JULIÁN DEL CASAL

 

Su vida fue corta y la dedicó al periodismo, aunque lo consideraba " una institución nefasta". El Fígaro, La Habana Elegante, etc. fueron algunas de las publicaciones cubanas de la época en las que cultivó asiduamente la crónica social y la crítica literaria y teatral. Fue también autor de "historias" y cuentos que él rotulaba de amargos, los cuales son indispensables para comprender su visión decadente y dolorosa de " la Vida, la insoportable, la implacable Vida".

Julián del Casal hubiese podido figurar entre los raros de Rubén Darío, quien le llamó " hondo y exquisito príncipe de melancolías" y " desdichado ruiseñor del bosque de la Muerte".

Destacó también en el poema en prosa: originales o en traducciones que eran verdaderas recreaciones, principalmente de Catulle Mendès y de Baudelaire. Julián del Casal consideraba a este último " el más grande poeta de nuestros tiempos".

Casals representa el neorromanticismo decadente que marcó la sensibilidad fin de siècle. Su obra, en verso y prosa, estuvo signada así por la presencia del dolor y la muerte, el hastío y la inadaptación, la amargura y la impotencia, el ansia insaciable de evasión. Su verso dio cabida a los motivos aparentemente más exteriores del decadentismo: el amor a los climas artificiales, lujosos y hasta enfermizos; la recreación de situaciones o personajes ambiguos y exquisitos; variaciones sobre temas esteticistas y exóticos; y aun el regusto en lo sórdido, tétrico y sepulcral, que es aún más visible en sus narraciones.

Dada su visión decadente del mundo, parecida a la de un poeta maldito, se dio siempre en él la voluntad de un arte extremadamente refinado y brillante. Esa voluntad se sostenía en la perfección plástica lograda por la línea precisa y los colores prestigiosos; el uso y abuso de materiales nobles; las descripciones impecables y distanciadas de realidades exteriores que le habían llegado por vías de la cultura y el arte; y muy especialmente, el sometimiento riguroso a las formas más estrictas. Todo esto, lo abrevó el cubano en el Parnaso francés.

En protesta contra la mezquindad espiritual de su tiempo, sustituyó la realidad esta por la realidad otra de la vivencia y las palabras artísticas, sustitución que no puede realizarse sin su cuota humana de sufrimiento.

La conjunción o dualidad que en Casal se da con mayor dramatismo tal vez que en sus contemporáneos de América – dualidad de dolor y belleza, de angustia del espíritu y hermosura del lenguaje- la resumió Martí al hablar de

" los versos tristes y joyantes" de su compatriota.

Sin embargo, a través de las opciones más característicamente decimonónicas que arriba han quedado apuntadas, se puede ir trazando en él algo de mayor potencialidad y futuridad estética: "el camino simbolista de Julián del Casal". Casal logra que su intrínseca cosmovisión decadente-simbolista llegue incluso a conformarse expresivamente en un modo afín o asimilable al simbolismo. Tratando temas históricos, típicos del Parnaso, o desarrollando asuntos paisajísticos, el poeta los convierte en correlatos objetivadores de sus estados anímicos, dominados por aquellos sentimientos dolorosos antes mencionados.

En lo formal, avanzó mucho en aquella renovación del verso castellano que señaló uno de los esfuerzos mayores del modernismo: flexibilización acentual del endecasílabo, empleo del terceto monorrimo, maestría en el uso del decasílabo y sobre todo del eneasílabo.

La crítica coincide en ver a Julián del Casal como el poeta hispanoamericano que más originalmente anticipa el esplendor técnico y verbal de las Prosas profanas de Rubén Darío.

De Hojas al Viento

Mis amores

Soneto Pompadour

Amo el bronce, el cristal, las porcelanas,

las vidrieras de múltiples colores,

los tapices pintados de oro y flores

y las brillantes lunas venecianas.

Amo también las bellas castellanas,

la canción de los viejos trovadores,

los árabes corceles voladores,

las flébiles baladas alemanas,

el rico piano de marfil sonoro,

el sonido del cuerno en la espesura,

del pebetero la fragante esencia,

y el lecho de marfil, sándalo y oro,

en que deja la virgen hermosura

la ensangrentada flor de su inocencia.

El arte

Cuando la vida, como fardo inmenso,

pesa sobre el espíritu cansado

y ante el último Dios flota quemado

el postrer grano de fragante incienso;

cuando probamos, con afán intenso,

de todo amargo fruto envenenado

y el hastío, con rostro enmascarado,

nos sale al paso en el camino extenso;

el alma grande, solitaria y pura

que la mezquina realidad desdeña,

halla en el Arte dichas ignoradas,

como el alción, en fría noche oscura,

asilo busca en la musgosa peña

que inunda el mar azul de olas plateadas.

De Nieve

La agonía de Petronio

Tendido en la bañera de alabastro

donde serpea el purpurino rastro

de la sangre que corre de sus venas,

yace Petronio, el bardo decadente,

mostrando coronada la ancha frente

de rosas, terebintos y azucenas.

Mientras los magistrados le interrogan,

sus jóvenes discípulos dialogan

o recitan sus dáctilos de oro,

y al ver que aquéllos en tropel se alejan

ante el maestro ensangrentado dejan

caer las gotas de su amargo lloro.

Envueltas en sus peplos vaporosos

y tendidos los cuerpos voluptuosos

en la muelle extensión de los triclinios,

alrededor, sombrías y livianas,

agrúpanse las bellas cortesanas

que habitan del imperio en los dominios.

Desde el baño fragante en que aún respira,

el bardo pensativo las admira,

fija en la más hermosa la mirada

y le demanda, con arrullo tierno,

la postrimera copa de falerno

por sus marmóreas manos escanciada.

