Espronceda, José de (1808-1842), poeta y revolucionario español,
fue uno de las más grandes románticos y su vida integra la
rebelión moral y la política.
Nació en Almendralejo (Badajoz) hijo de un militar, durante
la guerra de Independencia contra los franceses. A los quince años,
el día en que fue ahorcado el general Riego, fundó una sociedad
secreta, Los Numantinos, para vengar su muerte. Los jóvenes conspiradores
fueron condenados a cinco años, que se redujeron a unas semanas
en un convento de Guadalajara, donde compuso el poema Pelayo. Con dieciocho
años se exilió voluntariamente a Lisboa y Londres, ciudades
en las que se enamoró de Teresa Mancha que le inspiraría
uno de sus poemas más hermosos. Participó en las barricadas
de París, en la revolución de 1830, y entró en España
con una expedición de revolucionarios, que fracasó. Fue desterrado
y durante ese periodo compuso varias poesías y la tragedia Blanca
de Borbón. Raptó a Teresa y vivió la triple embriaguez
romántica del amor, la libertad y la patria. Regresó a España
en 1833 y tomó parte en otros pronunciamientos que le supusieron
nuevas persecuciones. Posteriormente inició una brillante carrera
literaria, diplomática y política. Adquirió fama nacional
a partir de 1836, cuando publicó La canción del pirata que,
a pesar de su discutida deuda con Lord Byron, constituye el manifiesto
lírico del romanticismo español con su intensa defensa de
la libertad, la rebeldía religiosa, social y política. Ese
poema y otros ya conocidos se recogieron en Poesías de don José
de Espronceda, de 1840, donde junto a poemas que reflexionan filosóficamente
sobre el destino humano, aparecen otros políticos y amorosos. Después
de romper con Teresa, realizó nuevas interpretaciones del amor,
como ocurre en el famosísimo poema A Jarifa en una orgía,
donde expresa desilusión, hastío, lamentación del
placer perdido y rebelión contra la realidad de la vida, con un
lirismo contenido que añade ritmos poéticos inéditos
que anticipan la versificación modernista.
El estudiante de Salamanca, incluido en las Poesías, funde poesía
dramática y narrativa, y es precursor del Don Juan Tenorio de Zorrilla,
que incorpora elementos de la novela gótica inglesa. Cárcel,
amor, crimen, dolor y muerte también aparecen en el inconcluso El
Diablo Mundo, de 1840, un extenso poema cuyo protagonista es testigo de
excepción de todas las tragedias y los destinos humanos.
Espronceda, que murió en Madrid, también escribió
la novela histórica Sancho Saldaña, aparecida en 1834, el
relato fantástico La pata de palo, de 1835, la sátira El
pastor Clasiquino, de 1835, y muchos artículos y obras dramáticas,
que la crítica considera decepcionantes. Sin embargo, algunas de
sus poesías, como las citadas y otras más, continúan
gozando de gran popularidad.
Poesías
La noche
Romance a la mañana
La tormenta de noche
Sonetos
A la noche
A la luna
La quejas de su amor
Serenata
Al pescador
Canción patriótica
A la muerte de Don Joaquín De Pablo (Chapalangarra)
A don José García de Vilalta
I
A don José García de Vilalta
II
A la señora de Torrijos
A Matilde
A un ruiseñor
(Fragmento)
A una mariposa
Suave tu sonrisa
A Balbino Cortés
A una dama burlada
Octava real
Epitafio a Don Pablo Iglesias
A xxx, dedicándole estas
poesías
A Carolina Coronado
A Guardia
¡Guerra!
A la traslación
de las cenizas de Napoleón
A Anfriso
La estrella
El dos de Mayo
En lúgubre silencio sepultados,
yacen los mares, cielo, tierra y viento;
la luna va, con tardo movimiento,
por medio de los astros enlutados.
Duerme el feliz pastor con sus ganados,
paran las aves su canoro acento,
y de la noche el manto soñoliento
al hombre da descanso en sus cuidados.
¡ Salve, oh luna ! Salud, nocturno velo,
tan deseado del dichoso amante;
así entoldases siempre el alto cielo,
y de Febo jamás la luz radiante,
iluminando el espacioso suelo,
viese mi llanto triste e incesante.
Ya sale la bella aurora
de esplendores mil velada,
en su carro derramando
brillantes perlas y nácar.
Las aves salen alegres
celebrando la mañana;
un rocío grato se esparce
que aljófar en todo cuaja.
La arboleda reverdece,
van murmurando las aguas
del arroyuelo y las fuentes
agitan sus odas claras.
Céfiro süavemente
las tiernas flores halaga,
que una fragancia agradable
por dondequiera derraman.
Aquí bailan los amores,
allí las hermosas gracias
van recogiendo las rosas
del rocío salpicadas.
De animada luz coloran
los montes sus cimas altas,
y entre tan gratas bellezas
confusa la vista vaga.
El pastor cantando guía
sus ovejas escarchadas;
unce el labrador los bueyes
que le siguen con tardanza.
El sol por fílgidas nubes
va saliendo, y de oro y grana,
colora el velo azulado
con refulgentes llamas.
Un tierno susurro mueve
por los árboles el aura
que sus hojas suavemente
conmueve flebil y blanda.
Todo es paz, todo es alegría,
y el placer llena el alma.
Feliz el hombre que goza
de quietud tan dulce y grata,
no el que en la corte lujosa
do sólo cuidados halla.
En jardines se divierte,
hijos de la industria humana.
Ven al prado, Delio amigo,
ven a la pobre cabaña,
y despreciando la corte,
gocemos de dicha tanta:
aquí hallarás mil pastoras
más tiernas, más agradecidas
que de la triste ciudad
las soberbias cortesanas.
Aquí al amor cantaremos
al son de tu lira blanda,
y alejando los cuidados
gozaremos dulce calma.
¡ Cómo gime la tierra, cuál retiembla,
cuál arrebata el Bóreas furioso
de la elevada cima el olmo añoso !
¡ Cuál desbarata el rayo, cuál despide
cárdena luz su precursor ardiente
con hórrido bramido,
cuál gime el aquilón enfurecido !
El pastor espantado
en su infeliz cabaña
pide a Dios que su saña
detenga y su furor;
a los templos la gente
corre, la madre ansiosa
a su infante amorosa
guardando con temor.
.
Mares arroja el cielo,
el ronco trueno suena,
y de triste pavor los valles llena.
Los labradores miran
sus frutos anegados y perdidos;
mueve su carro Dios por la alta esfera,
haciendo estremecer la tierra entera.
