Eusebio Blasco
Narciso Campillo
Luis García Luna
Florencio Moreno Godino
Julio Nombela
Manuel del Palacio

Estamos en Primavera. El señor de Febo, desembarazándose de la bufanda de nubes con que ha tenido por conveniente abrigarse durante el invierno, monta en su flamígero carro, y, hostigando a los briosos corceles, se precipita por el espacio, lleno de calor, de juventud y de vida, y metiéndose por todas partes como Pedro por su casa. No hay claro de nube, rendija de puerta, postigo de ventana, ni abertura, en fin, de ninguna especie por la que no se introduzca de sopetón, dorando con su presencia hasta los átomos ligeros que vagan por la atmósfera.
Son las seis de la mañana. Febo ha encontrado abierta la ventana de un sotabanco, y sin pedir permiso a los cristales, se ha metido en la habitación, recreándose en su limpieza y jugueteando en mil variados reflejos sobre la bruñida superficie de los escasos muebles de nogal.
Chiquitín, que preludiaba hacía rato en su jaula de alambres, sorprendido por tan osado caballero, después de sacudir, a modo de desperezo, sus pajizas alas, y de dar dos refregones e su pico en el palo que le sirve de lecho, comienza a denunciar la presencia del visitante con una cascada de notas argentinas, de trinos precipitados y de píos cariñosos, que le denuncian por el Tamberlik de los canarios.
Aún no había terminado Chiquitín la primera parte de sus variaciones, cuando, deslizándose por la entreabierta puerta y dando un mallido [sic] lastimero, se presenta en la salita Mustafá, gatazo enorme, blanco como la nieve, y con todas las señales de morir de un ataque de apoplejía, visto lo corto de su cuello y la estremada [sic] redondez de sus carnes. Después de estirarse perezosamente y de lavarse la cara con todo el esmero de la raza gatuna, Mustafá salta sobre una silla y comienza a mirar a Chiquitín de hito en hito, no sabemos si embargado por su música, a fuer de buen diletanti [sic], o encantado con las proporciones que tenía el cuerpo del animalito bípedo alado para pasar por su felina garganta, descansando de tantos brincos y revoloteos en el tranquilo laboratorio de las digestiones del señor Mustafá.
Chiquitín, mientras tanto, miraba desde la altura de su jaula al atento gato y proseguía en sus trinos y en sus alegres revuelos, cansando la desesperación de su compañero de casa.
De pronto suena un pestillo. Se abre de par en par la puerta que pone en comunicación a la sala con la alcoba y aparece en el dintel Pepita, rebujada en un pañolón de lana. Esperemos a que abra del todo los ojos, que se han deslumbrado con la claridad que les ha herido, y a que levante la cabeza, que ha bajado involuntariamente, para ver qué tal es Pepita.
Pepita es una morena clara, con cabellos castaños, ojos pardos, boca fresquísima, nariz un sí es no es respingona, tipo perfecto, en fin, de la modista de Madrid.
Chiquitín, al verla redobla sus trinos. Ella se acerca a la jaula y comienza a atolondrarle con un millar de requiebros, de besos y de mimos. De pronto se apercibe de la actitud del señor Mustafá, que mira con los ojos medio cerrados a la jaula, sin duda porque no denuncien ante su ama sus criminales intenciones. Ésta, aterrada con la presencia del gato, esclama [sic]:
-¡Zape, Mustafá!
Y Mustafá se escapa con el rabo entre piernas, diciendo para sus adentros:
-¡Me han conocido!
A poco suena la campanilla, abandona Pepita la habitación, y al ver que es la señá Juana, la portera, abre confiada y recibe de sus manos la compra, que asciende por junto a cinco reales, con sisa y todo.
Pepita entra en la cocina, única habitación de más que tiene la casa, y Mustafá la sigue acosándola a mallidos hasta que le tapan la boca las agallas del pescado que Pepita limpia con pulcritud. A los mallidos de Mustafá suceden los monótonos resoplidos del fuelle, y puesto ya el puchero en la lumbre, Pepita vuelve a la sala, llevando en una mano la escoba y en otra dos o tres hojas de lechuga, espléndido refrigerio de Chiquitín, en días señalados.
