Biobliografía                             Antología                              (Página creada por Pedro Soto)

Nicasio Álvarez de Cienfuegos

Biobliografía. Nació en Madrid, de familia asturiana, en diciembre de 1764. Fue alumno de los Reales Estudios de San Isidro y cursó derecho en la Universidad de Oñate y en la de Salamanca, donde conoció a Meléndez, iniciador suyo en la poesía. Ejerciendo después la abogacía en Madrid fue amigo de Quintana. Absorbió las ideas liberales y se dedicó también a las letras, publicando sus versos y tragedias. Se dio a conocer igualmente como periodista, y llegó a ser oficial de la Secretaria de Estado. En fue elegido a la Real Academia Española. Su ingreso en la Orden de Carlos III fue aprobado en la histórica fecha del de mayo de. La actitud digna de Cienfuegos frente a los invasores franceses le valió ser llevado en rehenes a Francia, donde murió, tuberculoso, en Orthez el 30 de junio de 1809.

 

Antología


MI PASEO SOLITARIO DE PRIMAVERA

Mihi natura aliquid semper amare dedit.

Dulce Ramón, en tanto que, dormido

a la voz maternal de primavera,

vagas errante entre el insano estruendo

del cortesano mar siempre agitado,

yo, siempre herido de amorosa llama,

busco la soledad y en su silencio

sin esperanza mi dolor exhalo.

Tendido allí sobre la verde alfombra

de grama y trébol, a la sombra dulce

de una nube feliz que marcha lenta,

con menudo llover regando el suelo,

late mi corazón, cae y se clava

en el pecho mi lánguida cabeza,

y por mis ojos violento rompe

el fuego abrasador que me devora.

Todo despareció; ya nada veo

ni siento sino a mí, ni ya la mente

puede enfrenar la rápida carrera

de la imaginación que, en un momento,

de amores en amores va arrastrando

mi ardiente corazón, hasta que prueba

en cuántas formas el amor recibe

toda su variedad y sentimientos.

Ya me finge la mente enamorado

de una hermosa virtud: ante mis ojos

está Clarisa; el corazón palpita

a su presencia: tímido, no puede

el labio hablarla; ante sus pies me postro,

y con el llanto mi pasión descubro.

Ella suspira y, con silencio amante,

jura en su corazón mi amor eterno;

y llora y lloro, y en su faz hermosa

el labio imprimo, y donde toca ardiente

su encendido color blanquea en torno...

Tente, tente, ilusión... Cayó la venda

que me hacía feliz; un cefirillo

de repente voló, y al son del ala

voló también mi error idolatrado.

Torno ¡mísero! en mí, y hállome solo,

llena el alma de amor y desamado

entre las flores que el abril despliega,

y allá sobre un amor lejos oyendo

del primer ruiseñor el nuevo canto.

¡Oh mil veces feliz, pájaro amante,

que naces, amas, y en amando mueres!

Esta es la ley que, para ser dichosos,

dictó a los seres maternal natura.

¡Vivificante ley! el hombre insano,

el hombre solo en su razón perdido

olvida tu dulzor, y es infelice.

El ignorante en su orgullosa mente

quiso regir el universo entero,

y acomodarle a sí. Soberbio réptil,

polvo invisible en el inmenso todo,

debió dejar al general impulso

que le arrastrara, y en silencio humilde

obedecer las inmutables leyes.

¡Ay triste! que a la luz cerró los ojos,

y en vano, en vano por doquier natura,

con penetrante voz, quiso atraerle:

de sus acentos apartó el oído,

y en abismos de mal cae despeñado.

Nublada su razón, murió en su pecho

su corazón; en su obcecada mente,

ídolos nuevos se forjó que, impíos,

adora humilde, y su tormento adora.

En lugar del amor que hermana al hombre

con sus iguales, engranando a aquéstos

con los seres sin fin, rindió sus cultos

a la dominación que injusta rompe

la trabazón del universo entero,

y al hombre aísla, y a la especie humana.

Amó el hombre, sí, amó, mas no a su hermano,

sino a los monstruos que crió su idea:

al mortífero honor, al oro infame,

a la inicua ambición, al letargoso

indolente placer, y a ti, oh terrible

sed de la fama; el hierro y la impostura

son tus clarines, la anchurosa tierra

a tu nombre retiembla y brota sangre.

