José de Espronceda nació el 25 de marzo de 1808 en el palacio del marqués de Monsalud, en Almendralejo. Su padre, el sargento mayor Camilo Espronceda, se trasladaba a la sazón con su mujer de Villafranca de los Barros a Badajoz, siguiendo su regimiento.
Pertenecían los padres a la clase media acomodada y ambos eran viudos de previo matrimonio. Es muy posible que madre e hijo acompañaran a Camilo mientras participaba en la guerra de la Independencia.
En 1820 estaban va todos en Madrid. Conoció por entonces José a uno de sus más íntimos amigos. Patricio de la Escosura, compañero de juegos y de letras, que ha conservado preciosas noticias de su vida. A él se debe la referencia del afecto del poeta por su madre Carmen Delgado y Lara, a la que pinta de carácter brusco.
Estudió en el Colegio de San Mateo (1821-1823) ciencias y humanidades bajo la dirección de Alberto Lista: aprendió a comentar textos; leyó autores españoles y franceses, y se familiarizó con los clásicos. El informe final lo pinta como poco aprovechado y revoltoso.
Fundó con otros condiscípulos la Academia del Mirto (1823-1826), dirigida por Lista, y allí leyó sus primeras composiciones poéticas. Con Ventura de la Vega, Escosura y otros creó la Sociedad de los Numantinos (1823-1825), a raíz de la ejecución del general Riego con el fin de luchar por las libertades. Denunciados fueron procesados en la primavera de 1825. Espronceda fue condenado a recluirse por tres meses en el convento de San Francisco de Guadalajara.
Quizá por estar sometido a vigilancia policíaca, como afirman lo biógrafos; quizá por afán de aventuras, como él dice, marchó al exilio (1827), dirigiéndose a Portugal. El viaje lo ha contado él mismo en "De Gibraltar a Lisboa". Conviene retener sus palabras al entrar en la capital portuguesa: "Y saqué un duro, único que tenía, y me devolvieron dos pesetas, que arrojé al Tajo porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero", el gesto sería un símbolo, de ser cierto: llevaba dinero y sus padres le enviaron regularmente más.
Posiblemente en Lisboa conoció a Teresa Mancha. Como los liberales españoles no eran bien vistos allí, fue detenido y expulsado en agosto, yéndose a Londres a donde llegó en septiembre de 1827.
Aquí se relacionó con la facción del guerrillero Mina, a la que pertenecían entre otros los coroneles Francisco Mancha y Joaquín Pablo "Chapalangarra». Y pronto debió entablar algún tipo de contacto con Teresa, hija del primero, llegada a Inglaterra a fines de 1827. Teresa, sin embargo, se casaría en 1829 con un comerciante español, Gregorio del Bayo, y tendría de él dos hijos.
En marzo de 1829 marchó Espronceda a Bruselas y de allí a París y Burdeos: los espías españoles dijeron que en misión política por orden de Mina o Torrijos; pero no hay prueba de ello. Otros sugieren que deseaba separarse de Teresa.
Luchó en las barricadas con los revolucionarios franceses en julio de 1830. Y en octubre fue con Chapalangarra, a las órdenes de Mina, a una acción bélica contra Fernando VII en el Pirineo navarro, donde aquél perdió la vida.
En enero de 1831 se alistó como voluntario para luchar en Polonia; pero la fuerza expedicionaria no salió de París. En el verano de ese año participó activamente en los planes de otros exiliados como Istúriz, Flórez Estrada, Rivas, Alcalá Galiano, Calatrava.
En enero de 1832 volvió a Londres, permaneciendo hasta agosto. Seguramente vio a Teresa, pues al regresar a París ella decidió abandonar a su familia y reunirse con él en octubre.
Acogiéndose a un decreto de amnistía retornó a Madrid (1833), vendo a vivir con su madre e instalando a Teresa en una casa próxima. Esta situación ilegal le produjo algunos inconvenientes.
En mayo de 1833 ingresó en el Cuerpo de Guardias de Corps, quizá como medio de ganarse la vida sin depender de su madre ya viuda. Se le expulsó en seguida sin que se sepan las razones. Fue confinado en Cuéllar por haber escrito versos subversivos, según unos, o quizá, siguiendo la suerte de otros regresados a los que Cea alejó de Madrid. Allí entretuvo sus ocios redactando Sancho Saldaña.
