DON JUAN DIEGO MARTINEZ GARCÉS DE MARSILLA.
DOÑA ISABEL DE SEGURA.
DOÑA MARGARITA.
DON RODRIGO DE AZAGRA.
DON PEDRO DE SEGURA.
DON MARTIN GARCÉS DE MARSILLA.
ZULIMA.
MARI-GÓMEZ.
ADEL.
ZEANGIR.
TRES BANDIDOS.
Soldados moros, damas, caballeros, criados, bandidos. un verdugo, un
barquero.
El primer acto pasa en Valencia, y los demás en Teruel. Año
1217.
ACTO PRIMERO
Dormitorio magníficamente adornado a usanza morisca.
A la derecha una cama del mismo gusto, inmediata al proscenio: a la
izquierda un bufete de dos cuerpos con entalladuras arabescas, y más
arriba una ventana con celosías Y cortinajes. Puerta grande en el
fondo, y una pequeña a cada lado.
ESCENA PRIMERA
ADEL, MARSILLA, adormecido en la cama.
ZUL Tú eres el único depositario de este secreto.
ADEL. Sultana, recias son las llaves de los calabozos, y en veinte
años no se me han hecho pesadas; ligera es ésta del harem
que hoy me das, y ya me descoyunta la mano.
ZUL. Y ¿por qué? ¿No es llave también
de una cárcel?
ADEL. En la cárcel donde se gime, puede el carcelero recibir
mil huéspedes sin peligro pero en la cárcel donde se
goza, si da entrada a más de uno, ya puede despedirse de su cabeza.
ZUL. ¿Rehusas ahora servirme?
ADEL. Señora, ya sabes tú que no puedo rehusarlo.
El ínclito Amir Zeit Abenzeit, e1 que Alá prospere, dijo
a sus siervos al partir de Valencia: obedeced a nuestra esposa Zulima como
a mí mismo mientras yo me detenga en Murcia.
ZUL. Debes obedecerme.
ADEL. Así lo he hecho. y así lo haré. Pero
tornará a Valencia el Amir; y si amanece un día aciago en
que las piedras hablen, me dirá el querido del profeta:
¿Por qué has introducido en nuestro real harem a un perro
cautivo? Yo podré responderle que así lo mandó la
sultana Zulima; pero tal excusa no librará al introductor de ser
azotado, desorejado y acañavereado quemado vivo. Yo quisiera evitar
esto, salvo tu parecer.
ZUL. ¡Maldígate Alá ! vaticinador de desastres
¿La llama del suplicio nombras delante de quien arde en la del amor?
ADEL. Como una puede conducir a otra...
ZUL. ¿Juzgas que he descuidado nuestra seguridad? Ausente
el rey, nadie penetra en estas habitaciones. Ramiro se hallará aquí
tan aislado. tan ignorado como cuando yacía bajo tu custodia en
la mazmorra más profunda de la alcazaba. Además tú
propio me dijiste que si permanecía allí dos días
iba a expirar.
ADEL. Verdad te dije; pero harto mejor hubiera sido callar hasta
pasado mañana.
ZUL. Tú entonces le hubieras acompañado a la tumba.
ADEL. Peligros por un lado, perdición por otro. Está
visto que mi suerte se halla enlazada con la de ese buen idólatra:
cúmplase lo que está escrito. Tarda mucho en volver en su
acuerdo.
ZUL. Tarda demasiado. ¿Si te excederías en la dosis
del narcótico?
ADEL. No sabemos a qué hora lo tomaría. Yo le descolgué
anoche la vasija. pero no le envié gana de beber al mismo tiempo.
Y como le tiene tan debilitado la enfermedad... Por la torre de la Caaba,
señora, que el objeto de tus bondades más bien debe inspirar
lástima que amor.
ZUL. Lástima fue la que me condujo a amarle. Veía yo
en el jardín del serrallo cargado de pesados hierro tal vez insuficientes
a sujetar sus brazos indómitos; pasar delante de mis celosías,
notaba yo la palidez d su noble rostro; oía sus suspiros, las palabras
incoherentes, únicas con que interrumpía su tétrico
y porfiad silencio. ¿Por qué suspiras? solía yo decirle
detrás de los cortinajes de las ventanas. Soy esclavo, me respondió
siempre.
ADEL. ¡ Cuánto aman los cristianos a su patria!