Vosotras sois, pasiones infelices,

los dioses del mortal, que eternamente

vuestra falsa ilusión sigue anhelante.

Busca, siempre infeliz, una ventura

que huye delante de él, hasta el sepulcro,

donde el remordimiento doloroso,

de lo pasado levantando el velo,

tanto mísero error al fin encierra.

¿Dó en eterna inquietud vagáis perdidos,

hijos del hombre, por la senda oscura

do vuestros padres sin ventura erraron?

Desde sus tumbas, do en silencio vuelan

injusticias y crímenes comprados

con un siglo de afán y de amargura,

nos clama el desengaño arrepentido.

Escuchemos su voz; y, amaestrados

en la escuela fatal de su desgracia,

por nueva senda nuestro bien busquemos,

por virtud, por amor. Ciegos humanos,

sed felices, amad: que el orbe entero

morada hermosa de hermanal familia

sobre el amor levante a las virtudes

un delicioso altar, augusto trono

de la felicidad de los mortales.

Lejos, lejos honor, torpe codicia,

insaciable ambición; huid, pasiones

que regasteis con lágrimas la tierra;

vuestro reino expiró. La alma inocencia,

la activa compasión, la deliciosa

beneficencia, y el deseo noble

de ser feliz en la ventura ajena

han quebrantado vuestro duro cetro.

¡Salve, tierra de amor, mil veces salve,

madre de la virtud! al fin mis ansias

en ti se saciarán, y el pecho mío

en tus amores hallará reposo.

El vivir será amar, y dondequiera

Clarisas me dará tu amable suelo.

Eterno amante de una tierna esposa,

el universo reirá en el gozo

de nuestra dulce unión, y nuestros hijos

su gozo crecerán con sus virtudes.

¡Hijos queridos, delicioso fruto

de un virtuoso amor! seréis dichosos

en la dicha común, y en cada humano

un padre encontraréis y un tierno amigo,

y allí... Pero mi faz mojó la lluvia.

¿Adónde está, qué fue mi imaginada

felicidad? De la encantada magia

de mi país de amor vuelvo a esta tierra

de soledad, de desamor y llanto.

Mi querido Ramón, vos mis amigos,

cuantos partís mi corazón amante,

vosotros solos habitáis los yermos

de mi país de amor. Imagen santa

de este mundo ideal de la inocencia,.

¡ay, ay! fuera de vos no hay universo

para este amigo que por vos respira.

Tal vez un día la amistad augusta

por la ancha tierra estrechará las almas

con lazo fraternal. ¡Ay! no; mis ojos

adormecidos en la eterna noche

no verán tanto bien. Pero, entretanto,

amadme, oh amigos, que mi tierno pecho

pagará vuestro amor, y hasta el sepulcro

en vuestras almas buscaré mi dicha.


UN AMANTE AL PARTIR SU AMADA

¡Ay! ¡ay, que parte! ¡que la pierdo! abierta

del coche triste la funesta puerta

la llama a su prisión. Laura adorada,

Laura, mi Laura ¿qué de mí olvidada

entras donde esos bárbaros crueles

lejos te llevan de mi lado amante?

¡Ay! que el zagal el látigo estallante

chasquea, y los ruidosos cascabeles

y las esquilas suenan, y al estruendo

los rápidos caballos van corriendo.

¿Y corren, corren, y de mí la alejan?

¿La alejan más y más sin que mi llanto

mueva a piedad su bárbara dureza?

Parad, parad, o suspended un tanto

vuestra marcha; que Laura su cabeza

una vez y otra asoma entristecida

y me clava los ojos; ¡que no sea

la vez postrera que su rostro vea!

¿Y corréis, y corréis? Dejad al menos

que otra vez nuestros ojos se despidan,

otra vez sola, y trasponeos luego.

¡Corazones de mármol! ¿a mi ruego

todos ensordecéis? En vano, en vano

cual relámpago el coche se adelanta;

en pos, en pos mi infatigable planta

cual relámpago irá, que amor la guía.