En enero de 1834 estaba otra vez en Madrid. Ese mismo año tuvo de Teresa una hija, Blanca. Fue uno de los redactores más activos de El Siglo (enero-marzo de 1834), revista que se proclamaba monárquica moderada. Al ser censurado su número catorce por el gobierno, a Espronceda se le ocurrió la idea de publicarlo en blanco con sólo los títulos de los artículos, lo que mereció un jocoso comentario de Larra en "El siglo en blanco".
En marzo fue aceptado en la Milicia Nacional. En julio, al descubrirse la conjuración de la Isabelina, fue desterrado a Badajoz; pero no cumplió la condena, si bien estuvo preso unos días.
Para 1835 Espronceda es ya famoso en Madrid por sus actividades políticas, por su vida desarreglada y por algunos poemas. Fue uno de los fundadores del Ateneo que se creó en ese año y colaborador de El Artista, también publicada entonces.
Tras las revueltas del verano contra Toreno, hubo de estar escondido para evitar el arresto hasta la llegada de Mendizábal al poder en septiembre. Fue emisario de éste en algunas gestiones con las Juntas y corrieron rumores de haber participado en un complot para asesinar a Muñoz, el amante de la reina.
En 1836 colaboró en El Español como su amigo Larra. Teresa lo abandonó, dolida de las frecuentes ausencias y su jactancia de conquistador. La recogió Escosura como también a su hija, con la que después se casó.
Se presentó a las elecciones de ese año con Istúriz, lo que le valió, como a Larra, también candidato, no pocas calumnias. No fue elegido. Espronceda se había opuesto previamente Istúriz y quiso incluso iniciar una revuelta contra él como ya lo había hecho contra Toreno.
Los años siguientes, hasta su muerte, alternó la creación literaria con la política, mostrándose cada vez más radical en las dos. Explicó en el Liceo (1839), a donde asistía puntualmente, unas lecciones de literatura moderna, cuyo contenido se conoce gracias al resumen hecho por Gil y Carrasco: expone ideas generales sobre el romantismo, cree en la poesía expresión social y admira a Byron como encarnación de su tiempo.
En septiembre de 1839 murió Teresa: se dice que vio su cadáver expuesto en un humilde cuarto a través de las rejas de una ventana. Una situación semejante evoca en El diablo mundo.
Poco después apareció en su vida una nueva mujer, Carmen de Osorio, llamada "la generala», famosa en Madrid por su conducta frívola y atrevida.
Se sabe que a comienzos de 1840 se batió en duelo: pero se ignoran las circunstancias. En los sucesos de ese año se puso contra la regente, declarándose después republicano y defendiendo sus convicciones desde El Huracán.
Se presentó como candidato a diputado por Sevilla, Madrid y Almería, defendiendo la causa de los emigrados en la Ominosa Década y de los que habían luchado contra Fernando VII en 1830 y 1831.
En 1841 fue nombrado secretario de Legación en los Países Bajos, a donde se dirigió en diciembre. Poco después fue elegido diputado a Cortes, en las que ingresó en la sesión de marzo de 1842. Asistía y participaba en los debates dando siempre muestras de crítica constructiva.
Su pensamiento político puede resumirse en estos puntos: predominio de lo social sobre lo individual, necesidad de un gobierno capaz de dirigir a pueblo, moralidad administrativa expansión del espíritu mercantil; protección ante el libre cambio, defensa del pueblo y los trabajadores.
Murió (1842) de una afección de las vías respiratorias, siendo enterrado con grandes honores. Proyectaba entonces casarse con Bernarda de Beruete, con la que había iniciado relaciones formales al volver de los Países Bajos.
Zorrilla, en sus Recuerdos, ha dejado un retrato que coincide con el
de los pintores Arroyo y Esquivel: "La cabeza de Espronceda rebosaba carácter
y originalidad. Su cara pálida por la enfermedad, estaba coronada
por una cabellera negra, rizada y sedosa, dividida por una raya casi en
medio de la cabeza y ahuecada por ambos lados sobre las orejas, pequeñas
y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban en rizos. Sus cejas,
negras, finas y rectas, doselaban sus ojos límpidos e inquietos,
resguardados por riquísimas pestañas; el perfil de su nariz
no era muy correcto... Su mirada era franca, y su risa, pronta y frecuente,
no rompía jamás en descompuesta carcajada."
