Bibliografía                                         Antología                                                        (Página creada por Pedro Soto)  

Jovellanos  

Bibliografía.

En cambio, el más honesto representante, tal vez, del patriotismo español del siglo xviii, sea el ilustre patricio don Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1810), modelo de cuanto tuvo de mejor y más noble la Ilustración española de su época. Laboró con todos los medios a su alcance para realizar las pertinentes y necesarias reformas sociales, no sólo en el orden político sino también cultural y económico; su actividad intelectual abarcó la economía, el buen gobierno, las ciencias y las letras, se preocupó por todas las ramas del saber y fue polígrafo y divulgador a la par.

Nació en Gijón, se dedicó a la magistratura activa a partfr de 1767 y se ocupó, además en fundar escuelas, en mejorar la técnica olivarera, beneficio de terrenos agrícolas y prados artificiales, pesquerías costeras y minería. Fundó e inauguró el Instituto Asturiano en 1794, y fue embajador en Rusia hasta que el ministro Manuel Godoy le nombró titular de Gracia y Justicia en 1797, por poco tiempo, ya que el inconstante Godoy le destituía y desterraba a Gijón al año siguiente; malquerencia acentuada hasta el punto de mandarlo apresar en 1801 y recluirlo en el castillo de Bellver (Mallorca) donde permaneció hasta 1808, fecha en que quedó libre al producirse la invasión napoleónica en España.

Se opuso al régimen bonapartista y fue miembro de la Junta Central contra los franceses, contra quienes actuó incansablemente en Asturias, hasta que falleció a consecuencia de una pulmonía en Vega de Naira, en noviembre de 1810.

Pese a tantas actividades de toda índole, a Jovellanos le quedó tiempo para cultivar la literatura, y escribió letrillas, romances, idilios, sátiras, epístolas y obras dramáticas como El delincuenfe honrado, comedia en prosa, y una tragedia de tipo patriótico, Munuza, llamada también Pelayo, en romance endecasílabo.

Con todo, sus mejores composiciones son las de carácter didáctico y pedagógico, estudios sobre arte arquitectónico. y su famoso Informe en el expediente de la Ley Agraria (1795), en que expone la sifuación de la agricultura en España, que considera susceptible de mejoría, a condición de combatir los obstáculos políticos, morales y físicos que la entorpecen. Señala entre los primeros el exceso de legislación, la persistencia de los baldíos, "fruto de la desidia", como los califica, y que deberían enajenarse en beneficio de los pueblos, la influencia del Concejo de la Mesta y la amortización eclesiástica y civíl que también deberá evitarse, prohibiendo la vinculación de la propiedad territorial y liberalizando el comercio-

Señala como principal obstáculo moral el no considerar a la agricultura como el primer fundamento de la riqueza del país y proteger a sus expensas y excesivamente la industria y el comercio. Reconoce también los obstáculos de carácter físico como la falta de riegos. comunicaciones y puertos. En resumen, Jovellanos propugna por un desarrollo armónico de la agricultura, industria, comercio y navegación. capaz de proporcionar la prosperidad general. Combate asimismo los gremios, especie de vinculación del trabajo y de las iniciativas individuales.

 
                                Antología

ELEGIA A LA AUSENCIA DE MARINA

Corred sin tasa de los ojos míos,

¡oh lágrimas amargas!, corred libres

de estos míseros ojos, que ya nunca,

como en los días de contento y gloria,

recrearán las gracias de Marina.

Corred sin tasa, y del cuitado Anselmo

regando el pecho dolorido y triste,

corred hasta inundar la yerta tierra

que antes Marina honraba con su planta.

¡Ay! ¿Dó te lleva tu maligna estrella,

infeliz hermosura? ¿Dónde el hado,

conmigo ahora adverso y rigoroso,

quiere esconder la luz de tu belleza?

¿Quién te separa de los dulces brazos

de tu Anselmo, Marina desdichada?

¿Quién, de amargura y palidez cubierto

el rostro celestial, suelto y sin orden

el hermoso cabello, triste, sola,

y a mortales congojas entregada,

de mi lado te aleja y de mi vista?

Terrible ausencia, imagen de la muerte,

tósigo del amor, fiero cuchillo

de las tiernas alianzas, ¿quién, oh cruda,

entre dos almas que el amor unía

con vínculos eternos, te interpuso?

¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,

en cuyo blando corazón apenas

caber la dicha y el placer podían,

podrá sobrevivir al golpe acerbo

con que cruel tu brazo le atormenta?

¡Ah! ¡Si pudiera en este aciago instante,

sobre las alas del amor llevado,

alcanzarte, Marina, en el camino!

¡Ay! ¡Si le fuera dado acompañarte

por los áridos campos de la Mancha,

siguiendo el coche en su veloz carrera!

¡Con cuánto gusto al mayoral unido

fuera desde el pescante con mi diestra

las corredoras mulas aguijando!

¡O bien, tomando el traje y el oficio

de su zagal, las plantas presuroso

moviera sin cesar, aunque de llagas

mil veces el cansancio las cubriese!

¡Con cuánto gusto a ti de cuando en cuando

volviera el rostro de sudor cubierto,

y tan dulce fatiga te ofreciera!

¡Ah! ¡Cuán ansioso alguna vez llegara,

envuelto en polvo, hasta tu mismo lado,

y subiendo al estribo te pidiera

que con tu blanca mano mitigases

el ardor de mi frente, o con tus labios

dieses algún recreo a mis fatigas!
 
 

EPISTOLA DE JOVINO A ANTRIS, ESCRITA DESDE EL PAULAR Credibile est illi numen inesse loco. (Ovidio)

Desde el oculto y venerable asilo,

do la virtud austera y penitente

vive ignorada, y del liviano mundo

huída, en santa soledad se esconde,

Jovino triste al venturoso Anfriso

salud en versos flébiles envía.

Salud le envía a Anfriso, al que inspirado

de las mantuanas Musas, tal vez suele

al grave son de su celeste canto

precipitar del viejo Manzanares

el curso perezoso, tal süave

suele ablandar con amorosa lira

la altiva condición de sus zagalas.

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado

a quien no dio la suerte tal ventura

pudiese huir del mundo y sus peligros!

¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla

logró arribar a puerto tan seguro,

que esconderla supiera en este abrigo,

a tanta luz y ejemplos enseñado!

Huyera así la furia tempestuosa

de los contrarios vientos, los escollos

y las fieras borrascas, tantas veces

entre sustos y lágrimas corridas.