¿Por qué era señalado aquel día?
Este es el quid de la dificultad. No era día de fiesta, estamos en mitad de la semana, Pepita no había acabado de bordar la última entrega, luego no había cobrado; ¿por qué razón era señalado aquel día? Porque aquel día era San León I papa.
¿Y qué tenía que ver Pepita con el papa San León?
Como a estas líneas sólo le [sic] faltan capítulos para ser novela, el capítulo siguiente nos esplicará [sic] el porqué comía lechuga Chiquitín y pescado Mustafá.
Pepita era bordadora en fino, y su habilidad le permitía ganar más con la aguja que ganan por lo regular todas sus colegas. Así es que nuestros lectores no estrañarán [sic] que la bordadora en fino se permitía el lujo de tener un sotabanco con tres piezas, por el que paga cuatro duros al mes, en sociedad con un gato y un canario. Desde que murió su madre, Pepita vivía sola, y escepto [sic] el maestro de baile, como ella decía, o el aguador, como dice todo el mundo, ningún hombre había penetrado en aquella lilliputiense [sic] y virginal morada.
Si nos fuéramos a guiar por los cantares de Pepita, sus maliciosas conversaciones y sus picarescos guiños y miradas, de fijo que nos encargaríamos para su entierro caja blanca; pero dejando aparte las apariencias, Pepita era tan pura como la nieve no pisada.
Una mañana de invierno, en que llovía a cántaros, Pepita con el traje recogido, y enseñando la blancura de sus enaguas, su diminuto pie y una especie de indicación de media, subía por la Carrera de San Jerónimo a por costura, pues era lunes.
León, después de haber echado la noche a perros en el casino, estaba a la puerta de éste, desesperado, porque no pasaba un miserable tres por ciento, y decidido ya a cruzar a pie el inmenso piélago de lodo de la coronada villa.
En esto Pepita, hecha una tacita de plata y con paso menudo, pasa por la acera de enfrente. León la ve y... Le echa una mirada, hermana en intensidad y deseo a las que el gato dirigía al canario. Figúrense VV. qué haría Mustafá viendo a Chiquitín fuera de su jaula. Esto mismo hizo León al ver a Pepita. Se decidió a darle caza, y cuando estuvo a tiro de requiebros, le dirigió una descarga, que Pepita resistió a quema-ropa, sin dar señales de oírla, y apretando más el paso.
Antes de llegar a la Puerta del Sol, dos jóvenes, que sin tener en cuenta que ya se habían apagado las luces, venían alumbrados, se pusieron delante de Pepita, decididos a detenerla en su camino.
Tira Pepita por la izquierda y los jóvenes le salen al encuentro; intenta pasar por la derecha, y el mismo obstáculo.
Pepita sintió un temblor semejante al que esperimentaría [sic] Chiqutín delante de dos Mustafá.
Un capítulo de novela romántica pasa por la frente de León, y colocándose al lado de Pepita, da un empujón a los sacerdotes de Baco, y la saca incólume de entre sus garras.
Pepita entonces va a dar las gracias a León, dilatando sus menudos labios; pero la risa se detiene en su boca, y bajando los ojos, balbucea la palabra "¡gracias!" magnetizada por la mirada de León y deslumbrada por la hermosura de su rostro varonil.
-Esos se empeñarán en seguirla a V. ¿Quiere V. que la acompañe?
-Como V. quiera -dice Pepita, y ambos doblan por la calle de Espoz y Mina.
Pepita entra en la tienda, sale, y León, a duras penas se apodera del lío, no sin inspeccionar la calle de arriba abajo y escondido debajo de la capa, temeroso de que su aventura de por la mañana le pusiese en ridículo por la noche.
La pareja llega al término de su destino; León se empeñaba en subir, pero Pepita, poniéndose seria, le dijo que nones, y héteme a León haciéndose interiormente el juramento de que había de entrar en el paraíso, cuya entrada le negaba un ángel tan bonito.
Pepita, al alzar el picaporte, se encontró la jaula de Chiquitín medio ladeada y a Mustafá debajo con los ojos hechos ascuas:
-¡Zape, Mustafá! -le dijo, y éste echó a correr, esclamando [sic]:
-Al fin y al cabo lo he de pillar.
