Las buenas pecadoras
Hero y Leandro
Dos libros de memorias
Lo que se piensa al morir
Los progresos del amor
Una cita en el cielo
La santa realidad
La cruzada de Pachín
El cielo de Leopardi
Contradicciones
La copa eterna
Un dogma inédito
El amor no perdona
Cosas de la edad
Ventajas de la inconstancia
La virtud del egoísmo
Propósitos vanos
Virtud de la hipocresía
Las dos linternas
El mayor castigo
La comedia del saber
Los relojes del rey Carlos
Doloras
La gran Babel
Los dos miedos
Hastío
Las dos esposas
Memorias de un sacristán
Mis lecturas
Cuando pitos, flautas
Ellos y ellas
LAS BUENAS PECADORAS
Después de días de tormantas llenos
te vi en misa rezar con santa calma,
y dije para mí:-¡Del mal el menos:
da el cuerpo al diablo, pero a Dios el alma!
HERO Y LEANDRO
A Hero Leandro adoraba,
y, por verla, enamorado
el Helesponto cruzaba
todas las noches a nado.
Y, según la fama cuenta,
Hero una luz encendía
que en las noches de tormenta
de faro al joven servía.
Una noche a Hero cansada
de mirar hacia Bizancio,
rendida, aunque enamorada,
la hizo dormirse el cansancio.
Y esto su amor no mancilla,
pues todas, lo mismo que Hero,
tienen el cuerpo de arcilla
aun teniendo el alma de acero.
Y lo más triste es que, apenas
la pobre Hero se durmió,
cuando un aire desde Atenas,
la luz, soplando, apagó.
Viendo él la luz apagada,
sintió aquel olvido tanto,
que, maldiciendo a su amada,
abrasó el mar con su llanto.
Y queriendo, o sin querer,
de pena se dejo ahogar,
sin que él pudiese saber
si le ahogó el llanto o la mar.
Lo cierto es que al desdichado,
al rayo del sol primero
la tormenta le echó, ahogado,
al pie de la torre de Hero.
Y cuando muerto le vio,
Hero, cual Leandro fiel,
se arrojó al agua y murió
como él, por él y con él.
¡Que ellas, fuertes en amar
y flacas en resistir,
si duermen para esperar,
despiertan para morir!
DOS LIBROS DE MEMORIAS
I. LO ESCRITO EN EL LIBRO DE EL
Así se hace uno querer.
¡Cuanto gusto a aquella fatua
con mis posturas de estatua!
Miro... y mira... Al fin, mujer.
Escribe para hacer ver
que tiene las manos bellas.
¿Se va? Pues sigo sus huellas,
porque prueba su rubor
que ya está muerta de amor.
Esta es como todas ellas.
II. LO ESCRITO EN EL LIBRO DE ELLA
Aquel don Juan de parada
pone, para enternecerme,
los ojos como quien duerme:
cree el muy necio que me agrada.
¡Qué asadía en la mirada!
¡Qué modos tan impottunos!
Me voy, me voy; hay algunos
que, amantes dignos de algunas,
creen que todas somos unas
porque ellos todos son unos.
EL AMOR Y EL INTERES
entía envidia y pesar
una niña que veía
que su abuela se ponía
en la garganta un collar.
-¡Necia! - la abuela exclamó-.
¿Por que me envidias así?
Este collar irá a ti
después que me muera yo-.
Mas la niña que aun no vela
con la ficción la codicia,
la pregunta sin malicia:
-Y ¿morirás pronto, abuela?
LO QUE SE PIENSA AL MORIR
Cree la vulgar opinión
que el alma de un moribundo
piensa, más que en este mundo,
en Dios y en la salvación.
Oye, Leonor, la canción
que hirió el pensamiento mío
al son del eco sombrío
de mi funeral campana:
-"CUCU, cantaba la rana,
CUCU, debajo del río."
Partiste, y del sentimiento
en cama enfermo caí,
y cuando a exhalar por ti
iba ya mi último aliento,
embargó mi pensamiento,
en vez de tu amor y el mío,
este cantar tan vacío
que oí de niño a mi hermana:
-"CUCU, cantaba la rana,
CUCU, debajo del río."
Y como todo el que olvida
es de salud un dechado
después que te hube olvidado
volví otra vez a la vida.
Aún vivo muerto, querida,
pensando con hondo hastío
que tú, en vez del canto mío,
oirás, al morir, mañana:
-"CUCU, cantaba la rana.
CUCU, debajo del río."
¿A qué tan grande inquietud
para llenar la memoria
de tantos sueños de gloria,
de amor y de juventud,
si, al llegar al ataúd,
podrán tu pecho y el mío
no oir más que el tema frío
de esta canción de mi hermana:
-"CUCU, cantaba la rana,
CUCU, debajo del río."
Así un esposo le escribió a su esposa:
"O vienes o me voy. ¡Te amo de modo
que es imposible que yo viva, hermosa,
un mes lejos de ti!
¡Mi amor es tan profundo, tan profundo,
que te prefiero a todo, a todo!..."
Y ella exclamó: -¡No hay nada en este mundo
que él quiera como a mí!
Mas pasan unos meses, y la escribe:
"¡Qué hermoso debe estar nuestro hijo amado!
¡Sólo él, él sólo en mis entrañas
vive!
Piensa en él más que en ti.
Su cuna se pondrá junto a mi cama.
No hay cielo para mí más que a su lado."
Y ella prorrumpe: -¡Es que, el ingrato, ya ama
al hijo más que a mí!
