Manuel Gutiérrez Nájera

 

BIOGRAFÍA

 

(México, 1859-1895). Gutiérrez Nájera dedicó casi la totalidad de su vida al periodismo. Bajo distintos seudónimos, como El Duque Job, fue dando a conocer, en publicaciones de su país una obra de prosa abundantísima y de gran importancia para el modernismo. Autor de numerosos cuentos y relatos que muestran el inicio de la narrativa modernista para la prensa escribió incontables crónicas de temas variados a las que infundió un ajustado estilo ligero y ameno, a veces voluntariamente superficial pero de gran personalidad expresiva. Cultivó también la crítica literaria y teatral pero dejó poco lugar para la actividad poética que a pesar de ser escasa ejerció gran influencia en la renovación lírica de sus años.

Fundó en 1894,junto a Carlos Díaz Dufóo, la Revista Azul que llegó a ser órgano primero y central del modernismo en aquel país.

De temperamento religioso y sensibilidad en esencia romántica, a su poética se la siente acercarse a esa concepción romántico-simbolista de la poesía que nutre lo mejor de la gestión modernista, especialmente en el primer tramo de su órbita. Y ello tanto por su rechazo al realismo y positivismo y el subsecuente sentido idealista que procesara, como por su defensa de la utilidad de la belleza en sí, liberada de la moral y la preocupación humanista y social. Se sentía heredero de la idea del arte por el arte, que en Francia propagara Théophile Gautier, a quien tanto admiró. Tanto sus lecturas francesas, de Musset, entre otros, como las del italiano Leopardi, ayudan a comprender la doble vertiente, romántica y parnasista, por las que discurre su palabra poética.

Nájera supo ver la causa primera y fundamental, el aislamiento, que obraba en la decadencia de la poesía española de entonces.

Y comprendió así como era de necesario "el cruzamiento en literatura" (título de un ensayo suyo de 1894) por lo que, en consecuencia, propugno la apertura cultural y literaria que caracteriza el modernismo. Defendió, muy alejado de su imagen de afrancesado total, lo permanente y válido de la tradición literaria española a la que, como mexicano, prolongaba (aunque, animado de una oportuna intención paródica, incrustara giros y palabras galicistas en algunas de sus composiciones).

De su romanticismo esencial, que parece aproximarse al simbolismo, nacen los sentimientos centrales que recorren su poesía, y los temas que aquellos conforman: la tristeza y la resignación ("Mis enlutadas"); la invitación al placer y a la vida, pero invitación casi angustiada por la premiosidad que de sobre ella impone el sentimiento del tiempo ("A un triste"); esta misma conciencia dolorosa pero igualmente resignada de la temporalidad("Para entonces", "Última Necat"); la búsqueda del sentido oculto de la realidad, que unas veces deviene mensaje pesimista("Ondas muertas"), y otras es exaltación de la naturaleza en expresión ya modernista("A la Corregidora"). Y como todos los poetas de su tiempo, la fe salvadora y suprema en la Santa poesía. Pero no falta en su obra la gracia y por la veta parnasista y preciosista que le asistió, dejó exquisitas recreaciones frívolas del esprit francés, aunque adaptadas a ambientes o realidades personales y mexicanas("La Duquesa Job").

No fue un revolucionario en las formas, y cuando más se limitó a introducir nuevos esquemas acentuales en los métodos tradicionales. Pero sí es un avanzado es un avanzado en el ajuste idóneo de un lenguaje colorista y suavemente musical, de un lado, puesto al servicio de la expresión de un dolorido mundo interior teñido por la melancolía, y de una visión enteramente subjetiva de la realidad exterior.

Aunque Gutiérrez Nájera se destacó en su tiempo entre los iniciadores del modernismo hispanoamericano, sus obras tuvieron muy escasa divulgación en España en la época modernista. Esta poca resonancia de su obra literaria no puede atribuirse a su extravagancia o mal gusto, pues ni la obra ni el hombre eran capaces de ofender la sensibilidad más delicada.

Puede decirse que a este autor, modernista en su sensibilidad poética, le sucedió lo mismo que a Martí y a Silva, ya que los españoles tardaron algunos años en conocer y en apreciar a los tres, fallecidos todos prematuramente. De haber vivido cinco años más, Nájera hubiera encontrado un ambiente más propicio para la aceptación y la difusión de su obra en España. Sólo después de su muerte llegaron los españoles a conocer su obra, y nunca fueron muy numerosos los poemas que pudieron leer en revistas españolas.