Al mismo tiempo León, mirando la casa como Mustafá la jaula, se decía:
-¡Entraré al fin y al cabo!
Pepita después de haber puesto el puchero a la lumbre y de haber barrido toda la casa, se dirigió al canastillo de la costura, sacó su pañuelo de batista y se dedicó a terminar la letra L, que bordaba con las hebras de su cabello, tarareando la conocida habanera que dice así:
Chiquitín le hacía el dúo sin cuidarse de la armonía, y Mustafá roncaba frotando su espinazo contra el palo de la silla en que estaba sentada la joven.No me lleves a Paul,
que me verá mamá,
llévame a Capellanes,
que estoy segura que allí no está.
Un campanillazo viene a destruir la paz de aquel cuadro; Pepita toma por el ventanillo una carta, y Mustafá, como herido por una idea súbita, clava su vista en la cómoda de nogal.
Pepita abre la carta y lee lo siguiente:
"Puesto que tan poco te fías de mí, que aún no he podido verte a solas un momento, hoy que es día de mi santo ¿querrás comer conmigo? En el portal te espero a las cuatro y media. Te quiere mucho tu LEÓN."
Pepita dejó la carta sobre la costura, y fijando sus ojos en la letra que acababa de bordar, se abstrajo en sus pensamientos.
Hasta ahora es un misterio lo que pensaría Pepita; pero el caso es que poco a poco se fueron humedeciendo sus claras pupilas, y dos temblorosas lágrimas bajaron lentamente por su rostro, cayendo sobre la blanca batista del pañuelo.
Al mismo tiempo Chiquitín comenzó a revolotear agitadamente, cesando en sus melodías.
Mustafá, subido sobre la cómoda, puesta la cabeza sobre las patas delanteras, se comía con los ojos a Chiquitín.
Pepita volvió a leer la carta y volvió a llorar, embargada por un estraño [sic] presentimiento.
Chiquitín piaba lastimosamente.
Mustafá se relamía los hocicos con la perspectiva de una posibilidad de festín de canario, y León, sentado junto a la chimenea de su gabinete, sonreía satisfecho pensando en la yegüita cerrera, o séase Pepita la bordadora en fino.
Son las cuatro y media de la tarde.
Pepita vuelve a leer la carta, recoge el pañuelo, y poniéndose la mantilla, sin cuidarse de que Mustafá se queda solo con Chiquitín, abandona el sotabanco.
León la esperaba en la puerta de la casa.
-Toma -le dice Pepita alargándole el pañuelo-, ¡lo he bordado para ti!
León sin mirarlo, se lo guardó en el bolsillo, echando a Pepita una tierna mirada.
- Conque ¿vamos? -añadió.
Pepita hizo un gracioso mohín que, traducido en palabras, significaba:
-¿No pudiéramos dejarlo para otro día?
-Vamos, tonta -respondió León-. Después que abandono a mis amigos y prefiero comer sólo contigo...
Pepita hizo otro mohín, que interpretado decía:
-Pues eso de solitos, es lo que a mí no me agrada.
-¡Mujer, mira que me enfado...! Bueno está tu cariño. No parece sino que te voy a comer...
Y así hablando, León
fue aproximando su boca al oído de Pepita, abrasándola con
su aliento y prorrumpiendo en esas mil palabras de mimo y de ardiente amor,
que tanto gustan a todas las mujeres, sobre todo cuando salen de la boca
del hombre a quien aman ciegamente. Al cabo de media hora León se
hallaba sirviendo la sopa a Pepita, y trascurrida [sic] la hora
entera Pepita bajaba la cabeza, y las mejillas se le encendían cada
vez que le echaba una mirada.
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Dejemos a los tiernos amantes comiendo ya los postres en el mismo plato, y volvamos al sotabanco en que dejamos a Mustafá y Chiquitín, donde va a verificarse el mayor de los crímenes.
Mustafá continuó largo rato subido en la cómoda mirando sin pestañear a Chiquitín, que se agitaba intranquilo.
Poco a poco se fue deslizando sobre la cómoda y cuando llego al borde de ella lanzó un débil mallido.
Este mallido quería decir:
-¡Hum! La jaula está lejos...