El estudiante de Salamanca
PARTE PRIMERA
Sus fueros, sus bríos, sus premáticas, su voluntad. Don Quijote.- Parte primeraEra más de medianoche
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrega envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas:
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a medianoche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río,
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un ¡ay!, se escuchó;
un ay moribundo, un ay
que penetra el corazón
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay!, de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
Cual suele la luna tras lóbrega nubeEl ruidoUna calle estrecha y alta,cesó,
un hombre
pasó
embozado,
el sombrero
recatado
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro
de una iglesia
y en la sombra
se perdió.
la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón
lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura
y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra
una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado
la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo
al pasar frente a la cruz.
con franjas de plata bordarla en redor,
y luego si el viento la agita, la sube
disuelta a los aires en blanco vapor:
así vaga sombra de luz y de nieblas,
mística y aérea dudosa visión,
ya brilla, o la esconden las densas tinieblas
cual dulce esperanza, cual vana ilusión.
La calle sombría, la noche ya entrada,
la lámpara triste ya pronta a expirar,
que a veces alumbra la imagen sagrada
y a veces se esconde la sombra a aumentar.
El vago fantasma que acaso aparece
y acaso se acerca con rápido pie,
y acaso en las sombras tal vez desparece,
cual ánima en pena del hombre que fué,
al más temerario corazón de acero
recelo inspirara, pusiera pavor;
al más maldiciente feroz bandolero
el rezo a los labios trajera el temor.
Mas no al embozado, que aún sangre su espada
destila, el fantasma terror infundió,
y, el arma en la mano con fuerza empuñada,
osado a su encuentro despacio avanzó.
Segundo don Juan Tenorio,Bella y más pura que el azul del cieloalta fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor:
Siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía
nada teme y todo fía
de su espada y su valor.
Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y, hoy despreciándola, deja
la que ayer se le rindió.
Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado,
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió.
Ni vió el fantasma entre sueños
del que mató en desafío,
ni turbó jamás su brío
recelosa previsión.
Siempre en lances y en amores,
siempre en báquicas orgías,
mezcla en palabras impías
un chiste a una maldición.
En Salamanca famoso
por su vida y buen talante,
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
fuero le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza,
su hermosura varonil.
Que en su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar:
que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar.
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con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos,
ángel puro de amor que amor inspira
fué la inocente y desdichada Elvira.
Elvira, amor del estudiante un día,
tierna y feliz y de su amante ufana,
cuando al placer su corazón se abría,
como al rayo del sol rosa temprana;
de aquel fingido amor que la mentía,
la miel falaz que de sus labios mana
bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno
de que oculto en la miel hierve el veneno.
Que no descansa de su madre en brazos
más descuidado el candoroso infante,
que ella en los falsos lisonjeros lazos
que teje astuto el seductor amante:
dulces caricias, lánguidos abrazos,
placeres; ¡ay!, que duran un instante,
que habrán de ser eternos imagina
la triste Elvira en su ilusión divina.
Que el alma virgen que halagó un encanto
con nacarado sueño en su pureza,
todo lo juzga verdadero y santo,
presta a todo virtud, presta belleza.
Del cielo azul al tachonado manto,
del sol radiante a la inmortal riqueza,
al aire, al campo, a las fragantes flores,
ella añade esplendor, vida y colores.
Cifró en don Félix la infeliz doncella
toda su dicha, de su amor perdida;
fueron sus ojos a los ojos de ella
astros de gloria, manantial de vida.
Cuando sus labios con sus labios sella,
cuando su voz escucha embebecida,
embriagada del dios que la enamora,
dulce le mira, extática le adora.
PARTE SEGUNDA
...Except the hollow sea’s.Mourns ó'er the beauty of the Cyclades.Byron. Don Juan, canto 4, LXXII.Está la noche serena,Vedla, allí va que sueña en su locurade luceros coronada,
terso el azul de los cielos
como transparente gasa.