Así también del mundanal tumulto

lejos, y en estos montes guarecido,

alguna vez gozara del reposo,

que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas, ¡ay de aquél que hasta en el santo asilo

de la virtud arrastra la cadena,

la pesada cadena, con que el mundo

oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste

en cuyo oído suena con espanto,

por esta oculta soledad rompiendo,

de su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas

el reposo y la paz que aquí se esconden,

y sólo encuentro la inquietud funesta

que mis sentidos y razón conturba.

Busco paz y reposo, pero en vano

los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,

herencia santa que al partir del mundo

dejó Bruno en sus hijos vinculada,

nunca en profano corazón entraron,

ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que fuera de este asilo

sólo me guarda el mundo sinrazones,

vanos deseos, duros desengaños,

susto y dolor; empero todavía

a entrar en él no puedo resolverme.

No puedo resolverme, y despechado,

sigo el impulso del fatal destino,

que a muy más dura esclavitud me guía.

Sigo su fiero impulso, y llevo siempre

por todas partes los pesados grillos,

que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,

pido a la muda soledad consuelo

y con dolientes quejas la importuno.

Salgo al ameno valle, subo al monte,

sigo del claro río las corrientes,

busco la fresca y deleitosa sombra,

corro por todas partes, y no encuentro

en parte alguna la quietud perdida.

¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,

cansados de llorar, presenta el cielo!

Rodeado de frondosos y altos montes

se extiende un valle, que de mil delicias

con sabia mano ornó Naturaleza.

Párele en dos mitades, despeñado

de las vecinas rocas, el Lozoya,

por su pesca famoso y dulces aguas.

Del claro río sobre el verde margen

crecen frondosos álamos, que al cielo

ya erguidos alzan las plateadas copas,

o ya sobre las aguas encorvados,

en mil figuras miran con asombro

su forma en los cristales retratada.

De la siniestra orilla un bosque ombrío

hasta la falda del vecino monte

se extiende, tan ameno y delicioso,

que le hubiera juzgado el gentilismo

morada de algún dios, o a los misterios

de las silvanas dríadas guardado.

Aquí encamino mis inciertos pasos,

y en su recinto ombrío y silencioso,

mansión la más conforme para un triste,

entro a pensar en mi cruel destino.

La grata soledad, la dulce sombra,

el aire blando y el silencio mudo

mi desventura y mi dolor adulan.

No alcanza aquí del padre de las luces

el rayo acechador, ni su reflejo

viene a cubrir de confusión el rostro

de un infeliz en su dolor sumido.

El canto de las aves no interrumpe

aquí tampoco la quietud de un triste,

pues sólo de la viuda tortolilla

se oye tal vez el lastimero arrullo,

tal vez el melancólico trinado

de la angustiada y dulce Filomena.

Con blando impulso el céfiro süave,

las copas de los árboles moviendo,

recrea el alma con el manso ruido;

mientras al dulce soplo desprendidas

las agostadas hojas, revolando,

bajan en lentos círculos al suelo;

cúbrenle en torno, y la frondosa pompa

que al árbol adornara en primavera,

yace marchita, y muestra los rigores

del abrasado estío y seco otoño.

¡Así también de juventud lozana

pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!

Un soplo de inconstancia, de fastidio

o de capricho femenil las tala

y lleva por el aire, cual las hojas

de los frondosos árboles caídas.

Ciegos empero y tras su vana sombra

de contino exhalados, en pos de ellas

corremos hasta hallar el precipicio,

de nuestro error y su ilusión nos guían.

Volamos en pos de ellas, como suele

volar a la dulzura del reclamo

incauto el pajarillo. Entre las hojas

el preparado visco le detiene;

lucha cautivo por huir, y en vano,

porque un traidor, que en asechanza atisba,

con mano infiel la libertad le roba

y a muerte le condena, o cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos

un pronto desengaño corrió el velo

de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces

dichoso el solitario penitente,

que, triunfando del mundo y de sí mismo,

vive en la soledad libre y contento!

Unido a Dios por medio de la santa

contemplación, le goza ya en la tierra,

y retirado en su tranquilo albergue,

observa reflexivo los milagros

de la naturaleza, sin que nunca

turben el susto ni el dolor su pecho.

Regálanle las aves con su canto

mientras la aurora sale refulgente

a cubrir de alegría y luz el mundo.

Nácele siempre el sol claro y brillante,

y nunca a él levanta conturbados

sus ojos, ora en el oriente raye,

ora del cielo a la mitad subiendo

en pompa guíe el reluciente carro,

ora con tibia luz, más perezoso,

su faz esconda en los vecinos montes.

Cuando en las claras noches cuidadoso

vuelve desde los santos ejercicios,

la plateada luna en lo más alto

del cielo mueve la luciente rueda

con augusto silencio; y recreando

con blando resplandor su humilde vista,

eleva su razón, y la dispone

a contemplar la alteza y la inefable

gloria del Padre y Criador del mundo.

Libre de los cuidados enojosos,

que en los palacios y dorados techos

nos turban de contino, y entregado

a la inefable y justa Providencia,

si al breve sueño alguna pausa pide

de sus santas tareas, obediente

viene a cerrar sus párpados el sueño

con mano amiga, y de su lado ahuyenta

el susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos

de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca

de los tristes mundanos conocida!

¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!

¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria

taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto

proceloso mar del mundo huyendo

a vuestra eterna calma, aquí seguro

vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria,

en esta triste soledad sumido.

Llega en tanto la noche y con su manto

cobija el ancho mundo... Vuelvo entonces

a los medrosos claustros. De una escasa

luz el distante y pálido reflejo

guía por ellos mis inciertos pasos;

y en medio del horror y del silencio,

¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,

mi corazón palpita, en mi cabeza

se erizan los cabellos, se estremecen

mis carnes y discurre por mis nervios

un súbito rigor que los embarga.

Parece que oigo que del centro oscuro

sale una voz tremenda, que rompiendo

el eterno silencio, así me dice:

"¡Huye de aquí, profano, tú que llevas

de ideas mundanales lleno el pecho,

huye de esta morada, do se albergan

con la virtud humilde y silenciosa

sus escogidos; huye y no profanes

con tu planta sacrílega este asilo.»

De aviso tal al golpe confundido,

con paso vacilante voy cruzando

los pavorosos tránsitos, y llego

por fin a mi morada, donde ni hallo

el ansiado reposo, ni recobran

la suspirada calma mis sentidos.

Lleno de congojosos pensamientos

paso la triste y perezosa noche

en molesta vigilia, sin que llegue

a mis ojos el sueño, ni interrumpan

sus regalados bálsamos mi pena.

Vuelve por fin con la risueña aurora

la luz aborrecida, y en pos de ella

el claro día a publicar mi llanto

dar nueva materia al dolor mío.
 