Laura, te seguiré de noche y día

sin que hondos ríos ni fragosos montes

me puedan aterrar: tú vas delante.

Asoma, Laura; que tu vista amante

caiga otra vez sobre mis tristes ojos.

¿Tardas, ingrata, y en aquella loma

te me vas a ocultar? Asoma, asoma,

que se acaba el mirar. Sólo una rueda

a lo lejos descubro; todavía

la diviso; allí va; tened, que es mía,

es mía Laura; detened, que os veda

robármela el amor: él a mi pecho

para siempre la unió con lazo estrecho...

¡Ay! entretanto que infeliz me quejo

ellos ya para siempre se apartaron;

mis ojos para siempre la han perdido;

y sólo en mis dolores me dejaron

el funesto carril por donde han ido.

¿Por qué no es dado a mi cansada planta

alcanzar su carrera? ¿Por qué el cielo

sólo a las aves el dichoso vuelo

benigno concedió? Jamás doliente

llora el jilguero de su amor la ausencia;

yo entretanto de mi Laura ausente

en soledad desesperada lloro

y lloraré sin fin. Si yo la adoro,

si ella sensible mis cariños paga,

¿por qué nos separáis? En dondequiera

es mía, lo será; su pecho amante,

yo le conozco, me amará constante,

seré su solo amor... ¡Triste! ¿qué digo?

que se aparta de mí, y a un enemigo

se va acercando a quien amó algún día.

Huye, Laura, no creas, desconfía

de mi rival, y de los hombres todos.

Todos son falsos, pérfidos, traidores,

que dan pesares recibiendo amores.

¡Almas de corrupción!, jamás quisieron

con la ingenua verdad, con la ternura,

con la pureza y la fogosa llama

con que mi pecho enamorado te ama.

Te ama, te ama sin fin; y tú entretanto

¿qué harás? ¿de mí te acordarás? ¿en llanto

regarás mi memoria y tu camino?

¿probarás mi dolor, mi desconsuelo,

mi horrible soledad? Astro del cielo,

oh sol, hermoso para mí algún día,

tú la ves, y me ves: ¿dónde está ahora?

¿qué hace? ¿vuelve a mirar? ¿se aflige? ¿llora?

¿o ríe con la imagen lisonjera

de mi odioso rival que allá la espera?

¿Y ésta es la paga de mi amor sincero?

¿Y para esto infeliz, desesperado,

sufro por ella, y entre angustias muero?

¡Ah! ninguna mujer ha merecido

un suspiro amoroso, ni un cuidado.

Tan prontas al querer como al olvido,

fáciles, caprichosas, inconstantes,

su amor es vanidad. A cien amantes

quieren atar en su cadena a un tiempo,

y ríen de sus triunfos, y se aclaman,

y a nadie amaron porque a todos aman.

¿Y mi Laura también?... No, no lo creo.

Yo vi en sus ojos que me hablaba ansioso

su veraz corazón: todo era mío;

yo su labio escuché, y su labio hermoso

mío le declaró; cuantos oyeron

sus palabras, sus ayes, sus gemidos,

«Es tuyo, y todo tuyo», me dijeron.

Es mío, yo lo sé; que en tiernos lazos

mil y mil veces la estreché en mis brazos,

y al suyo uní mi corazón ardiente,

y juntos palpitaron blandamente,

jurando amarse hasta la tumba fría.

¡Oh memoria cruel! ¿Adónde han ido

tantos, tantos placeres? Laura mía,

¿dónde estás? ¿dónde estás? ¿Que ya mi oído

no escuchará tu voz armonïosa,

mucho más dulce que la miel hiblea?

¿que sin cesar mi vista lagrimosa

te buscará sin encontrarte? Al Prado,

que tantas veces a tu tierno lado

me vio, soberbio en mi feliz ventura,

iré, por ti preguntaré, y el Prado,

«No está aquí», me dirá; y en la amargura

de mi acerbo dolor, cuantos lugares

allí tocó tu delicada planta

todos los regaré con largo llanto,

en cada cual hallando mil pesares

con mil recuerdos. Bajaré perdido

a las Delicias, y con triste acento

«Laura, mi Laura», clamaré, y el viento

mi voz se llevará, y allí tendido

sobre la dura solitaria arena,

pondráse el sol, y seguirá mi pena.