Melancólica la luna
va trasmontando la espalda
del otero: su alba frente
tímida apenas levanta,
y el horizonte ilumina,
pura virgen solitaria,
y en su blanca luz süave
el cielo y la tierra baña.
Deslízase el arroyuelo
fúlgida cinta de plata
al resplandor de la luna,
entre franjas de esmeralda.
Argentadas chispas brillan
entre las espesas ramas,
y en el seno de las flores
tal vez aduermen las auras.
Tal vez despiertas susurran,
y al desplegarse sus alas,
mecen el blanco azahar,
mueven la aromosa acacia,
y agitan ramas y flores
y en perfumes se embalsaman:
tal era pura esta noche
como aquella en que sus alas
los ángeles desplegaron
sobre la primera llama
que amor encendió en el mundo,
del Edén en la morada.
¡Una mujer! ¿Es acaso
blanca silfa solitaria,
que entre el rayo de la luna
tal vez misteriosa vaga?
Blanco es su vestido, ondea
suelto el cabello a la espalda.
Hoja tras hoja las flores
que lleva en su mano, arranca.
En su paso incierto y tardo,
inquietas son sus miradas,
mágico ensueño parece
que halaga engañosa el alma.
Ora, vedla, mira al cielo,
ora suspira, y se para:
una lágrima sus ojos
brotan, acaso, y abrasa
su mejilla; es una ola
del mar que en fiera borrasca
el viento de las pasiones
ha alborotado en su alma.
Tal vez se sienta, tal vez
azorada se levanta;
el jardín recorre silenciosa,
tal vez a escuchar se para.
Es el susurro del viento,
es el murmullo del agua,
no es su voz, no es el sonido
melancólico del arpa.
Son ilusiones que fueron:
recuerdos ¡ay! que te engañan,
sombras del bien que pasó...
ya te olvidó el que tú amas.
esa noche y esa luna
las mismas son que miraran
indiferentes tu dicha,
cual ora ven tu desgracia.
¡Ah llora sí, pobre Elvira!
¡Triste amante abandonada!
Esas hojas de esas flores
que distraída tú arrancas,
¿sabes adónde, infeliz,
el viento las arrebata?
Donde fueron tus amores,
tu ilusión y tu esperanza.
Deshojadas y marchitas,
pobres flores de tu alma!
Blanca nube de la aurora,
teñida de ópalo y grana,
naciente luz te colora,
refulgente precursora
de la cándida mañana.
Mas ¡ay!, que se disipó
tu pureza virginal,
tu encanto el aire llevó
cual la ventana ideal
que el amor te prometió.
Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
las ilusiones perdidas,
¡ay!, son hojas desprendidas
del árbol del corazón.
¡El corazón sin amor!
páramo cubierto
con la lava del dolor,
oscuro inmenso desierto
donde no nace una flor!
Distante un bosque sombrío,
el sol cayendo en la mar,
en la playa un aduar,
y a lo lejos un navío
viento en popa navegar;
óptico vidrio presenta
en fantástica ilusión,
y al ojo encantado ostenta
gratas visiones, que aumenta
rica la imaginación.
Tú eres, mujer, un fanal
transparente de hermosura:
¡ay de ti!, si por tu mal
rompe el hombre en su locura
tu misterioso cristal.
Mas ¡ay!, dichosa tú, Elvira,
en tu misma desventura,
que aún deleites te procura
cuando tu pecho suspira,
tu misteriosa locura:
que es la razón un tormento,
y vale más delirar
sin juicio, que el sentimiento
cuerdamente analizar,
fijo en él el pensamiento.
---------
presente el bien que para siempre huyó.
Dulces palabras con amor murmura:
piensa que escucha al pérfido que amó.
Vedla, postrada su piedad implora
cual si presente le mirara allí:
vedla, que sola se contempla y llora,
miradla delirante sonreír,
Y su frente en revuelto remolino
ha enturbiado su loco pensamiento,
como nublo que en negro torbellino
encubre el cielo y amontona el viento,
vedla cuidadosa escoger flores,
y las lleva mezcladas en la falda,
y, corona nupcial de sus amores,
se entretiene en tejer una guirnalda.