Mas la rosada aurora
por las puertas de Oriente
sale con faz riente.
Las pardas nubes huyen,
dejando claro el cielo;
el azulado velo
se empieza ya a mostrar.
La solícita abeja
sale al prado florido,
que su brillo perdido
ha vuelto a recoger;
y en las flores se posa,
su pimpollo picando;
el pájaro volando
el campo sale a ver.
Ven, mi Dorila amada,
baja ya a la pradera,
deja tu esquivez fiera,
ven al campo a gozar;
la flor luego marchita
el tiempo presuroso,
y el placer delicioso
pasa sin más tornar.
Llora, llora, infeliz: tu amargo duelo
sempiterno será cual tu castigo,
y tu linaje mísero contigo
llore también sin esperar consuelo.
Infanda prole en inmortal desvelo
criarás en tu dolor, y tu enemigo
se aplacerá, de tu pesar testigo,
cuando tu propia sangre inunde el suelo.
¡ Triste ! perdón demandarás en vano;
que contra ti de cólera encendido
lanzó su maldición Dios soberano.
Tronó el cielo y horrísono alarido
retumbó el hondo Caos, contra el humano
¡ ay ! maldición sonando pavorido.
Soneto
Bajas de la cascada, undosa fuente,
con armonioso estrépito sonoro;
y en lecho de cristal y arenas de oro
forma quieto remanso tu corriente.
En tu emboscada margen, puro ambiente
une sus blandas quejas al canoro
himno, que de las aves alza el coro,
y al eco en torno resonar se siente.
Salve, mansión de mis delicias fuiste,
regalo de mi alma enamorada,
templo otro tiempo de la gloria mía:
Vuelvo a encontrarte desdeñado y triste,
y en desventuras mirarás trocada
la dicha que gozar me viste un día.
Soneto
Fresca, lozana, pura y olorosa,
gala y adorno del pensil florido,
gallarda puesta sobre el ramo erguido,
fragancia esparce la naciente rosa.
Mas si el ardiente sol lumbre enojosa
vibra del can el llamas encendido,
el dulce aroma y el color perdido,
sus hojas lleva el aura presurosa.
Así brilló un momento mi ventura
en alas del amor, y hermosa nube
fingí tal vez de gloria y alegría.
Mas ¡ ay ! que el bien trocóse en amargura,
y deshojada por los aires sube
la dulce flor de la esperanza mía.
Salve, o tú, noche serena,
que al mundo velas augusta,
y los pesares de un triste
con tu oscuridad endulzas.
El arroyuelo a lo lejos
más acallado murmura,
y entre las ramas el aura
eco armonioso susurra.
Se cubre el monte de sombras
que las praderas anublan,
y las estrellas apenas
con trémula luz alumbran.
Melancólico rüido
del mar las olas murmuran,
y fatuos, rápidos fuegos
entre sus aguas fluctúan.
El majestüoso río
sus claras ondas enluta,
y los colores del campo
se ven en sombra confusa.
Al aprisco sus ovejas
lleva el pastor con presura,
y el labrador impaciente
los pesados bueyes punza.
En sus hogares le esperan
su esposa y prole robusta;
parca cena, preparada
sin sobresalto ni angustia.
Todo süave reposo
en tu calma, ¡ Oh noche !, buscan,
y aun las lágrimas tus sueños
al desventurado enjugan.
¡ Oh, qué silencio ! ¡ Oh, qué grata
oscuridad y tristura !
¡ Cómo el alma contemplaros
en sí recogida gusta !
Del mustio agorero búho
el ronco graznar se escucha,
que le magnífico reposo
interrumpe de las tumbas.
Allá en la elevada torre
lánguida lámpara alumbra,
y en derredor negras sombras,
agitándose, circulan.
Mas ya el pértigo de plata
muestra naciente la luna.
Y las cimas del otero
de cándida luz inunda.
Con majestad se adelanta
y las estrellas ofusca,
y el azul del alto cielo
reverbera en lumbre pura.
Delízase manso el río,
y su luz trémula ondula
en sus aguas retratada,
que le terso espejo relumbran.
Al blando batir del remo,
dulces cantares se escuchan
del pescador, y su barco
al plácido rayo cruza.
El ruiseñor a su esposa
con vario cántico arrulla,
y en la calma de los bosques
dice él solo sus ternuras.
Tal vez de algún caserío
se ve subir, en confusas
ondas, el humo, y por ellas
entreclarear la luna.
Por el espeso ramaje
penetrar sus rayos dudan,
y las hojas que los quiebran,
hacen que tímidos luzcan.
Ora la brisa süave
entre las flores susurra,
y de sus gratos aromas,
el ancho campo perfuma.
Ora ocaso en la montaña,
eco sonoro modula
algún lánguido sonido,
que otro a imitar se apresura.
Silencio, plácida clama,
a algún murmullo se juntan
tal vez, haciendo más grata
la faz de la noche augusta.
¡ Oh !, salve, amiga del triste,
con blando bálsamo endulza
los pesares de mi pecho,
que en ti su consuelo buscan.
Salve, tranquila plateada luna,
que de la noche la grandeza ensalzas,
tus rayos ora derramando alegras
mares y tierra.
Triste te admiro, desdichado amante,
entre las ramas escuchando ahora,
dulce jugando con sonantes alas,
céfiro flébil.
Ya retratada en el arroyo puro,
trémula giras en sus ondas claras;
ya entre celajes asomando brusca
miro tus rayos.
Tú me recuerdas, amorosa luna,
la dulce noche que en mis tiernos brazos
cayó mi bien enajenada, dando
lánguidos besos.
Tú iluminabas la tendida esfera,
tú, venturosa, de Endimión en brazos,
tierna mirabas mi felice gozo,
gozo anhelado.
Aquí la sonido del suave canto
que Filomena enamorada entrega
al viento, dando cariñosos ayes,
tórtola blanda,
los dulces labios de mi dulce amada
se unieron blandos a mi boca ansiosa
por vez primera, disfrutando tiernas
gratas delicias.
Mas ora gimo, e incesante lloro
vierto, escuchando el agorero acento
del buho triste, que en algún sepulcro
mísero canta.
Lánguida luna, que mis triste quejas
dulce recoges con amable rostro,
si te enternece mi desdicha amarga,
llora conmigo.
Tú, separada del pastor querido,
lloras, ¡ oh luna ! la fatal ausencia,
que de sus brazos y del bosque umbroso
ora te aparta.