 

EPISTOLA A BATILO

Verdes campos, florida y ancha vega,

donde Bernesga próvido reparte

su onda cristalina; alegres prados,

antiguos y altos chopos, que su orilla

bordáis en torno, ¡ah, cuánto gozo, cuánto

a vuestra vista siente el alma mía!

¡Cuán alegres mis ojos se derraman

sobre tanta hermosura! ¡Cuán inquietos,

cruzando entre las plantas y las flores,

ya van, ya vienen por el verde soto

que al lejano horizonte dilatado

en su extensión y amenidad se pierde!

Ora siguen las ondas transparentes

del ancho río, que huye murmurando

por entre las sonoras piedrezuelas;

ora de presto impulso arrebatados

se lanzan por las bóvedas sombrías

que a lo largo del soto, entretejiendo

sus copas, forman los erguidos olmos,

y mientras van acá y allá vagando,

la dulce soledad y alto silencio

que reina aquí, y apenas interrumpen

el aire blando y las canoras aves,

de paz mi pecho y de alegría inundan.

¿Y hay quien de sí y vosotros olvidado

viva en afán o muera en el bullicio

de las altas ciudades? ¿Y hay quien, necio,

del arte las bellezas anteponga,

nunca de ti, oh Natura, bien copiadas,

a ti, su fuente y santo prototipo?

¡Oh ceguedad, oh loco devaneo,

oh míseros mortales! Suspirando

vais de contino tras la dicha, y mientras

seguís ilusos una sombra vana

os alejáis del centro que la esconde.

¡Ah! ¿dónde estás, dulcísimo Batilo,

que no la vienes a gozar conmigo

en esta soledad? Ven en su busca

do sin afán probemos de consuno

tan süaves delicias: corre, vuela,

y si la sed de más saber te inflama,

no creas que entre gritos y contiendas

la saciarás. ¡Cuitado!, no lo esperes,

que no escondió en las aulas rumorosas

sus mineros riquísimos Sofía.

Es más noble su esfera: el universo

es un código; estúdiale, sé sabio.

Entra primero en ti, contempla, indaga

la esencia de tu ser y alto destino.

Conócete a ti mismo, y de otros entes

sube al origen. Busca y examina

el orden general, admira el todo,

y al Señor en sus obras reverencia.

Estos cielos, cual bóveda tendidos

sobre el humilde globo, esa perenne

fuente de luz, que alumbra y vivifica

toda la creación, el numeroso

ejército de estrellas y luceros,

a un leve acento de su voz sembrados,

cual sutil polvo en la región etérea;

la luna en torno presidiendo augusta

de su alto carro a la callada noche;

esta vega, estos prados, este hojoso

pueblo de verdes árboles, que mueve

el céfiro con soplo regalado;

ésta, en fin, varia y majestuosa escena,

que de tu Dios la gloria solemniza,

a sí te llama y mi amistad alienta.

Ven, pues, Batilo, y a su santo nombre

juntos cantemos incesantes himnos

en esta soledad. Aquí un alcázar,

cuyo cimiento baña respetuoso

el río, y cuyas torres eminentes

a herir se atreven las sublimes nubes,

ofrece asilo a la virtud, que humilde

en él se oculta y vive respetada.

Huyendo un día del liviano mundo,

halló tranquilo, inalterable albergue

entre los hijos del patrón de España,

que adornados de blancas vestiduras

y la cruz roja en los ilustres pechos

llevando, aquí sus leyes reconocen,

y a Dios entonan santas alabanzas,

perenne incienso enviando hasta su trono.

¡Ah!, si no es dado a nuestra voz, Batilo,

turbar su trono con profano acento,

ven, y en silencio al Padre Omnipotente

humilde y pura adoración rindamos.

Después iremos a gozar, subidos

en el alto terrero, de la escena

noble y augusta que se ofrece en torno.

De allí verás el tortüoso giro

con que el Bernesga la atraviesa, y cómo,

su corriente por ella deslizando,

ora se pierde en la intrincada selva,

cual de su sombra y soledad ansioso,

ora en mil arroyuelos dividido,

isletas forma, cuyo breve margen

va de rocío y flores guarneciendo.

Después reúne su caudal, y cuando,

robadas ya las aguas del Torío,

baña orgulloso los lejanos valles,

súbito llega do sediento el Esla

sus claras ondas y su nombre traga.

Allí Naturaleza solemniza

tan rica unión, poblando todo el suelo

de verdor y frescura. Verás cómo

buscan después al órbigo, que a ellos

corre medroso, huyendo de su puente,

del celebrado puente que algún día

tembló a los botes de la fuerte lanza

con que su paso el paladín de Asturias

de tantos caballeros catalanes,

franceses y lombardos defendiera.

Aún dura en la comarca la memoria

de tanta lid, y la cortante reja

descubre aún por los vecinos campos

pedazos de las picas y morriones,

petos, caparazones y corazas,

en los tremendos choques quebrantados.

Mas si el amor patriótico te inflama

y de otro tiempo los gloriosos timbres

te place recordar, sígueme, y juntos

observemos la cumbre venerable

de los montes de Europa, el ardua cumbre

do nunca pudo el vuelo victorioso

de las romanas águilas alzarse,

que si ambicioso, sin ganarla, quiso

dar al orbe la paz un día Octavio,

cuando triunfara de su humilde falda,

su paso ella detuvo, y, no rendida,

ella fijó los términos del mundo.

Ve allí también do un día se acogiera

del árabe acosado el pueblo ibero,

su cuello al yugo bárbaro negando.

¡Oh venerable antemural! ¡Oh tiempo

de horror y de tumulto! ¡Oh gran Pelayo!

¡Oh valientes astures! A vosotros

su gloria debe y libertad la patria.

A vosotros la debe, y sin el triunfo

de vuestro brazo, el valle, do fogosa

mi canto enciende la española musa,

fuera para un tirano berberisco

hoy por sus fuertes hijos cultivado,

y la dorada mies para sustento

de un puebla esclavo y vil en él creciera.

De infamia tal salvóla vuestro esfuerzo:

de vuestro brazo a los mortales golpes

cayó aterrado el fiero mauritano;

su sangre inundó el suelo, y con las aguas

del Bernesga mezclada, llevó al hondo

océano su afrenta y vuestra gloria.

Ven, pues, Batilo, ven, y tu morada

por este valle mágico trocando,

la vana ciencia, la ambición y el lujo

a los livianos pechos abandona,

y el tuyo, no, para ellos no nacido,

con tan gratas memorias alimenta.
 