 

SELECCIÓN POÉTICA

Para entonces

Quiero morir cuando decline el día,

en alta mar y con la cara al cielo;

donde parezca sueño la agonía,

y el alma, un ave que remonta al vuelo.

No escuchar en los últimos instantes,

ya con el cielo y con el mar a solas,

más voces ni plegarias sollozantes

que el majestuoso tumbo de las olas.

Morir cuando la luz, triste, retira

sus áureas redes de la onda verde,

y ser como ese sol que lento expira:

algo muy luminoso que se pierde.

Morir, y joven: antes que destruya

el tiempo aleve la gentil corona;

cuando la vida dice aún: soy tuya,

aunque sepamos bien que nos traiciona.

 

La duquesa Job

En dulce charla de sobremesa,

mientras devoro fresa tras fresa

y abajo ronca tu perro Bob,

te haré el retrato de la duquesa

que adora a veces el Duque Job

No es la condesa de Villasana

caricatura, ni la poblana

de enagua roja, que Prieto amó;

no es la criadita de pies nudosos,

ni la que sueña con los gomosos

y con los gallos de Micoló.

Mi duquesita, la que me adora,

no tiene humos de gran señora:

es la griseta de Paul de Kock.

No baila Boston, y desconoce

de las carreras el alto goce,

y los placeres del five o’clock.

 

 

Pero ni el sueño de algún poeta,

ni los querubes que vio Jacob,

fueron tan bellos cual la coqueta

de ojitos verdes, rubia griseta

que adora a veces el Duque Job.

Si pisa alfombras, no es en su casa,

si por Plateros alegre pasa

y la saluda Madam Marnat,

no es, sin disputa, porque la vista;

sí porque a casa de otra modista

desde temprano rápida va.

No tiene alhajas mi duquesita,

pero es tan guapa, y es tan bonita,

y tiene un cuerpo tan v’lan, tan pschutt;

de tal manera trasciende a Francia

que no la igualan en elegancia

ni las clientes de Hélène Kossut.

Desde las puertas de la Sorpresa

hasta la esquina del Jockey Club,

no hay española, yanqui o francesa,

ni más bonita, ni más traviesa

que la duquesa del Duque Job.

¡Cómo resuena su taconeo

en las baldosas! ¡Con qué meneo

luce su talle de tentación!

¡Con qué airecito de aristocracia

mira a los hombres, y con qué gracia

frunce los labios- ¡Mimí Pinson!

Si alguien la alcanza, si la requiebra,

ella, ligera como una cebra,

sigue camino del almacén;

pero ¡ay del tuno si alarga el brazo!

¡nadie le salva del sombrillazo

que le descarga sobre la sien!

¡No hay en el mundo mujer más linda!

Pie de andaluza, boca de guinda,

esprit rociado de Veuve Clicquot;

talle de avispa, cutis de ala,

ojos traviesos de colegiala

como los ojos de Louise Théo!

 

 

Ágil, nerviosa, blanca, delgada,

media de seda bien restirada,

gola de encaje, corsé de ¡crac!,

nariz pequeña, garbosa, cuca,

y palpitantes sobre la nuca

rizos tan rubios como el coñac.

Sus ojos verdes bailan el tango;

¡nada hay más bello que el arremango

provocativo de su nariz!

Por ser tan joven y tan bonita,

cual mi sedosa, blanca gatita,

diera sus pajes la emperatriz.

¡Ah, tú no has visto cuando se peina,

sobre sus hombros de rosa reina

caer los rizos en profusión!

¡Tú no has oído qué alegre canta,

mientras sus brazos y su garganta

de fresca espuma cubre el jabón!

¡Y los domingos!...¡Con qué alegría

oye en su lecho bullir el día

y hasta las nueve quieta se está!

¡Cuál acurruca la perezosa,

bajo la colcha color de rosa,

mientras a misa la criada va!

La breve cofia de blanco encaje

cubre sus rizos, el limpio traje

aguarda encima del canapé;

altas, lustrosas y pequeñitas,

sus puntas muestran las dos botitas,

abandonadas del catre al pie.

Después, ligera, del lecho brinca.

¡Oh quién la viera cuando se hinca

blanca y esbelta sobre el colchón!

¿Qué valen junto de tanta gracia

las niñas ricas, la aristocracia,

ni mis amigas de cotillón?

Toco; se viste; me abre; almorzamos;

con apetito los dos tomamos

un par de huevos y un buen bistec,

media botella de rico vino,

y en coche juntos, vamos camino

del pintoresco Chapultepec.