Mas tu carroza en la celeste esfera
rauda dejando, gozarás, hermosa,
tiernas caricias mientras yo derramo
lágrimas siempre.
Dile a mi vida que su amado ausente
mísero muere si en desdicha tanta,
a este repuesto sosegado bosque
dulce no vuelve.
Bellísima parece
al vástago prendida
gallarda y encendida
de Abril la linda flor.
Espero muy más bella
la virgen ruborosa
se muestra al dar llorosa
las quejas de su amor.
Süave es el acento
de dulce amante lira
si al blando son suspira
de noche el trovador.
Mas es aún más suave
la voz de la hermosura
si dice con ternura
las quejas de su amor.
Gozoso en noche umbría
el triste caminante
del alba radïante
columbra el resplandor.
Espero aún es más grato
al alma enamorada
oir de su adorada
las quejas del amor.
Delio a las rejas de Elisa
le canta en noche serena
su amores.
Raya la luna, y la brisa
al pasar plácida suena
por las flores.
Y el eco que va formando
el arroyuelo saltando
tan sonoro,
le dice Delio a su hermosa
en cantilena amorosa:
"Yo te adoro".
En el regazo adormida
del blando sueño presentes
mil delicias,
a tu ilusión embebida,
feliz te finges, y sientes
mis caricias.
Y en la noche silenciosa
por la pradera espaciosa
blando coro
forman, diciendo a mi acento,
el arroyuelo y el viento:
"Yo te adoro".
En derredor de tu frente
leve soplo vuela apenas
muy callado,
y allí esparcido se siente
dulce aroma de azucenas
regalado,
que en fragancia deleitosa
vuela también a la diosa
que enamoro,
el eco grato que suena,
oyendo mi cantinela,
"Yo te adoro".
Del fondo del pecho mío
vuela a ti suspiro tierno
con mi acento.
En él, mi Elisa, te envío
el fuego de amor eterno,
que yo siento.
Por él, mi adorada hermosa,
por esos labios de rosa
de ti imploro
que le escuches con ternura,
y el oirás cómo murmura
"Yo te adoro".
Despierta y el lecho deja;
no prive el sueño tirano
de tu risa
a Delio, que está a tu reja,
y espera ansioso tu mano,
bella Elisa.
Despierta, que ya pasaron
las horas que nos costaron
tanto lloro.
Sal, que gentil enamorada
dice a tu puerta enlazada
"Yo te adoro".
Pescadorcita mía,
desciende a la ribera
y escucha placentera
mi cántico de amor;
sentado en su barquilla,
te canta su cuidado,
cual nunca enamorado
tu tierno pescador.
La noche el cielo encubre,
y acalla manso el viento,
y el mar sin movimiento
también en clama está.
A mi batel desciende,
mi dulce amada hermosa,
la noche tenebrosa
tu faz alegrará.
Aquí apartados, solos,
sin otros pescadores,
suavísimos amores
felice te diré,
y en esos dulces labios
de rosas y claveles
el ámbar y las mieles
que vierten, libaré.
La mar adentro iremos
en mi batel cantando
al son del viento blando
amores y placer.
Regalaréte entonces
mil varios pececillos,
que al verte, simplecillos,
de ti se harán prender.
De conchas y corales
y nácar a tu frente
guirnalda reluciente,
mi bien, te ceñiré.
Y eterno amor mil veces
jurándote, cumplida
en ti, mi dulce vida,
mi dicha encontraré.
No el hondo mar te espante,
ni el viento proceloso,
que la ver tu rostro hermoso
sus iras calmarán.
Y sílfidas y hondinas
por reina de los mares
con plácidos cantares
a par te aclamarán.
Ven ¡ ay ! a mi barquilla,
completa mi fortuna:
Naciente ya la luna
refleja el ancho mar;
sus mansas olas bate
süave, leve brisa.
Ven ¡ ay ! mi dulce Elisa,
mi pecho a consolar.
Inspíranos tu fuego,
divina libertad:
y al trueno de tu nombre,
o déspotas temblad.
Al grito de la patria
volvemos, compañeros,
blandamos los aceros
que intrépida nos da.
A la par en nuestros brazos
ufanos la ensalzaremos
y al orbe proclamemos:
"España es libre ya."
Inspíranos, etc.
Mirad, mirad en sangre
y lágrimas teñidos
reir los forajidos,
gozar en su dolor.
Mirad cómo en su seno
la indigena espada ocultan:
¡ Imbéciles ! ¿ insultan
tal vez nuestro valor ?
Inspíranos, etc.
¿ Se animan porque hallaron
traidores en las lides ?
¡ Oh ! tiembles, quedan Cides
que vuelan a vencer.
Las sombras de los héroes
nos ciñen de sus palmas.
¿ No ya sentís las almas
súbitamente arder ?
Inspíranos, etc.
¡ O siempre dulce patria
al alma generosa !
¡ O siempre portentosa
magia de libertad !
Tus ínclitos pendones
que el libre ya tremola
un rayo tornasola
del iris de la paz.
Inspíranos, etc.
En medio del estruendo
del broce pavoroso
tu grito prodigioso
se escucha resonar:
Tu grito que las almas
inunda de alegría,
tu nombre que a la impía
caterva hace temblar.
Inspíranos, etc.
¡ O don del Cielo mismo,
tú, libertad querida,
tú, el bálsamo de vida
derrama el corazón !
Devuélvenos o diosa
la patria y la victoria,
devúelvenos la gloria
con más feliz blasón.
Inspíranos, etc.
En tus divinas aras
dejándote ofrecida
la espada no vencida,
ministro de tu ardor:
la plácida esperanza,
la dulce paz reviva
y brille a par la oliva
del lauro del valor.
Inspíranos, etc.
¿ Quién ¡ ay ! o compañeros,
al bélico redoble
no siente el pecho noble
impávido latir ?
Mirad centellantes
cual nuncios ya de gloria,
reflejos de victoria
las armas despedir.
Inspíranos, etc.
Volemos: ¡ dad laureles !
O dulce patria mía,
el astro a ti nos guía
de paz y libertad.
Desde Pirene a Calpe
lancémonos ufanos:
no más con los tiranos
clemencia ni piedad.
A la muerte de Don Joaquín De Pablo (Chapalangarra)
Desde la elevada cumbre
do la gran Pirene levanta
término y moro soberbio
que cerca y defiende a España,
un joven proscrito de ella
tristes lágrimas derrama,
y acaso tiende la vista
por ver desde allí su patria,
desde allí do, a su despecho,
llorando deja las armas
con que del Sena al Pirene
se lanzó por liberarla.
