JULIO HERRERA Y REISSIG

 

(Uruguay, 1875-1910). Marcado desde su nacimiento para una vida corta por una lesión cardíaca congénita, la de este poeta uruguayo, salvo breves estadías en Buenos Aires, y en algunos lugares del interior de su país, transcurrió totalmente en Montevideo, y sin peripecias de mayor relieve. Desempeñó modestamente cargos públicos, y cultivó de modo ocasional el periodismo y la política. En un pequeño y al parecer destartalado altillo de su casa, erigió la que dieron en llamar la "Torre de los Panoramas" (desde ella se divisaba el Río de la Plata), que vino a ser un correlato vivencialmente irónico, como su propia poesía, de la torre de marfil que tanto anhelaban algunos modernistas. Allí, con sus amigos, se practicaba de todo: desde lecturas y discusiones poéticas, hasta ejercicios de esgrima y sesiones de guitarra y espiritismo. La leyenda ha mitificado la figura humana de Herrera y Reissig, presentándole como la imagen típica del hombre y del artista fin de siglo: de vagas ideas anarquistas en política, algo dandy en su atuendo y su conducta, aficionado a las drogas, y desdeñoso de su provinciano ambiente. Sus biógrafos, naturalmente, se contradicen entre sí y matizan muchas de estas atribuciones.

A su obra poética, nada confesional (y aun muy aligerada de anécdota), poco pasó de la vida de este hombre que se describía a sí mismo como poseedor de "un corazón absurdo, metafórico, que no es humano", en terminos que podrían devolverse a su propia poesía. Un acercamiento sobre ella advertiría una evidente riqueza de vetas: los temas pastorales -"eglogánimas" llamaba a esos sonetos - de Los éxtasis de la montaña; el erotismo de Los parques abandonados, sus "eufocordias"; el hermetismo barroco y más interiorizado de La Torre de las Esfínges, subtitulada -¿pedante o divertidamente?- "Psicologación morbo panteísta"; los "cromos exóticos" de Las clepsidras. Pero una perspectiva justa de su obra, más que atender a estas modulaciones temáticas (en Herrera, anota Américo Ferrari, "el tema es lo de menos") importa una mirada de conjunto que permitirá descubrir al poeta ensayando siempre un gesto de potencialmente mayor interés artístico: transmutar cualquier motivación de la realidad, exterior interior, en una pura experiencia de poesía, en una realidad nueva y otra que se acredite sólo en tanto que tal experiencia artística.

Para este objetivo -y la crítica más reciente (Ferrari, Emir Rodríguez Monegal, Guillermo Sucre, Saúl Yurkievich) ha aportado claves decisivas para este entendimiento- Herrera y Reissig se alza desde una posición desacralizadora de lo que, en aquellos años, se aceptaba como virtualmente "poético". Frente a la poesía poética, el uruguayo opone una actitud esencialmente irrespetuosa y lúdica -donde entran la distancia crítica, la ironía, e incluso la parodia y la caricatura. Demoler los cánones consagrados de la belleza: ésta fue para él (como para el lugonés de Lunario sentimental, pero más sostenidamente y con más altos resultados estéticos) su ambicioón máxima. Y para ello estaba equipado como nadie, y prodigó sus recursos léxicos e imaginativos con una libertad acaso peligrosa: adjetivos insólitos que son verdaderas creaciones metafóricas, elaboración neológica casi paroxística y, sobre todo, un derroche incontenible de metáforas audaces (que son con gran frecuencia prodigios de inetitez y concentración expresivas). Pero llevado todo a un punto de tal hipérbole, y aun de extravagancia, que la lectura en totalidad de este poeta, y sin menoscabo en el reconocimiento de su aguda originalidad, acaba por fatigar. Y es que el asombro del lector ante su virtuosismo verbal, ante su afán de deslumbrar, no puede mantenerse con paralela intensidad a su capacidad de invención: de tanto esperar la sorpresa, ya nos familiarizamos con ella (y ambas tensiones, la sorpresa y la familiaridad, no son rigurosamente compatibles).

No obsta esto para que Herrera y Reissig ocupe un lugar de extraordinaria significación en la historia literaria, pues algo de mucha trascendencia estaba ejecutando, y es lo que lo coloca muy tempranamente (entre 1900 y 1910, que es cuando escribe el grueso de su obra de verdadera importancia) a las puertas mismas de la vanguardia y la poesía moderna; aunque no da en ellas el paso último, ya que en los patrones formales -metros, rimas, esquemas estróficos- se mantuvo tenazmente fiel a lo por él recibido. Y lo que ejecutaba por entonces era un barrenar despiadado del principio estético fundamental -la ley de la analogía- que el modernismo, con Rubén Darío como caso cimero, había alzado a su plenitud en la poesía hispánica. Es cierto que le interesó -y lo practicó- el juego sutil de correspondencias en que coincide con los simbolistas, pero en Herrera aquella ley, la de la analogía, se quiebra al cabo por la aparición de la ironía, que es producto, no del ensueño, sino de la conciencia y la reflexión. Y esta conciencia le inclinaba a la distorsión del orden real y a la ruptura del lenguaje armonioso que lo expresa; y dio norte a su desbocada imaginación, conduciéndola hacia la exploración de lo que es el reverso de la belleza natural o aparente y de la prestigiosa lección de la armonía universal. Le condujo, sobre todo en sus últimas creaciones, hacia lo irreal, onírico, surreal, mágico y oculto. Y siempre, y aquí retenido aún por los manes del decadentismo, al gusto por lo insano o anormal y por la vecindad con la muerte: el esplín, esas jaquecas, neurosis y neurastenias, y ese amor por lo espectral, que tanto asoman en sus versos y son, a la larga, semas muy característicos del espíritu decadentista de la época (si bien ahora en versiones de una noveda y un atrevimiento extremados, liberados del pastiche a que se habían prestado en manos de poetas que se los apropiaban muy liberalmente).