¡Desde las puertas de la Sorpresa

hasta la esquina del Jockey Club,

no hay española, yanqui o francesa,

ni más bonita ni más traviesa

que la duquesa del Duque Job!

De blanco

¿Qué cosa más blanca que cándido lirio?

¿Qué cosa más pura que místico cirio?

¿Qué cosa más casta que tierno azahar?

¿Qué cosa más virgen que leve neblina?

¿Qué cosa más santa que el ara divina

de gótico altar?

¡De blancas palomas el aire se puebla;

con túnica blanca, tejida de niebla,

se envuelve a lo lejos feudal torreón;

erguida en el huerto la trémula acacia

al soplo del viento sacude con gracia

su níveo pompón!

¿No ves en el monte la nieve que albea?

la torre muy blanca domina la aldea,

las tiernas ovejas triscando se van,

de cisnes intactos el lago se llena,

columpia su copa la enhiesta azucena,

y su ánfora inmensa levanta el volcán.

Entremos al templo: la hostia fulgura;

de nieve parecen las canas del cura,

vestido con alba de lino sutil;

cien niñas hermosas ocupan las bancas,

y todas vestidas con túnicas blancas

en ramos ofrecen las flores de abril.

Subamos al coro: la virgen propicia

escucha los rezos de casta novicia,

y el Cristo de mármol expira en la cruz;

sin mancha se yerguen las velas de cera;

de encaje es la tenue cortina ligera

que ya transparenta del alba la luz.

 

 

 

 

 

Bajemos al campo: tumulto de plumas

parece el arroyo de blancas espumas

que quieren, cantando, correr y saltar;

la airosa mantilla de fresca neblina

terció la montaña: la vela latina

de barca ligera se pierde en el mar.

Ya salta del lecho la joven hermosa,

y el agua refresca sus hombros de diosa,

sus brazos ebúrneos, su cuello gentil;

cantando y risueña se ciñe la enagua,

y trémulas brillan las gotas de agua

en su árabe peine de blanco marfil.

¡Oh mármol! ¡Oh nieves! ¡Oh inmensa blancura

que esparces doquiera tu casta hermosura!

¡Oh tímida virgen! ¡Oh casta vestal!

Tú estás en la estatua de eterna belleza,

de tu hábito blanco nació la pureza,

¡al ángel das alas, sudario al mortal!

Tú cubres al niño que llega a la vida,

coronas las sienes de fiel prometida,

al paje revistes de rico tisú.

¡Qué blancos son, reinas, los mantos de armiño!

¡Qué blanca es, oh madres, la cuna del niño!

¡Qué blanca, mi amada, qué blanca eres tú!

En sueños ufanos de amores contemplo

alzarse muy blancas las torres de un templo

y oculto entre lirios abrirse un hogar;

y el velo de novia prenderse a tu frente,

cual nube de gasa que cae lentamente

y viene en tus hombros su encaje a posar.

 

Ondas muertas

En la sombra debajo de tierra,

donde nunca llegó la mirada,

se deslizan en curso infinito

silenciosas corrientes de agua.

Las primeras, al fin, sorprendidas,

por el hierro de rocas taladra,

en inmenso penacho de espumas

hervorosas y límpidas saltan.

Mas las otras, en densa tiniebla,

retorciéndose siempre resbalan,

sin hallar la salida que buscan,

a perpetuo correr condenadas.

A la mar se encaminan los ríos,

y en su espejo movible de plata,

van copiando los astros del cielo

o los pálidos tintes del alba:

ellos tienen cendales de flores,

en su seno las ninfas se bañan,

fecundizan los fértiles valles,

y sus ondas son de agua que canta.

En la fuente de mármoles níveos,

juguetona y traviesa es el agua,

como niña que en regio palacio

sus collares de perlas desgrana;

ya cual flecha bruñida se eleva,

ya en abierto abanico se alza,

de diamantes salpica las hojas

o se duerme cantando en voz baja.

En el mar soberano las olas

los peñascos abruptos asaltan;

al moverse, la tierra conmueve

y el tumulto los cielos escalan.

Allí es vida y es fuerza invencible,

allí es reina colérica el agua,

como igual con los cielos combate

y con dioses monstruosos batalla.

¡Cuán distinta la negra corriente

a perpetua prisión condenada,

la que vive debajo de tierra

do ni yertos cadáveres bajan!

La que nunca la luz ha sentido,

la que nunca solloza ni canta,

esa muda que nadie conoce,

esa ciega que tiene esclava.

Como ella, de nadie sabidas,

como ella, de sombras cercadas,

sois vosotras también, las oscuras

silenciosas corrientes de mi alma.