A esta esclamación [sic] se siguieron dos o tres vueltas por la meseta de la cómoda, vueltas que terminaron en un mallido más fuerte.
De pronto Mustafá se detiene, mira desatentado a la jaula, las negras niñas de sus ojos verdes se van dilatando poco a poco, abre la boca desmesuradamente, relamiéndose deseperado el hocico, y ¡zas! parte como una saeta a clavar sus garras en los alambres de la jaula de Chiquitín, que se viene abajo con estruendo.
Mustafá asustado, corre a esconderse bajo una silla, mientras Chiquitín revolotea dentro de su cárcel que rueda por el suelo.
¡Ved a Mustafá!
Quizás se ha compadecido de su víctima, y arrepentido de haberse dejado llevar por el primer impulso, viene pasito a paso arrimándose a la jaula para pedir perdón a Chiquitín por el susto que le ha causado.
Pero,
¡Ay infeliz de la que nace hermosa!
¡Ay infeliz del que nació canario!
Al mismo tiempo que el mozo de la fonda entraba en el cuarto en que comían León y Pepita, atraído por un ruido que cualquiera persona maliciosa hubiera tomado por el rumor de un beso, preguntando con una sonrisita burlona si habían llamado, Mustafá hacía rodar a zarpazos la jaula de Chiquitín.
¡Horror...! La portezuela se ha abierto.
Chiquitín sale volando... Mustafá da un horrible brinco; alcanza a su víctima, que pía lastimosamente, y roncando con placer salvaje, vuelve a meterse debajo de la silla.
Apartemos la vista de aquel horrible cuadro.
Miserere, Domine, Chiquitinis, secundum magnam misericordiam tuam.
Son las seis y media de la tarde. La vaguedad del crepúsculo ha sucedido a la brillantez del sol. Nada turba la paz del sotabanco de Pepita.Álzase el picaporte y entra ella.
Fuérase por la ausencia de aquella atmósfera de luz en la que vimos envuelta por la mañana, o por un vago presentimiento de su desgracia, o porque la naturaleza tuviese alguna relación con esas flores que se agostan con el crepúsculo, el caso es que Pepita, al presentarse en el sotabanco, no entró con su impetuosidad y alegría cotidianas.
Su primera mirada es para el sitio de la jaula de Chiquitín. Pepita palidece. Ve la jaula en el suelo, se acerca a inspeccionarla, pero el pájaro no estaba allí. En esto, distingue junto a una silla unas cuantas plumas del adorado animalito, y retírase espantada. Mustafá, al mismo tiempo, sale de debajo de la silla, desperezándose cínicamente como diciendo:
Pepita, comprendiendo lo horrible del drama, que acababa de pasar, fue convulsa a recoger los últimos restos del pobre Chiquitín. Sentóse después en su sillita de costura, depositó las plumas del malogrado pajarillo en su falda, y con las manos caídas y la mirada triste comenzó a mirarlas fijamente. Un mar de lágrimas brotó de sus rasgados ojos, y a poco tiempo comenzó a sollozar esclamando [sic] de cuando en cuando, mesándose los cabellos:¡Que haya un cadáver más, qué importa al mundo!
-¡Si yo no hubiera salido...!
Al día siguiente lo primero que hizo Pepita fue mirar a través de sus lágrimas la jaula de Chiquitín, dar un soberano puntapié a Mustafá que le hacía la rueda, y echarse llorando en los brazos de León, a quien abrió ella misma, después que aquel hubo dado un franco y estrepitoso [sic] tirón de la campanilla.
Mustafá le recibió con un mallido cariñoso, y León hizo mil caricias al gato. ¡Dios los cría y ellos se juntan!
Robert Pageard, «Ramón Rodríguez Correa (1835-1894). Amigo y activo admirador de Gustavo Adolfo Bécquer. (Boceto biobibliográfico)», El Gnomo 3 (1994).