Después de algunos años le escribía:
"Espérame. Ya sabes lo que quiero:
mucho orden, mucha paz y economía.
¿Estás? Yo soy así.
Cierra el coche: me espanta el reumatismo;
avísale que voy al cocinero."
Y ella pensó: -¡Se quiere ya a sí mismo
más que al hijo y a mí!
UNA CITA EN EL CIELO
"En la noche del día de mi santo"
(a Londres me escribiste)
"mira la estrella que miramos tanto
la noche que partiste."
Pasó la noche de aquel día, y luego
me escribiste exaltada:
"Uní en la estrella a tu mirar de fuego
mi amorosa mirada."
Mas todo fue ilusión; la noche aquella,
con harta pena mía,
no pude ver nuestra querida estrella...
porque en Londres llovía.
LA SANTA REALIDAD
¡Inés! Tú no comprendes todavía
el ser de muchas cosas.
¿Como quieres tener en tu alquería,
si matas los gusanos, mariposas?
Cultivando lechugas Diocleciano,
ya decía en Salermo
que no halla mariposas en verano
el que mata gusanos en invierno.
¿Por qué hacer a lo real tan cruda guerra,
cuando dan sin medida
almas al cielo y flores a la tierra
las santas impurezas de la vida?
Mientras ven con desprecio tus miradas
las larvas de un pantano,
el que es sabio, sus perlas más preciadas
pesca en el mar del lodazal humano.
Tu amor a lo ideal jamás tolera
los insectos, por viles.
¡Qué error! ¡Sería estéril, si no
fuera
el mundo un hervidero de reptiles!
El despreciar lo real por lo soñado,
es una gran quimera;
en toda evolución de lo creado
la materia al bajar sube a su esfera.
Por gracia de las leyes naturales
se elevan hasta el cielo
cuando logran tener los ideales
la dicha de arrastre por el suelo.
Tú dejarás las larvas en sus nidos
cuando llegue ese día
en que venga a abrasarte los sentidos
el demonio del sol de mediodía.
Vale poco lo real, pero no creas
que vale más tampoco
el hombre que, aferrado a las ideas,
estudia para sabio y llega a loco.
Tú adorarás lo real cuando, instruida
en el saber de las cosas,
acabes por saber que en esta vida
no puede haber, sin larvas, mariposas.
¡Piensa que Dios, con su divina mano
bendijo lo sensible,
el día que, encarnándose en lo humano,
lo visible amasó con lo invisible!
LA CRUZADA DE PACHIN
Como cruzado, a Judea
fue de escudero Pachín
con el abad de la aldea
de Serín.
Para hacer un relicario
juró traer a su amor
un pedazo del sudario
del Señor.
Pero Pachín ¿no sabría
que, si Dios bajó a morir,
volvió al cielo al tercer día
a subir?
Y si la tumba sagrada
no encerró a Cristo jamás,
¿qué halló en ella? -¡Polvo y nada,
nada más!
-Por un sepulcro vacío
-Pachín se atrevió a decir-,
¡cuánto hombre viene, Dios mío,
a morir!-
Y, sin lograr los tesoros
que, al ir, pensaba traer,
le valpulearon los moros
al volver.
Perdió la fe en tal jornada...
y se condenó por fin.
Así acabó la cruzada
de Pachín.
EL CIELO DE LEOPARDI
¡Genio infeliz! En su postrer momento
a su amiga la muerte le decía:
-Dame la nada, esa región vacía
en que no hay ni placer ni sufrimiento.
Donde se halla la vida está el tormento.
Dame la paz en la nada -repetía-
y mata con el cuerpo el alma mía,
esta amarga raíz del pensamiento.
Al oírle implorar de esta manera,
consolando al filósofo afligido,
la muerte le responde: -Espera, espera;
que, en pago de lo bien que me has querido,
mañana te daré la muerte entera
y volverás al ser del que no ha sido.
CONTRADICCIONES
Se halla con su amante Rosa
a solas en un jardín,
y ya a su empresa amorosa
iba tocando a su fin,
cuando ella entre la arboleda
trasluce el grupo encantado
en que, en cisne transformado,
ama Jupiter a Leda;
y encendida de rubor,
viendo el grupo repugnante,
se alza, rechaza al amante,
y exclama huyendo: -¡Qué horror!-
Corrida del mal ejemplo,
entra a rezar en un templo;
mas al ver Rosa el ardor
con que el altar mayor
una Virgen de Murillo
besa a un niño encantador,
volvió en su pecho sencillo
la llama a arder del amor.
¿Será una ley natural,
como afirma no sé quién,
que por contraste fatal
lleva un mal ejemplo al bien
y un ejemplo bueno al mal?
LA COPA ETERNA
De las penas de muerte que ejecuta
nuestro destino impío,
en Sócrates se llama la cicuta.
En Cristo hiel, y en los demás hastío.
UN DOGMA INEDITO
No sé si es cuento o no es cuento,
pues duda el que lo contó
si esto pasó a no pasó
en el Concilio de Trento.
Un hombre de gran doctrina
fue a un Concilio a sostener
"que es, por madre, la mujer
una creación divina,
y que, en honor al Eterno,
que creó tan nobles seres,
se exceptuase a las mujeres
de las penas del infierno".
Fue el dogma planteado así,
y al ponerse a votación,
los sabios, sin excepción,
fueron diciendo: "Sí, sí."
