas. las que procedieron a la dominación romana son demasiado oscuras y distantes para que merezcan nuestra atención. Perteneciendo a lo que podemos llamar nuestros tiempos heroicos, ¿qué nos presentarían sino fábulas y tinieblas? La crítica puede seguir entre unas y otras huellas de la historia nacional hasta alumbrar sus orígenes, pero la política debe buscar una luz más cierta y clara para observar nuestros usos y costumbres con algún provecho.
Bajo los romanos gozó España de los juegos y espectáculos de aquella gran nación; pues que habiendo adoptado su religión, sus leyes y costumbres, mal rehusaría los usos y estilos que de ordinario introduce la moda sin auxilio de la autoridad. Cuando faltasen otras pruebas de esta aserción, las ruinas de circos y teatros, de anfiteatros y naumaquias, que existen en Toledo, en Mérida, en Tarragona, en Coruña, en Santiponce en Murviedro, y las dedicaciones y monumentos erigidos con ocasión de estos espectáculos, no me dejarían dudar que nuestros padres conocieron las luchas de hombres y fiera, las carreras de carros y caballos y las representaciones escénicas de aquella edad.
Estos espectáculos debieron cesar de todo punto con la entrada de los septentrionales. Puestos ya en descrédito, y aun prohibidos en gran parte por los emperadores y los Concilios, como enlazados con el culto y ceremonias gentílicas, faltaba poco para su total exterminio, y esto poco se halló en el horror con que los miraba la ruda sencillez de los godos, y por otra en la religiosa piedad de muchos de sus príncipes. Así que no se conserva memoria alguna, que yo sepa, de semejantes juegos en el tiempo de su dominación, ni la Historia los presenta en la paz dados a otra diversión que la caza.
Pero la caza, arte privativa y necesaria entre los salvajes, vino a ser, si no el único, el más agradable divertimiento de los pueblos bárbaros. Los que inundaron el imperio romano difundieron esta afición por toda Europa, y aun hicieron de ella un objeto de legislación y policía, como es de ver en la colección de leyes bárbaras. Fuera de la guerra, ningún ejercicio podía ser más agradable a aquellos pueblos, cuyo carácter inculto, pero activo, se avenía tan mal con la fatiga del espíritu como con el reposo del cuerpo, y no acertaba con el placer sino en medio de la agitación y violento ejercicio.
De la caza de fieras, más fácil, más agitada y aun más provechosa, se pasó naturalmente a la de aves, cuyo deleite era mayor, porque lo era también su artificio, y porque en ella empezaba a tener mayor cabida el ingenio. De aquí nació la división de la caza en aquellas dos famosas especies de montería y cetrería, que ocuparony entretuvieron a la nobleza de Europa por tantos siglos.
El origen de la primera se perdió en los tiempos
más remotos; de la última no es fácil señalar
la introducción en España. Puédese, sí, asegurar
que no precedió a la dominaión goda, puesto que los romanos
apenas la conocían en tiempo de Vespasiano. Tal se infiere de un
pasaje de Plinio, que hablando de las aves de rapiña (Historia Natural,
libro, X, caps. 10 y 11) sólo describe la caza hecha con ellas como
ejercitada en cierto lugar de Tracia, junto a Anfípolis. Y como
después ocurra frecuente mención de la caza de halcones en
las leyes sálicas, longobárdicas, ripuarias y otras que establecieron
en Europa los septentrionales, es de sospechar que a nosotros nos la trajesen
también los visigodos, por más que no se halle mención
en sus leyes.
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