¿Tomaba en serio Herrera eso tópicos sémicos, y los otros, y la suya fue así la obra de un loco genial, de un delirante, o de un esnobista (todo lo cual de él se ha dicho)? ¿O los configuraba, los devolvía, de ese crispado modo suyo, en virtud de una actitud lúcidamente crítica y paródica, y resultaba entonces el producto de un artista no menos igual, y muy consistente, y muy moderno, audaz...? La grandeza de este poeta residiría en que fuera válida, como hoy empezamos a atisbar, esta segunda posibilidad.

El vertiginoso ritmo que, gracias a su lenguaje y su capacidad visionaria, impuso a la poesía en lengua castellana, le ha sido justamente reconocido por las grandes figuras de esa poesía, en algunas de las cuales está aún presente su infuencia. Hispanoamericanos: César Vallejo, Vicente Huidobro (que respecto a él sentenció: "al fin se ha descubierto mi maestro"), Pablo Neruda. Españoles: Federico García Lorca, Vicente Aleixandre. Este último escribió un hermoso poema, "Las barandas", con esta dedicatoria alertadora: Homenaje a Julio Herrera y Reissig, poeta "modernista" (con esa valoración, la de modernista, expresamente entrecomillada) ¿Se podrá aventurar que el autor, Aleixandre, se valió de la sugestión irónica que, en uno de sus usos pueden favorecer las comillas para dar a entender que no siente a Herrera tan moderista o, al menos, que lo siente más cercano o afín que los otros modernistas? Hay que recordar que el texto está fechado en 1936; esto es, al calor del entusiasmo fervoroso por el hispanoamericano, y por la novedad que representaba, que Neruda pudo comunicar a los amigos madrileños de su revista Caballo verde para la poesía.

De todos modos, y sin desmedro de su importancia histórica, hoy que sabemos que el modernismo no fue sólo el canto melodioso de realidades intrínsecamente hermosas, sino una estética sincrética y dinámica, resulta innecesario extravasar a Herrera y Reissig de su época e identificarlo, casi, como un poeta de vanguardia. Fue, sí, una pieza mayor -indispensable- de esa misma dinámica por la que el modernismo, desde dentro inicia la crítica de sí mismo y, por tanto, su trascendencia.

Y es más un poeta modernista por lo que el espíritu de su obra arroja cuando, al examinarla, se repara en sus ingredientes y no se pone el énfasis sólo en lo que anuncia o adelanta. De entrada, el rigor de sus moldes estróficos preferidos (el soneto y la décima) denuncia todavía una voluntad de forma que no es distinta a la de los parnasistas. De otra parte, nada ajeno le fue el decadentismo, como más arriba se ha sugerido. Con mayor necesariedad se le ve volcado a simbolismo ("esa poesía que apenumbra, bosqueja, entona las sensaciones, destiñe el tono y le misteria", como escribiese), pues en tal ámbito ha de situarse últimamente esa volición suya de hacer de lo real sólo el símbolo (el facsímil, dirá en "Tertulia lunática") de sus extrañas visiones interiores, de sus alucinaciones. Y aquí sí viene lo que, en principio, se nos ofrece como más nuevo en esta poesía; porque ese facsímil herreriano no era copia literal sino inversión, distorsión, desrealización. Y de ahí, entonces, la necesidad de la imagen expresionista que él, tan decididamente, se atrevió a plantar en su verso. Pero este tipo de imagen, si bien con intención grave o dramática y aún no paródica, estaba en la literatura modernista desde sus comienzos: recuérdense las "visiones" impresionantes de Martí y los esbozos expresionistas de Gutiérrez Nájera en su prosa. En resumen: Herrera o el modernismo.

Pero hay algo más: el autor de La Torre de las Esfinges no se abre a un espíritu en rigor nuevo. Su cosmovisión sigue siendo modernista en su base, sólo que desde una pespectiva irónicamente opuesta al armonismo martiano y dariano. Octavio Paz confiesa -y lleva razón- que aun aquellos poemas de Herrera en que algunos ven "una prefiguaración de la vanguardia", a él le parecen "una amplificación caricaturesca de las delicuescencias del modernismo". Sí, con todo lo que la sugestión de la caricatura implica: crítica, ironía, deformación. Aquí está, porque sin esa crítica hubiera sido impracticable después la vanguardia, el valor histórico máximo de este poeta.