Y al ver la turba de esclavos
que sus hierros afianzan,
de infame triunfo orgullosos,
alejarse en algazara,
solo entonces, contemplando
el suelo que ellos pisaran,
y que aun torrentes de sangre
recién derramada bañan,
en su rápida carrera
volcando cuerpos y armas,
se sienta en la alzada cima,
a un lado la rota espada,
y al rumor de los torrentes
y del huracán que brama,
negra cítara pulsando,
endechas lúgubres canta:
"Llorad, vírgenes tristes de Iberia,
nuestros héroes en fúnebre lloro;
dad al viento las trenzas de oro
y los cantos de muerte entonad.
Y vosotros, ¡ oh nobles guerreros !
de la patria sostén y esperanza,
abrasados en sed de venganza,
odio eterno al tirano jurad".
Coro de vírgenes:
"Danos, noche, tu lóbrego manto;
nuestras fuentes elute el ciprés.
El robusto cayó: su sepulcro
del inicuo mancharon sus pies".
Enrojece, ¡ oh Pirene !, tus cumbres
pura sangre del libre animoso,
y el tropel de los siervos odioso
en su lago su sed abrevó.
Cayó en ellas la gloria de España.
Cayó en ellas De Pablo valiente,
y al patria, inclinada la frente,
su gemido al del héroe juntó.
Sus cadenas la patria arrastrando,
y su manto con sangre teñido,
tardamente y con hondo gemido
va a la tumba del fuerte varón.
Y el aljado laurel de su frente
al sepulcro circunda llorosa,
mientras ruge en la fúnebre losa,
aherrojado a sus pies, el león.
Coro de mancebos:
"Traición sólo ha vencido al valiente.
Senos astro de triunfo y de honor,
tú, que siempre de los déspotas fuiste
como a negras tormentas el sol".
A Don José García de Villata, I
Y en grata esperanza,
feliz, a mí mismo
me digo yo absorto:
"¡ Dichoso, si unido
mi dulce Villalta
gozara conmigo !"
¡ Ay ! ven el campestre
pacífico asilo
y allá, entre las nubes,
gozoso imagino
divisar las sombras
de heroicos caudillos
que en nobles combates
vieran otros siglos,
blasón de la patria,
terror de enemigos,
que hueste sangrienta
de Pelayo mismo,
triunfante arrullando
pendones moriscos,
y también del fiero
Guzmán, el cuchillo
brillar sobre el cuello
del mísero niño;
y aquellos valientes,
de Gerona invictos,
los de Zaragoza
sobre escombros miro,
el águila hollando
del gato temido,
y en Bailén ¡ oh patria !
y en tantos conflictos,
heroicos por siempre,
tus ínclitos hijos.
¡ Oh , no ! jamás piensen
los siervos indignos
que sufran cadenas
los iberos mismos
que el timbre alcanzaron
de honor y heroísmo.
¡ Ay ! ven al campestre
pacífico asilo,
¡ oh tú ! de las musas
alumno querido,
y al orbe arrebate
tu canto divino,
y anime a los pueblos
a llevar el grito
de patria y de gloria,
de súbito heridos
de noble entusiasmo
que inflama tus himnos;
tal vez tu lira
los mágicos trinos
harán que yo eleve,
cantando contigo,
de empresa tan noble
acentos más dignos;
y entonces si al lauro
poético ciño
y allá los vergeles
del frondoso Pindo,
mi nombre entallado
en troncos floridos
veré por las ninfas
del plácido río,
y tuya mi gloria,
será mi destino
dichoso por siempre
viviendo contigo.
A Don José García de Villalta, II
A ti de las musas
alumno querido,
mi dulce Villalta,
mis verso te envío.
A ti cuya cuna,
mecida en el Pindo
amor ensalza
de rosas y mirtos.
Aquí do sus aguas
resbala tranquilo
el Sena opulento
por bosques floridos,
mi pecho recrean
tus cantos divinos
con siempre decirlos.
Y ya te contemplo
sondar atrevido
misteriosas ciencias
allá del empíreo,
la ley estudiando
que en giro continuo
gobierna invariable
mundos infinitos;
o en lira sublime
con lúgubres himnos
cantar de la Patria
los héroes invictos
sus ínclitos nombres
robando al olvido,
del fiero de Pablo
llorando en destino.
Y entonces acaso,
con triste gemido,
recuerdo los días
que juntos nos vimos,
a par de cien héroes
en fuego encendidos,
y ansiosos de gloria
volando al peligro.
Entonces, alegres
los libres proscritos,
a ver tus umbrales,
o Patria, volvimos
y allá resonaron
nuestros nobles gritos
los valles profundos,
torrentes y riscos
y cumbres nevadas
del Pirene altivo.
Mas ¡ ay ! que las horadas
del déspota indigno
triunfar de los pocos
intrépidos vimos,
y arrastrar furiosos
a los oprimidos
generosos héroes
a injusto suplicio,
a par que trabara
con lazos inicuos
el galo mañoso
los nuestros invictos.
Allí de las armas
despojados fuimos,
y luego arrancados
del patrio recinto,
con lágrimas tristes
tan sólo pudimos
hacer a los héroes
holocausto digno.
Volvimos entonces
al árido hastío,
al llanto y las penas
del triste proscrito,
a ver como un sueño
volar el delirio
que acaso nos muestra
los lares nativos,
en vano anhelantes
volviendo continuo
los ojos llorosos
al suelo querido.
Amor a ti entonces
un plácido alivio
en tanta desdicha
guardaba benigno,
y hermosa tu amada,
con dulces cariños,
aun menos amargas
tus lágrimas hizo.
Yo sé que estás enojada,
y sé tu razón, señora;
que de cortés caballero
falté a la palabra hermosa.
No trato de disculparme,
si es mi falta mucha o poca;
sólo sé que no he cumplido
con mi deber, y esto sobra.
Mas yo sé que en perdonar
amables ojos se gozan,
que si antes bellos parecen,
más bellos son si perdonan.
Tú en mí perdona un culpable
que harto es mi culpa penosa;
llevé en mi falta el castigo,
que él iba en mi falta propia.
Perdóname sí; en tus brazos
ojalá estreches gozosa
al que, terror del tirano
el libre pendón tremola;
al que, en los mares de Alcides,
es astro sigue de gloria
con el ánimo invencible
que ningún peligro doma.
¡ Ojalá pronto le abraces,
y tú le ciñas las orlas
que de laurel a los héroes
tejen Minerva y Belona !
