IDOMENEO
AL CIUDADANO FLORIAN COETANFAO.
O tú, donde quiera que estés, alma virtuosa y verdaderamente grande, si alguna vez llega este libro a tus manos abre, lee, y oirás la voz del primero de tus amigos, que te paga públicamente la deuda de su amistad y de su agradecimiento. ¡Que no fuera yo uno de aquellos hijos predilectos del genio que dictan la inmortalidad en los caracteres indelebles de su dichosa pluma! Unidos nuestros nombres en la posteridad, como lo están ahora nuestros corazones, sabrían los siglos más remotos lo mucho que yo he debido a tus talentos, a tus virtudes, y a tus eficaces ejemplos. Tú me hiciste probar por la primera vez la felicidad verdadera en el regazo de la amistad más pura, en la efusión de dos almas criadas una para otra, y hechas para no separarse nunca. ¿Donde estáis flores hermosas de mi juventud? ¿Qué fueron aquellos tiempos en que mis libros y mi Coetanfao eran mi universo entero? ¡Ah! ¡qué poco esperaba yo entonces el golpe terrible que después cayó sobre mí, cuando el bárbaro destino te arrancó cruelmente, y acaso para siempre, de mis cariñosos brazos! ¡Días de lágrimas, de amarguras, de agonías mortales, siempre seréis de los más negros, de los más aciagos, de los más execrables de mi vida! ¡Si a lo menos hubiera yo podido ir a tu lado, acompañar tus soledades, y partir las congojosas aflicciones que te aguardaban, la suerte te habría parecido menos enemiga, y yo me hubiera creído el más dichoso de los hombres! Pero estaba decretado que solo y sin compasión en el mundo habías de apurar el cáliz del dolor hasta las heces más amargas; porque tal fue siempre el destino de la virtud en la tierra. ¡O Coetanfao mío! ¡compañero mío! ¡ídolo de mi amistad! no estabas solo, no; los hombres podrán separar los cuerpos; pero las almas, inaprisionables como los rayos del sol, vuelan libremente donde su deseo las llama. La mía partió contigo, veló en tus desvelos, acompañó tus llantos, se afligió en tus aflicciones, aprendió en tus virtudes, y estuvo, está y estará perpetuamente donde tú estuvieres; y mientras me quede un solo soplo de vida vivirá en mi alma Coetanfao todo entero. Mi vanidad, mi honor, mi gloria es ir siempre contigo, y acompañarte hasta en los horrores del sepulcro, para que una misma losa cubra nuestras cenizas inseparables. Entre tanto, ven, Coetanfao mío, ven a honrar mis versos con tu nombre, para que nunca se diga que va Cienfuegos sin su idolatrado amigo. Y pues viste nacer a mi Idomeneo, y sabes su historia, y tanto has contribuido a formar mi gusto, recíbele como si fuera tuyo, y con él todo el corazón, todas las potencias, toda el alma de tu más ciego y fogoso amigo.
Nicasio Alvarez de Cienfuegos.
ACTORES
IDOMENEO, Rey de Creta.
BRISEA, su esposa.
POLIMENES, hijo de los Reyes.
SOFRÓNIMO, sacerdote.
LINCEO, su hijo.
LICAS, de la familia real
AGENOR, consejero del Rey.
MERION, capitán de la guardia.
GUARDIAS.
El teatro representará un vasto campo.
En el fondo se verá, a una parte el mar, y a la otra una ciudad arruinada, cuyos edificios estarán unos caídos, otros medio arruinados, y otros amenazando caer. Habrá en el teatro algunas piedras rústicas que servirán de asiento. Se supone que a la izquierda de los espectadores está la tienda del sacerdote y el templo; y a la derecha la de los reyes y el puerto.
La escena empieza antes de amanecer, a tiempo que la mar está todavía alterada de una anterior borrasca. Alzado el telón, al son de las ondas y al ruido del aire en los árboles, aparecerá Sofrónimo viniendo por entre las ruinas; y detrás, a alguna distancia, vendrá Linceo como observando a su padre.
La escena es en Cidonia.
ACTO PRIMERO
ESCENA 1.
SOFRÓNIMO, LINCEO.
SOFRÓNIMO.- ¡Oh noble!... ¡oh soledad!... ¡mar borrascoso,
Imagen triste de mi pecho inquieto!...
¿Cual ruido sordo?... con ligera plata
Llegan... ¿Quién eres?
LINCEO.- Quien el ser os debe;
Los temores calmad.
SOFRÓNIMO.- ¿A dónde, a dónde
Osas marchar?
LINCEO.- Adonde vos.
SOFRÓNIMO.- Soberbio,
¿Quieres ser guarda de tu mismo padre?