Rosalía de Castro (1837-1885)
VolverAdivínase el dulce y perfumado
calor primaveral;
los gérmenes se agitan en la tierra
con inquietud en su amoroso afán
y cruzan por los aires, silenciosos,
átomos que se besan al pasar.Hierve la sangre juvenil, se exalta
lleno de aliento el corazón, y audaz
el loco pensamiento sueña y cree
que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.¡Pero qué aprisa en este mundo triste
todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
y pronto agostará rosas y plantas
el calor estival.*Sedientas las arenas, en la playa
sienten del sol los besos abrasados,
y no lejos, las ondas, siempre frescas,
ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen:
no sé lo que me pasa al contemplaros,
pues como yo sufrís, secas y mudas,
el suplicio sin término de Tántalo.Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un día
en que, salvando misteriosos límites,
avance el mar y hasta vosotras llegue
a apagar vuestra sed inextinguible.
¡Y quién sabe también si tras de tantos
siglos de ansias y anhelos imposibles,
saciará al fin su sed el alma ardiente
donde beben su amor los serafines.*Alma que vas huyendo de ti misma,
¿qué buscas, insensata, en las demás?
Si secó en ti la fuente consuelo,
secas todas las fuentes has de hallar.
¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
y hay en la tierra flores perfumadas!
¡Sí...! Mas no son ya aquellas
que tú amaste y te amaron, desdichada.*Ya duermen en su tumba las pasiones
el sueño de la nada;
¿es, pues, locura del doliente espíritu,
o gusano que llevo en mis entrañas?
Yo sólo sé que es un placer que duele,
que es un dolor que atormentando halaga,
llama que de la vida se alimenta,
mas sin la cual la vida se apagara.*Nada me importa, blanca o negra mariposa,
que dichas anunciándome o malhadadas nuevas,
en torno de mi lámpara o de mi frente en torno,
os agitéis inquietas.La venturosa copa del placer para siempre
rota a mis pies está,
y en la del dolor llena..., ¡llena hasta desbordarse!,
ni penas ni amarguras pueden caber ya más.*No maldigáis del que, ya ebrio, corre a beber con nuevo afán;
su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora,
cuanto más bebe, a beber más.No murmuréis del que rendido ya bajo el peso de la vida
quiere vivir y aun quiere amar;
la sed del beodo es insaciable, y la del alma lo es aún más.*En los ecos del órgano o en el rumor del viento,I
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo y en todo te buscaba,
sin encontrarte nunca.Quizá después ha hallado, te ha hallado y te ha perdido
otra vez, de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca.Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única;
por eso vive triste, porque te busca siempre
sin encontrarte nunca.IIYo no sé lo que busco eternamente
en la tierra, en el aire y en el cielo;
yo no sé lo que busco, pero es algo
que perdí no sé cuándo y que no encuentro,
aun cuando sueñe que invisible habita
en todo cuanto toco y cuanto veo.Felicidad, no he de volver a hallarte
en la tierra, en el aire ni en el cielo,
¡aún cuando sé que existes
y no eres vano sueño!*Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros:
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
-Ahí va la loca, soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha;
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;
sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?*Sed de amores tenía, y dejaste
que la apagase en tu boca,
¡piadosa samaritana!,
y te encontraste sin honra,
ignorando que hay labios que secan
y que manchan cuanto tocan.-------------
¡Lo ignorabas!..., y ahora lo sabes.
Pero yo sé también, pecadora
compasiva, porque a veces
hay compasiones traidoras,
que si el sediento volviese
a implorar misericordia,
su sed de nuevo apagaras,
samaritana piadosa.--------------
No volverá, te lo juro;
desde que una fuente enlodan
con su pico esas aves de paso,
se van a beber a otra.*Al caer despeñado en la hondura
desde la alta cima,
duras rocas quebraron sus huesos,
hirieron sus carnes agudas espinas,
y el torrente de lecho sombrío,
rasgando sus linfas
y entreabriendo los húmedos labios,
vino a darle su beso de muerte
cerrando en los suyos el paso a la vida.----------------
Despertáronle luego, y temblando
de angustia y de miedo,
-¡Ah!, ¿por qué despertar? -preguntóse
después de haber muerto.----------------
Al pie de su tumba
con violados reflejos,
flotando en la niebla
vio dos ojos brillantes de fuego
que al mirarle ahuyentaban el frío
de la muerte templando su seno.Y del yermo sin fin del espíritu
ya vuelto a la vida, rompiéndose el hielo,
sintió al cabo brotar en el alma
la flor de la dicha, que engendra el deseo.