 

SATIRA PRIMERA A ARNESTO Quis tam patiens ut teneat se? (Juvenal)

Déjame, Arnesto, déjame que llore

los fieros males de mi patria, deja

que su ruïna y perdición lamente;

y si no quieres que en el centro obscuro

de esta prisión la pena me consuma,

déjame al menos que levante el grito

contra el desorden; deja que a la tinta

mezclando hiel y acíbar, siga indócil

mi pluma el vuelo del bufón de Aquino.

¡Oh cuánto rostro veo a mi censura

de palidez y de rubor cubierto!

Animo, amigos, nadie tema, nadie,

su punzante aguijón, que yo persigo

en mi sátira al vicio, no al vicioso.

¿Y qué querrá decir que en algún verso,

encrespada la bilis, tire un rasgo

que el vulgo crea que señala a Alcinda,

la que olvidando su orgullosa suerte,

baja vestida al Prado, cual pudiera

una maja, con trueno y rascamoño

alta la ropa, erguida la caramba,

cubierta de un cendal más transparente

que su intención, a ojeadas y meneos

la turba de los tontos concitando?

¿Podrá sentir que un dedo malicioso,

apuntando este verso, la señale?

Ya la notoriedad es el más noble

atributo del vicio, y nuestras Julias,

más que ser malas, quieren parecerlo.

Hubo un tiempo en que andaba la modestia

dorando los delitos; hubo un tiempo

en que el recato tímido cubría

la fealdad del vicio; pero huyóse

el pudor a vivir en las cabañas.

Con él huyeron los dichosos días,

que ya no volverán; huyó aquel siglo

en que aun las necias burlas de un marido

las Bascuñanas crédulas tragaban;

mas hoy Alcinda desayuna al suyo

con ruedas de molino; triunfa, gasta,

pasa saltando las eternas noches

del crudo enero, y cuando el sol tardío

rompe el oriente, admírala golpeando,

cual si fuese una extraña, al propio quicio.

Entra barriendo con la undosa falda

la alfombra; aquí y allí cintas y plumas

del enorme tocado siembra, y sigue

con débil paso soñolienta y mustia,

yendo aún Fabio de su mano asido,

hasta la alcoba, donde a pierna suelta

ronca el cornudo y sueña que es dichoso.

Ni el sudor frío, ni el hedor, ni el rancio

eructo le perturban. A su hora

despierta el necio; silencioso deja

la profanada holanda, y guarda atento

a su asesina el sueño mal seguro.

¡Cuántas, oh Alcinda, a la coyunda uncidas

tu suerte envidian! ¡Cuántas de Himeneo

buscan el yugo por lograr tu suerte,

y sin que invoquen la razón, ni pese

su corazón los méritos del novio,

el sí pronuncian y la mano alargan

al primero que llega! ¡Qué de males

esta maldita ceguedad no aborta!

Veo apagadas las nupciales teas

por la discordia con infame soplo

al pie del mismo altar, y en el tumulto,

brindis y vivas de la tornaboda,

una indiscreta lágrima predice

guerras y oprobrios a los mal unidos.

Veo por mano temeraria roto

el velo conyugal, y que corriendo

con la impudente frente levantada,

va el adulterio de una casa en otra.

Zumba, festeja, ríe, y descarado

canta sus triunfos, que tal vez celebra

un necio esposo, y tal del hombre honrado

hieren con dardo penetrante el pecho,

su vida abrevian, y en la negra tumba

su error, su afrenta y su despecho esconden.

¡Oh viles almas! ¡Oh virtud! ¡Oh leyes!

¡Oh pundonor mortífero! ¿Qué causa

te hizo fiar a guardas tan infieles

tan preciado tesoro? ¿Quién, oh Temis,

tu brazo sobornó? Le mueves cruda

contra las tristes víctimas que arrastra

la desnudez o el desamparo al vicio;

contra la débil huérfana, del hambre

y del oro acosada, o al halago,

la seducción y el tierno amor rendida;

la expilas, la deshonras, la condenas

a incierta y dura reclusión. ¡Y en tanto

ves indolente en los dorados techos

cobijado el desorden, o le sufres

salir en triunfo por las anchas plazas,

la virtud y el honor escarneciendo!

¡Oh infamia! ¡Oh siglo! ¡Oh corrupción! Matronas

castellanas, ¿quién pudo vuestro claro

pundonor eclipsar? ¿Quién de Lucrecias

en Lais os volvió? ¿Ni el proceloso

océano, ni, lleno de peligros,

el Lilibeo, ni las arduas cumbres

de Pirene pudieron guareceros

de contagio fatal? Zarpa, preñada

de oro, la nao gaditana, aporta

a las orillas gálicas, y vuelve

llena de objetos fútiles y vanos;

y entre los signos de extranjera pompa

ponzoña esconde y corrupción, compradas

con el sudor de las iberas frentes.

Y tú, mísera España, tú la esperas

sobre la playa, y con afán recoges

la pestilente carga y la repartes

alegre entre tus hijos. Viles plumas,

gasas y cintas, flores y penachos,

te trae en cambio de la sangre tuya,

de tu sangre ¡oh baldón!, y acaso, acaso

de tu virtud y honestidad. Repara

cuál la liviana juventud los busca.

Mira cuál va con ellos engreída

la imprudente doncella; su cabeza,

cual nave real en triunfo empavesada,

vana presenta del favonio al soplo

la mies de plumas y de agrones, y anda

loca, buscando en la lisonja el premio

de su indiscreto afán. ¡Ay triste, guarte,

guarte, que está cercano el precipicio!

El astuto amador ya en asechanza

te atisba y sigue con lascivos ojos;

la educación y la caricia el lazo

te van a armar, do caerás incauta,

en él tu oprobrio y perdición hallando.

¡Ay, cuánto, cuánto de amargura y lloro

te costarán tus galas! ¡Cuán tardío

será y estéril tu arrepentimiento!

Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas

del nunca exhausto Potosí nos bastan

a saciar el hidrópico deseo,

la ansiosa sed de vanidad y pompa.

Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo

lo que antes un estado, y se consume

en un festín la dote de una infanta.

Todo lo tragan; la riqueza unida

va a la indigencia; pide y pordiosea

el noble, engaña, empeña, malbarata,

quiebra y perece, y el logrero goza

los pingües patrimonios, premio un día

del generoso afán de altos abuelos.

¡Oh ultraje! ¡Oh mengua! Todo se trafica:

parentesco, amistad, favor, influjo,

y hasta el honor, depósito sagrado,

o se vende o se compra. Y tú, Belleza,

don el más grato que dio al hombre el cielo,

no eres ya premio del valor, ni paga

del peregrino ingenio; la florida

juventud, la ternura, el rendimiento

del constante amador ya no te alcanzan.

Ya ni te das al corazón, ni sabes

de él recibir adoración y ofrendas.