A tu morada iré; con planta incierta

toda la correré desesperado,

y toda, toda la hallaré desierta.

Furioso bajaré, y a mis amigos,

de mi ardiente pasión fieles testigos,

preguntaré en silencio por mi amante,

y ellos, la compasión en el semblante,

nada responderán. ¡Desventurado!

¿a quién me volveré? Si sólo un día

durase mi dolor, yo me diría

feliz, y muy feliz; pero mis ojos

un sol, y otro verán, y cien tras ellos,

y a Laura no verán. Sus labios bellos

no se abrirán y entre cordial ternura

«Te amo» repetirán mil y mil veces;

ni con la suya estrechará mi mano,

ni gozaré mirando la hermosura

de su expresivo rostro soberano.

¡Ay, que nunca a mis ojos tan hermosa

brilló cual hoy cuando de mí partía!

Jamás, jamás la olvidaré; una diosa,

la diosa del amor me parecía.

Sí, mi diosa serás, Laura adorada,

la única diosa a quien mi pecho amante

cultos tributará. Y, en adelante

en todo el orbe para mí no existe

más belleza que tú, ni más deseo:

adorarte será mi eterno empleo.

¡Oh Guadiana, Guadiana hermoso!

¡oh río entre los ríos venturoso!

¡oh mil veces feliz! Tú a Manzanares

su tesoro robaste. Placenteras

mirarán a mi Laura tus riberas

contemplando cuál pasan tus olitas,

y unas en otras sin cesar se pierden.

Pensativa al mirarlo, en mí la mente,

ocultará en tu rápida corriente

con mil lágrimas tristes mil amores.

¡Oh si después hacia Madrid corrieras!

a las suyas mis lágrimas unieras.

¡Ay! dila, dila, cuando allí la vieres,

que eternamente vivirá en mi pecho

su inextinguible amor; que acongojado

la lloro sin cesar; que lo he jurado,

cuando la sien de abril ciñan las flores

iré a exhalar entre sus dulces brazos

todo mi corazón, y mil amores

en cambio a recibir; que ella constante

pague mi fe, porque en el mundo entero

no encontrará un amor más verdadero.


A UN AMIGO EN LA MUERTE DE UN HERMANO

Es justo, sí: la humanidad, el deudo,

tus entrañas de amor, todo te ordena

sentir de veras y regar con llanto

ese cadáver, para siempre inmóvil,

que fue tu hermano. La implacable muerte

abrió sin tiempo su sepulcro odioso

y derribóle en él. ¡Ay! ¡a su vida

cuántos años robó! ¡cuánta esperanza!

¡cuánto amor fraternal! y ¡cuánto, cuánto

miserable dolor y hondo recuerdo

a su hermano adelanta y sus amigos!

Vive el malvado atormentando, y vive,

y un siglo entero de maldad completa;

y el honrado mortal en cuyo pecho

la bondadosa humanidad se abriga

¿nace, y deja de ser? ¡Ay! llora, llora,

caro Fernández, el fatal destino

de un hermano infeliz; también mis ojos

saben llorar, y en tu aflicción presente

más de una vez a tu amistad pagaron

su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo

benigno oyera los sinceros votos

de la ardiente amistad! Al punto, al punto

hacia el cadáver de tu amor volando

segunda vida le inspirara, y ledo

presentándole a ti, «Toma», dijera,

«vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo.»

Mas ¡ay! el hombre en su impotencia triste

no puede más que suspirar deseos.

La losa cae sobre el voraz sepulcro

y cae la eternidad; y en vano, en vano

al que en su abismo se perdió le llaman

de acá las voces del mortal doliente.

Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos,

ni el ay de la viudez, ni los suspiros

de inocente orfandad, ni los sollozos

de la amistad, ni el maternal lamento,

ni amor, el tierno amor que el mundo rige,

nada penetra los oídos sordos

de la muerte insensible. Nuestros ayes

a los umbrales de la tumba llegan,

y escuchados no son; que los sentidos

allí cesaron, la razón es muda,

helóse el corazón, y las pasiones

y los deseos para siempre yacen.