Dios no quiso que entrase infecunda
en la fértil región de los cielos;
piedad tuvo del ánimo triste
que el germen guardaba de goces eternos.*¡Oh, gloria!, deidad vana cual todas las deidades,
que en el orgullo humano tienen altar y asiento,
jamás te rendí culto, jamás mi frente altiva
se inclinó de tu trono ante el dosel soberbio.En el dintel oscuro de mi pobre morada
no espero que detengas el breve alado pie;
porque jamás mi alma te persiguió en sus sueños,
ni de tu amor voluble quiso gustar la miel.¡Cuántos te han alcanzado que no te merecían,
y cuántos cuyo nombre debiste hacer eterno,
en brazos del olvido más triste y más profundo
perdidos para siempre duermen el postrer sueño!(En las orillas del Sar, 1884)
VolverLos mundos que me rodean
son los que menos me extrañan;
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.*Pasé por un bosque y dije:
«Aquí está la soledad...»,
y el eco me respondió
con voz muy ronca: «aquí está».Y me respondió «aquí está»
y sentí como un temblor,
al ver que la voz salía
de mi propio corazón.*Yo no sé lo que tengo,
ni sé lo que me hace falta,
que siempre espero una cosa
que no sé cómo se llama.*Mirando al cielo juraste
no me engañarías nunca,
y desde entonces el cielo
sólo con verte se nubla.*Tu aliento es mi única vida,
y son tus ojos mi luz;
mi alma está donde tu pecho,
mi patria donde estás tú.*En sueños te contemplaba
dentro de la oscuridad,
y cuando abriste los ojos
todo comenzó a brillar.Todo comenzó a brillar,
y entonces te llamé yo:
cerraste al punto los ojos,
y la oscuridad volvió.*Cuando el frío de la muerte
a helar comience mi sangre,
te llamaré en voz muy alta
para que vengas a hablarme.Y cuando estés a mi lado
me dirás lo que ya sabes...,
y así se concluirán
de una vez todos mis males.*Me desperté a media noche,
abrí los ojos, y al ver
que tú estabas a mi lado,
volví a dormirme y soñé.*Las pestañas de tus ojos
son más negras que la mora,
y entre pestaña y pestaña
una estrellita se asoma.*A la luz de las estrellas
yo te vi, cara de cielo;
por eso cuando te miro,
de las estrellas me acuerdo.*Allá arriba el sol brillante,
las estrellas allá arriba;
aquí abajo los reflejos
de lo que tan lejos brilla.Allá lo que nunca acaba,
aquí lo que al fin termina;
¡y el hombre atado aquí abajo
mirando siempre hacia arriba!*Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen, al ver que se aleja:
¡quién sabe si volverá!Y los que van en la nave
dicen, mirando hacia atrás:
¡Quién sabe, cuando volvamos,
si se habrán marchado ya!*Los besos y los suspiros,
las lágrimas y las quejas,
¿quién sabe de dónde vienen
y donde el viento las lleva?*Desde la mañana
hasta la alta noche
¡siempre luchando el cuerpo ya viejo
con el alma aún joven!*¡Qué a gusto sería
sombre de tu cuerpo!,
todas las horas de día, de cerca
te iría siguiendo.Y mientras la noche
reinara en silencio,
toda la noche tu sombra estaría
pegada a tu cuerpo.Y cuando la muerte
llegara a vencerlo,
sólo una sombra por siempre serían
tu sombra y tu cuerpo.*Los cantares que yo escribo
bien sabes tú, compañera,
que antes los hago contigo.*Eres de tierra y no más;
pero mujer de una tierra
donde es inútil sembrar.*Las golondrinas ya vuelven,
y se irán y volverán...
