VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

CUENTOS VALENCIANOS

Dimoni
El dragón del patriarca
El establo de Eva
En la puerta del cielo
La corrección
La tumba de Alli-Bellus

Biografía
Vicente Blasco Ibañez nació en Valencia el 29 de enero de 1867, hijo de comerciante aragonés. Recibió educación estrictamente religiosa. Comenzó a escribir a los 12 años y a los 14 escribió su primera novela. Huyendo de la casa paterna llegó a Madrid y durante 6 meses fue secretario del novelista Manuel Fernández y González. Tomó parte activa en la política republicana en sus años de Universidad, de la que fue expulsado. Abogado de profesión y marino de guerra de vocación. Amante de la lectura, de carácter revolucionario e idealista y estudiante mediocre. Dice él mismo:
Es que soy un agitador, un artista enamorado de la acción…
Huyó a París unos 18 meses estudiando a Balzac y a Zola, a los escritores naturalistas y en contacto con Ruiz Zorrilla y radicales franceses, entre ellos Clemenceau. Compuso obras por entregas en su estancia en la capital francesa y escribió una Historia de la revolución española del siglo XIX publicada en Barcelona, diversas traducciones y la novela popular La araña negra inspirada en El judío errante, de Eugenio Sue.
Regresó a España con la amnistía de los presos políticos y se casó con una parienta suya hija de don Rafael Blasco y Moreno, magistrado de Castellón y poeta romántico imitador de Lamartine. De entonces data el groso de su actividad literaria. Fundó el periódico El Pueblo (1891) y vivió una etapa de su vida de múltiples aventuras y estancias en la cárcel. Estuvo preso unas 30 veces. Escribió los Cuentos Valencianos para el periódico y desarrolló una fuerte actividad política junta a Pi y Margall. En 1893 escribió Arroz y Tartana y Flor de Mayo.
En 1895 y por revueltas paralelas a la guerra de Cuba tuvo que huir nuevamente de España, y en su huida escribió el cuento Venganza Moruna, que más tarde amplió y publicó satisfactoriamente (700 ejemplares al precio de 1 peseta).
La Barraca fue traducida al francés por Hérelle y publicada en El Liberal madrileño, con su consiguiente popularidad.
Huyó a Italia en un velero y consiguió la fama fuera de Valencia gracias a la publicación en El Pueblo de En el país del arte y Cuatro meses en Italia.
Sin duda, la experiencia más trágica para Vicente Blasco Ibañez fue su encarcelamiento a su vuelta de Italia (esta vez por unas revueltas en las cuales no participó). Allí escribió El despertar de Buda. Le fue conmutada la pena y fue desterrado a Madrid. Publicó varios cuentos más que formaron la colección de La Condenada.
En 1989 regresó a Valencia y fue nombrado diputado por los republicanos.
En 1909 dejó su cargo y su actividad política emigrando a la República Argentina para pronunciar conferencias acerca de la literatura y del arte español donde consiguió un gran éxito y se nombró colono de "Cervantes" y "Nueva Valencia", colonias que fracasaron por insuficiente base económica.
Amargado, regresó a España y se entregó por completo a la literatura. Al estallar la 1ª Guerra Mundial, tomó partido por los aliados. Su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis hincha su fama y llega a ser el más leído y traducido de los novelistas europeos contemporáneos. Con esta novela obtuvo el segundo puesto en el concurso entre lectores de habla inglesa de la gran Revista Internacional del Libro (Nueva York, 1924).
Recorre varias veces Europa y América, millonario, asediado por la fama, editoriales y productoras cinematográficas. Numerosas novelas de Blasco Ibáñez han sido llevadas a la pantalla y a la escena. Todas ellas han sido traducidas múltiples veces a más de 10 idiomas. Existen ediciones de sus Obras Completas hasta en ruso y japonés. Sólo él ha llegado a cobrar por cada artículo mil dólares en EEUU.
Las producciones de Blasco Ibáñez pueden ser agrupadas así:
Novelas valencianas:
Arroz y tartana (1894), la novela de la ciudad ; Flor de Mayo (1895), la novela del mar levantino; La barraca (1898), la novela de la huerta valenciana; Entre naranjos (1900), la novela del fruto más entrañado en la región; Cañas y barro (1902), la novela de la Albufera; Sónnica la cortesana (1901), la novela arqueológica valenciana, y Los cuentos valencianos (1893) y La Condenada (1896), que abarcan muchos matices, muchos detalles singulares de la tierra natal ¡tan amada por el novelista!
Novelas "de rebeldía" o sociales:
La catedral (1903), El intruso (1904), La bodega (1905) y La Horda (1905).
Novelas psicológicas:
La maja desnuda (1906), Sangre y arena (1908), Los muertos mandan (1909) y Luna Benamor (1909).
Novelas americanas:
Los argonautas (1914), sobre la emigración; La tierra de todos (1922), sobre la colonización.
Novelas de la guerra:
Los cuatro jinetes de la Apocalipsis (1916), Mare nostrum (1918) y Los enemigos de la mujer (1919).