LINCEO.- Quiero amarle, señor. Pálido, triste,
Torvo el semblante, revolviendo atroces
Los muertos ojos, en mortal silencio
Exhalando el dolor, tal os admiro
Desde el día infeliz en que temblando
Nuestra ciudad cayó. Cuando la muerte
Yermo, soplando pestilente aliento,
Esta región, en inquietud ansiosa
Os vi también. Despareció el peligro,
Y en vuestro pecho renació la calma.
Al presente, no así: más congojoso
Os hallo cada vez. En este día,
Cuando el imperio a la verdad austera
Usurpó la ilusión del blando sueño,
Vos en amarga tempestad perdido
Velabais: yo lo vi; yo cauteloso
Puede observarlo, y esperanzas, iras,
Osadía, temor,... no sé qué afectos
Vuestro agitado pecho guerreaban.
Por la primera vez en vuestros ojos
Lágrimas vi; y absortos mis oídos
Oyeron vuestra voz interrumpida.
Crece vuestro furor; salís; os sigo;
Y os veo entre las sombras de la noche,
Cuando apenas su faz asoma el alba,
Arrastrar vuestros bárbaros tormentos
Por las tristes ruinas silenciosas
De esa ciudad. ¡O padre! ¿eternamente
Sellando el labio, apenaréis a un hijo
Que en vos respira? vuestro acento mudo
Me avergüenza, señor. ¡Ah! rompa, rompa
Vuestro cariño el infeliz silencio.
Descargad en mi amor las pesadumbres;
Que si a cortar vuestro dolor no alcanza,
Con vos al menos verterá su llanto.
SOFRÓNIMO.- Vuelve la faz; pregunta a esas ruinas;
Te dirán mi aflicción. En torno de ellas
Vuela la sombra del veraz amigo
Que a su amigo infeliz en vano llama:
La del esposo, que doliente busca
El tálamo nupcial, que yace frío
Oyendo el llanto de la viuda esposa:
La de la virgen, que suspira ardiente
Su soledad y desamor llorando:
La del infante, que sus palmas tiende
Buscando aun el seno delicioso
De su amorosa madre acongojada.
¿Y todavía ignorará Linceo
La causa de mi mal? Goza seguro
De tu felicidad; que yo entre tanto,
Ministro celestial, infatigable
Días y noches velaré en la dicha
De los humanos. Hacia el alto cielo
Las manos alzaré cuando irritado
Amenace al mortal; y hasta la causa
De la calamidad subiendo, en ella
Leeré el remedio, y las celestes iras
Aplacaré: mi obligación augusta
Así lo ordena. Por servirla ahora,
Por enjugar las lágrimas que vierten
Cien taladas provincias, sumergido
En terrible tristeza y pesadumbre
Me ves... Revuelvo en la agitada mente
Cómo calmar la tempestad que truena
Sobre nosotros.
LINCEO.- ¡Generoso empleo
De una noble aflicción! Y ¡oh!... ¡no probara
Vuestro pecho jamás otra amargura!
Mas la prueba, señor: no artificioso
Miente el acento del dolor profundo.
La voz del vuestro resonó en mi oído:
Resonó, resonó, cuando fiado
De una aparente soledad, rompía
Su forzada prisión. Yo, siempre atento,
Vuestras palabras recogí perdidas,
Vuestro silencio, vuestro amargo llanto;
Y... os aflige otro mal... Aquí entre sombras,
Sin paz, negado al apacible sueño,
¿Cual deleite buscáis en los horrores
De estas calladas soledades?
SOFRÓNIMO.- Duerman
Los que fortuna amó: duerma Linceo
En tanto que su padre desvelado
Vende el reposo por el bien de Creta.
¡O, si Agenor, a quien ansioso espero,
Gustando mi opinión, a su Monarca
Lograra persuadir!
LINCEO.- Si es saludable
Agenor gustará vuestro consejo,
Y el Rey también, que a sus vasallos ama
Cual tierno padre. Quien por ser amparo
Del infeliz, la tienda que le abriga
Prefiere a cien alcázares de bronce,
Y osa arrostrar cien muertes que le ofrece
Cidonia amenazando vacilante,
¿Del bien jamás apartará el oído?
SOFRÓNIMO.- ¡Si me escuchara!... De su mano pende
De los Cretenses la inmortal ventura.
LINCEO.- ¿Cómo, señor?
SOFRÓNIMO.- Ejecutarlo es duro:
El consejo es cruel, es inhumano;
Más necesario ya.
LINCEO.- ¿Cual es?
SOFRÓNIMO.- Linceo...
¡O Linceo!... ¡Si tú correspondieras
De tu padre al amor!