Ríndeste al oro. La vejez hedionda,

la sucia palidez, la faz adusta,

fiera y terrible, con igual derecho

vienen sin susto a negociar contigo.

Daste al barato, y tu rosada frente,

tus suaves besos y sus dulces brazos,

corona un tiempo del amor más puro,

son ya una vil y torpe mercancía.
 
 

SATIRA SEGUNDA A ARNESTO Perit omnis in illo nobilitas, cujus laus est in origine sola. (Lucano, Carm. ad Pison.)

¿De qué sirve

la clase ilustre, una alta descendencia,

sin la virtud?

¿Ves, Arnesto, aquel majo en siete varas

de pardomonte envuelto, con patillas

de tres pulgadas afeado el rostro,

magro, pálido y sucio, que al arrimo

de la esquina de enfrente nos acecha

con aire sesgo y baladí? Pues ése,

ése es un nono nieto del Rey Chico.

Si el breve chupetín, las anchas bragas

y el albornoz, no sin primor terciado,

no te lo han dicho; si los mil botones,

de filigrana berberisca que andan

por los confines del jubón perdidos

no lo gritan, la faja, el guadijeño,

el arpa, la bandurria y la guitarra

lo cantarán. No hay duda: el tiempo mismo

lo testifica. Atiende a sus blasones:

sobre el portón de su palacio ostenta,

grabado en berroqueña, un ancho escudo

de medias lunas y turbantes lleno.

Nácenle al pie las bombas y las balas

entre tambores, chuzos y banderas,

como en sombrío matorral los hongos.

El águila imperial con dos cabezas

se ve picando del morrión las plumas

allá en la cima, y de uno y otro lado,

a pesar de las puntas asomantes,

grifo y león rampantes le sostienen.

Ve aquí sus timbres, pero sigue, sube,

entra y verás colgado en la antesala

el árbol gentilicio, ahumado y roto

en partes mil; empero de sus ramas,

cual suele el fruto en la pomposa higuera,

sombreros penden, mitras y bastones.

En procesión aquí y allí caminan

en sendos cuadros los ilustres deudos,

por hábil brocha al vivo retratados.

¡Qué gregüescos! ¡Qué caras! ¡Qué bigotes!

El polvo y telarañas son los gajes

de su vejez. ¿Qué más? Hasta los duros

sillones moscovitas y el chinesco

escritorio, con ámbar perfumado,

en otro tiempo de marfil y nácar

sobre ébano embutido, y hoy deshecho,

la ancianidad de su solar pregonan.

Tal es, tan rancia y tan sin par su alcurnia,

que aunque embozado y en castaña el pelo,

nada les debe a Ponces ni Guzmanes.

No los aprecia, tiénese en más que ellos,

y vive así. Sus dedos y sus labios

del humo del cigarro encallecidos,

índe son de su crianza. Nunca

pasó del B-A ba. Nunca sus viajes

más allá de Getafe se extendieron.

Fue antaño allá por ver unos novillos

junto con Pacotrigo y la Caramba.

Por señas, que volvió ya con estrellas,

beodo por demás, y durmió al raso.

Examínale. ¡Oh idiota!, nada sabe.

Trópicos, era, geografía, historia

son para el pobre exóticos vocablos.

Dile que dende el hondo Pirineo

corre espumoso el Betis a sumirse

de Ontígola en el mar, o que cargadas

de almendra y gomas las inglesas quillas

surgen en Puerto Lápichi, y se levan

llenas de estaño y de abadejo. ¡Oh!, todo,

todo lo creerá, por más que añadas

que fue en las Navas Witiza el santo

deshecho por los celtas, o que invicto

triunfó en Aljubarrota Mauregato.

¡Qué mucho, Arnesto, si del padre Astete

ni aun leyó el catecismo! Mas no creas

su memoria vacía. Oye, y diráte

de Cándido y Marchante la progenie;

quién de Romero o Costillares saca

la muleta mejor, y quién más limpio

hiere en la cruz al bruto jarameño.

Haráte de Guerrero y la Catuja

larga memoria, y de la malograda,

de la divina Lavenant, que ahora

anda en campos de luz paciendo estrellas,

la sal, el garabato, el aire, el chiste,

la fama y los ilustres contratiempos

recordará con lágrimas. Prosigue,

si esto no basta, y te dirá qué año,

qué ingenio, qué ocasión dio a los chorizos

eterno nombre, y cuántas cuchilladas,

dadas de día en día, tan pujantes

sobre el triste polaco los mantiene.

Ve aquí su ocupación; ésta es su ciencia.

No la debió ni al dómine, ni al tanto

de su ayo mosén Marc, sólo ajustado

para irle en pos cuando era señorito.

Debiósela a cocheros y lacayos,

dueñas, fregonas, truhanes y otros bichos

de su niñez perennes compañeros;

mas sobre todo a Pericuelo el paje,

mozo avieso, chorizo y pepillista

hasta morir, cuando le andaba en torno.

De él aprendió la jota, la guaracha,

el bolero, y en fin, música y baile.

Fuele también maestro algunos meses

el sota Andrés, chispero de la Huerta

con quien, por orden de su padre, entonces

pasar solía tardes y mañanas

jugando entre las mulas. Ni dejaste

de darle tú santísimas lecciones,

oh Paquita, después de aquel trabajo

de que el Refugio te sacó, y su madre

te ajustó por doncella. ¡Tanto puede

la gratitud en generosos pechos!

De ti aprendió a reírse de sus padres,

y a hacer al pedagogo la mamola,

a pellizcar, a andar al escondite,

tratar con cirujanos y con viejas,

beber, mentir, trampear, y en dos palabras,

de ti aprendió a ser hombre... y de provecho.

Si algo más sabe, débelo a la buena

de doña Ana, patrón de zurcidoras,

piadosa como Enone, y más chuchera

que la embaidora Celestina. ¡Oh cuánto

de ella alcanzó! Del Rastro a Maravillas,

del alto de San Blas a las Bellocas,

no hay barrio, calle, casa ni zahúrda

a su padrón negado. ¡Cuántos nombres

y cuáles vido en su librete escritos!

Allí leyó el de Cándida, la invicta,

que nunca se rindió, la que una noche

venció de once cadetes los ataques,

uno en pos de otro, en singular batalla.

Allí el de aquella siete veces virgen,

más que por esto, insigne por sus robos,

pues que en un mes empobreció al indiano,

y chupó a un escocés tres mil guineas,

veinte acciones de banco y un navío.