Apurando el licor hasta las heces,

enciende las mortales palideces

que oscurecían su viril semblante,

y volviendo los ojos inflamados

a sus fieles discípulos amados

háblales triste en el postrer instante,

hasta que heló su voz mortal gemido,

amarilleó su rostro consumido,

frío sudor humedeció su frente,

amoratáronse sus labios rojos,

densa nube empañó sus claros ojos,

el pensamiento abandonó su mente.

Y como se doblega el mustio nardo,

dobló su cuello el moribundo bardo,

libre por siempre de mortales penas

aspirando en su lánguida postura

del agua perfumada la frescura

y el olor de la sangre de sus venas.

Elena

Luz fosfórica entreabre claras brechas

en la celeste inmensidad, y alumbra

del foso en la fatídica penumbra

cuerpos hendidos por doradas flechas.

Cual humo frío de homicidas mechas

en la atmósfera densa se vislumbra

vapor disuelto que la brisa encumbra

a las torres de Ilión, escombros hechas.

Envuelta en veste de opalina gasa,

recamada de oro, desde el monte

de ruinas hacinadas en el llano,

indiferente a lo que en torno pasa,

mira Elena hacia el lívido horizonte,

irguiendo un lirio en la rosada mano.

Una maja

Muerden su pelo negro, sedoso y rizo,

los dientes nacarados de alta peineta

y surge de sus dedos la castañeta

cual mariposa negra de entre el granizo.

Pañolón de Manila, fondo pajizo,

que a su talle ondulante firme sujeta,

echa reflejos de ámbar, rosa y violeta

moldeando de sus carnes todo hechizo.

Cual tímidas palomas por el follaje,

asoman sus chapines bajo su traje

hecho de blondas negras y verde raso,

y al choque de las copas de manzanilla

riman con los tacones la seguidilla,

perfumes enervantes dejando el paso.

Paisaje espiritual

Perdió mi corazón el entusiasmo

al penetrar en la mundana liza,

cual la chispa al caer en la ceniza

pierde el ardor en fugitivo espasmo.

Sumergido en estúpido marasmo

mi pensamiento atónito agoniza

o, al revivir, mis fuerzas paraliza

mostrándome en la acción un vil sarcasmo.

Y aunque no endulcen mi infernal tormento

mi la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia,

soporto los ultrajes de la suerte,

porque en mi alma desolada siento

el hastío glacial de la existencia

y el horror infinito de la muerte.

Flores

Mi corazón fue un vaso de alabastro

donde creció, fragante y solitaria,

bajo el fulgor purísimo de un astro

una azucena blanca: la plegaria.

Marchita ya esa flor de suave aroma,

cual virgen consumida por la anemia,

hoy en mi corazón su tallo asoma

una adelfa purpúrea: la blasfemia.

Vespertino

I

Agoniza la luz. Sobre los verdes

montes alzados entre brumas grises,

parpadea el lucero de la tarde

cual la pupila de doliente virgen

en la hora final. El firmamento

que se despoja de brillantes tintes

aseméjase a un ópalo grandioso

engastado en los negros arrecifes

de la playa desierta. Hasta la arena

se va poniendo negra. La onda gime

por la muerte del sol y se adormece

lanzando al viento sus clamores tristes.

II

En un jardín, las áureas mariposas

embriagadas están por los sutiles

aromas de los cálices abiertos

que el sol espolvoreaba de rubíes,

esmeraldas, topacios, amatistas

y zafiros. Encajes invisibles

extienden en silencio las arañas

por las ramas nudosas de las vides

cuajadas de racimos. Aletean

los flamencos rosados que se irguen

después de picotear las fresas rojas

nacidas entre pálidos jazmines.

Graznan los pavos reales.

Y en un banco

de mármoles bruñidos, que recibe

la sombra de los árboles coposos,

un joven soñador está muy triste,

viendo que el aura arroja en un estanque

jaspeado de metálicos matices,

los pétalos fragantes de los lirios

y las plumas sedosas de los cisnes.

Nostalgias

I

Suspiro por las regiones

donde vuelan los alciones

sobre el mar,

y el soplo helado del viento

parece en su movimiento

sollozar;

donde la nieve que baja

del firmamento, amortaja

el verdor

de los campos olorosos

y de ríos caudalosos

el rumor;

donde ostenta siempre el cielo,

a través del aéreo velo,

color gris;

es más hermosa la luna

y cada estrella más que una

flor de lis.

II

Otras veces sólo ansío

bogar en firme navío

a existir

en algún país remoto,

sin pensar en el ignoto

porvenir.

Ver otro cielo, otro monte,

otra playa, otro horizonte,

otro mar,

otros pueblos, otras gentes

de maneras diferentes

de pensar.

¡Ah! si yo un día pudiera

con qué júbilo partiera

para Argel,

donde tiene la hermosura

el color y la frescura

de un clavel.

Después fuera en caravana

por la llanura africana

bajo el sol

que, con sus vivos destellos,

pone un tinte a los camellos

tornasol.

Y cuando el día expirara

mi árabe tienda plantara

en mitad

de la llanura ardorosa

inundada de radiosa

claridad.

Cambiando de rumbo luego,

dejara el país del fuego

para ir

hasta el imperio florido

en que el opio da el olvido

del vivir.

Vegetara allí contento

de alto bambú corpulento

junto al pie,

o aspirando en rica estancia

la embriagadora fragancia

que da el té.

De la luna al claro brillo

iría al Río Amarillo

a esperar

la hora en que, el botón rojo,

comienza la flor de loto

a brillar.

O mi vista deslumbrara

tanta maravilla rara

que el buril

de artista, ignorado y pobre,

graba en sándalo o en cobre

o en marfíl.