Y en medio de su dulce desvarío
triste recuerdo el alma le importuna,
y al margen va del argentado río,
y allí las flores echa de una en una;
y las sigue su vista en la corriente,
una tras otra rápidas pasar,
y confusos sus ojos y su mente
se siente con sus lágrimas ahogar:
y de amor canta, y en su tierna queja
entona melancólica canción,
canción que el alma desgarrada deja,
lamento ¡ay!, que llaga el corazón.
---------
¿Qué me valen tu calma y tu terneza,
tranquila noche, solitaria luna,
si no calmáis del hado la crudeza,
ni me dais esperanza de fortuna?
¿Qué me valen la gracia y la belleza,
y amar como jamás amó ninguna,
si la pasión que el alma me devora,
la desconoce aquel que me enamora?
Lágrimas interrumpen su lamento,
inclinan sobre el pecho su semblante,
y de ella en derredor susurra el viento
sus últimas palabras, sollozante.
-----
Murió de amor la desdichada Elvira,
cándida rosa que agostó el dolor,
süave aroma que el viajero aspira
y en sus alas el aura arrebató.
Vaso de bendición, ricos colores
reflejó en su cristal la luz del día,
mas la tierra empañó sus resplandores,
y el hombre lo rompió con mano impía.
Una ilusión acarició su mente:
alma celeste para amar nacida,
era el amor de su vivir la fuente,
estaba junto a su ilusión su vida.
Amada del Señor, flor venturosa,
llena de amor murió y de juventud:
despertó alegre una alborada hermosa,
y a la tarde durmió en el ataúd.
Mas despertó también de su locura
al término postrero de su vida,
y al abrirse a sus pies la sepultura,
volvió a su mente la razón perdida.
¡La razón fría! la verdad amarga,
¡el bien pasado y el dolor presente!...
Ella feliz, que de tan dura carga
sintió el peso al morir únicamente.
Y conociendo ya su fin cercano,
su mejilla una lágrima abrasó;
y así al infiel con temblorosa mano,
moribunda su víctima escribió:
«Voy a morir: perdona si mi acento
vuela importuno a molestar tu oído:
él es, don Félix, el postrer lamento
de la mujer que tanto te ha querido.
La mano helada de la muerte siento...
Adiós, ni amor ni compasión te pido...
Oye y perdona si al dejar el mundo,
arranca un ¡ay!, su angustia al moribundo,
¡ah!, para siempre adiós. Por ti mi vida
dichosa un tiempo resbalar sentí,
y la palabra de tu boca oída,
éxtasis celestial fué para mí.
Mi mente aún goza la ilusión querida
que para siempre ¡mísera!, perdí...
¡Ya todo huyó, despareció contigo!
¡Dulces horas de amor, yo las bendigo!
«Yo las bendigo, sí, felices horas,
presentes siempre en la memoria mía,
imágenes de amor encantadoras,
que aún vienen a halagarme en mi agonía.
Mas ¡ay!, volad, huid, engañadoras
sombras, por siempre; mi postrero día
ha llegado: perdón, perdón. ¡Dios mío!,
si aún gozo en recordar mi desvarío.
«Y tú, don Félix, si te causa enojos
que te recuerde yo mi desventura,
piensa están haítos de llorar mis ojos
lágrimas silenciosas de amargura,
y hoy, al tragar la tumba mis despojos,
concede este consuelo a mi tristura:
estos renglones compasivo mira,
y olvida luego para siempre a Elvira.
«Y jamás turbe mi infeliz memoria
con amargos recuerdos tus placeres;
goces te dé el vivir, triunfos la gloria,
dichas el mundo, amor otras mujeres:
y si tal vez mi lamentable historia
a tu memoria con dolor trajeres,
llórame, sí; pero palpite exento
tu pecho de roedor remordimiento.
«Adiós por siempre, adiós: un breve instante
siento de vida, y en mi pecho el fuego
aún arde de mi amor; mi vista errante
vaga desvanecida... ¡calma luego,
oh muerte, mi inquietud!... ¡Sola... expirante!...
Amame: no, perdona: ¡inútil ruego!