Yacen, sí, yacen; el dolor empero

también con ellos para siempre yace,

y la vida es dolor. Llama a tus años,

caro Fernández; sin pasión pregunta

qué has sido en ellos? y con tristes voces

dirán: «Si un día te rió sereno,

ciento y ciento tras él, tempestuosos

tronando sobre ti, huellas profundas

de mal y de temor sólo dejaron.»

Hórrido yermo de inflamada arena,

do entre aridez universal y muerte

solitario tal vez algún arbusto

se esfuerza a verdear: tal es la imagen

de esta vida cruel que tanto amamos.

Enfermedad, desvalimiento, lloro,

ignorancia, opresión: este cortejo

nos espera al nacer, y apesadumbra

la hermosa candidez de nuestra infancia

que en nada es nuestra. Los demás ordenan

a su placer de nuestro débil cuerpo;

y nuestra mente a sus antojos sirve.

Si nuestro llanto a su indolencia ofende,

manda que pare su feroz dureza,

o su bárbara mano enfurecida

sobre nosotros cae. ¡Niño infelice!

llora ya, llora cuando apenas naces

de la injusticia la opresión sangrienta,

y el desprecio, el baldón, y tantos males,

¡preludios, ay, de los que en pos te aguardan!

Tus años correrán, y por tus años

hombre te oirás decir; mas siempre niño

entre niños serás. Injusto y justo,

opresor y oprimido todo a un tiempo

de tus pasiones en el mar furioso

perdido nadarás. En lucha eterna

de acciones y deseos, mal seguro

no sabrás qué querer; y fastidiado

con lo presente, volarás ansioso

a otro tiempo y lugar buscando siempre

allá tu dicha donde estar no puedas.

¿Y qué valdrá que en tu virtud contento

goces contigo, si mirando en torno

verás la humanidad acongojada

largamente gemir? Despedazado

tu tierno corazón verá los males,

querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,

sólo un estéril lloro es el consuelo

que puede dar su caridad fogosa.

¿Hay pena igual a la de oír al triste

sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte!

¡oh sepulcro feliz! ¡Afortunados

mil y mil veces los que allí en reposo

terminaron los males! ¡Ay! al menos

sus ojos no verán la escena horrible

de la santa virtud atada en triunfo

de la maldad al victorioso carro.

No escucharán la estrepitosa planta

de la injusticia quebrantando el cuello

de la inocencia desvalida y sola,

ni olerán los sacrílegos inciensos

que del poder en las sangrientas aras

la adulación escandalosa quema.

¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué lloramos,

Fernández mío, si la tumba rompe

tanta infelicidad? Enjuga, enjuga

tus dolorosas lágrimas; tu hermano

empezó a ser feliz; sí, cese, cese

tu pesadumbre ya. Mira que aflige

a tus amigos tu doliente rostro,

y a tu querida esposa y a tus hijos.

El pequeñuelo Hipólito suspenso,

el dedo puesto entre sus frescos labios,

observa tu tristeza, y se entristece;

y marchando hacia atrás, llega a su madre

y la aprieta una mano, y en su pecho

la delicada cabecita posa,

siempre los ojos en su padre fijos.

Lloras, y llora; y en su amable llanto

¿qué piensas que dirá? «Padre», te dice,

«¿será eterno el dolor? ¿no hay en la tierra

otros cariños que el vacío llenen

que tu hermano dejó? Mi tierna madre

vive, y mi hermana, y para amarte viven,

yo con ellas te amaré. Algún día

verás mis años juveniles llenos

de ricos frutos, que oficioso ahora

con mil afanes en mi pecho siembras.

Honrado, ingenuo, laborioso, humano,

esclavo del deber, amigo ardiente,

esposo tierno, enamorado padre,

yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias

en mí te esperan! Lo verás: mil veces

llorarás de placer, y yo contigo.

Mas vive, vive, que si tú me faltas,

¡oh pobrecito Hipólito! sin sombra

¡ay! ¿qué será de ti huérfano y solo?

No, mi dulce papá; tu vida es mía,

no me la abrevies traspasando tu alma

con las espinas de la cruel tristeza.