Cuando tornara el hastío

en el espíritu mío

a reinar,

cruzando el inmenso piélago

fuera a taitiano archipiélago

a encallar.

A aquél en que vieja historia

asegura a mi memoria

que se ve

el lago en que un hada peina

los cabellos de la reina

Pomaré.

Así errabundo viviera

sintiendo todo quimera

rauda huir,

y hasta olvidando la hora

incierta y aterradora

de morir.

III

Mas no parto. Si partiera

al instante yo quisiera

regresar.

¡Ay! ¿Cuándo querrá el destino

que yo pueda en mi camino

reposar?

 

 

Flores de éter

A la memoria de Luis II de Baviera

Rey solitario como la aurora,

rey misterioso como la nieve,

¿en qué mundo tu espíritu mora?

¿Sobre qué cimas sus alas mueve?

¿Vive con diosas en una estrella

como guerrero con sus cautivas,

o está en la tumba - blanca doncella

bajo coronas de siemprevivas?...

Aún eras niño, cuando sentías,

como legado de tus mayores,

esas tempranas melancolías

de los espíritus soñadores,

y huyendo lejos de los palacios

donde veías morir tu infancia,

te remontabas a los espacios

en que esparcíase la fragancia

de los sueños que, hora tras hora,

minado fueron tu vida breve,

rey solitario como la aurora,

rey misterioso como la nieve.

Si así tu alma gozar quería

y a otras regiones arrebatarte,

en bajel tuvo: la Fantasía,

y un mar espléndido: el mar del Arte.

¡Cómo veías sobre sus ondas

temblar las luces de nuevos astros

que te guiaban a las Golcondas

donde no hallabas del hombre rastros;

y allí sintiendo raros deleites

tu alma encontraba deliquios santos,

como en los tintes de los afeites

las cortesanas frescos encantos!

Por eso mi alma la tuya adora

y recordándola se conmueve,

rey solitario como la aurora,

rey misterioso como la nieve.

Colas abiertas de pavos reales,

róseos flamencos en la arboleda,

fríos crepúsculos matinales,

áureos dragones en roja seda,

verdes luciérnagas en las lilas,

plumas de cisnes alabastrinos,

sonidos vagos de las esquilas,

sobre hombros blancos encajes finos,

vapor de lago dormido en calma,

mirtos fragantes, nupciales tules,

nada más bello fue que tu alma

hecha de vagas nieblas azules

y que a la mía sólo enamora

de las del siglo décimo nueve,

rey solitario como la aurora,

rey misterioso como la nieve.

Aunque sentiste sobre tu cuna

caer los dones de la existencia,

tú no gozaste de dicha alguna

más que en los brazos de la Demencia.

Halo llevabas de poesía

y más que el brillo de tu corona

a los extraños les atraía

lo misterioso de tu persona

que apasionaba nobles mancebos,

porque ostentabas en formas bellas

la gallardía de los efebos

con el recato de las doncellas.

Tedio profundo de la existencia,

sed de lo extraño que nos tortura,

de viejas razas mortales herencia,

de realidades afrenta impura,

visión sangrienta de la neurosis,

deliscuescencia de las pasiones,

entre fulgores de apoteosis

tu alma llevaron a otras regiones

donde gloriosa ciérnese ahora

y eterna dicha sobre ella llueve,

rey solitario como la aurora,

rey misterioso como la nieve.

 

 

De Bustos y rimas

Crepuscular

Como vientre rajado sangra el ocaso,

manchando con sus chorros de sangre humeante

de la celeste bóveda el azul raso,

de la mar estañada la onda espejeante.

Alzan sus moles húmedas los arrecifes

donde el chirrido agudo de las gaviotas,

mezclado a los crujidos de los esquifes,

agujerea el aire de extrañas notas.

Va la sombra extendiendo sus pabellones,

rodea el horizonte cinta de plata,

y, dejando las brumas hechas jirones,

parece cada faro flor escarlata.

Como ramos que ornaron senos de ondinas

y que surgen nadando de infecto lodo,

vagan sobre las ondas algas marinas

impregnadas de espumas, salitre y yodo.

Abrense las estrellas como pupilas,

imitan los celajes negruzcas focas

y, extinguiendo las voces de las esquilas,

pasa el viento ladrando sobre las rocas.

Sourimono

Como rosadas flechas de aljabas de oro

vuelan los bambúes finos flamencos,

poblando de graznidos el bosque mudo,

rompiendo de la atmósfera los níveos velos.

El disco anaranjado del sol poniente

que sube tras la copa de arbusto seco,

finge un nimbo de oro que se desprende

del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.

Y las ramas erguidas de los juncales

cabecean al borde de los riachuelos,

como el soplo del aura sobre la playa

los mástiles sin velas de esquifes viejos.

Las alamedas

Adoro las sombrías alamedas

donde el viento al silbar entre las hojas

oscuras de las verdes arboledas,

imita de un anciano las congojas;

donde todo reviste vago aspecto

y siente el alma que el silencio encanta,

más suave el canto del nocturno insecto,

más leve el ruido de la humana planta;

donde el caer de erguidos surtidores

las sierpes de agua en las marmóreas tazas,

ahogan con su canto los rumores

que aspira el viento en las ruidosas plazas;

donde todo se encuentra alodorido

o halla la savia de la vida acerba,

desde el gorrión que pía en su nido

hasta la brizna lánguida de yerba;

donde, al fulgor de pálidos luceros,

la sombra transparente del follaje

parece dibujar en los senderos

negras mantillas de sedoso encaje;

donde cuelgan las lluvias estivales

de curva rama diamantino arco,

teje la luz deslumbradores chales

y fulgura una estrella en cada charco.

Van allí, con sus tristes corazones,

pálidos seres de sonrisa mustia,

huérfanos para siempre de ilusiones

y desposados con la eterna angustia.