-Muy bien -dijo el presidente-;
queda este dogma aceptado;
mas se dejará archivado
y oculto perpetuamente.
¿Qué paz, orden ni gobierno
podría en el mundo haber
si supiese la mujer
que para ella no hay infierno?
EL AMOR NO PERDONA
Murió Julia, maldecida
por un hombre a quien vendió,
y en el punto en que dejó
el presidio de la vida,
la dijo Dios: -¡Inconstante!
Ve al purgatorio a sufrir
y reza hasta conseguir
que te perdone tu amante.
-¡Oh, cuán grande es mi alegría
-dijo ella- en sufrir por él!
¡Quien no perdona a una infiel,
es que la ama todavía!-
Y al purgatorio bajó
contenta, aunque condenada,
pensando que aun era amada
del hombre a quien ofendió.
Y cuando al fin, con pesar,
le dio su amante el perdón,
se le oprimió el corazón
hasta romper a llorar.
Y Julia ya absuelta, es fama
que, llena de desconsuelo,
decía entrando al cielo:
-¡Me perdona!... ¡Ya no me ama!...
I
- Sé que corriendo, Lucía,
tras criminales antojos,
has escrito el otro día
una carta que decía:
"Al espejo de mis ojos."
Y aunque mis gustos añejos
marchiten tus ilusiones,
te han de hacer ver mis consejos
que contra tales espejos
se rompen los corazones.
¡Ay! ¡No rindiera, en verdad,
el corazón lastimado
a dura cautividad,
si yo volviera a tu edad,
y lo pasado, pasado!
Por tus locas vanidades,
que son, ¡oh niña!, no miras
más amargas las verdades
cuanto allá en las mocedades
son más dulces las mentiras,
y que es la tez seductora
con que el semblante se aliña
luz que la edad descolora...
Mas ¿no me escuchas, traidora?
(¡Pero, señor, si es tan niña!...)
II
- Conozco, abuela, en lo helado
de vuestra estéril razón,
que en el tiempo que ha pasado,
o habéis perdido o gastado
las llaves del corazón.
Si amor con fuerzas extrañas
a un tiempo mata y consuela,
justo es detestar sus sañas;
mas no amar, teniendo entrañas,
eso es imposible, abuela.
¿Nunca soléis maldecir
con desesperado empeño
al sol que empieza a lucir,
cuando os viene a interrumpir
la felicidad de un sueño?
¿Jamás en vuestros desvelos
cerráis los ojos con calma
para ver olas, sin celos,
imágenes de los cielos
allá en el fondo del alma?
Y ¿nunca veis, en mal hora,
miradas que la pasión
lance tan desgarradora,
que os hagan llevar, señora,
las manos al corazón?
Y ¿no adoráis las ficciones
que, pasando, al alma dejan
cierta ilusión de ilusiones?
Mas ¿no escucháis mis razones?
(¡Pero, señor, si es tan vieja! ...)
III
- No entiendo tu amor, Lucía.
- Ni yo vuestros desengaños.
- Y es porque la suerte impía
puso entre tu alma y la mía
el yerto mar de los años.
Mas la vejez destructora
pronto templará tu afán.
- Mas siempre entonces, señora,
buenos recuerdos serán
las buenas dichas de ahora,
- ¡Triste es el placer gozado!
- Más triste es el no sentido;
pues yo decir he escuchado
que siempre el gusto pasado
suele deleitar perdido.
- Oye a quien bien te aconseja.
- Inútil es vuestra riña.
- Siento tu mal. - No me aqueja.
- (¡Pero, señor, si es tan niña! ...)
- (¡Pero, señor, si es tan vieja! ...)
Después de amarla, olvídala; que el Cielo
la inconstancia al amor le dio en consuelo.
PATRICIO M. DE RAYÓN
¡Ay! Anoche te escuché
(el que escucha oye su mal)
cuando a otro hombre, por tu fe,
le jurabas fe eternal.
¡Imprudente!
nadie quiere eternamente;
que pase un mes y otro mes,
y me lo dirás después.
Aunque nuestro amor fue extraño,
ya no lloro
ni mi engaño ni tu engaño,
pues no ignoro
que la inconstancia es el cielo
que el Señor
abre al fin para consuelo
a los mártires del amor.
Después, ¡ingrata!, ¿qué hiciste?
¿fue el ruido de un beso aquél?
Bien te oí cuando dijiste:
-"No hice otro tanto con él."
¡Ay, Victoria,
cuán frágil es tu memoria!
Ruega a Dios que siempre calle
aquella fuente del valle...
Si me engañas, ya antes, ducho,
te engañé:
porque aunque me amabas mucho,
yo bien sé
que la inconstancia es el cielo
que el Señor
abre al fin para consuelo
a los mártires del amor.
Por último, ¡horrible paso!
dijiste, al partir, de mí:
-"Es un..." ¡Ah! Mas, por si acaso,
lo dije yo antes de ti.
Sí, gacela:
aquí, el que no corre vuela.
Lo que tú hoy de mí, yo ayer
dije de ti a otra mujer.
Que los seres en amores
adiestrados,
todos son engañadores
y engañados:
que la inconstancia es el cielo
que el Señor
abre al fin para consuelo
a los mártires del amor.
Adiós. te juro leal,
por el que nación en Belén,
que nunca te querré mal,
si no te quise muy bien.
Conque adiós.
Navia y julio a veintidós.
Hoy por mí, y por ti mañana,
¡Tal es la doblez humana!