(En vida, Julio Herrera y Reissig ordenó un solo libro, Los peregrinos de piedra, que apareció póstumamente, el mismo año de su muerte. Ese libro era una compilación antológica de su obra, de la cual dejó fuera una gran parte igualmente valiosa de la misma. En la identificación de sus textos, damos, como procedencia, el título de las colecciones originales a que pertenecían, en varias de las cuales se dice que trabajaba el poeta a un mismo tiempo. Y aun en esta atribución hay que asumir un cierto margen de relatividad pues en las distintas ediciones de sus poesías completas el contenido específico de aquellas colecciones suele variar de un modo desorientador).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

OBRA POÉTICA

Los peregrinos de piedra (1910). Poesías completas, 5 vols., (Montevideo, 0. M. Bertani, 1913). Poesías completas, Pról.Guillermo de Torre (Buenos Aires, Losada, 1942; reimpresiones, 1945 y 1958) Poesías completas y páginas en prosa, de. y pról., Roberto Bula Píriz, 2.ª ed. ( Madrid, Aguilar, 1961). Obras poéticas, pról. Alberto Zum Felde (Montevideo, Biblioteca Artigas, 1967). Poesía completa y prosas selecta, pról. Idea Vilariño, ed. Alicia Migdal (Caracas, Ayacucho, 1978).

 

 

ESTUDIOS CRÍTICOS

Bula Píriz, Roberto: "H.R.: Vida y obra. Antología. Bibliografía.", Revista Hispánica Moderna, XVII, 1-4 (1951).

Camurati, Mireia: "Notas a la obra de J.H y R.", Cuadernos hispanoamericanos, 269 (1972).

Díaz, José Pedro: "Contactos entre J.H. y R y la poesía francesa," Anales de la Universidad, Montevideo, 162 (1948).

Feijoo, Gladys: "Análisis del poema "Desolación absurda", de J.H. y R."Explicación de textos literarios, VII, 1(1978).

Ferrari, Américo: "La poesía de J.H. y R." Inti, 5-6(1977)

Gicovate, Bernardo: "La poesía de J.H. y R." y el simbolismo", El simbolismo, ed. J.O.Jiménez (véase Bibliografía General).

Dïaz, José Pedro: Julio Herrera y Reissig and the symbolists, Berkeley and Los Angeles, University of California Press, 1957.

Mirza, Rogelio: Julio Herrera y Reissig, Montevideo, Arca, 1975.

Oribe, Emilio:Poética y plástica, Montevideo, Impresora Uruguaya, 1930.

Phillip, Allen W: " La metáfora en la obra de J.H. y R.", Revista Iberoamericana, XVI, 1950.

Pino Saavedra, Yolando: La poesía de Julio Herrera y Reissig. Sus temas y su estilo, Santiago de Chile, Prensas de la Universidad, 1932.

Rama, Ángel: "La estética de J.H. y R. : el trasvestido de la muerte.", Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, 2 (1973).

Rodríguez Monegal, Emir: " El caso de H . y R.", Eco, 224-226 (1980).

Sabat Ercasty, Carlos: Julio Herrera y Reissig, Montevideo, A. Vila, 1931.

Sucre, Guillermo: "La imagen como centro", La máscara, la transparencia (véase Bibliografía General).

Vilariño, Idea: "J.H. y R. ,seis años de poesía." Número, Año 2, 6-7-8 ( Enero-Junio,1950).

Vilariño, Idea: " La torre de las esfinges como tarea", Núnero,Año 2, 10-11 (septiembre- diciembre, 1950).

Yurkiecich, Saúl: " J.H.y R. el aúrico ensimismamiento", Celebración del modernismo.(véase Bibliografía General).

SELECCIÓN

 

De Las Pascuas del tiempo

Su majestad el tiempo

El viejo Patriarca,

que todo lo abarca,

se riza la barba de principe asirio;

su nívea cabeza parece un gran lirio,

parece un gran lirio la nivea cabeza del viejo Patriarca.

Su pálida frente es un mapa confuso:

la abultan montañas de hueso,

que forman lo raro, lo inmenso, lo espeso

de todos los siglos del tiempo difuso.

Su frente de viejo ermitaño

parece el desierto de todo lo antaño:

en ella han carpido la hora y el año,

lo siempre empezado, lo siempre concluso,

lo vago, lo ignoto, lo iluso, lo extraño,

lo extraño y lo iluso...

Su pálida frente es un mapa confuso:

la cruzan arrugas, eternas arrugas,

que son cual los rios del vago país de lo abstruso

cuyas olas, los años, se escapan en rápidas fugas.

¡Oh, la viejas, eternas arrugas!

¡Oh, los surcos oscuros!

¡Pensamientos en forma de orugas

de donde saldrán los magníficos siglos futuros!.

 

Fiesta popular de ultratumba

Un gran salón. Un trono. Cortinas. Graderías.

(Adonis ríe con Eros de algo que ha visto en Aspasia)

Las lunas de los espejos muestran sus pálidos días,

y hay en el techo y la alfombra mil panoramas de Asia.