Allí, bajo la luz de las estrellas,

errar se mira al soñador sombrío

que en su faz lleva las candentes huellas

de la fiebre, el insomnio y el hastío.

Allí en un banco, humilde sacerdote

devora sus pesares solitarios,

como el marino que en desierto islote

echaron de la mar vientos contrarios.

Allí el mendigo, con la alforja al hombro,

doblado el cuello y las miradas bajas,

retratado en sus ojos el asombro,

rumia de los festines las migajas.

Allí una hermosa, con cendal de luto,

aprisionado por brillante joya,

de amor aguarda el férvido tributo

como una dama típica de Goya.

Allí del gas a las cobrizas llamas

no se descubren del placer los rastros

y a través del calado de las ramas

más dulce es la mirada de los astros.

Neurosis

Noemí, la pálida pecadora

de los cabellos color de aurora

y las pupilas de verde mar,

entre cojines de raso lila,

con el espíritu de Dalila,

deshoja el cáliz de un azahar.

Arde a sus plantas la chimenea

donde la leña chisporrotea

lanzando en tono seco rumor,

y alzada tiene su tapa el piano

en que vagaba su blanca mano

cual mariposa de flor en flor.

Un biombo rojo de seda china

abre sus hojas en una esquina

con grullas de oro volando en cruz,

y en curva mesa de fina laca

ardiente lámpara se destaca

de la que surge rosada luz.

Blanco abanico y azul sombrilla,

con unos guantes de cabritilla

yacen encima del canapé,

mientras en la tapa de porcelana,

hecha con tintes de la mañana,

humea el alma verde del té.

Pero ¿qué piensa la hermosa dama?

¿Es que su príncipe ya no la ama

como en los días de amor feliz,

o que en los cofres del gabinete

ya no conserva ningún billete

de los que obtuvo por un desliz?

¿Es que la rinde cruel anemia?

¿Es que en sus búcaros de Bohemia

rayos de luna quiere encerrar,

o que, con suave mano de seda,

del blanco cisne que ama Leda

ansía las plumas acariciar?

¡Ay! es que en horas de desvarío

para consuelo del regio hastío

que en su alma esparce quietud mortal,

un sueño antiguo le ha aconsejdo

beber en copa de ónix labrado

la roja sangre de un tigre real.

En el campo

Tengo el impuro amor de las ciudades,

y a este sol que ilumina las edades

prefiero yo del gas las claridades.

A mis sentidos lánguidos arroba,

más que el olor de un bosque de caoba,

el ambiente enfermizo de una alcoba.

Mucho más que las selvas tropicales,

plácenme los sombríos arrabales

que encierran las vetustas capitales.

A la flor que se abre en el sendero,

como si fuese terrenal lucero,

olvido por la flor de invernadero.

Más que la voz del pájaro en la cima

de un árbol todo en flor, a mi alma anima

la música armoniosa de una rima.

Nunca a mi corazón tanto enamora

el rostro virginal de una pastora

como un rostro de regia pecadora.

Al oro de las mies en primavera,

yo siempre en mi capricho prefiriera

el oro de teñida cabellera.

No cambiara sedosas muselinas

por los velos de nítidas neblinas

que la mañana prende en las colinas.

Más que al raudal que baja de la cumbre,

quiero oír a la humana muchedumbre

gimiendo en su perpetua servidumbre.

El rocío que brilla en la montaña

no ha podido decir a mi alma extraña

lo que el llanto al bañar una pestaña.

Y el fulgor de los astros rutilantes

no trueco por los vívidos cambiantes

del ópalo la perla o los diamantes.

Tardes de lluvia

Bate la lluvia la vidriera

y las rejas de los balcones,

donde tupida enredadera

cuelga sus floridos festones.

Bajo las hojas de los álamos

que estremecen los vientos frescos,

piar se escucha entre sus tálamos

a los gorriones picarescos.

Abrillántase los laureles,

y en la arena de los jardines

sangran corolas de claveles,

nievan pétalos de jazmines.

Al último fulgor del día

que aún el espacio gris clarea,

abre su botón la peonía,

cierra su cáliz la ninfea.

Cual los esquifes en la rada

y reprimiendo sus arranques,

duermen los cisnes en bandada

a la margen de los estanques.

Parpadean las rojas llamas

de los faroles encendidos,

y se difunden por las ramas

acres olores de los nidos.

Lejos convoca la campana,

dando sus toques funerales,

a que levante el alma humana

las oraciones vesperales.

Todo parece que agoniza

y que se envuelve lo creado

en un sudario de ceniza

por la llovizna adiamantado.

Yo creo oír lejanas voces

que, surgiendo de lo infinito,

inícianme en extraños goces

fuera del mundo en que me agito.

Veo pupilas que en las brumas

dirígenme tiernas miradas,

como si de mis ansias sumas

ya se encontrasen apiadadas.

Y, a la muerte de estos crepúsculos,

siento, sumido en mortal calma,

vagos dolores en los múscolos,

hondas tristezas en el alma.

LE PORT

Un port est un séjour charmant pour une âme fatiguée des luttes de la vie. L’ampleur du ciel, l’architecture mobile des nuages, les colorations changeantes de la mer, le scintillement des phares, sont un prisme merveilleusement prope à amuser les yeux sans jamais les lasser. Les formes élancées des navires, au gréement compliqué, auxquels la houle imprime des oscillations harmonieuses, servent à entretenir dans l’âme le goût du rythme et de la beauté. Espuis, surtout, il y a une sorte de plaisir mystérieux et aristocratique pour celui qui n’a plus ni curiosité ni ambition, à contempler, couché dans le belvédère ou accoudé sur le môle, tous ces mouvements de ceux qui partent et de ceux qui reviennent, de ceux qui ont encore la force de vouloir, le désir de voyager ou de s’enrichir.