Novelas de exaltación histórica española:
El Papa del mar (1925), A los pies de Venus (1926), En busca del Gran Kan (1928) y El caballero de la Virgen (1929).
Novelas de aventuras:
El paraíso de las mujeres (1922), La reina Calafia (1923) y El fantasma de las salas de oro (1930).
Novelas cortas:
El préstamo de la difunta (1921), Las novelas de la Costa Azul (1927), Las novelas del amor y de la muerte (1928) y El adiós a Schubert.
Libros de viajes:
En el país del arte (1896), Oriente (1907), la Argentina y sus grandezas (1910) y La vuelta al mundo de un novelista (1925).
Puede hacerse un último grupo con las primeras obras folletinescas de Blasco vivamente repudiadas por el autor:
La araña negra (10 volúmenes), ¡Viva la República! ( 4 volúmenes), Roméu, el guerrillero, El conde Garci-Fernández, Fantasías (leyendas y tradiciones).
Otras obras del gran novelista son La Historia de la Gran Guerra europea (de cuyos 9 grandes tomos únicamente escribió él los 3 primeros) y El militarismo mejicano (1921), artículos de polémica, muy mal recibidos en Méjico.

Bibliografía:
Vicente Blasco Ibañez: Obras Completas.
Madrid 1958. Editorial Aguilar. Tomo uno.


DIMONI
I
Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni poblado donde no fuese conocido. Apenas su dolzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados, las comadres llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres abandonaban la taberna.
-¡Dimoni!… ¡Ya está ahí Dimoni!
Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y resoplando sin cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la indiferencia de un ídolo.
Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de sus correrías, la que, cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la Naturaleza en un acceso de filarmonía.
Las mujeres que se burlaban de aquel insigne perdido habían hecho un descubrimiento. Dimoni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz, tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio romano, pero no de aquellos que en el período de austeridad vivían a la espartana y se robustecían en el campo de Marte, sino de los otros, de aquellos de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de la raza colorando su nariz con el bermellón del vino y deformando su perfil con la colgante sotabarba de la glotonería.
Dimoni era un borracho. Los prodigios de su dulzaina, que, por lo maravillosos, le habían valido el apodo, no llamaban tanto la atención como las asombrosas borracheras que pillaba en las grandes fiestas.
Su fama de músico le hacía ser llamado por los clavarios de todos los pueblos, y veíasele llegar carretera abajo, siempre erguido y silencioso, con la dulzaina en el sobaco, llevando al lado, como gozquecillo obediente, al tamborilero, algún pillete recogido en los caminos, con el cogote pelado por los tremendos pellizcos que el descuido le largaba el maestro cuando no redoblaba sobre el parche con brío, y que, si cansado de aquella vida nómada abandonaba al amo, era después de haberse hecho tan borracho como él.
No había en toda la provincia dulzainero como Dimoni; pero buenas angustias les costaba a los clavarios el gusto de que tocase en sus fiestas. Tenían que vigilarlo desde que entraba en el pueblo, amenazarle con un garrote para que no entrase en la taberna hasta terminada la procesión, o muchas veces, por un exceso de condescendencia, acompañarle dentro de aquélla para detener su brazo cada vez que lo tendía hacia el porrón. Aun así resultaban inútiles tantas precauciones, pues más de una vez, marchando grave y erguido, aunque con paso tardo, ante el estandarte de la cofradía, escandalizaba a los fieles rompiendo a tocar la Marcha Real frente al ramo de olivo de la taberna, y entonando después el melancólico De profundis cuando la peana del santo patrono volvía a entrar en la iglesia.
Y estas distracciones de bohemio incorregible, estas impiedades de borracho, alegraban a la gente. La chiquillería pululaba en torno de él, dando cabriolas al compás de la dulzaina y aclamando a Dimoni, y los solteros del pueblo se reían de la gravedad con que marchaba delante de la cruz parroquial y le enseñaban de lejos un vaso de vino, invitación a la que contestaba con un guiño malicioso, como si dijera: "Guardadlo para después":
Ese después era la felicidad de Dimoni, pues representaba el momento en que, terminada la fiesta y libre de la vigilancia de los clavarios, entraba en posesión de su libertad en plena taberna.
Allí estaba en su centro, junto a los toneles pintados de rojo oscuro, entre las mesillas de cinc jaspeadas por las huellas redondas de los vasos, aspirando el tufillo del ajoaceite, del bacalao y las sardinas fritas que se exhibían en el mostrador tras mugriento alambrado, y bajo los suculentos pabellones que formaban, colgando las viguetas, las ristras de morcillas rezumando aceite, los manojos de chorizos moteados por las moscas, las oscuras longanizas y los ventrudos jamones espolvoreados con rojo pimentón.
La taberna sentíase halagada por la presencia de un huésped que llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradores a bandadas; no había bastantes manos para llenar porrones, esparcíase por el ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso quinqué veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros en cuclillas en el suelo, sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si éstas fueran a desprenderse de tanto reír.
Todas las miradas estaban fijas en Dimoni y su dulzaina.

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Página creada por Marisa L. Eixerés y Miguel Canseco, de la Universitat Jaume I.