Allí aprendió a temer el de Belica

la venenosa, en cuyos dulces brazos

más de un galán dio el último suspiro;

y allí también en torpe mescolanza

vio de mil bellas las ilustres cifras,

nobles, plebeyas, majas y señoras,

a las que vio nacer el Pirineo,

des Junquera hasta do muere el Miño,

y a las que el Ebro y Turia dieron fama

y el Darro y Betis todos sus encantos;

a las de rancio y perdurable nombre,

ilustradas con turca y sombrerillo,

simón y paje, en cuyo abono sudan

bandas, veneras, gorras y bastones

y aun (chito, Arnesto) cuellos y cerquillos;

y en fin, a aquellas que en nocturnas zambras,

al son del cuerno congregadas, dieron

fama a la Unión que de una imbécil Temis

toleró el celo y castigó la envidia.

¡Ah, cuánto allí la cifra de tu nombre

brillaba, escrita en caracteres de oro,

oh Cloe! solo deslumbrar pudiera

a nuestro jaque, apenas de las uñas

de su doncella libre. No adornaban

tu casa entonces, como hogaño, ricas

telas de Italia o de Cantón, ni lustros

venidos del Adriático, ni alfombras,

sofá, otomana o muebles peregrinos.

Ni la alegraban, de Bolonia al uso,

la simia, il pappagallo e la spinetta.

La salserilla, el sahumador, la esponja,

cinco sillas de enea, un pobre anafe,

un bufete, un velón y dos cortinas

eran todo tu ajuar, y hasta la cama,

do alzó después tu trono la fortuna,

¡quién lo diría!, entonces era humilde.

Púsote en zancos el hidalgo y diote

a dos por tres la escandalosa buena

que treinta años de afanes y de ayuno

costó a su padre. ¡Oh, cuánto tus jubones,

de perlas y oro recamados, cuánto

tus francachelas y tripudios dieron

en la cazuela, el Prado y los tendidos

de escándalo y envidia! Como el humo

todo pasó: duró lo que la hijuela.

¡Pobre galán! ¡Qué paga tan mezquina

se dio a tu amor! ¡Cuán presto le feriaron

al último doblón el postrer beso!

Viérasle, Arnesto, desolado, vieras

cuál iba humilde a mendigar la gracia

de su perjura, y cuál correspondía

la infiel con carcajadas a su lloro.

No hay medio; le plantó; quedó por puertas...

¿Qué hará? ¿Su alivio buscará en el juego?

¡Bravo! Allí olvida su pesar. Prestóle

un amigo... ¡Qué amigo! Ya otra nueva

esperanza le anima. ¡Ah! salió vana...

Marró la cuarta sota. Adiós, bolsillo...

Toma un censo... Adelante; mas perdióle

al primer trascartón, y quedó asperges.

No hay ya amor ni amistad. En tan gran cuita

se halla ¡oh Zulem Zegrí! tu nono nieto.

¿Será más digno, Arnesto, de tu gracia

un alfeñique perfumado y lindo,

de noble traje y ruines pensamientos?

Admiran su solar el alto Auseva,

Limia, Pamplona o la feroz Cantabria,

mas se educó en Sorez. París y Roma

nueva fe le infundieron, vicios nuevos

le inocularon; cátale perdido,

no es ya el mismo. ¡Oh, cuál otro el Bidasoa

tornó a pasar! ¡Cuál habla por los codos!

¿Quién calará su atroz galimatías?

Ni Du Marsais ni Aldrete le entendieran.

Mira cuál corre, en polisón vestido,

por las mañanas de un burdel en otro,

y entre alcahuetas y rufianes bulle.

No importa: viaja incógnito, con palo,

sin insignias y en frac. Nadie le mira.

Vuelve, se adoba, sale y huele a almizcle

desde una milla... ¡Oh, cómo el sol chispea

en el charol del coche ultramarino!

¡Cuál brillan los tirantes carmesíes

sobre la negra crin de los frisones!...

Visita, come en noble compañía;

al Prado, a la luneta, a la tertulia

y al garito después. ¡Qué linda vida,

digna de un noble! ¿Quieres su compendio?

Puteó, jugó, perdió salud y bienes,

y sin tocar a los cuarenta abriles

la mano del placer le hundió en la huesa.

¡Cuántos, Arnesto, así! Si alguno escapa,

la vejez se anticipa, le sorprende,

y en cínica e infame soltería,

solo, aburrido y lleno de amarguras,

la muerte invoca, sorda a su plegaria.

Si antes al ara de Himeneo acoge

su delincuente corazón, y el resto

de sus amargos días le consagra,

¡triste de aquella que a su yugo uncida

víctima cae! Los primeros meses

la lleva en triunfo acá y allá, la mima,

la galantea... Palco, galas, dijes,

coche a la inglesa... ¡Míseros recursos!

El buen tiempo pasó. Del vicio infame

corre en sus venas la cruel ponzoña.

Tímido, exhausto, sin vigor... ¡Oh rabia!

El tálamo es su potro...

Mira, Arnesto,

cuál desde Gades a Brigancia el vicio

ha inficionado el germen de la vida,

y cuál su virulencia va enervando

la actual generación. ¡Apenas de hombres

la forma existe...! ¡Adónde está el forzudo

brazo de Villandrando? ¿Dó de Argüello

o de Paredes los robustos hombros?

El pesado morrión, la penachuda

y alta cimera, ¿acaso se forjaron

para cráneos raquíticos? ¿Quién puede

sobre la cuera y la enmallada cota

vestir ya el duro y centellante peto?

¿Quién enristrar la ponderosa lanza?

¿Quién?... Vuelve ¡oh fiero berberisco, vuelve,

y otra vez corre desde Calpe al Deva,

que ya Pelayos no hallarás, ni Alfonsos

que te resistan; débiles pigmeos

te esperan. De tu corva cimitarra

al solo amago caerán rendidos...

¿Y es éste un noble, Arnesto? ¿Aquí se cifran

los timbres y blasones? ¿De qué sirve

la clase ilustre, una alta descendencia,

sin la virtud? Los nombres venerandos

de Laras Tellos, Haros y Girones,

¿qué se hicieron? ¿Qué genio ha deslucido

la fama de sus triunfos? ¿Son sus nietos

a quienes fía su defensa el trono?

¿Es ésta la nobleza de Castilla?

¿Es éste el brazo, un día tan temido,

en quien libraba el castellano pueblo

su libertad? ¡Oh vilipendio! ¡Oh siglo!

Faltó el apoyo de las leyes. Todo

se precipita; el más humilde cieno

fermenta, y brota espíritus altivos,

que hasta los tronos del Olimpo se alzan.

¿Qué importa? Venga denodada, venga

la humilde plebe en irrupción y usurpe

lustre, nobleza, títulos y honores.