 

EL PUERTO

Un puerto es un asilo encantador para un alma fatigada de las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura movible de las nubes, las coloraciones cambiantes de la mar; el centelleo de los faros, son un prisma maravillosamente propio para divertir los ojos sin nunca cansarlos. Las formas salientes de los navíos, de aparejo complicado, a los cuales las olas imprimen oscilaciones armoniosas, sirven para entretener en el alma el gusto del ritmo y de la belleza. Y después, sobre todo, hay una especie de placer misterioso y aristocrático, para el que no tiene curiosidad ni ambición, en contemplar acostado en el mirador o de codos sobre el muelle, los movimientos de los que parten y de los que vuelven, de los que tienen todavía la fuerza de querer, el deseo de viajar o de enriquecerse.

La Habana Elegante, 27 de Marzo de 1887.

 

 UNE HEURE DU MATIN

Enfin! seul! On n’entend plus que le roulement de quelques fiacres attardés et éreintés. Pendant quelques heures, nous possederons le silence, sinon le repos. Enfin! la tyrannie de la face humaine a disparu, et souffrirai plus que par moimême.

Enfin! Il m’est donc permis de me délasser dans un bain de ténèbres! D’abord, un double tour à la serrure. Il me semble que ce tour de clef augmentera ma solitude et fortifiera les barricades qui me séparent actuellement du monde.

Horrible vie! Horrible ville! Récapitulons la journée: avoir vu plusieurs hommes de lettres, dont l’un m’a demandé si l’on pouvait aller en Russie par voie de terre (il prenait sans doute la Russie pour une île); avoir disputé généreusement contre le directeur d’une revue, qui à chaque objection répondait: " – C’est ici le parti des honnêtes gens",ce qui implique que ous les autres journaux sont rédigés par des coquins; avoir salué une vingtaine de personnes, dont quinze me sont inconnues; avoir distribué des poignées de main dans la même proportion, et cela sans avoir pris la précaution d’acheter des gants; être monté pour tuer le temps, pendant une averse, chez une sauteuse qui m’a prié de lui dessiner un costume de Vénustre; avoir fait ma cour á un directeur de théâtre, qui m’a dit en me congédiant: " – Vous feriez peut-être bien de vous adresser à Z...; c’est le plus lourd, le plus sot et le plus célèbre de tous mes auteurs; avec lui vous pourriez peut-être aboutir à quelque chose. Voyez-le, et puis nous verrons"; m’être vanté (pourquoi?) de plusieurs vilaines actions que je n’ai jamais commises, et avoir lâchement nié quelques autres méfaits que l’ai accomplis avec joie;

délit de fanfaronnade, crime de respect humain; avoir refusé à un ami un service facile, et donné une recommandation écrite à un parfait drôle; ouf! est-ce bien fini?

Mécontent de tous et mécontent de moi, je voudrais bien me racheter et m’enorgueillir un peu dans le silence et la solitude de la nuit. Ames de ceux que j’ai aimés, âmes de ceux que j’ai chantés, fortifiez-moi, soutenez-moi, éloignez de moile mensonge et les vapeurs corruptrices du monde; et vous, Seigneur mon Dieu! accordez-moi la grâce de produire quelques veaux vers qui me prouvent à moi-même que je ne suis pas le dernier des hommes, que je ne suis pas inférieur à ceux que je méprise!

 

A UNA HORA DE LA MADRUGADA

¡Al fin, solo! no se oye más que el ruido de algunos coches detenidos y derrengados. Durante algunas horas, poseeré el silencio, ya que no reposo. La tiranía de la faz humana ha desaparecido y no sufriré más que por mí mismo.

Ya me está permitido descansar en un baño de tinieblas. Daré primero una doble vuelta a la cerradura; porque me parece que esa doble vuelta de llave aumentará mi soledad y fortificará las barricadas que me separan actualmente del mundo.

¡Horrible vida! ¡Horrible ciudad! Recapitulemos la jornada: haber visto muchos literatos, de los cuales uno me ha preguntado si podía ir a Rusia por tierra (tomaba sin duda a Rusia por una isla); haber disputado generosamente con el director de una revista, que a cada objeción respondía: "Este es el partido de las gentes honradas", lo cual implica que los demás diarios están redactados por bribones; haber saludado a veinte personas, de las cuales quince me son desconocidas; haber subido para matar el tiempo, durante un chaparrón, a casa de una bailarina que me suplicó que le dibujase un traje de Venustre; haber hecho la corte a un director de teatro, que me dijo despidiéndome: "Haréis bien en dirigiros a X...; es el más pesado, el más tonto y el m´s célebre de mis autores; con el podríais quizás alcanzar alguna cosa. Vedlo y después nos veremos": haberme preciado ( ¿Por qué? ) de muchas acciones villanas que nunca he cometido y haber negado cobardemente algunas acciones que he cometido con goce, delito de fanfarronada, crimen de respeto humano; haber rehusado a un amigo un servicio fácil y dado una recomendación escrita a un perfecto bellaco; ¿falta algo más?

Descontento de todos y hasta de mí mismo, quisiera redimirme y enorgullecerme un poco en el silencio y la soledad de la noche. Almas de los que he amado, almas de los que he cantado, fortificadme, sostenedme, alejad de mí la mentira y los miasmas corruptores del mundo y vos, ¡Señor mi Dios! Concederme la gracia de producir algunos buenos versos que me prueben a mí mismo que no soy el ultimo de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio.

La Habana Elegante, 3 de abril de 1887.

 

LE CHIEN ET LE FLACON

" – Mon beau chien, mon bon chien, mon cher toutou, approchez et venez respirer un excellent parfum acheté chez le meilleur parfumeur de la ville."

