UN VIAJE FANTASTICO
DOLORA
No sé dónde, ni sé cuándo
hubo un ente original
que para ser inmortal
pasaba el tiempo buscando
la piedra filosofal.
Y aunque por rico pasaba
y aunque sabio se creía,
trabajando noche y día
por buscar lo que soñaba
perdió lo que ya tenía.
De su suerte la impiedad
maldijo airado y terrible
y por calmar su ansiedad
de saber, creyó posible
hallar la felicidad.
Arreglóse el equipaje,
cambió un tubo por un traje,
quemó su laboratorio,
y así emprendió su ilusorio
y fantástico viaje.
Al cabo de buen espacio
y de buen rato de andar,
vio a lo lejos a un juglar
que iba a un señorial palacio
para sus penas trovar.
Al divisarle su vista
siguióle un rato la pista,
alcanzóle, y -perdonad
-le dijo nuestro alquimista,-
¿sabéis qué es felicidad?
-¿Felicidad? Es pasar
en un deliquio la vida
y dulcemente cantar
los placeres del amar
al pie de nuestra querida.
-¿Y nada más es?
- Sí, a fe,
amar entusiasta el arte.
-¿Y eres feliz?
- ¿Yo? no.
-Ve,
pues, -y el buen juglar se fue
con la música a otra parte.
Sonrió el alquimista, apenas
de él el juglar se ausentó,
cruzó praderas amenas,
hasta que al fin las almenas
de un castillo divisó.
Tras mucho andar se vio enfrente
de aquel enhiesto castillo,
hallóse con otra gente
y bajaron el rastrillo
con el levadizo puente.
Por él pasó el cenagoso
y profundísimo pozo,
y entró en el recinto, donde,
pensativo y caviloso,
encontró al ceñudo conde.
Inclinóse y saludó
a la altiva majestad
(que ni siquier le miró),
y cual siempre, preguntó:
-¿Sabéis qué es felicidad?
Felicidad es la ley
imponer a nuestra grey
y unir, pues me corresponde,
a una corona de conde
una corona de rey.
-¿Y sois feliz?
-Y ¿quién lo es?
Si un rey antes me humilló,
él lo será, mas yo no,
ya que me incliné a sus pies.
Dijo el conde, y se marchó.
Al sacerdote halló luego
y a la condesa y a un paje
y a todos alzó su ruego
explicándoles con fuego
el objeto de su viaje.
-Fuera feliz -la condesa
le dijo, -a ser yo duquesa,
que ahora, de mi suerte esclava,
para mí el placer acaba,
mientras para ella no cesa.
Entonces yo miraría
batirse con fe bravía,
el eco de cien clarines,
mil apuestos paladines
por una mirada mía.
-Feliz -respondióle el paje-
fuéralo yo, según creo,
si ciñera un marcial traje,
rompiendo en brioso coraje
cien lanzas en un torneo.
Y oír, alegre el corazón,
que aclamaran mi tesón
al rumor del añafil,
desde el pechero más vil
al más cumplido garzón.
-Feliz -dijo el sacerdote-
sólo lo es quien cree en Dios.
-Entonces ¿lo seréis vos?
-¡Yo!... -y calló, y luego a buen trote
se fue siguiendo a los dos.
Huyó presto el alquimista,
aburrido y despechado,
salió del castillo airado,
y hasta perderlo de vista
no respiró sosegado.
Caminó muy diligente
y creyó lograr su idea
acertada y prontamente,
al ver un corro de gente
a la puerta de una aldea.
Fuese allí con ansiedad,
abriéndole el paso todos
al ver su provecta edad,
y él les dijo en sabios modos:
-¿Sabéis qué es felicidad?-
Cuando la pregunta oyeron
su objeto no comprendieron;
unos al cielo miraron,
al suelo otros se inclinaron,
y al fin así respondieron:
El menos necio: -¡No sé!
Un labrador: -¡Ya se ve!
tener yugadas de tierra,
no ver de señores guerra
e ir a los autos de fe.
Uno: por siempre gozar
del amor de una mujer.
Una (en voz muy baja): ¡amar!
Aquel a ésta: tú adorar.