Sea todo infame behetría: no haya

clases ni estados. Si la virtud sola

les puede ser antemural y escudo,

todo sin ella acabe y se confunda.
 
 

EPISTOLA A BERMUDO SOBRE LOS VANOS DESEOS Y ESTUDIO DE LOS HOMBRES

Sus, alerta, Bermudo, y pon en vela

tu corazón. Rabiosa la fortuna

le acecha, y mientras arrullando a otros,

los adormece en mal seguro sueño,

súbito asalto quiere dar al tuyo.

El golpe atroz, con que arruinó sañuda

tu pobre estado su furor no harta,

si de tu pecho desterrar no logra

la dulce paz que a la inocencia debe.

Tal es su condición, que no tolera

que a su despecho el hombre sea dichoso.

Así a tus ojos insidiosa ostenta

las fantasmas del bien, que va sembrando

sobre la senda del favor, y pugna

por arrancar de tu virtud los quicios.

Guay, no la atiendas; mira que robarte

quiere la dicha que en tu mano tienes.

No está en la suya, no; puede a su grado

venturosos hacer, mas no felices.

¿Lo extrañas? ¿Quieres, como el vulgo idiota,

de la felicidad y la fortuna

los nombres confundir, o por los vanos

bienes y gustos con que astuta brinda

el verdadero bien medir? ¡Oh engaño

de la humana razón! Di, ¿qué promete

digno de un ser, que a tan excelsa dicha

destinado nació? ¡Pesa sus dones

de tu razón en la balanza, y mira

cuánta es su liviandad! Hay quien, ardiendo

en pos de gloria y rumoroso nombre,

suda, se afana, despiadado, al precio

de sangre y fuego y destrucción le compra;

mas si la muerte con horrendo brazo

de un alto alcázar su pendón tremola,

se hincha su corazón, y hollando fiero

cadáveres de hermanos y enemigos,

un triunfo canta, que en secreto llora

su alma horrorizada. Altivo menos,

empero astuto más, otro suspira

por el inquieto y mal seguro mando,

y adula, y va solícito siguiendo

el aura del favor; su orgullo esconde

en vil adulación; sirve y se humilla

para ensalzarse; y a la cumbre toca,

irgue altanero la ceñuda frente,

y sueño y gozo interior sosiego

al esplendor del mando sacrifica;

mas mientra incierto en lo que goza teme,

a un giro instable de la rueda cae

precipitado en hondo y triste olvido.

Tal otro busca con afán estados,

oro y riquezas; tierras y tesoros,

¡ah! con sudor y lágrimas regados,

su sed no apagan. Junta, ahorra, ahúcha,

mas con sus bienes crece su deseo,

y cuanto más posee más anhela.

Así, la llave del arcón en mano,

pobre se juzga, y pues lo juzga, es pobre.

A otra ilusión consagra sus vigilias

aquel que huyendo de la luz y el lecho

de la esposa y amigos, la alta noche

en un garito o mísera zahúrda

con sus viles rivales pasa oculto.

Entre el temor fluctúa y la esperanza

su alma atormentada. Hele: ya expuso,

con mano incierta y pecho palpitante,

a la vuelta de un dado su fortuno.

Cayó la suerte; pero ¿qué le brinda?

¿Es buena? Su ansia y su zozobra crecen.

¿Aciaga? ¡Oh Dios!, le abruma y le despeña

en vida infame o despechada muerte.

¿Y es más feliz quien fascinado al brillo

de unos ojuelos arde y enloquece,

y vela, y ronda, y ruega, y desconfía,

y busca al precio de zozobra y penas

el rápido placer de un solo instante?

No le guía el amor, que en pecho impuro

entrar no puede su inocente llama.

Sólo le arrastra el apetito; ciego

se desboca en pos de él. Mas ¡ay!, que si abre

con llave de oro al fin el torpe quicio,

envuelta en su placer traga su muerte.

Pues mira a aquél, que abandonado al ocio,

ve vacías huir las raudas horas

sobre su inútil existencia. ¡Ah! lentas

las cree aún, y su incesante curso

precipitar quisiera; en qué gastarlas

no sabe, y entra, y sale, y se pasea,

fuma, charla, se aburre, torna, vuelve,

y huyendo siempre del afán, se afana.

Mas ya en el lecho está: cédele al sueño

la mitad de la vida, y aun le ruega

que la enojosa luz le robe. ¡Oh necio!

¿A la dulzura del descanso aspiras?

Búscala en el trabajo. Sí, en el ocio

siempre tu alma roerá el fastidio,

y hallará en tu reposo su tormento.

Mas ¿qué, si a Baco y Ceres entregado

y arrellanado ante su mesa, engulle

de uno al otro crepúscúlo, poniendo

en su vientre a su dios y a su fortuna?

La tierra y mar no bastan a su gula.

Lenguaraz y glotón, con otros tales

en francachelas y embriagueces pasa

sus vanos días, y entre obscenos brindis,

carcajadas y broma disoluta,

se harta sin tasa y sin pudor delira;

mas a fuerza de hartarse, embota y pierde

apetito y estómago. Ofendida

Naturaleza, insípidos le ofrece

los sabores que al pobre deliciosos.

En vano espera de una y otra India

estímulos, en vano pide al arte

salsas que ya su paladar rehúsa;

el ansia crece y el vigor se agota,

y así consunto en medio a la carrera,

antes su vida que su gula acaba.

¡Oh placeres amargos! ¡Oh locura

de aquel que los codicia, y humillado

ante un mentido numen los implora!

¡Oh, y cuál la diosa pérfida le burla!

Sonríele tal vez, empero nunca

de angustia exento o sinsabor le deja,

que a vueltas del placer le da fastidio,

y en pos del goce, saciedad y tedio.

Si le confía, luego un escarmiento

su mal prevista condición descubre.

Avara, nunca sus deseos llena;

voltaria, siempre en su favor vacila;

inconstante y cruel, aflige ahora

al que halagó poco ha, ahora derriba

al que ayer ensalzó, y ora del cieno

otro a las nubes encarama, sólo

por derribarle con mayor estruendo.

¿No ves, con todo, aquella inmensa turba,

que, rodeando de tropel su templo,

se avanza al aldabón, de incienso hediondo

para ofrecer al ídolo cargada?

¡Huye de ella, Bermudo! ¡No el contagio

toque a tu alma de tan vil ejemplo!

Huye, y en la virtud busca tu asilo,

que ella feliz te hará. No hay, no lo pienses,

dicha más pura que la dulce calma

que inspira al varón justo. Ella modesto

le hace en prosperidad, ledo y tranquilo

en sobria medianía, resignado

en pobreza y dolor. Y si bramando

el huracán de la implacable envidia,

le hunde en infortunio, ella piadosa

le acorre y salva, su alma revistiendo

de alta, noble y longánime constancia.