Et le chien, en frétillant de la queue, ce qui est, je crois, chez ces pauvres êtres, le signe correspondant du rire et du sourire, s’approche; puis, reculant soudainement avec effroi, il aboie contre moi en manière de reproche.

"-Ah! misérable chien, si je vous avais offert un paquet d’excréments, vous l’auriez flairé avec délices et peut-être dévoré. Ainsi, vous-même, indigne compagnon de ma triste vie, vous ressemblez au public, à qui il ne faut jamais présenter des parfums délicats qui l’exaspèrent, mais des ordures soigneusement choisies."

 

EL PERRO Y EL FRASCO

-Mi buen perro, mi bello perro, mi querido perrito, aproxímate y ven a respirar un perfume excelente que he comprado en casa del mejor perfumista de la ciudad.

Y el perro, moviendo la cola, señal que corresponde en esos seres, creo yo, a la risa y a la sonrisa, se aproxima y pone curiosamente su nariz húmeda sobre el frasco destapado; después, retrocediendo repentinamente con asombro, me arroja un ladrido a manera de reproche.

-¡Oh! miserable perro; si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos, lo hubieras olfateado con gusto y quizás devorado. Por eso, tú mismo, indigno compañero de mi triste vida, te pareces a la muchedumbre, a quien no se debe presentar jamás perfumes delicados que lo exasperan, sino inmundicias cuidadosamente escogidas.

La Discusión, lunes 28 de abril de 1890, Año II, Núm. 261.

 

CHACUN SA CHIMÈRE

Sous un grand ciel gris, dans une grande plaine poudreuse, sans chemins, sans gazon, sans un chardon, sans une ortie, je recontrai plusieurs hommes qui marchaient courbés.

Chacun d’eux portait sur son dos une énorme Chimère, aussi lourde qu’un sac de farine ou de charbon, ou le fourniment d’un fantassin romain.

Mais la monstrueuse bête n’était pas un poids inerte; au contraire, elle enveloppait et opprimait l’homme de ses muscles élastiques et puissants; elle s’agrafait avec ses deux vastes griffes à la poitrine de sa monture; et sa tête fabuleuse surmontait le front de l’homme, comme un de ces casques horribles par lesquels les anciens guerriers espéraient ajouter à la terreur de l’ennemi.

Je questionnai l’un de ces hommes, et je lui demandais où ils allaient ainsi. Il me répondit qu’il n’en savait rien, ni lui, ni les autres; mai qu’évidemmente ils allient quelque part, puis qu’ils étaient poussés par un invincible besoin de marcher.

Chose curieuse à noter: aucun de ces voyageurs n’avait l’air irrité contre la bête fèroce suspendue à son cou et collée à son dos: on eût dit qu’il la considérait comme faisant partie de luimême. Tous ces visages fatigués et sérieux ne témoignaient d’aucun désespoir; sous la coupole spleenétique du ciel, les pieds plongés dans la poussière d’un sol aussi désolé que ce ciel, ils cheminaient avec la physionomie résignée de ceux qui sont condamnés à espérer toujours.

Et le cortége passa à côté de moi et s’enfonça dans l’atmosphère de l’horizon, à l’endroit où la surface arrondie de la planète se dérobe à la curiosité du regard humain.

Et pendant quelques instants je m’obstinai à vouliir comprendre ce mystère; mais bientôt l’ irrésistible indifférence s’abattit sur moi, et j’en fus plus lourdement accablé qu’ils ne l’étaient eux-mêmes par leurs écrasantes Chimères.

 

LAS QUIMERAS

Bajo un cielo oscuro, en ancha llanura polvorosa, sin caminos, sin yerba,sin un cardo, sin una ortiga, encontré muchos hombres que marchaban encorvados.

Cada uno llevaba sobre su espalda una Quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón o la cartuchera de un soldado romano.

Pero la monstruosa bestia, lejos de ser un peso inerte, envolvía y oprimía al hombre con sus músculos elásticos y potentes; se afianzaba con sus dos garras largas al pecho de su cabalgadura y su cabeza fabulosa coronaba la frente del hombre como uno de esos cascos horribles con los cuales los generales antiguos inspiraban más terror a sus enemigos.

Llamé a uno de aquellos hombres y le pregunté a dónde iban así. Respondióme que no sabía nada, ni él, ni los otros pero que evidentemente iban a alguna parte, puesto que estaban dominados por una necesidad invencible de andar.

Y, cosa curiosa para el observador, ninguno de aquellos viajeros tenía el aire irritado contra la bestia feroz colgada a su cuello y pegada a su espalda; hubiérase dicho que la consideraba como una parte de sí propio. Todas aquellas caras fatigadas y serias no demostraban ninguna desesperación; bajo la cúpula sombría del firmamento con los pies hundidos en el polvo de un suelo tan desolado como aquel cielo, caminaban con la fisonomía resignada de los que están condenados a esperar siempre.

Y el cortejo pasó al lado mío y se hundió en la atmósfera del horizonte, en el lugar en que la superficie redonda del planeta se oculta a la curiosidad de la mirada humana.

Y durante algunos momentos me obstiné en comprender aquel misterio; pero bien pronto la irresistible indiferencia se desplomó sobre mí y me sentí más abrumado que aquellos hombres por sus aplastantes Quimeras.

La Discusión, 31 de mayo de 1890, Año II, Núm. 288.

 

LAQUELLE EST LA VRAIE?

J’ai connu une certaine Benedicta, qui remplissait l’atmosphère d’idéal, et dont les yeux répandaient le désir de la grandeur, de la beauté, de la gloire et de tout ce qui fait croire à l’inmortalité.