Y en tanto que sus hazañas
la fama al mundo pregona,
tú, con plácida sonrisa
admite mi humilde trova.
Y espera que pronto el día
llegará de la victoria,
y oirás más altas canciones,
a par con él venturosa.
B.S.P.
José de Espronceda
Amorosa blanca viola,
pura y sola en el pensil,
embalsama regalada
la alborada del abril.
Junto al margen florecido
del escondido manantial,
sólo avisa de su estancia
su fragancia virginal.
Allí el aura sosegada,
con callada timidez
hiere apenas, cariñosa,
su donosa candidez.
Silencioso el arroyuelo
con recelo pasa el pie
y ni dice su ternura
ni murmuran su desdén.
Y su imagen mira en ella
la doncella con rubor,
que es la vida pudorosa
flor hermosa del candor.
Tal, Matilde, brilla pura
tu hermosa celestial;
y es más cándida tu risa
que la brisa matinal.
Nunca turben esos ojos
los enojos del amor.
Siempre añada tu alegría
lozanía a tu esplendor.
Y el que brilla refulgente
claro Oriente de tu edad,
nube impura no mancille;
siempre brille tu beldad.
Mas si gala al valle umbrío
el rocío suele dar,
porque aumente así tu encanto
vierte el llanto de piedad.
Y venida tú del cielo
por consuelo al infeliz,
brillarás, modesta y sola,
cual la viola del Abril.
Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus amores;
canta, que llorará cuando tú llores
al alba perlas en la flor temprana.
Teñido el cielo de amaranto y grana,
la brisa de la tarde entre las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu esperanza vana.
Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus cantares
los ecos sonaran del bosque umbrío;
y vertiendo dulcísimo desmayo
cual bálsamo süave en mis pesares,
endulzará tu acento el llanto mío.
Y a la luz del crepúsculo serena
solos vagar por la desierta playa,
cuando allá, mar adentro, en su faena
cantos de amor el marinero ensaya,
y besa blandamente el mar la arena,
la luna en calma al horizonte raya,
y la brisa que tímida suspira,
dulces aromas y frescor respira.
Y húmedos ver sus ojos de ternura
que abren al alma enamorada un cielo,
extáticos de amor y de dulzura
con blando, vago y doloroso anhelo:
Magia el amor prestando a su hermosura,
y el pensamiento deteniendo el vuelo
allí donde encontró la fantasía
ciertas las dichas que soñó algún día.
Y respirar su perfumado aliento
y al tacto palpitar sus vestidos,
penetrar su amoroso pensamiento
y contar de su pecho los latidos,
exhalar de molicie y sentimiento
tiernos suspiros, lánguidos gemidos,
mientras al beso y al placer provoca.
Con dulce anhelo la entreabierta boca.
Vuela, gentil mariposilla; ondea
cual átomo de luz entre las flores;
imagen fiel de cándidos amores
que en sueños de candor la virgen crea.
La flor enamorada te desea,
el céfiro viste tus colores
y esparce abril para tu aliento olores
y en tu imagen la fuente se recrea.
Huelga, mariposilla, y si suave
perfuma buscas entre flores puras,
yo la flor te diré que mejor sabe:
Manantial de suavísimas dulzuras
los labios son de mi Berarda bella;
un beso en ellos por su amante sella.
Suave tu sonrisa, amada mía,
más dulce tú para mi amante pecho
que en la noche sombría
el tibio rayo de la blanca luna,
si al tímido viajero
tras tempestad horrenda,
muestra radiante la perdida senda.
Tú, mi divinidad; yo a ti rendido,
extático en tu faz miro al cielo,
y en amor encendido,
el más feliz de los mortales todos,
disfruto tus caricias,
y tierno te enamoro,
y pagado en amor feliz te adoro.
Yo enjugo el llanto que en tus bellos ojos
brotó acaso el pesar; yo en alegría
trueco tristes enojos,
y yo en tus labios de rubí encendidos
recojo enajenado
tu lánguido suspiro,
y tu aliento purísimo respiro.
Goza, Balbino mío,
en deliciosa calma
los años de tu vida.
Aunque lejos (...)
cual arbolillo tierno
bañado de aguas claras,
pomposa copo ostenta
de ramos coronada.
Así felice seas,
y allá en la dulce patria
tornes a ver los lares
queridos a tu alma.
Y de tu anciano padre
el alma acongojada
alivies, y consueles
su llanto es sus desgracias.
Y en tanto que este día
tu dicha eterna haga,
mi amistad y mi lira
su numen te consagran.
Dueña de rubios cabellos,
tan altiva,
que creéis que basta el vellos
para que un amante viva
preso en ellos
el tiempo que vos queréis;
si tanto ingenio tenéis
que entrenéis tres galanes,
¿cómo salieron mal hora,
mi señora,
tus afanes?
Pusiste gesto amoroso
al primero;
al segundo el rostro hermoso
le volviste placentero,
y con doloso
sortilegio en tu prisión
entró un tercer corazón.
Viste a tus pies tres galanes,
y diste, al verlos rendidos,
por cumplidos tus afanes.
¡De cuántas mañas usabas
diligente!
Ya tu voz al viento dabas,
ya mirabas dulcemente,
o ya hablabas
de amor, o dabas enojos;
y en tus engañosos ojos
a un tiempo los tres galanes,
sin saberlo tú, leían
que mentían
tus afanes.
Ellos de ti se burlaban;
tú reías;
ellos ati te engañaban,
y tú, mintiendo, creías
que te amaban.
Decid, ¿quién aquí engañó?
¿quién aquí ganó o perdió?
Sus deseos, tus galanes
al fin miraron cumplidos,
tú, fallidos
tus afanes.
El estandarte ved que en Ceriñola
el gran Gonzalo desplegó triunfante,
la noble enseña ilustre y española
que al indio domeñó y al mar de Atlante;
regio perdón que al aire se tremola,
don de CRISTINA, enseña relumbrante,
verla podemos en la lid reñida
rasgada sí, pero jamás vencida
Mártir sublime de la patria, un día
fue honor y gloria del hispano suelo;
y ora del libre, luminoso guía,
astro de libertad brilla en el cielo.
A xxx dedicándole estas poesías
Marchitas ya las juveniles flores,
nublado el sol de la eseperanza mía,
hora tras hora cuento y mi agonía
crecen y mi ansiedad y mis dolores.
Sobre terso cristal ricos colores
pinta alegre tal vez mi fantasía,
cuando la triste realidad sombría
mancha el cristal y empaña sus fulgores.