Ésa a aquel ¡ay! su querer.
Uno rico: la indigencia.
Uno pobre: la opulencia.
Uno muy viejo: la infancia.
Uno estúpido: la ciencia.
Uno sabio: la ignorancia.
Cuando halló en tan pocos seres
tan diversos pareceres,
nuestro cuitado alquimista,
antes de hablar las mujeres
se marchó con planta lista.
En su loco desvarío
el mundo cruzó bravío
de su bello ideal en pos,
viniendo a ser un judío
errante número dos.
Matóle su ideal maldito,
y arrepentido y contrito,
dejó, fruto de su numen,
de sus viajes el resumen
en quince líneas escrito:
«Nuestra vida pobre y triste
sólo en un punto consiste,
que fijó la suerte ciega
entre un ayer que no existe
y un mañana que no llega.
»Y cansados de no ver
el goce en nuestro alrededor,
en nuestro cruel padecer
sólo llamamos placer
a la escasez del dolor.
«La felicidad que amamos
siempre está en lo que perdemos
y siempre en lo que buscamos
y ¡ay! nunca está en lo que hallamos
y nunca en lo que tenemos.»
EPISTOLA
Fabio, consejos me pides
que sirvan para guiarte
en las mundanales lides,
y consejos voy a darte;
¡ojalá no los olvides!...
¿Será así? No. ¡Quién
ignora
la gran verdad que atesora
el verso, que tanto envidio,
aquel de Video meliora
sed... etcétera, de Ovidio!...
Aunque olvides los demás,
sigue siempre este consejo:
no quieras a nadie más
que aquel que dentro verás
cuando mires a un espejo.
Sé bondadoso, sé humano,
sé, sobre todo, sencillo,
y lleva, cual todos, llano
el corazón en la mano...
y la mano en el bolsillo.
Cree en Dios y en la mujer.
¡Es tan cómodo el creer!
Aquel que se arroja al mar,
si fe no alcanza a tener
nunca aprenderá a nadar.
No sea libre tu opinión;
ponla antes, si bien la tratas,
hoy, bajo la advocación
de san Éxito, patrón
de las personas sensatas.
Quien más grita que es sagrada,
santa, la vida privada,
es fácil tenga esa vida,
imparcialmente juzgada,
más que privada, prohibida.
Eso es cierto, pero tú
no te metas en dibu-
ni en saber vidas aje-
como dijo el otro, y ve
de enviarlos a Belcebú.
Si no lo hicieres, tu error
hará que algún mal te alcance,
pues siempre anhela, en tal trance
tener un lance de honor
quien tiene un honor... de lance.
Si fuese tu consejera
la pobreza con que lidio,
no la creas si dijera:
«Sé honrado de tal manera
que no vayas a presidio.»
«Has de estudiar la moral
en el código penal.»
«Ten por axioma profundo
que el mal, hoy por hoy, no es mal
hasta que lo sabe el mundo...»
Tu propio ser estudiar
te recomiendo, y no en vano;
estúdiate a ti y llegar
podrás pronto a despreciar
a todo el género humano.
Emplea la adulación,
pero nunca a manos llenas;
un simple ¡oh! de admiración
basta a embriagar seis docenas
de reyes de la creación.
En fin: haz por ser virtuoso
de una manera agradable;
no quieras hacer el oso;
sé con todos bondadoso
y aprende a tirar el sable.
MIS CUATRO MUERTES
La amaba como se ama cuando se ama.
De mi pasión la llama
encendió con el fuego de sus ojos,
y amor eterno la juré de hinojos.
Era feliz (¡oh! ¡quién decir
pudiera
siempre soy, nunca era!).
La amaba, ella también. Yo, pobre loco,
fui fiel, ella... tampoco.
Mi llanto apagó el fuego de la fragua-
que ardía en mí, y mi pecho disolvióse
como un terrón de azúcar en el agua.
Su amor era mi vida;
quedó, al perderse aquel, esta perdida,
y me morí.
Resucité, y, hastiado,
quedé al resucitar transfigurado.
No era el yo del siguiente
el yo del día antes,
cosa que, tras un trueno, es consiguiente
suceda a casi todos los amantes.