¡Y tú la misma de siempre!*Cerca de la muerte, quiero
figurarme que vendrás
sobre mi tumba olvidada
un día y otro a llorar.Harto sé, pues te conozco,
que no has de venir jamás...;
pero al morirme, yo quiero
figurarme que vendrás.*La flor que me diste en tiempo
de amorosa intimidad,
la arrojo al mar, y se pierde
entre las olas del mar.Y este rizo que tu mano
cortó con amante afán,
lo arrojo al fuego, y el fuego
cenizas lo vuelve ya.Y tus continuas promesas
de eterna fidelidad,
las doy al viento que pasa
y se las lleva fugaz.Pero el recuerdo angustioso,
¡ay!, de tu engaño, por más
que se lo entrego a la tierra,
ella otra vez me lo da...Viento y fuego y mar se duelen
compasivos de mi mal,
y solamente la tierra
de mí no tiene piedad.*Mientras dura este vivir,
¿por qué tener más deseos
que los que se han de cumplir?Pienso en esto sin cesar
al ver que siempre deseo
lo que nunca he de alcanzar.*Quiero seguir los consejos
que me dais, gentes honradas,
y a este corazón rebelde
cortarle a tiempo las alas.Vuestro soy hasta que muera...
pero, como última gracia,
dejadme otra vez querer,
otra vez no más, y basta.*No te enorgullezcas tanto,
dice la hoja a la flor,
que de la misma semilla
hemos nacido las dos.*De caminar ya rendido
me senté, al caer la tarde,
a la orilla del camino.Era un camino penoso,
tanto, que yo no podía
seguir caminando solo.Allí, triste y en silencio,
vi llegar la oscura noche
que despierta los recuerdos.Larga noche, en que mi alma,
mientras el cuerpo dormía,
con sus recuerdos velaba...Pasó la noche, y pasaron
otros días y otras noches,
porque el camino era largo.Y caminé hasta que un día
durmióse el cuerpo..., ¡y aún duerme
mientras el alma vigila!(Obras Completas, 1893)
Canciones
de Enrique HeineVolverAl separarse dos, que se han querido,Wenn Zwei von einander scheiden
¡ay!, las manos se dan;
y suspiran y lloran,
y lloran y suspiran más y más.Entre nosotros dos no hubo suspiros
ni hubo lágrimas...¡Ay!
Lágrimas y suspiros
reventaron después... ¡muy tarde ya!¿Por qué, dime, bien mío, las rosas*Warum sind denn die Rosen so blass
tan pálidas yacen?
¿Por qué están en su césped tan muertas
las violas azules?... ¿Lo sabes?¿Por qué, dime, tan flébil gorjea
la alondra en el aire?
¿Por qué exhalan balsámicas yerbas
hedor de cadáver?¿Por qué llega tan torvo y sombrío
el sol a los valles?
¿Por qué, dime, se extiende la tierra,
cual sepulcro, tan parda y salvaje?¿Por qué yazgo tan triste y enfermo
yo propio?... ¿Lo sabes?
¿Por qué, aliento vital de mi alma,
por qué me dejaste?¡Ay! a la media noche, muda y fría,*Die Mitternacht war kalt und stumm
solo gemí del bosque entre las sombras,
y de su sueño recordé a los sauces,
que inclinaron de lástima sus copas.Me hacen mudar de colores,*Sie haben mich gequälet
me atormentan sin cesar,
con sus rencores los unos,
y con su amor los demás.Me han envenenado el agua,
me han emponzoñado el pan,
con sus rencores los unos,
y con su amor los demás.Pero ¡ay! la que más tormentos
y más angustias me da,
ni rencor me tuvo nunca,
ni amor me tuvo jamás.En sueños he llorado...*Ich hab'im Traum'geweinet
¡Soñé que en el sepulcro te veía...!
Después he despertado,
y continué llorando todavía.En sueños he llorado...
Soñé que me dejabas, alma mía...
Después he despertado,
y aún mi lloro amarguísimo corría.En sueños he llorado...
Soñé que aún me adorabas, y ¡eras mía!
Después he despertado
y lloré más... y aun lloro todavía.¡Por rosa, lirio, paloma y sol*Die Rose, die Lilie, die Taube, die Sonne
sentí yo un tiempo dichoso amor...!
Ya no lo siento. -Que es ella
la que amo no más ahora;
Ella, la linda, la esbelta,
la pura, la... en fin, la sola;
Ella, venero de todo amor,
que es rosa y lirio, paloma y sol.¡Mucho, en verdad, los dos hemos sentido,*Wir haben viel für eiander gefühlt
tú por mí, yo por ti...! ¡Y hemos vivido
llevándonos tan bien...! Y hemos jugado
a marido y mujer, sin que arañado
nos hayamos jamás, ni sacudido.