¿Quién jamás conoció vuestro curso?

¡Nadie a veros benévolo baja!

Y muy hondo, muy hondo se extienden

vuestras olas cautivas que callan.

Y si paso os abrieran, saldríais,

como chorro bullente de agua,

que en columna rabiosa de espuma

sobre pinos y cedros se alza.

Pero nunca jamás, prisioneras,

sentiréis de la luz la mirada:

¡seguid siempre rodando en la sombra,

silenciosas corrientes del alma!

 

Para un menú

Las novias pasadas son copas vacías;

en ellas pusimos un poco de amor;

el néctar tomamos...huyeron los días...

¡Traed otras copas con nuevo licor!

Champán son las rubias de cutis de azalia;

Borgoña los labios de vivo carmín;

los ojos oscuros son vino de Italia,

los verdes y claros son vino de Rhin.

Las bocas de grana son húmedas fresas;

las negras pupilas escancian café;

son ojos azules las llamas traviesas

que trémulas corren como almas del té.

La copa se apura, la dicha se agota;

de un sorbo tomamos mujer y licor..

Dejemos las copas...Si queda una gota,

¡que beba el lacayo las heces de amor!

 

Mis enlutadas

Descienden taciturnas las tristezas

al fondo de mi alma,

y entumecidas, haraposas brujas,

con uñas negras

mi vida escarban.

De sangre es el color de sus pupilas,

de nieve son sus lágrimas;

hondo pavor infunden... Yo las amo

por ser las solas

que me acompañan.

 

 

 

 

Aguárdolas ansioso, si el trabajo

de ellas me separa,

y búscolas en medio del bullicio,

y son constantes,

y nunca tardan.

En las fiestas, a ratos se me pierden

o se ponen la máscara,

pero luego las hallo, y así dicen:

-¡Ven con nosotras!

¡Vamos a casa!

Suelen dejarme cuando sonriendo

mis pobres esperanzas

como enfermitas, ya convalecientes,

salen alegres

a la ventana.

Corridas huyen, pero vuelven luego

y por la puerta falsa

entran trayendo como nuevo huésped

alguna triste,

lívida hermana.

Abrese a recibirlas la infinita

tiniebla de mi alma,

y van prendiendo en ella mis recuerdos

cual tristes cirios

de cera pálida.

Entre esas luces, rígido, tendido,

mi espíritu descansa;

y las tristezas, revolando en torno,

lentas salmodias

rezan y cantan.

Escudriñan del húmedo aposento

rincones y covachas,

el escondrijo do guardé cuitado

todas mis culpas,

todas mis faltas.

Y hurgando mudas, como hambrientas lobas

las encuentran, las sacan,

y volviendo a mi lecho mortuorio

me las enseñan

y dicen: habla.

 

En lo profundo de mi ser bucean,

pescadoras de lágrimas,

y vuelven mudas con las negras conchas

en donde brillan

gotas heladas.

A veces me revuelvo contra ellas

y las muerdo con rabia,

como la niña desvalida y mártir

muerde a la harpía

que la maltrata.

Pero enseguida, viéndose impotente,

mi cólera se aplaca.

¿Qué culpa tienen, pobres hijas mías,

si yo las hice

con sangre y alma?

Venid, tristezas de pupila turbia,

venid, mis enlutadas,

las que viajáis por la infinita sombra,

donde está todo

lo que se ama.

Vosotras no engañáis: venid, tristezas,

¡oh mis criaturas blancas,

abandonadas por la madre impía,

tan embustera

por la esperanza!

Venid y habladme de las cosas idas

de las tumbas que callan,

de muertos buenos y de ingratos vivos...

Voy con vosotras,

vamos a casa.

 

Ultima necat

¡Huyen los años como raudas naves!

¡rápidos huyen! Infecunda Parca

pálida espera. La salobre Estygia

calla dormida.

¡Voladores años!

¡Dado me fuera detener convulso,

horas fugaces, vuestra blanca veste!

Pasan las dichas y temblando llegan

mudos inviernos...

Las fragantes rosas

mustias se vuelven, y el enhiesto cáliz

cae de la mano. Pensativa el alba

baja del monte. Los placeres todos

duermen rendidos...

En mis brazos flojos

Cintia descansa.

 

A un triste

¿Por qué de amor la barca voladora

con ágil mano detener no quieres

y esquivo menosprecias los placeres

de Venus, la impasible vencedora?

A no volver los años juveniles

huyen como saetas disparadas

por mano de invisible Sagitario;

triste vejez, como ladrón nocturno,

sorpréndenos sin guarda ni defensa,

y con la extremidad de su arma inmensa,

la copa del placer vuelca Saturno.