Si te ama algún importuno
o, imprudente,
llegaste tu a amar a alguno,
ten presente
que la inconstancia es el cielo
que el Señor
abre al fin para consuelo
a los mártires de amor.
Si anoche no estuve, Flora,
a adorar tu talle hermoso,
es porque soy virtuoso
y me da sueño a deshora.
¡Pecadora!
Ya le contaré a tu madre
que, porque amo mi quietud
y salud,
dijiste hoy a mi compadre:
- "¡Qué egoísta es la virtud!"
¿ Cómo he de ir con fe no escasa
a ver tus ojos serenos,
si hay cien pasos por lo menos
desde mi casa a tu casa?
Y ¿qué pasa
al hallarnos frente a frente?...
¿Qué?...tú mientes sin guarismo;
yo lo mismo.
El no ir, por consiguiente,
¿es virtud o egoísmo?
Verbi gratia, el otro día,
al verte de mi amor harta,
puse un bostezo de a cuarta
entre un "paloma" y un "mía".
Es falsía
la de bostezar amando;
mas si hoy, con más pulcritud
y quietud,
no he ido a amar bostezando,
¿fue egoísmo o fue virtud?
Desde hoy no vuelvo a tu edén
a tomar, Flora, el sereno:
si es por egoísmo, bueno;
y si es por virtud también.
Sí, mi bien:
esto haré por mi salud,
aunque diga tu cinismo
que es lo mismo
la gloria de la virtud
que el triunfo del egoísmo.
Nunca te tengas por seguro en esta vida.
KEMPIS, lib. I, cap. XX.
LA PENITENTE
- Padre, pequé, y perdonad
si en mi amorosa contienda
se lleva el viento, a mi edad,
propósitos de la enmienda.
EL CONFESOR
- ¡Siempre es viento
a esa edad un juramento!
¿Qué pecado es, hija mía?
LA PENITENTE
- El mismo del otro día.
Y, aunque es el mismo, id templando
vuestro gesto,
pues dijo ayer predicando
fray Modesto,
que es inútil la más pura
contrición,
si abona nuestra ternura
flaquezas del corazón.
Ayer, padre, por ejemplo,
tocó a misa el sacristán,
y en vez de correr al templo
corrí a la huerta con Juan.
EL CONFESOR
- ¡Triste don,
correr tras su perdición!...
LA PENITENTE
- Si, señor; mas don tan vil,
de mil, lo tenemos mil.
No hay niña que a amor no acuda
más que a misa;
que el diantre a todas, sin duda,
nos avisa
que es inútil la más pura
contrición,
si abona nuestra ternura
flaquezas del corazón.
La verdad, tan poco ingrata
con Juan estuve en la huerta,
que, como él mirando mata,
huí de él... como una muerta.
EL CONFESOR
- ¡Dulcemente
fascina así la serpiente!
LA PENITENTE
- No lo extrañéis, siendo el pecho
de masa tan frágil hecho.
Si voy, cuando muera, al cielo
(que lo dudo),
ya contaré que en el suelo
nunca pudo
sernos útil la más pura
contrición,
si abona nuestra ternura
flaquezas del corazón.
Y mañana ¿qué he de hacer,
padre, al sonar la campana,
si él me dice hoy, como ayer:
"Vuelve a la huerta mañana"?
EL CONFESOR
- ¡Ay de vos!
¡Antes Dios y siempre Dios!
LA PENITENTE
- Es cierto, mas entre amantes
no siempre suele ser antes.
Y, en fin, si de ser cautiva
me arrepiento,
o me absolvéis mientras viva,
o presiento
que es inútil la más pura
contrición
si abona nuestra ternura
flaquezas del corazón.
No eres más santo porque te alaben,
ni más vil porque te desprecien.
Lo que eres, eso eres.
KEMPIS, lib. II, cap. VI.
Ya he visto con harta pena
que ayer, alma de mi alma,
mandaste colgar, Elena,
de tu balcón una palma.
Y, o la palma no es el título
de una candidez notoria,
o no es cierto aquel capítulo
en que habla de ti la historia.
Pues dicen que hoy, imprudente,
después que la palma vio,
riéndose maldiciente
cierto galán exclamó:
- "Mal nuestra honradez se abona,
si nuestras virtudes son
cual la virtud que pregona
la palma de ese balcón."
Bien te hará entender, Elena,
esta indirecta cruel,
que ya es pública la escena
que pasó entre Dios, tú y él.
Pues, al mirarte, embebido,
dice entre sí el vulgo ruin:
- Ya hay alientos que han mecido
las flores de ese jardín-.
Mas tú niega el hecho, Elena,
porque, en materias de honor,
antes, el Código ordena,
ser mártir que confesor.
Aunque a hablar de ti se atrevan,
siempre será necio intento
dudar de honras que se llevan
palabras que lleva el viento.
Da al misterio la verdad,
que la virtud, en su esencia,
es opinión la mitad,
y otra mitad apariencia.
Palma ostenta, pues es uso;
que, aunque mentir no es prudente,
por algo Dios no nos puso
el corazón en la frente.
Nada a confesar te venza;
que engañar por el honor
es en los hombres vergüenza,
y en las mujeres pudor.
Y si tu honor duda implica,
no dudes que hay mil que son
cual la virtud que publica
la palma de tu balcón.
I
De Diógenes compré un día
la linterna a un mercader;
distan la suya y la mía
cuanto hay de ser a no ser.
Blanca la mía parece;
la suya parece negra;
la de él todo lo entristece;
la mía todo lo alegra.
Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.
II
- Con mi linterna - él decía-
no hallo un hombre entre los seres-.
¡Y yo que hallo con la mía
hombres hasta en las mujeres!
él llamó, siempre implacable,
fe y virtud teniendo en poco,
a Alejandro, un miserable,
y al gran Sócrates, un loco.
Y yo ¡crédulo! entretanto,
cuando mi linterna empleo,
miro aquí, y encuentro un santo,
miro allá, y un mártir veo.
¡Sí! mientras la multitud
sacrifica con paciencia
la dicha por la virtud
y por la fe la existencia,
para él virtud fue simpleza,
el más puro amor escoria,
vana ilusión la grandeza,
y una necedad la gloria.
¡Diógenes! Mientras tu celo
sólo encuentra sin fortuna,
en Esparta algún chicuelo
y hombres en parte ninguna,
yo te juro por mi nombre
que, con sufrir al nacer,
es un héroe cualquier hombre,
y un ángel toda mujer.
III
Como al revés contemplamos
yo y él las obras de Dios,
Diógenes o yo engañamos.
¿Cuál mentirá de los dos?
¿Quién es en pintar más fiel
las obras que Dios creó?
El cinismo dirá que él;
la virtud dirá que yo.
Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.
Cuando, de Virgilio en pos,
fue el Dante al infierno a dar,
su conciencia, hija de Dios,
dejó a la puerta al entrar.
Después que a salir volvió,
su conciencia el Dante hallando,
con ella otra vez cargó;
mas dijo así suspirando;
- Del infierno en lo profundo,
no vi tan atroz sentencia
como es la de ir por el mundo
cargado con la conciencia.
I
(Asunto, lo que es verdad.
Gradas de curiosos llenas.
Lugar de la acción, Atenas.
Época, en la antigüedad.)
(Gran pausa. Escena primera.
Como el que se duerme andando,
sale HERÁCLITO llorando,
y dice de esta manera):
¡Ay! mi ciencia es bien menguada,
pues nada en el mundo sé;
si sé que hay Dios, es porque
DE NADA NO SE HACE NADA.
Respeto la autoridad,
que es de los inicuos valla.
¡Falso! - (grita la canalla).
(Los nobles dicen): - ¡Verdad!
HERÁCLITO: Yo imagino
que es la autoridad de un rey
poder que la humana ley
saca del poder divino.
No hay más dicha que el deber;
todo aquel que hombre se llama
dará por honra la fama
y el poder por el saber.
dad, a los buenos, honores,
y castigo a los demás...
(Aquí le silban los más
y le aplauden los mejores.)
Nuestra vida debe ser
por nuestras faltas llorar,
meditar y meditar,
creer y siempre creer.
(Rumores. Después quietud.)
HERÁCLITO: En conclusión,
la justa moderación
da saber, paz y virtud.
II
(Gime HERÁCLITO, y a poco
sale DEMÓCRITO y mira,
y al ver que el otro suspira,
se echa a reír como un loco.)
(Segundo acto. El pueblo está
casi cortés de callado.)
HERÁCLITO: ¡Desgraciado!
DEMÓCRITO: ¡Ja! ¡ja! ¡ja!
HERÁCLITO: Es duelo todo.
DEMÓCRITO: Todo es juego.
HERÁCLITO: El alma es fuego.
DEMÓCRITO: El alma es todo.
(Calla HERÁCLITO, y murmura):
- ¡Todo en la vida es miseria!
(Y DEMÓCRITO): - ¡Es materia
todo en el mundo, y locura!
Materia sin albedrío
son Dios, el hombre y el bruto;
el átomo es lo absoluto;
lo único real es el vacío.
Filósofos que en el mundo
buscáis lo cierto ¡apartad!
Si existe, está la verdad
dentro de un pozo profundo.
Es del alma universal
parte nuestra alma también.
(Muchos, casi todos): -¡Bien!
(Y pocos, muy pocos): -¡Mal!
DEMÓCRITO: Un torbellino
de átomos en movimiento
son Dios, la vida, el contento,
la justicia y el destino.
Cuanto existe en derredor,
de lo que existía se hace;
y hasta el hombre crece y nace
cual nace y crece una flor.
Y así, lo que ha de existir
nacerá de lo existente.
¡Pueblo! goza en lo presente,
y olvida lo porvenir.
(Risa. Aplauso general.)
DEMÓCRITO: En conclusión:
el alma es la sensación;
el placer es la moral.
- Vivir es creer y pensar
(dice HERÁCLITO gimiendo).
(Y DEMÓCRITO, riendo):
- ¡Vivir!... sentir y gozar.
(Llanto y risa. El cielo, en tanto,
sigue su curso imparcial,
pues hasta el fin le es igual
nuestra risa o nuestro llanto.
Y uno y otro concluyendo,
queda un bando y otro bando
con HERÁCLITO riendo.
Y así, pensando en pensar
si ha de llorar o reír,
ve el hombre su vida huir
entre reír o llorar.)
III
(Ruido. Dudas. Desencanto.
Sale en el acto tercero
SÓCRATES, cual dice Homero,
riéndose bajo el llanto.)
SÓCRATES: Sin ton ni son
riñe aquí un loco a otro loco;
¡no veis que entre mucho y poco
está la moderación?
La fe del uno es menguada,
grande es del otro la fe;
yo sólo una cosa sé;
y es que SÉ QUE NO SÉ NADA.
