N. Alvarez de Cienfuegos       Texto: Pedro Soto

IDOMENEO

 

TRAGEDIA
... moniti meliora secuamur.

AL CIUDADANO FLORIAN COETANFAO.

O tú, donde quiera que estés, alma virtuosa y verdaderamente grande, si alguna vez llega este libro a tus manos abre, lee, y oirás la voz del primero de tus amigos, que te paga públicamente la deuda de su amistad y de su agradecimiento. ¡Que no fuera yo uno de aquellos hijos predilectos del genio que dictan la inmortalidad en los caracteres indelebles de su dichosa pluma! Unidos nuestros nombres en la posteridad, como lo están ahora nuestros corazones, sabrían los siglos más remotos lo mucho que yo he debido a tus talentos, a tus virtudes, y a tus eficaces ejemplos. Tú me hiciste probar por la primera vez la felicidad verdadera en el regazo de la amistad más pura, en la efusión de dos almas criadas una para otra, y hechas para no separarse nunca. ¿Donde estáis flores hermosas de mi juventud? ¿Qué fueron aquellos tiempos en que mis libros y mi Coetanfao eran mi universo entero? ¡Ah! ¡qué poco esperaba yo entonces el golpe terrible que después cayó sobre mí, cuando el bárbaro destino te arrancó cruelmente, y acaso para siempre, de mis cariñosos brazos! ¡Días de lágrimas, de amarguras, de agonías mortales, siempre seréis de los más negros, de los más aciagos, de los más execrables de mi vida! ¡Si a lo menos hubiera yo podido ir a tu lado, acompañar tus soledades, y partir las congojosas aflicciones que te aguardaban, la suerte te habría parecido menos enemiga, y yo me hubiera creído el más dichoso de los hombres! Pero estaba decretado que solo y sin compasión en el mundo habías de apurar el cáliz del dolor hasta las heces más amargas; porque tal fue siempre el destino de la virtud en la tierra. ¡O Coetanfao mío! ¡compañero mío! ¡ídolo de mi amistad! no estabas solo, no; los hombres podrán separar los cuerpos; pero las almas, inaprisionables como los rayos del sol, vuelan libremente donde su deseo las llama. La mía partió contigo, veló en tus desvelos, acompañó tus llantos, se afligió en tus aflicciones, aprendió en tus virtudes, y estuvo, está y estará perpetuamente donde tú estuvieres; y mientras me quede un solo soplo de vida vivirá en mi alma Coetanfao todo entero. Mi vanidad, mi honor, mi gloria es ir siempre contigo, y acompañarte hasta en los horrores del sepulcro, para que una misma losa cubra nuestras cenizas inseparables. Entre tanto, ven, Coetanfao mío, ven a honrar mis versos con tu nombre, para que nunca se diga que va Cienfuegos sin su idolatrado amigo. Y pues viste nacer a mi Idomeneo, y sabes su historia, y tanto has contribuido a formar mi gusto, recíbele como si fuera tuyo, y con él todo el corazón, todas las potencias, toda el alma de tu más ciego y fogoso amigo.

Nicasio Alvarez de Cienfuegos.

 

ACTORES

IDOMENEO, Rey de Creta.

BRISEA, su esposa.

POLIMENES, hijo de los Reyes.

SOFRÓNIMO, sacerdote.

LINCEO, su hijo.

LICAS, de la familia real

AGENOR, consejero del Rey.

MERION, capitán de la guardia.

GUARDIAS.

El teatro representará un vasto campo.

En el fondo se verá, a una parte el mar, y a la otra una ciudad arruinada, cuyos edificios estarán unos caídos, otros medio arruinados, y otros amenazando caer. Habrá en el teatro algunas piedras rústicas que servirán de asiento. Se supone que a la izquierda de los espectadores está la tienda del sacerdote y el templo; y a la derecha la de los reyes y el puerto.

La escena empieza antes de amanecer, a tiempo que la mar está todavía alterada de una anterior borrasca. Alzado el telón, al son de las ondas y al ruido del aire en los árboles, aparecerá Sofrónimo viniendo por entre las ruinas; y detrás, a alguna distancia, vendrá Linceo como observando a su padre.

La escena es en Cidonia.

ACTO PRIMERO

ESCENA 1.

SOFRÓNIMO, LINCEO.

SOFRÓNIMO.- ¡Oh noble!... ¡oh soledad!... ¡mar borrascoso,

Imagen triste de mi pecho inquieto!...

¿Cual ruido sordo?... con ligera plata

Llegan... ¿Quién eres?

LINCEO.- Quien el ser os debe;

Los temores calmad.

SOFRÓNIMO.- ¿A dónde, a dónde

Osas marchar?

LINCEO.- Adonde vos.