Desengañado del amor, mi anhelo
en la amistad buscó dulce consuelo
y mi vida partí con fe sincera;
no (digo mal: partí), se la di entera
a un amigo -que lo era me creía...-
Pero un día llegó, ¡terrible
día!
le tuve de pesar en la balanza
del interés, y aquel amigo mío
a quien quería yo con tanto exceso
cedió a una onza de peso.
Al sufrir desengaño tan horrible,
sentí pena indecible
y me morí otra vez.
Volví a la vida.
Mi mente fue atraída
por esa meretriz que llaman gloria,
y la seguí; confiando en la victoria,
por ella batallé; la mente mía
un día y otro día
luchó con frenesí... Mi loco anhelo
un desengaño halló, que no un consuelo,
y vi a aquella que virgen yo creía
prostituirme vilmente a la osadía.
Sentí que un dardo agudo
me atravesó. Sufrí dolor de muerte,
y me volví a morir.
Mi extraña suerte
quiso que nueva vida recobrase
y a la ciencia con fe la consagrase.
Midió mi inteligencia,
la inmensidad del cielo de la ciencia,
y allí me hizo encontrar mi suerte ruda
tras de un porqué la duda.
Y en mi espíritu entró, y con vil
aliento
emponzoñó del alma el sentimiento
más puro, más divino;
el único que pudo mi destino
salvar de mis tres muertes anteriores.
¡Sí, me volví a morir!
Muerto me creo,
aunque ¡quién sabe si vendrá
un deseo
a despertar mi alma mal dormida
ofreciéndola dichas sin medida!
Es fuerza, así lo veo,
morirse muchas veces en la vida.
«¡ECCE HOMO!»
Hace ya veinticuatro años
que vivo solo conmigo
y hace cuatro que deseo
divorciarme de mí mismo.
Todo cuanto me rodea
me causa profundo hastío,
y si entro en mí, me da espanto
y me da horror lo que miro...
Mi cabeza es vasto caos
caliginoso y sombrío
del que nunca saldrá un mundo,
y es mi corazón un circo
en que luchan como fieras
mis virtudes y mis vicios.
Sin una estrella en mi cielo,
en negra noche camino;
busco flores y hallo abrojos,
celeste aroma percibo,
corro a él, y, al correr, ciego,
mis pies hallan el vacío;
imposible es detenerme,
caigo rodando a un abismo,
logro agarrarme a una rosa...
¡y se desprende conmigo!
Hoy ni amar ni sentir puedo...
¡Oh! cuando pienso que he sido
feliz..., que podría serlo...
Un día, día maldito,
una ansia de saber loca,
hizo probar a mi espíritu
la, por vedada, incitante
fruta del árbol prohibido
del bien y del mal... ¡La ciencia
me arrojó del paraíso!
Cruel ella, en microscopios
mis ojos ha convertido;
la que otros ven agua pura
llena de infusorios miro,
y donde hallan amor ellos
sólo descubro egoísmo.
Hay quien de noche, en el bosque,
se encanta ante el puro brillo
de una luz que entre las hojas
del césped se abre camino;
yo no, no puedo encantarme
y a aquella luz me aproximo,
hasta encontrar el gusano...
¡y hago en el mundo lo mismo!
Y si me causa la vida
aburrimiento y fastidio,
sólo al pensar en la muerte
me vienen escalofríos.
Mal si vivo, y peor si muero,
ved si estaré divertido...
Si los seres de la tierra
viven todos cual yo vivo,
¡como hay Dios (si lo hay) no entiendo
para qué habremos nacido!...
¡Maldita sea mi suerte
y el día sea maldito
en que me enviaron al mundo
sin consultarlo conmigo!...
«DELIRIUM»
Al revés del ramaje el sol poniente
veíase brillar, tal como brilla
de una española la mirada ardiente
tras el bordado tul de la mantilla.
Tendíme sobre el césped, y liada
mi manta coloqué sobre una piedra
convirtiéndola en rústica almohada
al pie de un tronco preso entre la hiedra.