LINCEO.- A vuestro antojo
Mi cariño medid: yo sé que os amo,
Y me basta.
SOFRÓNIMO.- Conozco en la respuesta
A mi hijo: su afecto es mi esperanza.
Abre tu corazón, y en mi secreto
Recibe mi dolor. Creta infelice
Corre a su perdición, si al cielo justo
No satisface con su sangre el hijo
De Idomeneo.
LINCEO.- ¿Polimenes? Cierta
Mi sospecha salió. Su muerte...
(Aparte).
SOFRÓNIMO.- Escucha
Todo el misterio. Cuando ya de Troya
Volvía nuestro Rey de aquella guerra...
Guerra bárbara, injusta, ¿cuál afrenta
Recibimos jamás de los Troyanos
Para sembrar los Ilioneos muros
En llanto y sangre y horfandad de Creta?
El cielo nos vengó. Tempestuosa
La mar asalta al Rey, que por salvarse
Votó sacrificar lo que a su vista
Primero en Creta se ofreciese: el hijo
Fue el infeliz que condenó la suerte.
Callando a todos su fatal secreto,
De mí lo confió; mas yo confuso,
Dando lugar a que los santos dioses
Su augusta voluntad nos declarasen,
Le aconsejé que suspendiese el voto.
Hízolo así; y asoladora al punto
La pestífera plaga, el terremoto,
Y mil señales de mortal anuncio
Nos publicaron las celestes iras.
LINCEO.- ¡Padre!
SOFRÓNIMO.- ¿Te pasma el singular suceso?
Por él has visto a quien el ser te ha dado
Víctima de tormentos inmortales.
¡Cuántos combates a mi pecho cuesta
Revolverse a exigir el sacrificio!
LINCEO.- ¿Y le exigís?
SOFRÓNIMO.- Le exijo.
LINCEO.- Es imposible.
En el mismo lugar que os oye ahora
Aprobar los humanos sacrificios
Me acuerdo que os oí, cuando Ifigenia
Al dios del mar en holocausto impío
Rindió su vida, que los altos dioses
El rostro apartan de sangrientos cultos
Que trastornan sus leyes inmutables:
Que fue la iniquidad quien, entronada
En la ignorancia, imaginó funesta
Un olimpo de dioses vengativos,
Como el débil mortal viles esclavos
Del ciego error y míseras pasiones.
Así dijísteis. ¿Y será que ahora
Aconsejéis lo que en mejores días
Abominasteis con razón?
SOFRÓNIMO.- Linceo,
Las ocasiones son las que pronuncian
Del bien y el mal. Lo que loable y santo
Unas consagran, reprensible y torpe
Condenan otras.
LINCEO.- Lo que en sí es injusto,
¿Por suerte nunca dejará de serlo?
Bien lo sabéis: que siempre invariable
Hay para todos, y do quier la misma,
Una Justicia universal y eterna.
Quien temerario sus decretos huelle,
¿Podrá de justo merecer la fama?
En vano, en vano buscará la sombra
De un nombre celestial, que sus horrores
Vele: ofendido el universo entero.
En él verá su bárbaro enemigo,
Y contando a los siglos sus maldades,
Es un impío, dirán, es un perverso,
Es un ser destructor...
SOFRÓNIMO.- Y es un ingrato,
Un monstruo, el hijo que a su padre ultraja.
LINCEO.- ¿Yo os ultrajo, señor?
SOFRÓNIMO.- Tú, que altanero
De tu razón adorador impío,
Osas dar leyes a los mismos dioses,
Osas...
LINCEO.- Mostraros...
SOFRÓNIMO.- Temerario, ¿ignoras
Quien eres, y quien soy? Cuando despliega
Tu padre el labio, con silencio humilde
Le debes escuchar. Cuando respira
El sacerdote, tiembla y obedece.
LINCEO.- Tiemble el malvado; la conciencia pura
Desconoce el temor: cuando desmaya
Vencida la razón, por defenderla
Se debe atropellar el orbe entero.
No hay patria entonces, deudo, sacerdocio,
Y sí virtud que vitupere muda
Allí al silencio.
SOFRÓNIMO.- ¡ Dioses inmortales !
¿Este consuelo me guardabas? Toma;
(Le da un puñal.)
No falta más; mi corazón traspasa.
SOFRÓNIMO.- El mío traspasad antes que pueda,
Sellando el labio, permitir cobarde
Que ciego os despeñéis. Eternamente
Me veréis combatir vuestro consejo:
Infatigable el sacrificio impío
Condenará mi voz. Si por desdicha
Vuestro obstinado corazón resiste
A los esfuerzos de mi lengua amante
Sabedlo ya, que os opondré un escollo
Donde fracase vuestro osado intento.