Mais cette fille miraculeuse était trop belle pour vivre long-temps; aussi est-elle morte quelques jours après que j’eurs fait sa connaissance, et c’est moi-même qui l’ai enterrée, un jour que le printemps agitait son encensoir jusque dans une bière d’un bois parfumé et incorruptible comme les coffres de l’Inde.

Et comme mes yeux restaient fichés sur le lieu où était enfoui mon trésor, je bis subitement une petite personne qui ressemblait singulièrement à la défunte, et que, piétinant sur la terre fraîche avec une violence hystérique et bizarre, disait en éclatant de rire: "C’est moi, la vraie Bénédicta! Cèst moi, une fameuse canaille! Et pour la punition de ta folie et de ton aveuglement, tu m’aimeras telle que je suis!"

Mais moi, furieux, j’ai répondu: "Non! non! non!" Et pour mieux accentuer mon refus, j’ai frappé si violemment la terre du pied que ma jambe s’es enfoncée juqu’au genou dans la sépulture récente, et que, comme un loup pris au piége, je reste attaché, pour toujours peut-être, à la fosse de l’idéal.

 

¿CUÁL ES LA VERDADERA?

-Yo conocí a una mujer llamada Beatriz, que llenaba la atmósfera de ideal y cuyos ojos esparcían el deseo de la grandeza, de la belleza, de la gloria y de todo lo que hace creer en la inmortalidad.

Pero esa criatura milagrosa era demasiado bella para vivir mucho tiempo; murió a los pocos días de conocerla y la enterré, un día que la primavera agitaba su incesario hasta en los cofres de la India.

Y como mis ojos permanecieron fijos en el sitio enque escondí mi tesoro, vi súbitamente a una personilla que se parecía extraordinariamente a la difunta y que, pateando sobre la tierra fresca, con violencia histérica y rara, decía hechándose a reír: "¡Soy la verdadera Beatriz! ¡Soy una famosa canalla¡ ¡Y en castigo de tu locura y de tu ceguera, me amarás tal como soy!"

Pero lleno de rabia, le respondi: ¡No, no, no! Y para acentuar mejor mi negativa, pegué tan fuerte golpe en la tierra con el pie que mi pierna se hundio hasta la rodilla en la sepultura reciente y permanezco unido, como un lobo a la trampa, tal vez para siempre, a la fosa de mi Ideal.

La Discusión, sábado 31 de mayo de 1890, Año II, Núm. 288.

 

LOS FUNERALES DE UNA CORTESANA

Tras la cortina de terciopelo carmesí, guarnecida de flecos de oro, que ornaba el marco de un balcón de la estancia, se hallaban juntos, en fría tarde invernal, arrullados por las ráfagas heladas del viento y por las gotas de lluvia que golpeaba los cristales empañados de la ventanas, un monarca de eterna recordación y la última de sus favoritas.

Él se llamaba Luis XV y ella la condesa de Dubarry.

La favorita, envuelta en un lujoso abrigo de pieles, apoyaba el brazo en un mullido cojín de seda azul, se había tendido sobre el ancho diván de damasco, prodigando a la bella pecadora todas las ternuras y todos los anhelos de su alma enamorada.

Al cabo de algún tiempo, se incorporó el monarca –arreglándose la empolvada cabellera, cuyos rizos habían deshecho los dedos ebúrneos de la Dubarry- y se detuvo en el umbral del balcón.

Un espectáculo triste se presento ante sus ojos.

A lo lejos, entre los árboles del camino, desnudos de hojas y vestidos de escarcha, se veían pasar, al reflejo moribundo de la tarde, cuatro humildes capuchinos que llevaban pobre ataúd de madera, cubierto de paño negro y tachonado de estrellas.

Dentro del ataúd iba el cadáver de Madame de Pompadour.

Ella, habia sabido elevarse desde el hogar de humilde carnicero hasta las gradas del trono; que era la diosa del bosque que Senart, donde se presentaba con un halcón en la mano, semejante a las antiguas castellanas; que para cambiar el orden de las cosas no tenía más que pronunciar una sola frase de amor; que había sido la Madona de los grandes hombres de su época, como María lo es de los cristianos; que sabía ejercer las funciones de la diplomácia tan bien como las de la galantería; que merece el nombre de Hada de la Frivolidad por haber creado un mundo de preciosidades artísticas, bajó al sepulcro, en el más bello período de su existencia, rvestida del burdo traje de la tercera orden de San Francisco, con el grueso rosario a la cintura y a la cruz de madera entre las manos, siendo enterrada, por orden suya, en pobre fosa del convento de capuchinos de la plaza de Vendôme.

Cuentan que el rey, al retirarse del balcón, exclamó fríamente, besando las mejillas coloreadas de la Dubarry que se había reclinado en sus hombros:

-¡Pobre Pompadour! ¡Qué frío va a sentir esta noche en su sepulcro!

La Habana Elegante, 20 de noviembre de 1887.

[En Prosas, tomo I]

 

EL MEJOR PERFUME

Ayer, en la alcoba azul, rameada de flores, la hermosa Blanca, reclinada perezosamente entre cojines de seda negra, bordados de ramos de oro, le preguntaba a su amante, con acento acariciador y los ojos medio cerrados:

-¿No te agrada el perfume de esas gardenias que agonizan en el vaso japonés?

-No; respondió él, alzando desdeñosamente los hombros.

-¿Te gusta más el de mi abanico de sándalo, tras cuyo varillaje te he dicho, en las fiestas mundanas, tantas frases apasionadas?

-Tampoco, replicó él, cada vez más desdeñoso.

-¿Es que prefieres el de las pastillas turcas que arden en el pebetero de bronce, esmaltado de piedras de piedras preciosas?

-Mucho menos.

-¿Por qué?