Y allí miré, del cielo en los profundos
espacios encenderse las estrellas
que desde que me han dicho que son mundos
como este mundo, ya no encuentro bellas.
Del cáliz de una flor que se entreabría
como si bostezando despertara,
vi de pronto, asombrado, que salía
un ser de forma peregrina y rara.
Ceñía por corona una sortija,
y un alfiler servíale de espada,
y su boca en un cuerno estaba fija
que era un fragmento de uña sonrosada.
Al sonido que el cuerno produjera
sobre sus labios diminutos rojos
se conmovió Naturaleza entera
y un nuevo aspecto revistió a mis ojos.
Y vi a un clavel borracho de rocío;
las flores a mirarlo se inclinaban
y al verlo en tan extraño desvarío
entre sí y al oído murmuraban.
Un ruiseñor estaba entretenido
cogiendo una luciérnaga, y a guisa
de farol la llevaba hacia su nido
para dar a sus hijos miedo y risa.
Un lagarto, arrastrándose suave,
iba jadeante y loco por el suelo
persiguiendo la sombra de una ave
que volaba tranquila por el cielo.
Con terror junto a mí reposaba
un cráneo, entre otros lúgubres despojos,
que con fijeza extraña me miraba
por los huecos sombríos de los ojos.
Y una voz que del cráneo a mí venía,
helándome la sangre de las venas,
oí, muerto de espanto, que decía
con un sonido perceptible apenas:
«Nadie, nadie al morir se muere todo,
aun persiste en el muerto la conciencia
de su ser, sin que pueda de algún modo
revelar a los otros su existencia.
»Hija sólo del cerebro, nuestra alma
vive mientras un átomo subsiste
de su cuna, y en vano busca calma
que ni el no ser es cierto para el triste.
»Y sufre sin que a nadie decir pueda
su íntimo, su profundo sufrimiento,
y ni el consuelo de esperar le queda
en la muerte total del pensamiento.
»Do sus átomos van, allí les
sigue,
y es un tormento su existir eterno,
que, por su inmenso horror, vencer consigue
a todos los tormentos del infierno..
Tiñóse Oriente del color de rosa,
encendida, fragante y hechicera,
que tienen las mejillas de la esposa
al tálamo al saltar por vez primera.
A UN AMIGO
ARABESCOS
XI
El último alquimista,
cuando hubo ya agotado su tesoro,
encontró una manera de hacer oro:
inventó el accionista.
XII
Esos que buscan leyes en la historia
o crean leyes y hechos
y se quedan después tan satisfechos,
¿me sabrían decir qué fuera
hoy día
de la Europa moderna y su cultura
si en vez de ir con ventura
(y que a Colón acompañó es
muy cierto),
a descubrir la América nosotros
los de allá nos hubiesen descubierto?...
(Diréis que es imposible, mas no acierto
a ver por qué razón
no podía nacer allá Colón.
Y es natural reírse de esta idea,
porque es muy natural que quien se crea
ser rey del Universo, se eche a reír
al pensar que le pueden descubrir.)
XXI
Si miro al cielo en estas noches bellas
en que mi alma se eleva al infinito,
en caracteres mágicos de estrellas
nunca el nombre de Dios sé ver escrito.
Creo que si a alguien Dios dejó encargado
trazar algunos versos alusivos,
no supo qué escribir, poco inspirado,
y lo llenó de puntos suspensivos.
V
Milloncito de mi alma,
mi amor escribir no sé,
papel y pluma me sobran;
sólo lo escribiera bien
a ser la pluma mis labios
y tus labios el papel.
X
Toda una noche del polo;
los dos en un lecho solo,
tú aterida por el frío,
témpanos en derredor...
y en tu pecho y en el mío
el fuego del Ecuador.
XII
Rodó una perla de tu collar,
cayó en tu seno,
y allí, a tu seno, fuíla a buscar
de gozo lleno.
¡Creílo un nido! ¡Dulce calor,
fuertes aromas,
y acurrucadas hallé en su amor
a dos palomas!
XXV
Amor, deseo, goce, hastío, enojo,
colores son del iris de la vida;
¿quién, mirando el del cielo, habrá
que mida
dónde acaba el azul y empieza el rojo?