CONÓCETE, debe ser
de nuestra ciencia el abismo,
quien se conozca a sí mismo
sabrá cuanto hay que saber.
Para la ciencia, reacias
las plebes... (El pueblo todo
lo silba aquí de tal modo,
que SÓCRATES dice): -¡Gracias!
Siempre el pueblo soberano
revela al hombre imparcial
la presencia universal
de un universal tirano.
(Nueva silba. Sensación.)
SÓCRATES: De mi alma rey,
sólo obedezco a la ley
que Dios puso en mi razón.
(Ruge la chusma indignada.)
SÓCRATES: Y de tal modo,
que el hombre es centro de todo,
y todo ante el hombre es nada.
Sólo hay un Dios... (Gran rumor
entre la vil multitud.)
SÓCRATES: Dios de virtud,
del bien y lo bello autor.
A un Dios solo, fe tributa
un corazón como el mío...
(Y el pueblo grita): - A ese impío
¡la cicuta! ¡la cicuta!
(Y mientras del pueblo el celo
lo arrastra a tan mala suerte,
SÓCRATES dice): - ¡La muerte!
¡última bondad del cielo! -
(Y así, no alegando excusa,
no salva esta vida ruin,
que, cual la hiel, le da fin
un vaso de Siracusa.
¿Quién mejor su juicio emplea?
¡El sabio, o el pueblo homicida!
Si el sabio, ¡gloria a la vida!
Si el pueblo, ¡maldita sea!
IV
(Acto cuarto. Se alborota
la plebe a DIÓGENES viendo
taza y linterna trayendo,
la alforja y la capa rota.
Al empezar, iracundo
DIÓGENES silba a los tres,
como le silba después
a DIÓGENES todo el mundo.)
DIÓGENES: Pruebo que es vana
toda regla de razón,
en este sueño en acción
que llamamos vida humana,
si a preguntaros me atrevo:
¡de quién antes se origina,
el huevo de la gallina,
o la gallina del huevo?
(Todo tres su menosprecio
le hacen a DIÓGENES ver,
y éste hace a los tres saber
su desprecio hacia el desprecio.)
DIÓGENES: Nada hay formal;
esta vida es una gresca
tragi-cómico-burlesca
jocoso-sentimental.
No hay ninguna cosa cierta
más, que son vuestras locuras
escenas de criaturas
junto a una tumba entreabierta.
El pensar, creer y sentir,
no es sentir, creer ni pensar;
eso se debe llamar
nacer, crecer y morir.
Si aplico aquí mi linterna,
ni con un hombre tropiezo.
¡La vida! eterno bostezo,
si no es una falta eterna.
¡Mundo! esfuerzo sin deber,
virtudes sin religión,
puntos de honor sin razón,
y crímenes sin placer.
(Los unos prorrumpen): - ¡Fuera!
(Los otros exclaman): - ¡Bravo!
(Y todos gritan al cabo,
éstos): - ¡Viva! - (aquéllos): - ¡Muera!
(Yo al ver a todos, me río,
pues llorar no puedo ya.
¿Dónde el depósito está
de las lágrimas, Dios mío?
V
(El pueblo a la conclusión
muestra, al partir tristemente,
aire de duda en la frente,
y angustia en el corazón.)
(Dice éste al irse): -¡A pensar!
(Y aquél murmura): - ¡A sentir!
(Uno): - ¡A reir! ¡A reir!
(Y otro): - ¡A llorar! ¡A llorar!
(Resumen): - ¡Qué es el vivir?
- SENTIR, uno. Otro - CREER.
Éste: - CREER Y SABER.
Y aquél: - NI CREER NI SENTIR.
¿Qué es el mundo? - Lo que vemos-.
¿Y el saber? - Lo que se ignora-.
Y ¿qué es Dios? - Lo que se adora-.
¿Y virtud? - Lo que queremos -.
Y aunque más el pueblo alcanza
con su VIRTUD-ARMONÍA,
con su FE-SABIDURÍA,
y con su DIOS-ESPERANZA,
los sabios al escuchar,
ignora el pueblo qué hacer,
si ha de dudar o creer,
si ha de reír o llorar.
Carlos Quinto, el esforzado,
se encuentra asaz divertido,
de cien relojes rodeado,
cuando va, en Yuste, olvidado,
hacia el reino del olvido.
Los ve delante y detrás
con ojos de encanto llenos,
y los hace ir a compás,
ni minuto más ni menos,
ni instante menos ni más.
Si un reloj se adelantaba,
el imperial relojero
con avidez lo paraba,
y al retrasarlo exclamaba:
- Más despacio, ¡majadero! -
Si otro se atrasa un instante,
va, lo coge, lo revisa,
y aligerando el volante,
grita: -¡Adelante, adelante,
majadero, más aprisa! -
Y entrando un día, -¿Qué tal?
- le preguntó el confesor.
Y el relojero imperial
dijo: - Yo ando bien, señor;
pero mis relojes, mal.
- Recibid mi parabién,
- siguió el noble confidente;
mas yo creo que también,
si ellos andan malamente,
vos, señor, no andáis muy bien.
¿No fuera una ocupación
más digna, unir con paciencia
otros relojes, que son,
el primero el corazón,
y el segundo la conciencia? -
Dudó el Rey cortos momentos,
mas pudo al fin responder:
- ¡Sí! más o menos sangrientos,
sólo son remordimientos
todas mis dichas de ayer.