Los ojos vuelvo en incesante anhelo,
y gira en torno indiferente el mundo,
y en torno gira indiferente el cielo.
A ti las quejas de mi mal profundo,
hermosa sin ventura, yo te envío:
mis versos son tu corazón y el mío.
A Carolina Coronado después de leída su composición "A la palma"
Dicen que tienes trece primaveras
y eres portento de hermosura ya,
y que en tus grandes ojos reverberas
la lumbre de los astros inmortal.
Juro a tus plantas que insensato he sido
de placer en placer corriendo en pos,
cuando en el mismo valle hemos nacido,
niña gentil, para adorarnos, dos.
Torrentes brota de armonía el alma;
huyamos a los bosques a cantar.
Dénos la sombra tu inocente palma,
y reposo tu virgen soledad.
Mas ¡ay! perdona virginal capullo,
cierra tu cáliz ami loco amor.
Que nacimos de un aura al mismo arrullo,
para ser, yo el insecto, tú la flor.
Astro de libertad, brilla en el cielo,
y aumenta el lustre a la española gloria,
tú que de esta morada transitoria
a morada mejor alzaste el vuelo.
Los ojos vuelve a nuestro amargo duelo,
tributo merecido a tu memoria,
tú, cuyo nombre vivirá en la historia,
timbre y honor del maldito suelo.
Descansa, ¡Oh guardia!, en paz: la tiranía
cayó vencida en la inmortal refriega,
a imitar tu valor ansiamos fieles.
Descanse y tiemble la caterva impía,
que en los sagrados túmulos que riega
el llanto popular, crecen laureles.
¿Oís? Es el cañón. Mi pecho hirviendo
el cántico de guerra entonará,
y al eco ronco del cañón venciendo,
la lira del poeta sonará.
El pueblo ved que la orgullosa frente
levanta ya del polvo en que yacía,
arrogante en valor, omnipotente,
terror de la insolente tiranía.
Rumor de voces siento,
y al aire miro deslumbrar espadas,
y desplegar banderas;
y retumban al son las escarpadas
rocas del Pirineo;
y retiemblan los muros
de la opulente Cádiz, y el deseo
crece en los pechos de vencer lidiando,
brilla en los rostros el marcial contento,
y donde quiera el generoso acento
se alza de patria y libertad tronando.
Al grito de la patria,
volemos, compañeros,
blandamos los aceros
que intrépida nos da.
A par en nuestros brazos
ufanos la ensalcemos:
"España es libre ya".
¡Mirad, mirad en sangre,
y lágrimas teñidos
reir los forajidos,
gozar en su dolor!
¡Oh! fin tan sólo ponga
su muerte a la contienda
y cada golpe encienda
aún más nuestro rencor.
¡Oh! siempre dulce patria
al alma generosa,
¡oh! ¡siempre portentosa
magia de libertad!
Tus ínclitos pendones
que el español tremola,
un rayo tornasola
del iris de la paz.
En medio del estruendo
del bronce pavoroso,
tu grito prodigioso
se escucha resonar.
Tu grito que las almas
inunda de alegría,
tu nombre que a esa impía
caterva hace temblar.
¿Quién hay ¿oh compañeros!
que al bélico redoble
no sienta el pecho noble
con júbilo latir?
Mirad centelleantes,
cual anuncios ya de gloria,
reflejos de victoria
las armas despedir.
¡Al arma! ¡al arma! ¡mueran los carlistas!
y al mar se lancen con bramido horrendo
de la infiel sangre cauladosos ríos,
y atónito contemple el Océano
sus olas combatidas
con la traidora sangre enrojecidas.
Truene el cañón: el cántico de guerra,
pueblos ya libres, con placer alzad.
Ved, ya desciende a la oprimida tierra
los hierros a romper, la libertad.
A la traslación de las cenizas de Napoleón
Miseria y avidez, dinero y prosa,
en vil mercado convertido el mundo,
los arranques del alma generosa
poniendo a precio inmundo;
cuando tu suerte y esplandor preside
un mercader que con suvara mide
el genio y la virtud, mísera Europa
y entre el lienzo vulgar que bordó de oro,
muerto tu antiuo lustre y tu decoro,
como a un cadáver fétido te arropa;
cuando a los ojos blanqueada tumba
centro es tu corazón de podredumbre,
cuando la voz en tí ya retumba,
vieja Europa, del héroe ni el profeta,
ni en tí refleja su encantada lumbre
el audaz entusiasmo del poeta;
yerta tu alma y sordos tus oídos,
con prosiaco afanar en tu miseria,
arrastrando en el lodo tu materia,
sólo abiertos al lucro tus sentidos,
¿quién te despertará? ¿Qué nuevo
acento,
cual la trompetadel extremo día,
dará a tu inerto cuerpo movimiento,
y entusiasmo a tu alma y lozanía?
¡Ah! ¡Solitario entre cenizas frías,
muchas rüinas, aras profundas,
y antiguos derrüidos monumento,
me sentaré segundo Jeremías,
mis mejillas con lägrimas bañadas,
y romperé en estériles lamentos! !
No, que la inútil soledad dejando,
laciudad populosa
conferréa voz recorreré cantando,
y agitará la gente temerosa,
como el bramido de huracán los mares,
el son de mis fantidicos cantares.
No, yo alzaré la voz de los profetas;
tras mi alborotada muchedumbre,
sonarán en mi acento las trompetas
que derriben la inmensa pesadumbre
del riego torreón que al vicio esconde,
y el mundo me oirá en donde
el precio vil de infame mercancia,
del agiotista en la podrida boca,
avaricioso oía.
¿Qué importa si provoca
mi voz la befade las almas viles?
¿Morir que importa en tan gloriosa lucha?
¿Qué importa, envidia,que tu diente afiles?
Yo cantaré, la humanidad me escucha .
Yo volaré donde la tumba oculta
la antigua gloria y esplendor del mundo,
yo con mi mano arrancaré la losa,
semilla de virtud, polvo fecundo,
la ceniza de un héroe generosa:
y en medio el mundo, en la anchurosa plaza
de la gran capital, ante los ojos
de su dormida degradada raza
arrojando sus pálidos despojos:
¡Oh avergonzados! gritaré a la gente,
¡Oh de los hombres despreciable escoria,
venid, doblad la envilecida frente,
un cadáver no más es vuestra gloria!
