Bibliografía                                         Antología                                                        (Página creada por Pedro Soto)
 
Juan Pablo Forner
 

Bibliografía.Nació en Mérida, de familia valenciana, el 17 de febrero de 1756. Después de criarse en Madrid bajo la tutela del médico Andrés Piquer, tío de su madre, estudió en Salamanca y Toledo, donde se dice que se graduó. Volvió a Madrid para dedicarse a la jurisprudencia y a las letras; y habiéndose dado a conocer por su ruidosa polémica con Tomás de Iriarte, primera de muchas, el Conde de Floridablanca facilitó la publicación de su discutida Oración apologética por la España y su mérito literario: Forner también fue autor de versos líricos, satíricos y didácticos, de dramas, y de muchas otras obras en prosa, entre ellas la sátira literaria Exequias de la lengua castellana, publicada póstumamente. Con la protección de Godoy fue nombrado fiscal del crimen en la real audiencia de Sevilla en, y fiscal del Consejo de Castilla en 1796. Murió en Madrid el 16 de marzo de 1797.
 
 
                                                Antología

 

A LUCINDA, EN EL FIN DEL AÑO

¡Qué importa que ligera

la edad, huyendo en presuroso paso,

mi vida abrevie en la callada huida,

si cobro nueva vida

cuando en las llamas de tu amor me abraso,

y logro renacer entre su hoguera,

como el ave del sol, que vida espera?

Amor nunca fue escaso,

¡oh, Lucinda amorosa!

y aumenta gustos en los pechos tiernos.

Si el año tuvo fin, serán eternos

los que goce dichosa

mi dulce suerte entre tus dulces brazos,

¡oh mi Lucinda hermosa!,

brazos con tal blandura, que los lazos

vencerán de la Venus peregrina,

cuando, suelto el cabello,

a Marte desafía

y al victorioso dios vence en batalla;

en ellos mi amor halla

la vida, que en sus vueltas a porfía

el sol fúlgido y bello

me lleva en su carrera presurosa,

¡oh Lucinda amorosa!,

y en la estación helada,

cuando su margen despojada enfría

el yerto Manzanares,

al año despidiendo con su hielo,

la lumbre de tu cielo

dará calor a la esperanza mía,

ajena de pesares,

no perdida mi edad, mas renovada,

por más que el año huya,

con el calor de la esperanza tuya.

¡Oh! siempre acompañada

te goces del deseo que me anima,

más años que agradable

flores esparce en la húmeda ribera

la alegre primavera;

y nunca el cielo oprima

la dulce risa de tu rostro hermoso

con disgusto enojoso,

permitiendo que goce yo las flores

(como fiel mariposa

o cual dorada abeja, que su aliento

chupa, y en ellas forma su alimento)

de tus dulces amores,

¡oh mi Lucinda hermosa!

Y vuele el tiempo, pues su paso lento

detiene mi contento,

detiene torpe su estación tardía,

que tú me llames tuyo, y yo a ti mía;

vuele, vuele en buen hora,

y este año tenga fin, y juntamente

le tengan otros y otros; y el violento

curso de Febo, que la tierra dora

con su madeja ardiente,

su carrera apresure,

y tanto, en tanto mi ventura dure,

cuanto en tu pecho vea

reinar la llama que mi amor desea.

Vuelen, vuelen las horas,

y llévense los días y los años

en sus vueltas traidoras,

y llegue el tiempo en que mi amor posea

tu pecho unido al amoroso mío,

y la suerte gozosa

dé fin dichoso al ruego que la envío,

oh Lucinda amorosa;

y en tanto los engaños

de amor tengan tu pecho entretenido

con deseo, esperanza,

manjares que alimentan a Cupido.

¡Oh tardos días de presentes daños!

Por vosotros alcanza

su fin cuanto en el mundo es comprendido.

Pues huid, y dad fin al encendido

fuego en que mis deseos se alimentan;

mas, lográndolos luego,

el paso diligente

que detengáis os ruego;

dejad que entonces, pues que ahora cuentan

siglos los años, yo, mi bien gozando,

haga siglos los días,

y tanto dure en las venturas mías,

cuanto el alegre tiempo dar pudiera

estación venturosa

de tu edad a la hermosa primavera,

oh mi Lucinda hermosa.
 