Yo, que agoto la paciencia
en tan necia ocupación,
nunca pensé en mi existencia
en poner el corazón
de acuerdo con la conciencia -.
Y cuando esta profería,
con su tictac lastimero,
cada reloj que allí había
parece que le decía:
- ¡Majadero! ¡Majadero!...
- ¡Necio! - prosiguió -; al deber
debí unir mi sentimiento,
después, si no antes, de ver
que es una carga el poder,
la gloria un remordimiento -.
Y los relojes sin duelo
tirando de diez en diez,
tuvo por fin el consuelo
de ponerlos contra el suelo
de acuerdo una sola vez.
Y añadió: - Tenéis razón:
empleando mi paciencia
en más santa ocupación,
desde hoy pondré el corazón
de acuerdo con la conciencia.
¿Conque una buena dolora
me pides, Juana, tan llena
de candor?
Tal vez tu conciencia ignora
que será, si es la más buena,
la peor.
¿Te he de alabar, fementido,
desventuradas venturas
que gocé,
y amores que he aborrecido,
e inagotables ternuras
que agoté?
Perdona si en mis doloras
siempre mi pecho destila
la ansiedad
de unas sombras vengadoras
que asalten mi no tranquila
soledad.
Jamás en ellas escrito
dejaré, imbécil o loco,
el error
de que el bien es infinito,
ni que es eterno tampoco
el amor.
Bueno es que, aunque terrenales,
nuestras venturas amemos,
pero ¡ah!
bienes de acá son mortales;
¡la dicha y el bien supremos
son de allá!
¡Qué inconsolables cuidados
da el ver desde la rendida
senectud,
los tesoros disipados
de la por siempre perdida
juventud!
¡Qué manantial más fecundo
de engañosas esperanzas
es amor!
¡Qué doctor es tan profundo
en útiles enseñanzas
el dolor!
¡Cuán ciego el amor, cuán ciego,
falta al deber más sagrado!
Y es de ver
cómo al amor faltan luego
los que primero han faltado
al deber.
¡Pérfido amor, y cuál huye
tras los primeros momentos
del ardor!
¡Santa amistad, que concluye
por cumplir los juramentos
del amor!
Siento a fe que esta dolora
hiera, Juana, tu ternura,
mas ya ves
que toda dicha de ahora
es siempre la desventura
de después.
Por eso, olvidado, quiero
ya sólo el eterno olvido
esperar;
aunque del mundo en que espero,
más siento el haber venido
que el marchar.
Hasta de mí, el pensamiento
hastiado y arrepentido
del vivir,
huye cual remordimiento
que del crimen cometido
quiere huir.
Aunque, de dolor ajenos,
la vida ven placentera
los demás,
si la despreciara menos,
yo acaso la aborreciera
mucho más.
Deja ya, corazón mío,
cuanto encuentras deleitable,
sin saber
que al gozar mueres de hastío,
galeote miserable
del placer.
¡La vida! ¡Cuán fácil fuera
sus más aciagos momentos
soportar,
si en el pecho se pudiera
algunos remordimientos
enterrar!
Mas ¡ay! Juana encantadora,
¡cuál de espanto retrocede
tu candor,
al mirar que esta dolora,
si es buena, tampoco puede
ser peor!
Y es que derramo sincero
de mi dolor la medida
sin querer,
siempre que las aguas quiero
de mi soñolienta vida
remover.
Ya, cual todo penitente
en el lodo derribado
por su cruz,
me agito impacientemente
por revolverme hacia el lado
de la luz.
Yo antes vivir anhelaba,
mas hoy morir sólo fuera
mi ilusión,
si estuviese como estaba
el día de mi primera
comunión.
¡Juana! el respeto adoremos
que aun nos liga complaciente
al deber,
y los lazos desatemos
que habrá el tiempo tristemente
de romper.
¿A qué esperar a mañana
en dejar esto, y de aquello
en huir,
si aunque tú lo sientas, Juana,
lo que no dejemos, ello
se ha de ir?
Al fin, de tu santo celo
las huellas de buena gana
sigo fiel.
Cuando va el perfume al cielo,
todo lo que siente, Juana
va con él.
Ya en mi inútil existencia,
sólo el ímpetu modero
del dolor
con paciencia y más paciencia,
ese valor verdadero
del valor.
Y hoy que humilde, si antes tierno,
sus culpas el alma mía
va a expiar,
¡perdóname, Dios eterno!
¡entonces ¡ay! no sabía
sino amar!
Ya en nada inmutable creo
más que en Dios Omnipotente,
y también
en que engaña mi deseo
por llevarme más clemente
hacia el bien.
¡Sí! me lleva al bien cumplido
que busco cual nunca fuerte,
pues ya sé
que, aunque todo me ha vencido,
hoy venceré hasta la muerte
con la fe.
Y adiós, Juana, que extasiado,
del supremo bien que anhelo
voy en pos.
¿Quién será el desventurado
que sólo mirando el cielo
no halle a Dios?...
I
Refiere el vulgo agorero,
que de los cantos del mundo
el tarará fue el primero
y el tururú fue el segundo.
Y hay quien cree que estos sonidos
de tururú y tarará,
son los últimos gemidos
que una lengua al morir da.
Oye, y al fin de esta historia,
¡dichosos, Rafael, los dos,
si al perder la fe en la gloria,
aún nos queda la de Dios!
II
A un romano un caballero
regaló un pájaro un día,
que, lo mismo que un Homero,
voces del griego sabía.