Las lámparas se consumen en amarillas lujurias,

y las estufas se encienden en pubertades de fuego;

(entran Sátiros, Gorgonas, Ménades, Ninfas y Furias

mientras recita unos versos el viejo patriarca Griego).

Unos pajes a la puerta visten dorado uniforme;

cruzan la sala doncellas ornadas con velos blancos.

(Anuncian: están Goliat y una señora biforme

que tiene la mitad pez, Barba Azul y sus dos zancos).

Un buen Término se ríe de un efebo que se baña.

Todos tiemblan de repente. (Entra el Hércules nervudo).

Grita Petronio: ¡Salermo! Grita Luis Once:¡Champaña!

(Grita un pierrot: ¡Menelao con su cuerno y un escudo!).

Todos ríen; sólo guardan seriedad Juno y Mahoma,

el gran César y Pompeyo, Belisario y otros nobles

(que no fueron muy felices en el amor). se oyen dobles

funerarios: es la Parca que se asoma...

Todos tiemblan; los más viejos rezan, se esconden, murmuran,

Safo la besa la mano, Se oye de pronto un gran ruido,

es Venus que llega: todos se desvisten, tiemblan, juran,

se arrojan al suelo y sólo se oye un inmenso rugido

de fiera hambrienta: los hombres se abalanzan a la diosa,

(ya no hay nadie que esté en calma, todos perdieron el juicio);

todos la besan, la muerden con una furia espantosa,

y Adonis, llora de rabia... En medio de ese desquicio.

el Papa Borgia está orando (mientras pellizca a una niña).

Tan sólo un bardo protesta: Lamartine, con voz airada;

para restaurar el orden se llamó a Marat. La riña

duró un minuto y la escena vino a terminar en nada.

Con el ala en un talón entró Mercurio; profundo

silencio halló el mensajero. El gran Voltaire guiñó un ojo

como queriendo decir: ¡cuánto pedante en el mundo

que piensa con los talones! (Juan lo miró de reojo,

y un periodista que había se puso serio y muy rojo).

Entra Aladino y su lámpara. Entran Cleopatra y Filipo.

Entra la Reina de Saba. Entran Salomón y Creso.

(Con las pupilas saltadas se abalanzó un burgués rico,

un banquero perdió el habla y otro se puso muy tieso.

"Mademoiselle Pompadour", anuncia un paje. Mil notas

vibran de pronto; los hombres aparecen con peluca;

(un calvo aplaude, y de gozo brinca una vieja caduca).

Comienza el baile: pavanas, rondas, minués y gavotas.

Bailan Nemrod y Sansón, Anteo, Quirón y Eurito;

bailan Julieta, Eloísa, Santa Teresa y Eulalia.

Y los centauros: Caumantes, Grineo, Medón y Clito;

(Hércules no; le ha prohibido bailar celosa Onfalia).

Entra Baco, de repente; todos gritan: ¡Vino! ¡Vino!

(Borgoña, Italia y Oporto, Jerez, Chipre, Cognac, Caña,

Ginebra y hasta Aguardiente), ¡viva el pámpano divino,

vivan Noé y Edgard Poe, Byron, Verlaine y el Champaña!

Esto dicho, se abalanzan a un tonel. Un fraile obeso

cayó, debido, sin duda (más que al vino) al propio peso.

Como sintieron calor Apuleyo y Anacreonte

se bañaron en un cubo. Entra de pronto Caronte.

(Todos corren a ocultarse). No faltó algún moralista

español (ya se supone) que los tratara de beodos;

el escándalo tomaba una proporción no vista,

hasta que llegó Saturno y, gritando de mil modos,

dijo que de buenas ganas iba a comerlos a todos.

Hubo varios indidentes. (Entra Atila y se hunde el piso.

Eolo apaga una bujías. Habla Dantón: se oye un trueno).

En el vaso en que Galeno

y Esculapio se sirvieron, ninguno servirse quiso.

Un estoico de veinte años, atacado por el asma,

se hallaba lejos de todos. "Denle pronto este jarabe",

dijo Hipócrates, muy serio. Byron murmuró, muy grave:

"Aplicadle una mujer en forma de cataplasma".

Una risa estrepitosa sonó en la sala. De rojo

vestido de dandy gallardo, diole la mano al poeta

que tal ocurrencia tuvo. (El gran Byron, que era cojo

tanto como presumido, no abandonó su banqueta,

y tuvo para Mefisto la inclinación más discreta).

En esto hubo discusiones sobre cual de los suicidas

era más digno de gloria. Dijo Julieta: "Yo he sido

una reina del Amor; hubiera dado mil vidas

por juntarme a mi Romeo". Dijo Werther: "Yo he cumplido

con un impulso sublime de personal arrogancia".

Hablaron Safo y Petronio, y hasta Judas el ahorcado;

por fin habló el cocinero del famoso Rey de Francia,

el bravo Vatel: Yo, dijo, con valor me he suicidado

por cosas más importantes, ¡por no encontrar un pescado!