Adiós, adiós ¡tu corazón perdí!
-¡Todo acabó en el mundo para mí!
Así escribió su triste despedida
momentos antes de morir, y al pecho
se estrechó de su madre dolorida,
que en tanto inunda en lágrimas su lecho.
Y exhaló luego su postrer aliento,
y a su madre sus brazos se apretaron
con nervioso y convulso movimiento,
y sus labios un nombre murmuraron.
Y huyó su alma a la mansión dichosa
do los ángeles moran... Tristes flores
brota la tierra en torno de su losa,
el céfiro lamenta sus amores.
Sobre ella un sauce su ramaje inclina,
sombra le presta en lánguido desmayo,
y allí en la tarde, cuando el sol declina,
baña su tumba en paz su último rayo...
PARTE TERCERA
CUADRO DRAMATICO
SarG. ¿Tenéis más que parar ?Franco.- Paro los ojos. (...)los ojos sí, los ojos, que descreoDel que los hizo para tal empleo.Moreto.- San Francisco de SenaPERSONAS
DON FÉLIX DE MONTEMAR.
DON DIEGO DE PASTRANA.
SEIS JUGADORES.
En derredor de una mesa
hasta seis hombres están,
fija la vista en los naipes,
mientras juegan al parar;
y en sus semblantes se pintan
el despecho y el afán;
por perder desesperados,
avarientos por ganar.
Reina profundo silencio,
sin que lo rompa jamás
otro ruido que el del oro,
o una voz para jurar.
Pálida lámpara alumbra
con trémula claridad;
negras de humo las paredes
de aquella estancia infernal
Y el misterioso bramido
Se escucha del huracán,
que azota los vidrios frágiles
con sus alas al pasar.
ESCENA I
JUGADOR PRIMERO
El caballo aún no ha salido.
JUGADOR SEGUNDO
Qué carta vino?
JUGADOR PRIMERO
La sota.
JUGADOR SEGUNDO
Pues por poco se alborota.
JUGADOR PRIMERO
Un caudal llevo perdido:
¡Voto a Cristo !
JUGADOR SEGUNDO
No juréis,
que aún no estáis en la agonía.
JUGADOR PRIMERO
No hay suerte como la mía.
JUGADOR SEGUNDO
¿Y como cuánto perdéis?
JUGADOR PRIMERO
Mil escudos y el dinero
que don Félix me entregó.
JUGADOR SEGUNDO
¿Dónde anda?
JUGADOR PRIMERO
¡Qué sé yo!
No tardará.
JUGADOR TERCERO
Envido.
JUGADOR PRIMERO
Quiero.
ESCENA II
Galán de talle gentil,
la mano izquierda apoyada
en el pomo de la espada
y el aspecto varonil:
alta el ala del sombrero
porque descubra la frente,
con airoso continente
entró luego un caballero.
JUGADOR PRIMERO
(Al que entra.)
Don Félix, a buena hora
habéis llegado.
DON FÉLIX
¿Perdisteis?
JUGADOR PRIMERO
El dinero que me disteis
y esta bolsa pecadora.
JUGADOR SEGUNDO
Don Félix de Montemar
debe perder. El amor
le negará su favor
cuando le viera ganar.
DON FÉLIX
(Con desdén)
Necesito ahora dinero
y estoy hastiado de amores.
(Al corro, con altivez.)
Dos mil ducados, señores,
por esta cadena quiero.
Quítase una cadena que lleva al pecho.)
JUGADOR TERCERO
Alta ponéis la tarifa.
DON FÉLIX
(Con altivez.)
La pongo en lo que merece.
Si otra duda se os ofrece,
decid.
(Al corro)
Se vende y se rifa.
JUGADOR CUARTO
(Aparte.)
¿Y hay quien sufra tal afrenta?
DON FÉLIX
Entre cinco están hallados.
A cuatrocientos ducados
os toca, según mi cuenta.
Al as de oros. Allá va.
(Va echando cartas, que toman los jugadores en silencio)
Uno, dos...
(Al perdidoso. )
Con vos no cuento.
JUGADOR PRIMERO
Por el motivo lo siento.
JUGADOR TERCERO
¡El as!