Ya al férvido trono
del cenit subía
en la refulgente
carroza divina,
el claro monarca
del alegre día;
y ya de los bosques
la fresca guardia
buscaban las aves
a la verde orilla
de las emboscadas
aguas cristalinas
do engrutas sombrosas
respuestas y frías
en plácido sueño
reposan las ninfas.
Al son de las hojas
del aura mecidas
y rumor sonoro
de las claras linfas,
yo enn lecho de césped,
huyendo la esstiva
sazón calurosa
sabrosa delicia
mi pecho gustando
tranquilo dormía.
Entonces con dulces
imágenes vivas
y mágicos cuadros,
mi mente se agita
y vuela arrobada
la audaz fantasía.
Y pienso que en otros
apartados climas
moradas felices
de perpetuas dichas,
do ricas mansiones
de variada vista,
allá entre jardines
nacaradas brillan.
Gozoso discurro
con planta atrevida,
y pienso que en sacras
floresas humbrías,
do luz regalada
por siempre ilumina
absorto contemplo
cercada de ninfas
gentil en belleza
la amable poesía.
De rosas y lauros
de frente ceñida
allí a engalanarla
las ciencias caminan.
relumbra en su mano
la antorcha de vida,
que antiguas hazañas
y yertas cenizas
y mundos y soles
y todo reanima.
Y pienos que lejos,
allá en la umbría,
resuenan suaves
mil voces divinas
a par que cien arpas
con dulce armonía
y plácidos trinos
las almas hechizan;
los gratos cantares
las aves imitan
y láguidos ecos
las auras suspiran;
y en medio la dulce
grata melodía,
el coro contemplo
de las bellas ninfas
alegres subiendo
la diosa por guía
a un diáfano templo
sobre la alta cima
fundado de un monte
que al cielo avecina.
Y luego vi abrirse
las puertas do brilla
vistosa en riqueza,
viva en pedrería
y en hombros de genios
alzarse a la cima
un joven lozano
ceñido de ricas
coronas, y blanda
pulsando la lira,
cantando de Hesperia
las glorias antiguas,
o ya con la alegre
donosa Talía,
virtud enseñando
con gracia festiva;
y en torno sonando
las arpas divinas
en cánticos dulces
las célicas ninfas
que alegres cercaban
la hermosa poesía
la alta alabanza
de su genio digna
oí que el poeta
cantando decían:
"Eternos loores
al joven que inspira
con tierno cariño
la amable poesía,
a Anfriso, ornamento
de España y delicia
que vence los siglos
y acalla la envidia."
Y luego entre nubes,
listadas de cintas
de nácar y fuego,
le vi las divinas
moradas alzarse do un trono erigían
allá en el Olimpo
........................
y vi que gustando
la dulce ambrosía
a par de los dioses
al son de su lira,
los orbes el giro,
veloz reprimían;
sus versos guardaba
la eternidad misma.
Y atónito entonces,
y el alma encendida,
la gloria contemplo
de aquel mis delicias,
mi Anfriso querido
y amor de mi vida.
¿Quién eres tú, lucero misterioso,
tímido y triste entre luceros mil,
que cuando miro tu esplendor dudoso,
turbado siento el corazón latir?
¿Es acaso tu luz recuerdo triste
de otro antiguo perdido resplandor,
cuando, engañado como yo, creíste
eterna tu ventura que pasó?
Tal vez con sueños de oro la esperanza
acarició tu pura juventud,
y gloria, y paz, y amor, y venturanza
vertió en el mundo tu primera luz.
Y al primer triunfo del amor primero,
que embalsamó en aromas de Edén,
luciste acaso, mágico lucero,
protector del misterio y del placer.
Y era tu luz voluptuosa y tierna
la que entre flores resbalando allí,
inspiraba en el alma un ansia eterna
de amor perpetuo y de placer sin fin.
Mas ¡ay! que luego el bien y la alegría
en llanto y desventura se trocó:
tu esplendor empañó niebla sombría:
sólo un recuerdo al corazón quedó.
Y ahora melancólico me miras,
y tu rayo es un dardo del pesar;
si amor aún al corazón inspiras,
es un amor sin esperanzas ya.
¡Ay, lucero! yo te vi
resplandecer en mi frente,
cuando palpitas sentí
mi corazón dulcemente
con amante frenesí.
Tu faz entonces lucía
con más brillante fulgor,
mientras yo me prometía
que jamás se apagaría
para mí tu resplandor.
¿Quién aquel brillo radiante
¡oh lucero! te robó,
que oscureció tu semblante,
y a mi pecho arrebató
la dicha en aquel instante?
¿O acaso tu siempre así
brillaste, y en mi ilusión
yo aquel resplandor te di,
que amaba mi corazón,
lucero, cuando te vi?
Una mujer adoré
que imaginara yo un cielo;
mi gloria en ella cifré,
y de un luminoso velo
en mi ilusión la adorné.
Y tu fuiste la aureola
que iluminaba su frente,
cual los aires arrebola
el fúlgido sol naciente,
y el puro azul tornasola.
Y, astro de dichas y amores,
se deslizaba mi vida
a la luz de tus fulgores,
por fácil senda florida,
bajo un cielo de colores.
Tantas dulces alegrías,
tantos mágicos ensueños,
¿dónde fueron?
Tan alegres fantasías,
deleites tan halagüeños,
¿qué se hicieron?
Huyeron con mi ilusión
para nunca más tornar,
y pasaron:
y sólo en mi corazón
recuerdos, llantos y pesar
¡ay! dejaron.
¡Ah, lucero! tú perdiste
también tu puro fulgor,
y lloraste;
también como yo sufriste
y el crudo arpón del dolor
¡ay! probaste.
¡Infeliz! ¿por qué volví
de mis sueños de ventura
para hallar
luto y tinieblas en ti,
y lágrimas de amargura
que enjugar?
Pero tú conmigo lloras,
que eres el ángel caído
del dolor,
y piedad llorando imploras,
y recuerdas tu perdido
resplandor.
Lucero, si mi quebranto
oyes, y sufres cual yo,
¡ay! juntemos
nuestras quejas, nuestro llanto:
pues nuestra gloria pasó,
juntos lloremos.
Mas hoy miro tu luz casi apagada,
y un vago padecer mi pecho siente;
que está mi alma de sufrir cansada,
seca ya de lágrimas la fuente.
¡Quién sabe!... tú recobrarás acaso
otra vez tu pasado resplandor,
a ti tal vez te anuncuiará tu ocaso
un Oriente más puro que el del sol.
A mí, tan sólo penas y amargura
me quedan en el valle de la vida;
como un sueño pasó mi infancia pura,
se agosta ya mi juventud florida.