Y es fama que el patrio idioma
charloteaba con tal fuego,
que al pájaro todo Roma
le llamó el último griego.
Si con preguntas la gente
le importunaba quizá,
respondía impenitente
el pájaro: - Tarará.
- ¿Qué es tarará? - preguntó
lleno el romano de celo.
Soñó un sabio, y contestó:
- ¿Tarará? Patria del cielo -.
Que a un sueño, hambrienta de fama
se agarra la tradición,
como un náufrago a la rama
prenda de su salvación.
Después de mucho aprender,
ni al cabo de la jornada
llegó el romano a saber
que tarará no era nada.
Sólo por presentimiento
pudo asegurar un día
que era el pájaro del cuento
el que más griego sabía.
Y es que sin duda perece,
cual lo mezquino también,
hasta aquello que merece
de Dios y la historia bien.
III
Pues dando a esta historia cima,
refiere otra tradición
que siendo virrey en Lima
nuestro conde de Chinchón,
le regalaron un día
un loro experto en historia,
el solo eco que existía
de la peruviana gloria.
- ¿Quién fue - le pregunta el conde -
el primer rey del Perú? -
Habla el loro, y le responde
en ronca voz: - Tururú.
- ¿Sabremos qué frase es ésta?
- dice a un sabio el español.
Sueña el sabio y le contesta:
- ¿Tururú? Patria del sol.
El pobre sabio aquí miente
cual mintió iluso el de allá.
¿Quién renuncia fácilmente
a la ilusión que se va?
Toda lengua y toda gloria,
cumplida ya su misión,
se tiende sobre la historia
como un fúnebre crespón.
Pues lo mismo aquí que allá
en Roma y en el Perú,
como el griego a un tarará,
llegó el inca a un tururú.
¡Paciencia! En queriendo el cielo
nuestras glorias eclipsar,
no nos deja más consuelo
que el consuelo de llorar.
IV
Muy pronto, Rafael, quizá,
por más que de ello te espantes,
cual Homero un tarará,
será un tururú Cervantes.
¡Cuánto los hombres se humillan
viendo el eclipse total
de estas estrellas que brillan
en nuestro mundo moral!
¡Ay! esta lengua en que está
brillando un vate cuan tú,
¿dará fin en tarará,
o acabará en tururú?
Corre el tiempo y confundido
lo grande con lo pequeño,
juntos en perpetuo olvido
los une en perpetuo sueño.
Mas tú, cual yo, a Dios alaba
pues ya sabemos los dos,
que allí donde todo acaba
es donde comienza Dios.
I
Al comenzar la noche de aquel día,
ella, lejos de mí,
- ¿Por qué te acercas tanto? - me decía -.
¡Tengo miedo de ti!
II
Y, después que la noche hubo pasado,
dijo, cerca de mí:
- ¿Por qué te alejas tanto de mi lado?
¡Tengo miedo sin ti!
Sin el amor que encanta,
la soledad de un ermitaño espanta.
¡Pero es más espantosa todavía
la soledad de dos en compañía!
Sor Luz, viendo a Rosaura cierto día
casándose con Blas,
- ¡Oh!, qué esposo tan bello! - se decía.
- ¡Pero el mío lo es más! -
Luego, en la esposa del mortal miraba
la risa del amor,
y, sin poderlo remediar, ¡lloraba
la esposa del Señor!
I
Dos de abril. - un bautizo. - ¡Hermoso día!
El nacido es mujer; sea en buena hora.
Le pusieron por nombre Rosalía.
La niña es, cual su madre, encantadora.
Ya el agua del Jordán, su sien rocía;
todos se ríen, y la niña llora.
Cruza un hombre embozado el presbiterio;
mira, gime y se aleja: aquí hay un misterio.
II
A unirse vienen dos, de amor perdidos.
El novio es muy galán, la novia es bella.
¿Serán en alma como en cuerpo unidos?
Testigos: primas de él y primos de ella.
En nombre del Señor son bendecidos.
Unce el yugo al doncel y a la doncella.
Dejan el templo, y al salir se arrima.
Un primo a la mujer, y él a una prima.
III
¡Un entierro! ¡Dichosa criatura!
¿fue muerto, o se murió? ¡Todo es incierto!
Solos estamos sacristán y cura.
¡Cuán pocos cortesanos tiene un muerto!
nacer para morir es gran locura.
Suenan las diez. La iglesia es un desierto.
Dejo al muerto esta luz, y echo la llave.
Nacer, amar, morir: después... ¡quién sabe!
Después de Job, para templar mi enojo
leo cantos de Byron con ardor;
pero, espantado de los dos, arrojo,
si a Job con pena, a Byron con horror.
Entre un vil muladar y un negro infierno
me quita éste la fe, y aquél la calma;
y al fin, entre el antiguo y el moderno,
prefiero el Job del cuerpo al Job del alma.
Nunca de joven, mi bien,
me diste a besar tu mano,
y hoy me besan, siendo anciano,
tus nietas cuando me ven.
Las mandas besar a quien
tú no has besado jamás,
porque humillándome vas,
por medios de astucia llenos,
joven... por carta de menos,
viejo... por carta de más.
Se quieren dos, y él y ella
de amor o de bondad el pecho lleno,
mientras él nos pregunta: - ¿Es bella, es bella? -
ella va preguntando: - ¿Es bueno, es bueno?
Texto: Mª Dolores Chiva. Mª Ángeles
Gimeno. Miquel Parra. 2º de Humanidades. Universitat Jaume
I de Castelló. España.
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