Escritor español. José María Blanco y Crespo, llamado
Blanco White, nació en Sevilla y falleció en Liverpool, Inglaterra.
Hijo del vicecónsul inglés Guillermo Blanco (White), que
se instaló en aquella ciudad durante el reinado de Fernando VI.
Estudió la carrera eclesiástica, siendo canónico magistral
en Cádiz y Sevilla. Formó parte de la Academia de Letras
Humanas (1793-1802).
Tras una crisis espiritual marchó a Madrid, en donde obtuvo
una colocación sin retribuir en la Comisión de Literatos
del Instituto Pestalozziano. En Madrid frecuentó la tertulia de
Quintana. Luchó contra los franceses durante la ocupación.
Su ideología liberal le llevó a discrepar con la Junta Central;
marchándose de España rumbo a Inglaterra en 1810, allí
reinició sus estudios de inglés, su segunda lengua y del
griego. Fue profesor de Universidad de Oxford.
Abandonó la observancia católica por la anglicana primero
y la unitaria definitivamente. Desde las páginas de El Español,
atacó a España y lo español, país donde la
venta de esta publicación estaba prohibida. Escribió varias
obras en inglés sobre problemas religiosos y políticos. Debido
a su éxito se publicaron en un solo volumen, del que se hicieron
varias ediciones. En estas cartas nos ofrece su visión de España,
hay descripciones de la Semana Santa, de corridas de toros...
Escribió numerosos trabajos de crítica literaria tanto
en inglés como español que se publicaron en Variedades o
El Mensajero de Londres (1823-1825) publicación financiada por Rudolph
Ackermann y de difusión en la América Hispánica, en
ella colaboraron Moratín y Lorente. Poco antes de morir estaba terminando
una novela en español Luisa Bustamante o la huérfana española
en Inglaterra. Murió en Liverpool, Gran Bretaña en 1841.
A SU SOBRINA DOÑA MARÍA ANA BECK,
QUE LE HABÍA PEDIDO UNOS VERSOS
PARA SU ÁLBUM
Cual tañedor de armónico instrumento
Que deseando complacer, lo mira,
Hiere al azar sus cuerdas, y suspira
Incierto, temeroso y descontento;
Si escucha un conocido, tierno acento,
Anhelante despierta, en torno gira
los arrasados ojos y respira
Poseído de un nuevo y alto aliento,
Tal, si aún viviese en mí la pura llama
Y el don de la divina poesía,
Pudiera yo cantar a tu mandado;
Mas el poeta humilde que te ama,
Teme tocar ¡oh María Ana mía!
Un laúd que la edad ha destemplado.
4
LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA
¡Gran Dios, cómo atormenta
Con crueldad sin igual, el hombre al hombre!
Ya con furia violenta
Se arrastran al cadalso y a la hoguera;
Ya con malicia refinada y lenta,
Impiden la víctima que muera,
Y, pues no quiere a discreción rendirse,
Buscan cómo obligarla a maldecirse.
¿Y quién es el verdugo,
Quién el juez sin piedad? ¿Un sacerdote
Del antiguo Moloc infanticida?
No; de un Dios (según dice) a quien le plugo,
Por amor de los hombres dar la vida.
Su ministro se llama y toma el Mote
De mansedumbre; Paz es su divisa,
Mas ¡ah! qué mal se avisa
El que en tal mansedumbre confiado.
Duda modestamente
Su saber infalible: De repente
Verá al Cordero en un León mudado.
<<No es humano saber, ni saber mío
(Responde el Santo Preste, en ira ardiendo)
Audaz, mortal, en el que yo confío:
Del cielo descendido,
Reposó en mí un influjo soberano,
Que ha de humillar todo saber humano.>>
¿Reposó en ti? ¿Mas cómo es que contiende
Consigo mismo el inspirado bando?
Cuál cadena volcánica se entiende
Llama sacerdotal, que rebosando
El universo enciende.
El cielo contra el cielo peleando
Es odioso espéctaculo, que ofende
Al hombre racional. Qué! ¿Envolvió en guerra
El cielo a los que dio a regir la tierra?
Haced la paz primero
Entre vosotros si queréis que escuche
Vuestra doctrina del Universo entero
No procuréis que luche
El ignorante pueblo en las querellas
Con que esparcís centellas
De odios inextinguibles
Más que el error a la virtud temibles.
Mas en vano os exhorto:
Del Fanatismo y la ambición aborto,
Los que tenéis raíces e el cielo
Nunca podéis dejar en paz el suelo.