Todos soltaron la risa. (Grita un paje: Está Morfeo)

Todos callan, de repente... todos se quedan dormidos.

Se oyen profundos ronquidos.

(Entra en cuclillas un loco que se llama Devaneo).

De Los maitines de la noche

Solo verde-amarillo para flauta. Llave de U

Virgilio es amarillo

y Fray Luis verde

(Manera de Mallarmé)

 

(Andante) Ursula punta la boyuna junta;

la lujuria perfuma con su fruta,

la púbera frescura de la ruta

por donde ondula la venusa junta.

(Piano) Recién la hirsuta barba rubia apunta

al dios Agricultura. La impoluta

(Pianíssimo) uña fecunda del amor, debuta

(Crescendo) cual una duda de nupcial pregunta.

Anuncian lluvias, las adustas lunas.

Almizcladuras, uvas, aceitunas,

(Forte) gulas de mar, fortunas de las musas;

hay bilis en las rudas armaduras;

(Fortíssimo) han madurado todas las verduras,

y una burra hace hablar las cornamusas.

Neurastenia

Le spectre de la réalite traverse ma pensée.

Victor Hugo

 

Huraño el bosque muge su rezongo,

y los ecos llevando algún reproche

hacen rodar su carrasqueño coche

y hablan la lengua de un extraño Condo.

Con la expresión estúpida de un hongo,

clavado en la ignorancia de la noche,

muere la Luna. El humo hace un fantoche

de pies de sátiro y sombrero oblongo.

¡Híncate! Voy a celebrar la misa.

Bajo la azul genuflexión de Urano

adoraré cual hostia tu camisa:

"¡Oh, tus botas, los guantes, el corpiño...!"

Tu seño expresara sobre mi mano

la metempsícosis de un astro niño.

 

 

Julio

Frío, frío, frío!

Pieles, nostalgias y dolores mudos

 

Flota sobre el esplín de la campaña

una jaqueca, sudorosa y fría,

y las ranas celebran en la umbría

una función de ventriloquia extraña.

La Neurastenia gris de la montaña

piensa, por singular telepatía,

con la adusta y claustral monomanía

del convento senil de la Bretaña

Resolviendo una suma de ilusiones,

como un Jordán de cándidos vellones

la majada eucarística se integra;

y a lo lejos el cuervo pensativo

sueña acaso en un Cosmos abstractivo,

como una luna pavorosa y negra.

 

Octubre

Primavera celebra las

pubertades...

 

Un crimen de cantáridas palpita

cabe el polen. Floridos celibatos

perecen de pasión bajo los gratos

azahares perversos de Afrodita.

Como un corpiño que a besar excita,

el céfiro delinque en los olfatos;

mientras llueven magníficos ornatos

a los pies de la Virgen de la ermita.

Tocando su nerviosa pandereta

una zagala brinca en el sendero;

y al repique pluvial de la pileta,

con un ritmo de arterias desmayadas,

se extinguen en el turbio lavadero

las rosas de las nuevas iniciadas.

 

Desolación absurda

Je serai ton cercueil

aimable pestilence!...

 

Noche de tenues suspiros

platónicamente ilesos:

vuelan bandadas de besos

y parejas de suspiros;

ebrios de amor los cefiros

hinchan su leve pulmón,

y los sauces en montón

obseden los camalotes

como torvos hugonotes

de una muda emigración.

Es la divina hora azul

en que cruza el meteoro,

como metáfora de oro

por un gran cerebro azul.

Una encantada Stambul

surge de tu guardapelo,

y llevan su desconsuelo

hacia vagos ostracismos,

floridos sonambulismos

y adioses de terciopelo.

En este instante de esplín,

mi cerebro es como un piano

donde un aire wagneriano

toca el loco del esplín.

En el lírico festín

de la ontológica altura,

muestra la luna su dura

calavera torva y seca,

y hace una rígida mueca

con su mandíbula oscura.

El mar, como gran anciano,

lleno de arrugas y canas,

junto a las playas lejanas

tiene rezongos de anciano.

Hay en acecho una mano

dentro del tembladeral;

y la supersustancial

vía láctea se me finge

la osamenta de una Esfinge

dispersada en un erial.

Cantando la tartamuda

frase de oro de una flauta,

recorre el eco su pauta

de música tartamuda.

El entrecejo de Buda,

hinca el barranco sombrío,

abre un bostezo de hastío

la perezosa campaña,

y el molino es una araña

que se agita en el vacío.

Deja que incline mi frente

en tu frente subjetiva,

en la enferma sensitiva

medialuna de tu frente;

que en la copa decadente

de tu pupila profunda

beba el alma vagabunda

que me da ciencias astrales,

en las horas espectrales

de mi vida moribunda.

Deja que rime unos sueños

en tu rostro de gardenia,

hada de la neurastenia,

trágica luz de mis sueños.

Mercadera de beleños,

llévame al mundo que encanta:

soy el genio de Atlanta

que en sus delirios evoca

el ecuador de tu boca

y el polo de tu garganta.