Vive, sí, vive; que si el hado impío

pudo romper tus fraternales lazos,

hermanos mil encontrarás doquiera:

que amor es hermandad, y todos te aman.

De cien amigos que te ríen tiernos

adopta a alguno, y si por mí te guías

Nicasio en el amor será tu hermano».


LA ESCUELA EL SEPULCRO

A LA SEÑORA MARQUESA DE FUERTEHIJAR,

CON MOTIVO DE LA MUERTE DE SU AMIGA

LA SEÑORA MARQUESA DE LAS MERCEDES

¿Adónde, adónde los dolientes ojos

vuelves? ¿Qué buscas? ¿o por quién exhalas

tanto suspiro de dolor y angustia?

¿Qué atiendes, di, que el respirar parando

el alma toda en el oído clavas

ansioso de escuchar? En vano, en vano

anhelas por oír: la quieta noche

a los mortales con su sombra encierra,

y acalla al mundo que tranquilo yace

en un mar de silencio sumergido.

Mas ¡ay! ¿cuál son tan a deshora turba

la silenciosa paz de las tinieblas?

¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,

y resuena otra vez? Llora, sí, llora

tu amarga soledad, oh triste amiga,

gime, lamenta sin cesar; tu pecho

se parta de dolor, y al labio envíe

el Ay de la amistad desesperada.

El bronco son que tus oídos hiere

es la trompeta de la muerte, el doble

de la campana que terrible dice:

«Fue, fue tu amiga. La que tantas veces

te vio, y te habló, y en sus amantes brazos

tan fina te estrechó, y en tus mejillas

su cariño estampó con dulces besos,

la que en su mente consagró tu imagen,

y en cuyo corazón un templo hermoso

te erigió la amistad do siempre ardía

tanto y tan puro amor, ya por las olas

fue de la eternidad arrebatada;

ahora mismo a su cadáver yerto,

en estrecho ataúd aprisionado,

alumbrarán con dolorosa llama

tristes antorchas del color que ostentan

las mustias hojas que al morir otoño

del árbol paternal ya se despiden.

Ahora mismo yacerá en la cima

de la tumba infeliz, hollando lutos

negros, más negros que nublada noche

en las hondas cavernas de los Alpes.

En torno de ella, y apartando el rostro

de su espantable palidez, sentados

compañía a harán los que otro tiempo

tal vez colgados de su voz, pendientes

de un giro de sus ojos, estudiaban

su voluntad para servir a humildes.

¡Esta será ¡ay dolor! la vez postrera

que la visiten los mortales, ésta

su tertulia final, y último obsequio

que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos

con que del templo la anchurosa mole

temblando toda en rededor retumba

su despedida son, son sus adioses,

el largo adiós final. ¡Oh tú, Lorenza,

ven por la última vez, ven, ven conmigo

y a tu amiga verás, verás al menos

el cuerpo que animó, verás reliquias

de una nada que fue! Mira que tardas,

y nunca, nunca volverás a verla,

nunca jamás; que ya sobre sus hombros

cargaron los ministros del sepulcro

el ataúd, y marchan, y descienden

con él a la morada solitaria

del oscuro no ser. Allí en los muros

cien bocas abre la insaciable muerte

por donde traga sin cesar la vida,

a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡oh malograda!

¡oh atropellada juventud! Caíste,

bien como flor que en su lozana pompa

hollada fue por la ignorante planta

de un pasajero sin piedad. Caíste,

ya otro rastro de tu ser no queda

que las memorias que de ti conserven

los que te amaron. Pasarán los días,

y las memorias pasarán con ellos;

y entonces ¿qué serás? El nombre vano,

el nombre sólo en tu sepulcro escrito,

con que han querido eternizar tu nada.

Tirano el tiempo insultará tu tumba,

con diente agudo roerá sus letras,

borrará la inscripción, y nada, nada

serás por fin. ¡Oh muerte impía!

¡oh sepulcro voraz! en ti los seres

desechos caen; en ti generaciones

sobre generaciones se amontonan,

en ti la vida sin cesar se estrella,

y de tu abismo en la espantosa margen

el tiempo destructor está sañudo

arrojando los siglos despeñados.