¡Aprovecha el minuto y el instante!

Hoy te ofrece rendida la hermosura

de sus hechizos el gentil tesoro,

y llamándote ufana en la espesura,

suelta Pomona sus cabellos de oro.

En la popa del barco empavesado

que navega veloz rumbo a Citeres,

de los amigos el clamor te nombra,

mientras, tendidas en la egipcia alfombra,

sus crótalos agitan las mujeres.

¡Deja, por fin, la solitaria playa,

y coronado de fragantes flores,

descansa en la barquilla de las diosas!

¿Qué importa lo fugaz de los amores?

¡También expiran jóvenes las rosas!

 

Non omnis moriar

¡No moriré del todo, amiga mía!

De mi ondulante espíritu disperso,

algo en la urna diáfana del verso,

piadosa guardará la poesía.

¡No moriré del todo! Cuando herido

caiga a los golpes del dolor humano,

ligera tú, del campo entenebrido

levantarás al moribundo hermano.

Tal vez entonces por la boca inerme

que muda aspira la infinita calma,

oigas la voz de todo lo que duerme

¡con los ojos abiertos en mi alma!

Hondos recuerdos de fugaces días,

ternezas tristes que suspiran solas;

pálidas, enfermizas alegrías

sollozando al compás de las violas...

Todo lo que medroso oculta el hombre

se escapará, vibrante del poeta,

en áureo ritmo de oración secreta

que invoque en cada cláusula tu nombre.

Y acaso adviertas que de modo extraño

suenan mis versos en tu oído atento,

y en el cristal, que con mi soplo empaño,

mires aparecer mi pensamiento.

Al ver entonces lo que yo soñaba,

dirás de mi errabunda poesía:

era triste, vulgar lo que cantaba...

¡mas qué canción tan bella la que oía!

Y porque alzo en tu recuerdo notas

del coro universal, vívido y almo;

y porque brillan lágrimas ignotas

en el amargo cáliz de mi salmo;

porque existe la Santa Poesía

y en ella irradias tú, mientras disperso

átomo de mi ser esconda el verso,

¡no moriré del todo, amiga mía!

 

A la corregidora

Al viejo primate, las nubes de incienso;

al héroe, los himnos; a Dios, el inmenso

de bosques y mares solemne rumor;

al púgil que vence, la copa murrina;

al mártir, las palmas; y a ti - la heroína -

las hojas de acanto y el trébol en flor.

Hay versos de oro y hay notas de plata;

mas busco, señora, la estrofa escarlata

que sea toda sangre, la estrofa oriental:

y húmedas, vivas, calientes y rojas,

a mí se me tiende las trémulas hojas

que en gráciles redes columpia el rosal.

¡Brotad, nuevas flores! ¡Surgid a la vida!

¡Despliega tus alas, gardenia entumida!

¡Botones, abríos!¡oh mirtos, arded!

¡Lucid, amapolas, los ricos briales!

¡Exúberas rosas, los pérsicos chales

de sedas joyantes al aire tended!

¿Oís un murmullo que, débil, remeda

el frote friolento de cauda de seda

en mármoles tersos o limpio marfil!

¿Oís?...¡Es la savia fecunda que asciende,

que hincha los tallos y rompe y enciende

los rojos capullos del príncipe Abril!

¡Oh noble señora! La tierra te canta

el salmo de vida, y a ti se levanta

el germen despierto y el núbil botón,

el lirio gallardo de cáliz erecto,

y fúlgido, leve, vibrando, el insecto

que rasga impaciente su blanda prisión.

La casta azucena, cual tímida monja,

inciensa tus alas; la dalia se esponja

como ave impaciente que quiere volar;

y astuta, prendiendo su encaje a la piedra,

en corvos festones circunda la yedra,

celosa y constante, señora, tu altar.

El chorro del agua con ímpetu rudo,

en alto su acero, brillante y desnudo,

bruñido su casco, rizado el airón,

y el iris por banda, buscándote salta

cual joven amante que brinca a la alta

velada cornisa de abierto balcón.

 

 

 

 

Venid a la fronda que os brinda hospedaje

¡oh pájaros raudos de rico plumaje!

Los nidos aguardan: ¡venid y cantad!

Cantad a la alondra que dijo al guerrero

el alba anunciando: "¡Desnuda tu acero,

despierta a los tuyos...Es hora...Marchad!".


Página creada por Carmen Beser, Silvia Torres y Esther Díes, Universitat Jaume I.