SOFRÓNIMO.- Soberbio,

¿Quieres ser guarda de tu mismo padre?

LINCEO.- Quiero amarle, señor. Pálido, triste,

Torvo el semblante, revolviendo atroces

Los muertos ojos, en mortal silencio

Exhalando el dolor, tal os admiro

Desde el día infeliz en que temblando

Nuestra ciudad cayó. Cuando la muerte

Yermo, soplando pestilente aliento,

Esta región, en inquietud ansiosa

Os vi también. Despareció el peligro,

Y en vuestro pecho renació la calma.

Al presente, no así: más congojoso

Os hallo cada vez. En este día,

Cuando el imperio a la verdad austera

Usurpó la ilusión del blando sueño,

Vos en amarga tempestad perdido

Velabais: yo lo vi; yo cauteloso

Puede observarlo, y esperanzas, iras,

Osadía, temor,... no sé qué afectos

Vuestro agitado pecho guerreaban.

Por la primera vez en vuestros ojos

Lágrimas vi; y absortos mis oídos

Oyeron vuestra voz interrumpida.

Crece vuestro furor; salís; os sigo;

Y os veo entre las sombras de la noche,

Cuando apenas su faz asoma el alba,

Arrastrar vuestros bárbaros tormentos

Por las tristes ruinas silenciosas

De esa ciudad. ¡O padre! ¿eternamente

Sellando el labio, apenaréis a un hijo

Que en vos respira? vuestro acento mudo

Me avergüenza, señor. ¡Ah! rompa, rompa

Vuestro cariño el infeliz silencio.

Descargad en mi amor las pesadumbres;

Que si a cortar vuestro dolor no alcanza,

Con vos al menos verterá su llanto.

SOFRÓNIMO.- Vuelve la faz; pregunta a esas ruinas;

Te dirán mi aflicción. En torno de ellas

Vuela la sombra del veraz amigo

Que a su amigo infeliz en vano llama:

La del esposo, que doliente busca

El tálamo nupcial, que yace frío

Oyendo el llanto de la viuda esposa:

La de la virgen, que suspira ardiente

Su soledad y desamor llorando:

La del infante, que sus palmas tiende

Buscando aun el seno delicioso

De su amorosa madre acongojada.

¿Y todavía ignorará Linceo

La causa de mi mal? Goza seguro

De tu felicidad; que yo entre tanto,

Ministro celestial, infatigable

Días y noches velaré en la dicha

De los humanos. Hacia el alto cielo

Las manos alzaré cuando irritado

Amenace al mortal; y hasta la causa

De la calamidad subiendo, en ella

Leeré el remedio, y las celestes iras

Aplacaré: mi obligación augusta

Así lo ordena. Por servirla ahora,

Por enjugar las lágrimas que vierten

Cien taladas provincias, sumergido

En terrible tristeza y pesadumbre

Me ves... Revuelvo en la agitada mente

Cómo calmar la tempestad que truena

Sobre nosotros.

LINCEO.- ¡Generoso empleo

De una noble aflicción! Y ¡oh!... ¡no probara

Vuestro pecho jamás otra amargura!

Mas la prueba, señor: no artificioso

Miente el acento del dolor profundo.

La voz del vuestro resonó en mi oído:

Resonó, resonó, cuando fiado

De una aparente soledad, rompía

Su forzada prisión. Yo, siempre atento,

Vuestras palabras recogí perdidas,

Vuestro silencio, vuestro amargo llanto;

Y... os aflige otro mal... Aquí entre sombras,

Sin paz, negado al apacible sueño,

¿Cual deleite buscáis en los horrores

De estas calladas soledades?

SOFRÓNIMO.- Duerman

Los que fortuna amó: duerma Linceo

En tanto que su padre desvelado

Vende el reposo por el bien de Creta.

¡O, si Agenor, a quien ansioso espero,

Gustando mi opinión, a su Monarca

Lograra persuadir!

LINCEO.- Si es saludable

Agenor gustará vuestro consejo,

Y el Rey también, que a sus vasallos ama

Cual tierno padre. Quien por ser amparo

Del infeliz, la tienda que le abriga

Prefiere a cien alcázares de bronce,

Y osa arrostrar cien muertes que le ofrece

Cidonia amenazando vacilante,

¿Del bien jamás apartará el oído?

SOFRÓNIMO.- ¡Si me escuchara!... De su mano pende

De los Cretenses la inmortal ventura.

LINCEO.- ¿Cómo, señor?

SOFRÓNIMO.- Ejecutarlo es duro:

El consejo es cruel, es inhumano;

Más necesario ya.

LINCEO.- ¿Cual es?

SOFRÓNIMO.- Linceo...

¡O Linceo!... ¡Si tú correspondieras

De tu padre al amor!