Astro sé tú de candidez y amores
para el que luz te preste en su ilusión,
y ornado el porvenir de blancas flores,
sienta latir de amor su corazón.
Yo indiferente sigo mi camino
a merced de los vientos y la mar,
y entregado en los brazos del destino,
ni me importa salvarme o zozobrar.
¡Oh! ¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo! Cual las olas
del hondo mar, alboratado brama;
las esplendentes glorias españolas,
su antigua prez, su independencia aclama.
Hombres, mujeres vuelan al combate;
el volcán de sus iras estalló:
sin armas van, pero en sus pechos late
un corazón colérico español.
La frente coronada de laureles,
con el botín de la vencisa Europa,
con sangre hasta las cinchas los corceles
en cien campañas, veterana tropa,
los que el rápido Volga ensangrentaron,
los que humillaron a sus pies naciones,
sobre las pirámides pasaron
al galope veloz de sus bridones,
a eterna lucha, a desigual batalla,
Madrid provoca en su encendida ira,
su pueblo inerme allí entre la metralla
y entre los sables reluchando gira.
Graba en su frente luminosa huella
la lumbre que destella el corazón;
y a parar con sus pechos se atropella
el rayo del mortífero cañón.
¡Oh de sangre y valor glorioso día!
Mis padres cuando niño me contaron
sus hechos ¡ay! y en la memoria mía
santo recuerdo de virtud quedaron!!
"Entonces indignados, me decían,
cayó el cetro español pedazos hecho;
por precio vil a extraños nos vendían,
desde el de CARLOS profanando lecho.
La corte del monarca disoluta,
prosternada a las plantas de un privado,
sobre el seno de impura prostituta,
al trono de los reyes ensalzado.
Sobre coronas, tronos y tiaras,
su orgullo solo, y su capricho ley,
hordas, de snagre y de conquista avaras,
cada soldado un absoluto rey,
fijo en España el ojo centelleante,
el Pirene a salvar pronto el bridón,
al rey de reyes, al audaz gigante,
ciegos ensalzan, siguen en montón".
Y vosotros, ¿qué hicistéis entre tanto,
los de espíritu flaco y alta cuna?
Derramar como hembras débil llanto
o adular bajamente a la fortuna;
buscar tras la extranjera bayoneta
seguro a vuestras vidas y muralla,
y siervos viles, a la plebe inquieta,
con baja lengua apellidar canalla.
¡Canalla, sí, vosotros los traidores,
los que negáis al entusiasmo ardiente,
su gloria, y nunca vistéis los fulgores
con que ilumina la inspirada frente!
¡Canalla, sí, los que en la lid, alarde
hicieron de su infame villanía,
disfrazando su espíritu cobarde
con la sana razón segura y fría!
¡Oh! la canalla, la canalla en tanto,
arrojó el grito de venganza y guerra,
y arrebatada en su entusiasmo santo,
quebrantó las cadenas de la tierra:
Del centro de sus reyes los pedazos
del suelo ensangrentado recogía,
y un nuevo trono en sus robustos brazos
levantando a su príncipe ofrecía.
Brilla el puñal en la irritada mano,
huye el cobarde y el traidor se esconde;
truena el cañón y el grito castellano
de INDEPENDENCIA y LIBERTAD responde.
¡Héroes de mayo, levantad las frentes!
Sonó la hora y la venganza espera:
Id y hartad vuestra sed en los torrentes
de sangre de Bailén y Talavera.
Id, saludad los héroes de Gerona,
alzad con ellos el radiante vuelo,
y a los de Zaragoza alta corona
ceñid que aumente el esplendor del cielo.
MAs ¡ay! ¿por qué cuando los ojos brotan
lágrimas de entusiasmo y de alegría,
y el alma atropellados alborotan
tantos recuerdos de honra y valentía,
negra nube en el alma se levanta,
que turba y oscurece los sentidos,
fiero dolor el corazón quebrante,
y se ahoga la voz entre gemidos?
¡Oh levantad la frente carcomida,
mártires de la gloria,
que aún arde en ella y con eterna vida,
la luz de la victoria!
¡Oh levantadla del eterno sueño,
y con los huecos de los ojos fijos,
contemplad una vez con torvo ceño
la verguenza y baldón de vuestros hijos!
Quizá en vosotros, donde el fuego arde
del castellano honor, aun sobre vida
para alentar el corazón cobarde,
y abrasar esta tierra envilecida.
¡Ay! ¿Cuál fue el galardón de vuestro celo,
de tanta sangre y bárbaro quebranto,
de tan heroica lucha y tanto anhelo,
tanta virtud y sacrificio tanto?
El trono que erigió vuestra bravura,
sobre huesos de héroes cimentado,
un rey ingrato, de memoria impura,
con eterno baldón dejó manchado.
¡Ay! Para erir la libertad sagrada,
el príncipe, borrón de nuestra historia,
lamó en su auxilio la francesa espada,
que segase el laurel de vuestra gloria.
Y vuestros hijos de la muerte huyeron,
y esa sagrada tumba abandonaron,
hollarla ¡oh Dios! a los franceses vieron
y hollarla a los franceses les dejaron.
Como la mar tempestuosa ruge,
la losa al choque de los cráneos duros
tronó y se alzó con indignado empuje,
del galo audaz bajo los pies impuros.
Y aún hoy hélos allí que su semblante
con hipócrita máscara cubrieron,
y a LUIS PELIPE en muestra suplicante,
ambos brazos mbéciles tendieron.
La vil palabra ¡intervención! gritaron
y del rey mercader la reclamaban;
de vuestros timbres sin honor mofaron
mientras en su impudor se encenagaban.
Tumba vosotros sois de vuestra gloria,
de la antigua hidalguía,
del castellano honor que en la memoria
sólo nos queda hoy día.
Hoy esa raza, degradada, espuria,
pobre nación, que esclavizarte anhela,
busca también por renovar tu injuria
de extranjeros monarcas la tutela.
Verted juntando las dolientes manos
lágrimas ¡ay! que escalden la mejilla;
mares de eterno llanto, castellanos,
no bastan a borrar nuestra mancilla.
Llorad como mujeres, vuestra lengua
no osa lanzar el grito de venganza;
apáticos vivís en tanta mengua
y os cansa el brazo el peso de la lanza.
¡Oh! en el dolor inmenso que me inspira,
el pueblo entorno avergonzado calle;
y estallando las cuerdas de milira,
roto también, mi corazón estalle.