 

PEQUEÑEZ DE LAS GRANDEZAS HUMANAS
Salgo del Betis a la ondosa orilla

cuando traslada el sol su nácar puro

al polo opuesto, y en el cielo oscuro

la luna ya majestüosa brilla.

Entre la opaca luz su honor humilla

la soberbia ciudad y el roto muro

que, al rigor de los siglos mal seguro,

reliquia funeral, ciñe a Sevilla.

Pierde la sombra su grandeza ufana;

la altiva población y sus destrozos

lúgubres se divisan y espantables.

Fía, Licino, en la grandeza humana;

contémplala en la noche de sus gozos,

y los verás medrosos, miserables.
 
 

EPIGRAMAS

EPITAFIO

Aquí yace Jazmín, gozque mezquino,

que sólo al mundo vino

para abrigarse en la caliente falda

de madama Crisalda,

tomar chocolatito,

bizcochos y confites,

el pobre animalito,

desazonar visitas y convites,

alzando la patita

para orinar las capas y las medias

con audacia maldita,

ladrar rabiosamente

al yente y al viniente,

ir en coche a paseos y comedias

y ser martirio eterno de criados,

por él o despedidos o injuriados

con furor infernal y grito horrendo.

Si inútil fue y aborrecible bicho,

y petulante y puerco y disoluto,

culpas no fueron suyas, era bruto;

educóle el capricho

de delicia soez con estupendo

horror de la razón; naturaleza

no le inspiró tan bárbara torpeza.

Los que en la tierra al Hacedor retratan,

sus hechuras divinas desbaratan,

corrompen y adulteran.

Los vicios de Jazmín, de su ama eran.
 
 

EPITAFIO BURLESCO
Esta breve pizarra en hoyo poco

albo esqueleto encierra,

no de varón que armado de diamante

en mortífera guerra

apresuró el imperio de la muerte

del Tajo al Orinoco,

porque supo matar, nombre triunfante

del tiempo y del olvido.

Ni yace aquí, a basura reducido,

el encanto de amor, la rosa, el oro

que en lascivo cabello

almas aprisionó con lazo fuerte,

y a quien rindieron el cautivo cuello,

por antojo de fácil hermosura,

la verdad y justicia,

avasallando su ínclito decoro

de una ramera al imperioso ceño.

Ni aquí la sombra obscura

ennegrece los huesos formidables

de un animado lodo,

para cuya codicia,

según ansiaba su insaciable dueño,

se creó el universo todo, todo,

y quiso Dios que fuesen miserables

los animales que se llaman hombres.

Ni sella (no te asombres)

esta losa a un devoto, que cantando

himnos al Hacedor en compungido

tono y clamor doliente,

pálido, cabizbajo y penitente

dejaba el templo, y sus dineros sacros

derramaba en profanos simulacros,

mientra el mendigo mísero y transido

recibía a sus puertas,

a la ambición y al aparato abiertas,

vil ochavillo o tísica piltrafa;

en fin, no aquí la estafa

yace disuelta en polvo y podredumbre,

ni la ambición impía,

congoja y pesadumbre

la linajuda vanidad de un necio

que en la ajena virtud puso su precio,

y siendo abominable

de todo vicio escandalosa presa,

se juzgó ente sublime y adorable

porque serie de vulvas conocidas

al mundo le arrojaron;

no locos devaneos que llenaron

las regiones del orbe divididas

de terror con el oro o con el hierro.

Aquí descansa, oh caminante, un perro

de quien jamás el mundo tuvo quejas.

Defendió de los lobos las ovejas

con robusto vigor y ágiles zancas.

Sus dientes y carlancas

fueron defensa al tímido rebaño,

y atronando los vagos horizontes

con fiel ladrido en las nocturnas horas,

ahuyentó de los montes

las bestias carniceras,

y los hombres, más fieros que las fieras.

Hizo bien a su grey, a nadie daño

con intento maligno.

Agradeció leal parco sustento,

y vigilante, a su deber atento,

no a ambición, no a interés, no a gloria vana,

no a delicia liviana

le ajustó, mas a sola la obediencia

de obrar cual le dictó la Providencia.

Bien tan gran perro de epitafio es digno;

y si no lo confiesas, caminante,

búscale entre los héroes semejante.