ZUL. Veneno brotan todas tus expresiones, Adel. Pero te engañas,
vaso de malicia, te engañas en tu mezquinas sospechas. Ramiro no
suspira por una querida; Ramiro no ha tenido amores en su patria; aquel
pecho altivo no es capaz de rendirse a un amor ordinario, un amor de cristiana:
sólo un amor de África, ardiente como el sol, que hace carbón
el cutis, pudiera inflamarle. Ramiro es un caballero de ilustre cuna bien
lo prueba la joya que ocultaba en el seno. Criado en la opulencia, habituado
al poder, ¿no ha debido hallar la servidumbre cruelisima, insoportable?
Por eso ha hecho tantas tentativas para evitarla. Segura esto de que cuando
me lean ese lienzo que le hemos hallado, escrito en español con
su sangre, o cuando consienta en declarar su cuna, oiremos uno de los apellidos
más ilustres de España. ¿No murieron de pesadumbre
algunos de los caballeros que aprisionó Yacob en la batalla de Alarcos?
¿No los mató su orgullo? ¿Por qué no ha de
ser Ramiro orgulloso como ellos? ¿Por qué más bien
ha de ser amante? ¡ Desdichado él entonces! Desdichada yo!
Si tanta aflicción, tantos esfuerzos por alcanzar la libertad, tanta
indiferencia conmigo, tuvieran su origen en el amor, ¿qué
amor igualarla al suyo? Ramiro, despierta para calmar mi recelo: dime si
quieres que no me amarás nunca, pero júrame que nunca has
amado.
ADEL. Yo desearía precisamente lo contrario.
ZUL. Tú no le conoces: si llegó a amar una vez,
aquel amor llenará toda su vida. (Abre, y registra el cuerpo superior
del bufete.)
ADEL. A todo esto, él guarda un silencio que puede significar
cualquier cosa.
ZUL. Creía tener aquí un espíritu que le
hiciera volver. Voy a buscarle. (Vare.)
ESCENA II
ADEL.
La princesa cuidará ahora mucho del cautivo; el cautivo conocerá
que debe la vida a la princesa; aunque no sea más que por agradecimiento,
se rendirá a sus halagos; todos los placeres serán para ellos,
y el día del castigo habremos de repartir a tanto por cabeza. Duro
es ir por gusto ajeno al precipicio con los ojos abiertos. ¡Pero
qué Viviente de tan débil instinto es la mujer! ¡Esta
Zulima, que obcecada con el título de reina, ni aún sospecha
que haya quien espíe invisible sus pasos, quien interprete sus palabras,
y hasta los gestos de su semblante! ¿Si el Amir, por gracia especial,
habrá dejado sin ejercicio a sus confidentes africanos? (Ábrese
la puerta pequeña de la izquierda y aparece Zeangir.) Ya Veo que
no.
ESCENA III
ZEANGIR. ADEL.
ZEA. Os he escuchado.
ADEL. Nos habrás oído.
ZEA. Todo.
ADEL. ¿Y podrás responderme. ..?
ZEA. A nada. (Dirígese al bufete. y le examina como quien
busca alguna cosa y no la halla,- llégase a la cania, toma con sutileza
un lienzo que hay sobre ella escrito con
sangre, y lo lee para sí con admiración.) ¡ Qué
es lo que descubro! (Aparte.)
ADEL. (Aparte.) Hoguera tendremos. (A Zeangir.) Di me a lo menos qué
ha escrito ahí ese infiel. Deseo sabe. qué noticias da el
cautivo de su persona. Hay quien 1e crea un príncipe, y yo le tengo
por un jayán. Él rompió las más fuertes cadenas,
él escalaba las paredes del y jamás trató de rescatarse
mediante una buena suma De aquí infiero yo que es más rico
en fuerzas que en oro. El contenido de ese lienzo no exigirá tanto
secreto... y en todo caso, carcelero soy; he visto expirar a muchos por
habladores, y estoy harto persuadido de la utilidad de ser mudo.
ZEA. Ésa es tu obligación, ser mudo, sobre todo
con Zulima. (Deja sobre la cama el lienzo. y se encamina a la puerta por
donde salió.)
ADEL. ¿Y estoy relevado del encargo de obedecerle?
ZEA. Mañana ya habrá cesado ese deber.
ADEL. ¿Y hoy?
ZEA. Puedes servirla. Olvida que me has visto... cuida
mucho de la vida de ese cristiano. (Vare.)
ADEL. ¡ Que cuide de él! No dijera más Zulima.
Que me empalen si entiendo algo. Por fortuna para obedecer no es necesario
penetrar: cúmplase lo que está escrito.