Con el alma hecha pedazos,

tengo un Calvario en el mundo;

amo y soy un moribundo,

tengo el alma hecha pedazos:

cruz me deparan tus brazos,

hiel tus lágrimas salinas,

y dos clavos luminosos

los aleonados y briosos

ojos con que me fascinas.

Oh mariposa nocturna

de mi lámpara suicida,

alma caduca y torcida,

evanescencia nocturna;

linfática taciturna

de mi Nirvana opioso,

en tu mirar sigiloso

me espeluzna tu erotismo

que es la pasión del abismo

por el Angel Tenebroso.

(Es media noche). Las ranas

torturan su acordeón

un "piano" de Mendelssohn

que es un gemido de las ranas;

habla de cosas lejanas

un clamoreo sutil;

y con aire acrobatil,

bajo la inquieta laguna,

hace piruetas la luna

sobre una red de marfil.

Juega el viento perfumado,

con los pétalos que arranca,

una partida muy blanca

de un ajedrez perfumado;

pliega el arroyo en el prado

su abanico de cristal,

y genialmente anormal

finge el monte a la distancia

una gran protuberancia

del cerebro universal.

Vengo a ti, serpiente de ojos

que hunden crímenes amenos,

la de los siete venenos

en el iris de sus ojos;

beberán tus llantos rojos

mis estertores acerbos,

mientras los fúnebres cuervos,

reyes de als sepulturas,

velan como almas oscuras

de atormentados protervos.

Tú eres póstuma y marchita

misteriosa flor erótica,

miliunanochesca, hipnótica,

flor de Estigia acre y marchita;

tú eres absurda y maldita,

desterrada del Placer,

la paradoja del ser

en el borrón de la Nada,

una hurí desesperada

del harem de Baudelaire.

Ven... Declina tu cabeza

de honda noche delincuente

sobre mi tétrica frente,

sobre mi aciaga cabeza;

deje su indócil rareza

tu numen desolador,

que en el drama inmolador

de nuestros mudos abrazos

yo te abriré con mis brazos

un paréntesis de amor.

 

De Los éxtasis de la montaña

El despertar

Alisia y Cloris abren de par en par la puerta

y torpes, con el dorso de la mano haragana,

restréganse los húmedos ojos de lumbre incierta,

por donde huyen los últimos sueños de la mañana...

La inocencia del día se lava en la fontana,

el arado en el surco vagoroso despierta

y en torno de la casa rectoral, la sotana

del cura se pasea gravemente en la huerta...

Todo suspira y rié. La placidez remota

de la montaña sueña celestiales rutinas.

El esquilón repite siempre su misma nota.

de grillo de las cándidas églogas matutinas.

Y hacia la aurora sesgan agudas golondrinas

como flechas perdidas de la noche en derrota.

El alba

Humean en la vieja cocina hosputalaria

los rústicos candiles... Madrugadora leña

infunden una sabrosa fragancia lugareña;

y el desayuno mima la vocación agraria...

Rebota en los collados la grita rutinaria

del boyero que a ratos deja la yunta y sueña...

Filis prepara el huso. Tetis, mientras ordeña,

ofrece a Dios la leche blanca de su plegaria.

Acongojando el valle con sus beatos nocturnos,

salen de los establos, lentos y taciturnos,

los ganados. La joven brisa se despereza...

Y como una pastora en piadoso desvelo,

con sus ojos de bruma, de la dulce pereza,

el Alla mira en éxtasis las estrellas del cielo.

 

La vuelta de los campos

La tarde paga en oro divino las faenas...

Se ven limpias mujeres vestidas de percales,

trenzando su cabellos con tilos y azucenas

o haciendo sus labores de aguja en los umbrales.

Zapatos claveteados y báculos y chales...

Dos mozas con sus cántaros se deslizan apenas.

Huye el vuelo sonámbulo de las horas serenas.

Un suspiro de Arcadia peina los matorrales...

Cae un silencio austero... Del charco que se nuimba

estalla una gangosa balada de marimba.

Los lagos se amortiguan con espectrales lampos,

Las cumbres, ya quiméricas, corónanse de rosas...

Y humean a lo lejos las rutas polvorosas

por donde los labriegos regresan de los campos.

 

La iglesia

En un beato silencio el recinto vegeta.

Las v´rgenes de cera duermen en su decoro

de terciopelo lívido y de esmalte incoloro;

y San Gabriel se hastía de soplar la trompeta...

Sedienta, abre su boca de mármol la pileta.

Una vieja estornuda desde el altar al coro...

Y una legión de átomos sube un camino de oro

aéreo, que una escala de Jacob interpreta.

Inicia sus labores el alma reverente.

Para saber si anda de Buenas San Vicente

con tímidos arrobos repica la alcacía...

Acá y allá maniobra después con su plumero,

mientras, por una puerta que da a la cacristía,

irrumpe la gloriosa turba del gallinero.

 

 

El cura

Es el cura ... Lo han visto las crestas silenciarias,

luchando de rodillas con todos los reveses,

salvar en pleno invierno los riesgos montañeses

o trasponer de noche las rutas solitarias.