¿Qué son ahora los primeros días,

la edad primera de la tierra? ¿en dónde

las que fueron después hoy hallaremos?

¿Sesostris dónde está? ¿dónde el gran Ciro?

¿Babilonia y Semíramis? Pasaron

cortando el tiempo, cual veloz saeta

que el aire hiende sin que rastro alguno

deje de su pasar. ¿Qué son ahora

los Césares, los Jerjes, los Timures

los héroes famosos de la Grecia?

Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo

que acaba de expirar? ¿Y qué es el día

de ayer, el de hoy en lo que va corrido?

Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo

nos ha llevado en el sepulcro yace.

¿Es tan breve el vivir? ¿y el hombre insano

en hacerse infeliz sólo le emplea?

Como en airada mar la frágil nave,

luchando entre borrascas horrorosas

corre perdida sin timón ni velas,

y en pos el huracán desenfrenado

la va acosando en bárbaros embates,

ora a las nubes las bramantes olas

la arrojan, y ora con terrible estruendo

la despeñan rompiéndose, al abismo;

y ya anegada con salobre muerte

llora su perdición, y ya un fracaso

mira seguro en la enriscada costa

donde a estrellarse va: tal es el hombre

por el mar de la vida navegando.

Siempre a merced de sus pasiones corre

entre tinieblas y borrascas tristes

en eterna inquietud, allá en el alma

hondamente clavada la amargura,

y la zozobra y el cruel fastidio,

y desesperación; sin que los ojos

vuelva jamás al relumbrante faro

de la pura razón. En cada instante

vota acogerse a su sagrado puerto,

y a cada instante, quebrantando el voto,

se aparta más y más; y a nuevos mares

se confía, y a míseros naufragios.

De ilusión a ilusión, de sombra en sombra

va deslumbrado, con ardor abraza

mil fantasmas de bien, y ellas le burlan

deshaciéndose, y halla el miserable

ansia y dolor donde esperó contento;

y vuela deslizándose entretanto

la vida, y se le escapa, y el sepulcro

le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces

oigo que salen desde el centro frío

de los sepulcros que tormentos dicen.

Tormentos claman las doradas urnas

donde descansan las cenizas regias;

tormentos claman las inmundas hoyas

donde la plebe amontonada gime,

tormentos las pirámides erguidas

que en sus entrañas cóncavas tragaron

cien dinastías del perdido Oriente;

y tormentos, tormentos desde el norte

al mediodía, desde oriente a ocaso

toda la tierra sin cesar repite.

¿Dónde estás, dónde estás, soberbia tumba,

tumba olvidada del atroz guerrero

a cuya alta ambición venía estrecha

la inmensidad del tiempo y del espacio?

Tumba del Macedón ¿dónde te escondes

que no dices aquí? Tal vez ahora

darás abrigo a las cansadas yuntas

de algún humilde labrador honrado;

tal vez la tierra que te henchía cubre

una choza infeliz, y las reliquias

del famoso Alejandro son paredes

de algún pobre pastor, no conocido

de otro mortal que de su tierna esposa,

y de su perro y de su fiel ganado.

es feliz en su pobreza oscura,

y tú fuiste infeliz en la abundancia

de tu hambrienta ambición. El sus deseos

por la necesidad de cada día

mide, y prudente la natura acalla

con lo que fácil la razón exige.

Así contento lo presente goza

sin olvidarlo por correr ansioso

a encontrar a mañana, y a perderse

allá en un porvenir que nunca llega.

Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?

Tú, de soberbia y ambición hinchado,

tú, que sangrientas lágrimas vertías

temiendo atroz que la paterna espada

nada en la tierra te dejase libre

que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?

Las victorias del Gránico y del Iso,

Persia a su carro triunfador atada,

cien tronos de Asia, el Asia estremecida

a un mover de tu pie, la tierra entera

arrodillada de tu nombre al eco,

tanta potencia, tanta gloria Lacaso

pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste

por siempre un más allá que las entrañas

te roía doquier, y cada gloria

te presentaba desabrida y triste

desde el punto fatal en que era tuya?

¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente

existió para ti, que adormecido

vivías en los sueños de esperanzas

desterrado por siempre en lo futuro.