-Porque el mejor perfume es el que brota de la rosa encarnada de tu boca, cuando me acerco a pedirte, con los ojos encendidos y los labios ardorosos, un beso ardiente de amor,

"de esos que nunca se acaban

de esos que nunca se olvidan"

La Habana Elegante, 31 de marzo de 1889.

[En Prosas, tomo III]

FRÍO

Anochece. El disco rojo del sol, como redonda mancha de sangre, caída en manto de terciopelo azul, rueda por la bóveda celeste hasta borrarse en el mar. La atmósfera se impregna de perfumes invernales. La niebla envuelve, en su sudario de gasa agujereado a trechos, las cumbres empinadas de las montañas lejanas. El viento agita las copas de los laureles, alfombrando las alamedas de hojas amarillas y plumas cenicientas. Los gorriones tiritan en sus nidos. Se oye a lo lejos el mugido imponente del mar, cuyas ondas verdinegras, franjeadas de blancas espumas, se hinchan monstruosamente, se levantan majestuosa y se estrellan en las rocas puntiagudas.

Desde la puesta del sol, el silencio se difunde por las calles. No se oye más que el rodar de los coches, el silbido de los ómnibus y la vibración de alguna campana. Los transeúntes, calado el sombrero hasta las orejas, metidas las manos en los bolsillos, alzado el cuello de terciopelo del gabán, son cada vez más raros. Ninguno se detiene un instante. Todos marchan deprisa, como si temieran llegar tarde a una cita dada por una mujer hermosa, apasionada y febril, que, irritada por la tardanza, se entretendrá en deshojar las flores prendidas en el corpiño, en rasgarse las uñas sonrosadas o en quebrar las varillas del abanico.

Amoratando los rostros, entumeciendo los miembros y rajando los labios, el frío se propaga, sin temor al gas, sin compasión para el pobre y sin respeto al hogar. Quiere penetrar a la fuerza en todas partes. Pero se le da con la puerta en las narices. Entonces se queda solo en las calles, haciéndonos desertar de ellas porque nos obliga a refugiarnos en algún café en algún teatro.

La Discusión, 6 de marzo de 1890, Año II, Núm. 220.

[En Prosas, tomo II]

EL VELO DE GASA

Frente a su lecho solitario, un poeta melancólico que llevaba los sueños en la mente y las canciones más tiernas en el corazón, tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, el largo velo de gasa pálida guarnecido de encajes que ondeaba, al soplo del viento, como una bandera de soldado vencedor.

Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:

-¿De quién es ese velo?

-Es de la mujer, es la única mujer que he amado en el mundo.

Viendo que el silencio plegaba sus labios y que una lágrima pendía de sus párpados, como una gota de rocío del cáliz de una flor, me atreví a decirle.

-¿Es que no os amaba?

-Algo peor que eso.

-¿Ha muerto acaso?

-Hace dos años.

Fijando mis ojos en el largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes, que el poeta tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, frente a su lecho solitario, me pareció entonces, más que bandera triunfante, el sudario de un pobre moribundo, ansioso de amortajarse entre sus pliegues fríos, transparentes y sedosos.

La Discusión, 12 de marzo de 1890, Año II, Núm. 225.

[En Prosas, tomo III]

 

UN SACERDOTE RUSO

Ainsi qu’un papillon volage

Ce qui passe aujourd’hu sera passé.

Laisse-toi cueillir au passage

Papillon d’Actualité

Las doce del día.

Desde la altura de la blanca terraza, próxima al mar, bajo el toldo que forma el ramaje de verde enredadera, estrellado de flores violáceas, hay un grupo de gentes que contemplan, hundido el sombrero hasta las cejas y los anteojos nacarados entre los dedos, la salida de la fragata rusa que abandona nuestras costas.

Ni un soplo de aire refresca la atmósfera. El mar, como lámina de acero, maravillosamente bruñida, irradia un brillo metálico que deslumbra la vista. Las ondas arrastran, en su curso tranquilo, paquetes de algas que arrojan sobre la arena dorada de la playa, semejando ramilletes marchitos del último baile de nereidas. De vez en cuando los rabihorcados que revolotean en el aire se introducen, como flechas negras, en el piélago azul. Sobre las rocas puntiagudas, jaspeadas de placas verdinegras, los pilluelos se entretienen en recoger caracoles que se irisan a los rayos del sol.

Mientras la fragata avanza serena y majestuosa, sobre el dorso de las olas con las velas abiertas y las banderas izadas, hasta perderse en el confín del horizonte lejano, velado por brumas opalinas; se destaca a lo lejos, en lo más alto de la popa, la figura del capellán que parece rogar, desde el púlpito de un templo marino, por el alma de los náufragos. Tiene la mansedumbre evangélica de las grandes almas. Al contemplarlo en aquel lugar, con su solideo de raso negro, ornado de una moña amarilla, bajo el cual se escapan sus cabellos grises y con su sotana tornasolada, sonde resplandece, bajo la cascada de su luenga barba, la cruz blanca de los antiguos eremitas de Jerusalén; evoca el recuerdo de los sacerdotes de Dostoiëwsky, acompañando los deportados a Siberia.

Y al ver la fijeza atónita de sus miradas, diríase que trata de concentrar en sus pupilas verdes, inmóviles en sus órbitas aporcelanadas, los brillantes fulgores del mediodía tropical, para iluminar con ellos, en futuros días, la blancura helada de las vastas estepas solitarias.

La Discusión, viernes 14 de marzo de 1890, Año II, Núm. 227.

[En Prosas, tomo II]

 


Página creada por E. Magallanes, N. Solsona, N. Andrés, N. Barreda y F. García, Santiago Olucha, Mari Juli Vivo, Tania Darriba y Raquel Vinuesa, Universitat Jaume I.