De su mano propicia, que hace crecer las mieses,

saltan como sortijas gracias involuntarias;

y en su asno taumaturgo de indulgencias plenarias,

hasta el umbral del cielo lleva a sus feligreses...

El pasa del hisopo al zueco y la guadaña;

él ordeña la pródiga ubre de su montaña

para encender con oros el pobre altar de pino;

de sus sermones fluyen suspiros de albahaca;

el único pecadi que tiene es su sobrino...

Y su piedad humilde lame como una vaca.

 

De Los parques abandonados

La sombra dolorosa

Gemían los rebaños. Los caminos

llenábanse de lúgubres cortejos;

una congoja de holocaustos viejos

ahogaba los silencios campesinos.

Bajo el misterio de los velos finos,

evocabas los símbolos perplejos,

hierática, perdiéndote a lo lejos

con tus húmedos ojos mortecinos.

Mientras unidos por un mal hermano

me hablaban con suprema confidencia

los mudos apretones de tu mano,

manchó la soñadora transparencia

de la tarde infinita el tren lejano,

aullando de dolor hacia la ausencia.

Nirvana crepuscular

Con su veste en color de serpentina,

reía la voluble Primavera...

Un billón de luciérnagas de fina

esmeralda, rayaba la pradera.

Bajo un aire fugaz de muselina,

todo se idealizaba, cual si fuera

el vago panorama, la divina

materialización de una quimera...

En consustaciación con aquel bello

nirvana gris de la Naturaleza,

te inanimaste... Una ideal pereza

mimó tu rostro de incitante vello,

y al son de mis suspiros, tu cabeza

durmióse como un pájaro en mi cuello!...

 

El abrazo pitagórico

Bajo la madreselva que en la reja

filtró su encaje de verdor maduro,

me perturbaba en el claroscuro

de la ilusión, en la glorieta añeja...

Cristalizaba un pájaro su queja...

Y entre el húmedo incienso de sulfuro

la luna de ámbar destacó al bromuro

el caserío de rosada teja...

¡Oh, Sumo Genio de las cosas! Todo

tenía un canto, una sonrisa, un modo...

Un rapto azul de amor, o Dios, quién sabe,

nos sumó a modo de una doble ola,

y en forma de "uno", en una sombra sola,

los dos crecimos en la noche grave...

Idilio especral

Pasó en un mundo saturnal; yacía

bajo cien noches pavorosas, y era

mi féretro el Olvido... Ya la cera

de tus ojos sin lágrimas no ardía.

Se adelantó el enterrador con fría

desolación. Bramaba en la ribera

de la morosa eternidad, la austera

Muerte hacia la infeliz Melancolía.

Sentí en los labios el dolor de un beso.

No pude hablar. En mi ataúd de yeso.

se deslizó tu forma transparente...

Y en la sorda ebriedad de nuestros mimos,

anocheció la tapa y nos dormimos

espiritualizadísimamente.

 

 

 

 

De Sonetos vascos

El granjero

Isaac, Mago en el siembra, gracias al recio puño,

intuye de la geórgica progenie, línea a línea:

ama a la remolacha, buena porque es sanguínea,

al apio vil al torpe alcornoque gascuño...

Respetan por inocuo todos, su refunfuño:

el melón insinuante y la poma virgínea,

el perejil humilde y la uva apolínea

y el ajo, maldiciente canalla del terruño.

En el gesto ermitaño de la barba, su risa

desciende como un óleo de consejo y de misa...

El puede, aunque reumátco, sustentar una mole;

San Isidro y las hadas miman su blanco lecho...

Y el sudor que adereza el buen pan de la prole

condecora diamantes de honradez en su pecho.

De Las clepsidras

Idealidad exótica

Tal la exangüe cabeza, trunca y viva,

de un mandarín decapitado, en una

macábrica ficción, rodó la luna

sobre el absurdo de la perspectiva...

Bajo del velo, tu mirada bruna

te dio el prestigio de una hunrí cautiva;

y el cocodrilo, a flor de la moruna

fuente, cantó su soledad esquiva.

Susceptible quién sabe a qué difuntas

dichas, plegada y con las manos juntas,

te idealizaste en gesto sibilino,,,

Y a modo de espectrales obsesiones,

la torva cornamenta de un molino

amenazaba las constelaciones...

Epitalamio ancestral

Con la pompa de brahmánicas unciones,

abrióse el lecho de sus primaveras,

ante un lúbrico rito de panteras,

y una erección de símbolos varones...

Al trágico fulgor de los hachones,

ondeó la danza de las bayaderas

por entre una apoteosis de banderas

y de un siniestro trueno de leones.

Ardió al epitalamio de tu paso,

un himno de trompetas fulgurantes...

Sobre mi corazón, los hierofantes

ungieron tu sandalia, urna de raso,

a tiempo que cien blancos elefantes,

enroscaron su trompa hacia el ocaso.

 

De La torre de las Esfinges

Tertulia lunática II

Ad completorium

En un bostezo de horror,

tuerce el estero holgazán

su boca de Leviatán

tornasolada de horror...

Dicta el Sumo Redactor

a la gran Sombra Profeta,

y obsediendo la glorieta,

como una insana clavija,

rechina su idea fija

la turbadora veleta.