Para ti lo pasado fue un tormento,

un estímulo más, que te arrastraba

a deseos sin fin, a largos planes

de guerras y victorias, y ruinas

y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo

viviste? ¿Cuándo del feliz reposo

gozaste, y de la paz y la bonanza

de las pasiones, y el alegre cielo

de un inocente corazón tranquilo?

En el sepulcro, en el fatal sepulcro,

y sólo en el sepulcro descansaste;

los mortales sólo allí descansan,

que raros son los que en vivir insanos

de Alejandro no imitan el ejemplo.

Si es tal la vida, ¿para qué lloramos

a los dichosos que al tranquilo puerto

llegaron de la muerte ya seguros

de este mar de dolor que aquí nos cerca?

Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril

en lágrimas se pierde nuestro llanto

sin que aprendamos a vivir felices

en la escuela sublime del sepulcro?

Enjuga ya, desconsolada amiga,

tu llanto de dolor, y atenta escucha

de tu amiga la voz. No ha perecido

tu amiga para ti, que vive y te habla

desde su tumba sin cesar, y dice:

«Mira del hombre la fatal carrera,

mira del hombre el paradero infausto.

Aquí ya para siempre se aniquilan

las grandezas del mundo, aquí se espantan

los sueños de la gloria, aquí los vientos

de las pasiones se echan, y se borra

el vaho del vivir, y el hombre es nada.

Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,

en que desciendas a la eterna noche

a acompañar mi soledad. ¡Aleje,

aleje el cielo tan fatal instante!

y cada nuevo sol más despejado

el horizonte ensanche de tu vidal

Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo

el más largo durar de su carrera?

Sólo un pestañear, volviendo el rostro

verás tu muerte a tu nacer tocando.

¡Ay! a lo menos, pues el plazo es breve,

no, no le acortes suspirando ansiosa

por otro día, y sin cesar por otro;

porque es nunca vivir, es vivir muertes,

jugar este hoy por el mañana incierto.

Lejos, lejos de ti las ilusiones

que al mísero mortal le van llamando,

y las sigue, y se apartan, y engañosas

tendiéndole los brazos, le enajenan,

y le venden por fin, pues al sepulcro

le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.

Lejos de ti las bárbaras pasiones

que en torbellinos de dolor arrastran

a los esclavos que las sirven ciegos,

y su fortuna de su mar confían.

¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro

la frenética sed? ¿qué, los deseos

de una imaginación desenfrenada,

de un enfermo corazón? Errores,

y el error es un mal. ¿Quién en la tierra

fue dichoso jamás llorando males?

La razón, la razón: no hay otra senda

que a la alegre virtud pueda guiarte

y a la felicidad. Por ella fácil

tus deseos prudente moderando

aprenderás a despreciar el mundo,

la gloria y la opinión, preciando sólo

lo que inflexible la razón aprueba.

Así constante vivirás contigo,

vivirás para ti, y harás más larga

la próspera carrera de tus años,

porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo

al mirarte feliz en la grandeza

de tu alma pura! Superior al cieno

de este mundo infeliz, ni los desastres,

ni la persecución, ni los dolores

te podrán abatir; ni la fortuna

podrá mellar tu espíritu de bronce

con sus brillantes dones mentirosos.

¿Qué puede dar la mísera fortuna

que no posea quien felice goza

una sana razón? ¿y qué desgracias

ha de temer quien el mayor tesoro

de una conciencia irreprensible y pura

dentro del corazón lleva escondido?

¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡oh tierna amiga!

¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante

que allá en Pisuerga te juró mi pecho

una eterna amistad ¿falté por suerte,

falté, responde, a tu veraz cariño?

Siempre has vivido en mi memoria; siempre

ardió por ti mi corazón sincero;

siempre mis labios te dijeron finas

palabras de amistad; y eternamente

con mis consejos te probé y mis obras

la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,

y él conmigo también; aquí a tu Quero,

si es que un recuerdo para mí te queda,

por siempre encontrarás; de noche y día

y en todas partes te hablarán mis labios,

te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes

tu oído de mi voz! Adiós, amiga,

adiós, adiós: la eternidad te espera.»