Juntos en risa y regodeo y broma,
supimos tiernamente
jugar a beso-daca y beso-toma.
Y, cosas de muchachos, de repente
jugar al escondite resolvimos;
y tal jugado habemos,
y tal maña nos dimos,
y tan rebién al fin nos escondimos,
que ya nunca jamás nos hallaremos.¡Que están emponzoñadas mis canciones...!*Vergifter sind meine Lieder
¿Y no han de estarlo, di?
Tú de veneno henchiste, de veneno,
mi vida juvenil.¡Que están emponzoñadas mis canciones...!
¿Y no han de estarlo, di?
Dentro del corazón llevo serpientes,
y a más, te llevo a ti.Tienes diamantes y perlas,*Du hast Diamanten und Perlen
y cuanto hay que apetecer;
y los más hermosos ojos...
¿Qué más anhelas, mi bien?A tus ojos hechiceros
he dedicado un tropel
de canciones inmortales...
¿Qué más anhelas, mi bien?¡Con tus hechiceros ojos,
cuán me has hecho padecer...!,
y me has arrojado a pique...
¿Qué más anhelas, mi bien?
Ya vino Mayo; con Mayo tornan*Gekommen ist der Maie
plantas y troncos a florecer,
y en la azulada región del cielo
nubes de rosa cruzar se ven.Y entre el ramaje de la espesura
de ruiseñores canta el tropel;
y los corderos de albos vellones
por la verdura triscan también.¡Y yo en la hierba, porque los males
mi voz ahogando, baldan mis pies...!
Y oigo a distancia vagos rumores,
y sueño a veces... ¡yo no sé qué!Hay una flor que adoro, mas por mi mala estrella*Ich liebe eine Blume, doch weiss ich nicht welche
no sé cuál es mi flor.
Yo miro una por una las copas de las flores
buscando un corazón.Dan a la tardecita las flores su perfume,
su canto el ruiseñor...
Un corazón quisiera, tan bello como el mío,
tan bello de pasión.El ruiseñor gorjea... Yo entiendo los gemidos
de su armoniosa voz...
A entrambos nos aflige tal dolor y tal pena,
tal pena y tal dolor.Siempre le cierro los ojos*Ich halte ihr die Augen Zu
cuando la beso en la boca;
y ella, por saber la causa,
con mil preguntas me acosa.Y a cada instante me dice
desde la noche a la aurora:
¿Por qué me cierras los ojos
cuando me besas la boca?Yo no le digo el por qué,
ni lo sé yo propio ahora...
Mas le cierro los ojos
para besarla en la boca.*¡Es el mundo tan hermoso,Die Welt ist so schön
y es tan azulado el cielo...!
¡Y exhalan tan suavemente
su hálito puro los céfiros!
Y señas se hacen las flores
del valle, de flores lleno;
¡y en el matinal rocío
quiebran cambiantes reflejos!
Y gozan las criaturas
do quiera mis ojos vuelvo...
Y yo, con todo, quisiera
yacer de la tumba dentro,
de la tumba, y replegarme
contra un amorcito muerto.Solitario en el Norte se alza un pino*Ein Fichtenbaum steht einsam
sobre arrecida altura soñoliento.
Con su manto blanquísimo le embozan
nieves y hielos.Con una palma sueña, que, al Oriente,
solitaria también, y lejos, lejos,
padece silenciosa, entre peñascos
que brotan fuego.Sus, servidor, y enjaeza*Mein Knecht! Steh'auf und saftle schnell
más que a paso tu alazán;
y ¡arriba!, y por la maleza
galopa a la fortaleza
del rey Cristián.
Y con maña te desliza
en la real caballeriza,
y sonsaca, por quien soy,
al palafrenero real,
cuál de las princesas, cuál,
se casa hoy.
Si fuese la rubia, al punto
ven de retorno y me avisa;
si la morena..., el asunto
no corre prisa;
y en tal caso, lo primero
al maese cordelero
compra un cordel, al pasar;
monta luego tu corcel,
y despacio, y sin chistar,
tráeme el cordel.