Ríe el viento confidente

con el vaivén de su cola

tersa de gato de Angola,

perfumada y confidente...

El mar inauditamente

se encoge de sumisión

y el faro vidente, en son

de taumaturgas hombrías,

traduce al torvo Isaías

hipnotizando un león.

Estira aplausos de ascua

la hoguera por los establos:

rabiosa erección de diablos

con tenedores en ascua...

Un brujo espanto de Pascua

de Marisápalo asedia,

y una espectral Edad Media

danza epilepsias abstrusas,

como un horror de Medusas

de la divina Comedia.

En una burla espantosa,

el túnel del terraplén

bosteza como Gwynplaine

su carcajada espantosa...

Hincha su giba la unciosa

cúpula, y con sus protervos

maleficios de hicocervos,

conjetura el santuario

el mito de un dromedario

carcomido por los cuervos.

Las cosas se hacen facsímiles

de mis alucinaciones

y son como asociaciones

simbólicas de facsímiles...

Entre humos inverosímiles

alinea el cañaveral,

con su apostura marcial

y sus penachos de gloria,

las armas de la victoria

en un vivac imperial.

Un arlequín tarambana

con un toc-toc insensato

el tonel de Fortunato

bate en mi sien tarambana...

Siento sorda la campana

que en mi pensamiento intuye;

en el eco que refluye

mi voz otra voz me nombra;

¡y hosco persigo en mi sombra

mi propia entidad que huye!

La realidad espectral

pasa a través de la trágica

y turbia linterna mágica

de mi razón espectral...

Saturno infunde el fatal

humor bizco de su influjo

y la luna en el reflujo

se rompe, fuga y se integra

como por la magia negra

de un escamoteo brujo.

En la cantera fantasma,

estampa Doré su mueca

fosca, saturniana y hueca,

de pesadilla fantasma...

En el cementerio pasma

la Muerte un zurdo can-can;

ladra en un perro Satán,

y un profesor rascahuesos

trabuca en hipos aviesos

el Carnaval de Schumánn.

V

¡Oh negra flor de Idealismo!

¡Oh hiena de diplomacia

con bilis de aristocracia

y lepra azul de idealismo!...

Es un cáncer tu erotismo

de absurdidad taciturna,

y florece en mi saturna

fiebre de virus madrastros,

como un cultivo de astros

en la gangrena nocturna.

Te llevo en el corazón,

nimbada de mi sofisma,

como un siniestro aneurisma

que rompe mi corazón...

¡Oh Monstrua! Mi ulceración

en tu lirismo retoña,

y tu idílica zampoña

no es más que parasitaria

bordona patibularia

de mi celeste carroña!

¡Oh musical y suicida

tarántula abracadabra

de mi fanfarria macabra

y de mi parche suicida!...

¡Infame! En tu desabrida

rapacidad de perjura,

tu sugestión me sulfura

con el horrendo apetito

que aboca por el Delito

la tenebrosa locura!

VII

Numen

Mefistófela divina,

miasma de fulguración,

aromática infección

de una fístula divina...

¡Fedra, Molocha, Caína,

cómo tu filtro me supo!

¡A ti - ¡Santo Dios! - te cupo

ser astro de mi desdoro;

yo te abomino y te adoro

y de rodillas te escupo!

Acude a mi desventura

con tu electrosis de té,

en la luna de Astarté

que auspicia tu desventura...

Vértigo de asambladura

y amapola de sadismo:

¡yo sumaré a tu guarismo

unitario de Gusana

la equis de mi Nirvana

y el cero de mi ostracismo!

Carie sórdida y uremia,

felina de blando arrimo,

intoxícame en tu mimo

entre dulzuras de uremia...

Blande tu invicta blasfemia

que es una garra pulida,

y sórbeme por la herida

sediciosa del pecado,

como un pulpo delicado,

"¡muerte a muerte y vida a vida!"

Clávame en tus fulgurantes

y fieros ojos de elipsis

y bruña el Apocalipsis

sus músicas fulgurantes...

¡Nunca! ¡Jamás! ¡Siempre! ¡Y Antes!

¡Ven, antropófaga y diestra,

Escorpiona y Clitemnestra!

¡Pasa sobre mis arrobos

como un huracán de lobos

en una noche siniestra!

¡Yo te excomulgo, Ananké!

Tu sombra de Melisendra

irrita la escolopendra

sinuosa de mi ananké...

eres hidra en Salomé,

en Brenda panteón de bruma,

tempestad blanca en Satzuma,

en Semíramis carcoma,

danza de vientre en Sodoma

y páramo en Olaluma!

Por tu amable y circunspecta

perfidia y tu desparpajo,

hielo mi cuello en el tajo

de tu traición circunspecta...

¡Y juro, por la selecta

ciencia de tus artimañas,

que irá con tus risas hurañas

hacia tu esplín cuando muera,

mi galante calavera

a morderte las entrañas!


Página creada por Laura Poveda, Mª Carmen Siurana  y Vanessa Fabregat, de la Universitat Jaume I.