Clara Antoñito
Emilia Benita
Don Luis Ramón
Don Juan
La Escena en Madrid
ACTO PRIMERO
Gabinete elegante en casa de don Luis. Una puerta a la derecha que da al cuarto de éste. Otra a la izquierda que conduce a lo interior. Por la de foro se sale a la calle. Está puesta la mesa para almorzar.
ESCENA PRIMERA
Emilia. ¡No, Por Dios!
Clara. Pues ello, Emilia,
Preciso es que algo resuelvas;
así no puede seguir.
Emilia. ¡Ay, Clara!
Clara. Tú no me dejas que hable a mi marido.
Emilia. No.
Clara. Tú... despedirlo... confiesas que no te es posible. Pues
entonces, ¿Cuál es tu idea? ¿Que plan es el vuestro?
¿Estaros toda la vida con señas y cartitas? ¿Tu asomando
a escondidas la cabeza por detrás de la cortina del balcón,
y él en la puerta del tirolés de ahí enfrente, hecho
una estatua de piedra de noche y de día? ¿A qué hora
come ese hombre? ¿A qué hora almuerza? Cuando se abren los
balcones, ahí está; cuando se cierra, ahí está;
cuando salimos a paseo o a las tiendas detrás; si vuelvo la cara
tal vez, da un brinco y se cuela en algún portal, huyendo y tomándome
las vueltas. ¿A que vienen esas farsas, señor? ¿Por
qué no se acerca, y nos habla, y viene a casa? En fin, Emilia, me
seca andar haciendo el papel de una madre de comedia. Si vivo, y Dios me
da hijos, tendré que hacerlo por fuerza algún día;
pero ahora, ni soy madre, ni soy vieja.
(Mirándola, después de una pausa.)
Lo de siempre. Con callar sales del paso.
Emilia. ¡Y tú, al tema de siempre! ¿Qué
he de decirte, si yo no sé? Pues no es buena que ha de venir el
muchacho y ha de decir lo que piensa, y con qué intención
me mira, y qué plan... ¡Pues ya te acuerdas cuando Antoñito
iba a casa antes, siendo tú soltera, qué elogios hacías
de él!
Clara. Y los hago: tiene prendas apreciables... Pero, emilia,
un niño que cuanta apenas veinte años, ¿Piensas que
puede hacerte dichosa?
Emilia. Vuelta a lo mismo. ¡Qué sé yo! Tu que tienes
experiencia, dices que el hombre de mundo...1
Clara. Ya estás viendo que la regla no falla. Cuando se supo
que la cosa iba de veras, y Luis pedía mi mano... ¡qué
anónimos, qué indirectas, qué pronósticos,
qué chismes! Cuántas amiguitas de esas que dicen que nos
adoran, y que tanto se interesan por nuestra suerte, vinieron con mil dengues
y reservas a contarme atrocidades del novio. «Clarita, vea usted
lo que hace: ese hombre tiene una fama perversa; con él no ha habido
mujer segura; tiene una lengua de escorpión; trasnochador, quimerista,
calavera.» Y yo decía: «¡Mejor!»
Emilia. ¿Conque mejor? ¡Pues es buena!
Clara. Sí; porque esas aventuras tiene el hombre que correrlas;
y si no lo hace soltero,2 ¡después de casado es ella!
Emilia. Así será. Pero a mí, esos que tanto se
precian de haber sido libertinos como Luis... Yo en su presencia ni me
atrevo a respirar, y nunca tendré franqueza con él; todo
en las mujeres lo censura y lo interpreta. ¡Ay, qué hombre!
-No, Clara. ¡Dios me libre de su tijera! Por Jesucristo te ruego,
hermana, que nunca sepa lo de Antoñito.
Clara. ¿Y no ves que es más fácil que lo advierta
si seguís como hasta aquí y le ve de centinela? Entonces
si que podrá sospechar... En fin, ¿te empeñas en quererle?
Pues, Emilia, vendrá a casa.
Emilia. ¿Y Luis?
Clara. No temas.
Emilia. Pero corre de mi cuenta.
Emilia. ¡Por Dios, Clara!
Clara. Yo lo haré con Luis de modo que crea que es cosa mía,
que es un amigo. -Las once y media
(llama.)
y luis no viene a almorzar.
Emilia. Verás cómo al fin sospecha. Mejor es que no...
Clara. Descuida.