¡Y qué si hasta su premio alza la vista!

¿Hay algo, di, que a la esperanza iguale

de la inmortal corona que le atiende?

Mas te oigo preguntar: «Aqueste instinto,

que mi alma eleva a la verdad, esta ansia

de indagar y saber, ¿será culpable?

¿No podré hallar, siguiéndola, mi dicha?

¿Condenarásla?» No. ¿Quién se atreviera,

quién, que su origen y su fin conozca?

Sabiduría y virtud son dos hermanas

descendidas del cielo para gloria

perfección del hombre. Le alejando

del vicio y del engaño, ellas le acercan

a la divinidad. Sí, mi Bermudo;

mas no las busques en la falsa senda

que a otros, astuta, muestra la fortuna.

¿Dónde pues? Corre al templo de Sofía,

y allí las hallarás. Ruégala... ¡Mira

cuál se sonríe! Instala, interpone

la intercesión de las amables musas,

y te la harán propicia. Pero guarte,

que si no cabe en su favor engaño,

cabe en el culto que le da insolente

el vano adorador. Nunca propicia

la ve quien, oro o fama demandando,

impuro incienso quema ante sus aras.

¿No ves a tantos como de ellas tornan

de orgullo llenos, de saber vacíos?

¡Ay del que, en vez de la verdad, iluso,

su sombra abraza! En la opinión fiado,

el buen sendero dejará, y sin guía

de razón ni virtud, tras las fantasmas

del error correrá precipitado.

¿El sabio entonces hallará la dicha

en las quimeras que sediento busca?

¡Ah!, no: tan sólo vanidad y engaño.

Mira en aquel, a quien la aurora encuentra

midiendo el cielo, y de los astros que huyen

las esplendentes órbitas. Insomne,

aun a la noche llama presurosa,

y acusa al astro que su afán retarda.

Vuelve, la obra portentosa admira,

sin ver la mano que la obró. Se eleva

sobre las lunas de Urano, y de un vuelo

desde la Nave a los Triones pasa.

Mas ¿qué siente después? Nada; calcula,

mide, y no ve que el cielo, obedeciendo

la voz del grande Autor, gira, y callado,

horas hurtando a su existencia ingrata,

a un desengaño súbito le acerca.

Otro, del cielo descuidado, lee

en el humilde polvo y le analiza.

Su microscopio empuña; ármale y cae

sobre un átomo vil. ¡Cuán necio triunfa,

si allí le ofrece el mágico instrumento

leve señal de movimiento y vida!

Su forma indaga, y demandando al vidro

lo que antevió su ilusa fantasía,

cede al engaño y da a la vil materia

la omnipotencia que al gran Ser rehúsa.

Así delira ingrato, mientras otro

pretende escudriñar la íntima esencia

de este sublime espíritu que le anima.

¡Oh cuál le anatomiza, y cual si fuese

un fluïdo sutil, su voz, su fuerza,

y sus funciones y su acción regula!

Mas ¿qué descubre? Sólo su flaqueza,

que es dado al ojo ver el alto cielo,

pero verse a sí, en sí, no le fue dado.

Con todo, osada su razón penetra

al caos tenebroso; le recorre

con paso titubeante, y desdeñando

la lumbre celestial, en los senderos

y laberintos del error se pierde.

Confuso así, mas no desengañado,

entre la duda y la opinión vacila.

Busca la luz, y sólo palpa sombras.

Medita, observa, estudia, y sólo alcanza

que cuanto más aprende, más ignora.

Materia, forma, espíritu, movimiento,

y estos instantes que incesantes huyen,

y del espacio el piélago sin fondo,

sin cielo y sin orillas: nada alcanza,

nada comprende. Ni su origen halla,

ni su término, y todo lo ve, absorto

de eternidad en el abismo hundirse.

Tal vez, saliendo de él más deslumbrado,

se arroja a alzar el temerario vuelo

hasta el trono de Dios, y presuntuoso,

con débil luz escudriñar pretende

lo que es inescrutable. Sondeando

de la divina esencia el golfo inmenso,

surca ciego por él. ¿Qué hará sin rumbo?

Dudas sin cuento en su ignorancia busca,

y las propone y las disputa, y piensa

que la ignorancia que excitarlas supo

resolverlas sabrá. ¿Viste, oh Bermudo,

intento más audaz? ¡Qué! ¡sin más lumbre

que su razón, un átomo podría

incomprensible comprender? ¿Linderos

en lo inmenso encontrar? ¿Y en lo infinito,

principio, medio o fin? ¡Oh Ser eterno!

¿Has dado al hombre parte en tus consejos?

¿O en el santuario, a su razón cerrado,

le admites ya? ¿Tan alta es la tarea

que a su débil espíritu confiaste?

No, no es ésta, Bermudo. Conocerle

y adorarle en sus ubras, derretirse

en gratitud y amor por tantos bienes

como benigno en tu mansión derrama,

cantar su gloria y bendecir su nombre:

he aquí tu estudio, tu deber, tu empleo,

y de tu ser y tu razón la dicha.

Tal es, oh dulce amigo, la que el sabio

debe buscar, mientras los necios la huyen.

¿Saber pretendes? Franca está la senda:

perfecciona tu ser y serás sabio;

ilustra tu razón, para que se alce

a la verdad eterna, y purifica

tu corazón, para que la ame y siga.

Estúdiate a ti mismo, pero busca

la luz en tu Hacedor. Allí la fuente

de alta sabiduría, allí tu origen

verás escrito, allí el lugar que ocupas

en su obra magnífica, allí tu alto

destino, y la corona perdurable

de tu ser, sólo a la virtud guardada.

Sube, Bermudo, allí; busca en su seno

esta verdad, esta virtud, que eternas

de su saber y amor perenne manan;

que si las buscas fuera de él, tinieblas,

ignorancia y error hallarás sólo.

De este saber y amor lee un destello

en tantas criaturas como cantan

su omnipotencia, en la admirable escala

de perfección con que adornarlas supo,

en el orden que siguen, en las leyes

que las conservan y unen, y en los fines

de piedad y de amor que en todas brillan

y la bondad de su Hacedor pregonan.

Ésta tu ciencia sea, ésta tu gloria.

Serás sabio y feliz si eres virtuoso,

que la verdad y la virtud son una.

Sólo en su posesión está la dicha,

y ellas tan sólo dar a tu alma pueden

segura paz en tu conciencia pura,

en la moderación de tus deseos

libertad verdadera, y alegría

de obrar y hacer el bien en la dulzura.

Lo demás, viento, vanidad, miseria.