LINCEO.- A vuestro antojo

Mi cariño medid: yo sé que os amo,

Y me basta.

SOFRÓNIMO.- Conozco en la respuesta

A mi hijo: su afecto es mi esperanza.

Abre tu corazón, y en mi secreto

Recibe mi dolor. Creta infelice

Corre a su perdición, si al cielo justo

No satisface con su sangre el hijo

De Idomeneo.

LINCEO.- ¿Polimenes? Cierta

Mi sospecha salió. Su muerte...

(Aparte).

SOFRÓNIMO.- Escucha

Todo el misterio. Cuando ya de Troya

Volvía nuestro Rey de aquella guerra...

Guerra bárbara, injusta, ¿cuál afrenta

Recibimos jamás de los Troyanos

Para sembrar los Ilioneos muros

En llanto y sangre y horfandad de Creta?

El cielo nos vengó. Tempestuosa

La mar asalta al Rey, que por salvarse

Votó sacrificar lo que a su vista

Primero en Creta se ofreciese: el hijo

Fue el infeliz que condenó la suerte.

Callando a todos su fatal secreto,

De mí lo confió; mas yo confuso,

Dando lugar a que los santos dioses

Su augusta voluntad nos declarasen,

Le aconsejé que suspendiese el voto.

Hízolo así; y asoladora al punto

La pestífera plaga, el terremoto,

Y mil señales de mortal anuncio

Nos publicaron las celestes iras.

LINCEO.- ¡Padre!

SOFRÓNIMO.- ¿Te pasma el singular suceso?

Por él has visto a quien el ser te ha dado

Víctima de tormentos inmortales.

¡Cuántos combates a mi pecho cuesta

Revolverse a exigir el sacrificio!

LINCEO.- ¿Y le exigís?

SOFRÓNIMO.- Le exijo.

LINCEO.- Es imposible.

En el mismo lugar que os oye ahora

Aprobar los humanos sacrificios

Me acuerdo que os oí, cuando Ifigenia

Al dios del mar en holocausto impío

Rindió su vida, que los altos dioses

El rostro apartan de sangrientos cultos

Que trastornan sus leyes inmutables:

Que fue la iniquidad quien, entronada

En la ignorancia, imaginó funesta

Un olimpo de dioses vengativos,

Como el débil mortal viles esclavos

Del ciego error y míseras pasiones.

Así dijísteis. ¿Y será que ahora

Aconsejéis lo que en mejores días

Abominasteis con razón?

SOFRÓNIMO.- Linceo,

Las ocasiones son las que pronuncian

Del bien y el mal. Lo que loable y santo

Unas consagran, reprensible y torpe

Condenan otras.

LINCEO.- Lo que en sí es injusto,

¿Por suerte nunca dejará de serlo?

Bien lo sabéis: que siempre invariable

Hay para todos, y do quier la misma,

Una Justicia universal y eterna.

Quien temerario sus decretos huelle,

¿Podrá de justo merecer la fama?

En vano, en vano buscará la sombra

De un nombre celestial, que sus horrores

Vele: ofendido el universo entero.

En él verá su bárbaro enemigo,

Y contando a los siglos sus maldades,

Es un impío, dirán, es un perverso,

Es un ser destructor...

SOFRÓNIMO.- Y es un ingrato,

Un monstruo, el hijo que a su padre ultraja.

LINCEO.- ¿Yo os ultrajo, señor?

SOFRÓNIMO.- Tú, que altanero

De tu razón adorador impío,

Osas dar leyes a los mismos dioses,

Osas...

LINCEO.- Mostraros...

SOFRÓNIMO.- Temerario, ¿ignoras

Quien eres, y quien soy? Cuando despliega

Tu padre el labio, con silencio humilde

Le debes escuchar. Cuando respira

El sacerdote, tiembla y obedece.

LINCEO.- Tiemble el malvado; la conciencia pura

Desconoce el temor: cuando desmaya

Vencida la razón, por defenderla

Se debe atropellar el orbe entero.

No hay patria entonces, deudo, sacerdocio,

Y sí virtud que vitupere muda

Allí al silencio.

SOFRÓNIMO.- ¡ Dioses inmortales !

¿Este consuelo me guardabas? Toma;

(Le da un puñal.)

No falta más; mi corazón traspasa.

SOFRÓNIMO.- El mío traspasad antes que pueda,

Sellando el labio, permitir cobarde

Que ciego os despeñéis. Eternamente

Me veréis combatir vuestro consejo:

Infatigable el sacrificio impío

Condenará mi voz. Si por desdicha

Vuestro obstinado corazón resiste

A los esfuerzos de mi lengua amante

Sabedlo ya, que os opondré un escollo

Donde fracase vuestro osado intento.
 


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